2 may 2019

Fin

Hace catorce años comenzó a escribirse este blog.
Lo abrí una noche de junio, seguramente calurosa, con toda certeza insoportable.
Había renunciado a mi empleo, había despreciado una casa y había perdido un amor. 

No me conmovió en ese entonces el ardor de mis naves sobre el horizonte. 
Nada sabía del mar y sus profundidades, de su furia contenida, de su poder destructor.
Pero recibí sin merecerlo la bendición de la sal.
Y mis heridas, expuestas al sol del Oriente, por fin cicatrizaron. 

En el viaje de regreso me encontré con un nuevo empleo, una nueva casa, un nuevo amor.
Por eso heme aquí, catorce años después, dispuesto a cerrar el episodio. 
A decir a los cuatro vientos: no soy más el que fui. 
Nada queda de aquel que escribía en un blog durante las sofocantes noches de verano.



Ciudad de México, 2019 


5 jun 2013

Papá primerizo

Hace unos días me pidieron escribir un texto que resumiera mi experiencia como padre primerizo. Nunca ha sido de mi agrado la escritura por encargo, más aún, cuando se me pide abordar un tema tan cercano. Pero por alguna razón dije que sí. Quizá porque desde que me enteré de que iba ser papá he procurado mantener la emoción bajo llave, y a unos días del nacimiento de mi hija creo que ya va siendo momento de aflojar el cuerpo, relajarse y disfrutar de este viaje. 

Esperando a Camila (apuntes existenciales de un papá primerizo)




No me resulta sencillo hablar o escribir sobre mi paternidad. A decir verdad, éstas son las primeras líneas que me permito en los ocho meses que mi esposa (qué raro me resulta decirle así) lleva de embarazo.
¿Qué se puede escribir sobre el tema que no se haya escrito antes?
¿Qué más agregar a la enciclopedia de lugares comunes que todo padre repite –como si fuera un mantra– ante la inminente llegada de su hijo o su hija?
Empezaré por decir que la idea de la paternidad, durante los primeros meses del embarazo, es sólo eso: una idea. Un paquete emocional que se compra de manera espontánea, casi sin pensar, en el tianguis ideológico que llamamos inconsciente colectivo. Incluye una larga lista de nociones preconcebidas, pautas de conducta, agenda de actividades y, por supuesto, un compendio con frases a la medida para cada ocasión. Como todo lo que es social, este paquete se impone desde afuera y hay a quienes les calza y a quienes no. Me ubico como parte de estos últimos.
Diré, además, que estoy convencido de que la vivencia del padre es radicalmente distinta a la de la madre. Que durante esta primera etapa los papás estamos social y culturalmente excluidos. Que no tenemos baby shower ni días de incapacidad. Que los consejos del médico, de las abuelas, de los libros y revistas especializadas no están dirigidos a nosotros ni a nuestras necesidades. Y, lo que es peor, que la relación con nuestro hijo o hija será, durante varios meses, sólo a nivel intelectual. No importa cuánto hayamos deseado ser padres ni las expectativas que a nivel emocional cubra nuestro nuevo estado. La naturaleza nos ha excluido de la experiencia de amor y dolor que supone el tránsito del embarazo y el parto para las mujeres. Y eso nos deja –al menos por este periodo– fuera de la jugada. No sentiremos crecer ni moverse a nuestro hijo, no experimentaremos las incomodidades, el cansancio, el dolor de sus primeros meses de vida. Se nos ha privado del privilegio de compartir su existencia.
Y, ante tal frustración, sólo nos queda la metáfora.
Por eso, muchos hombres aseguramos estar embarazados, cuando en realidad somos sólo fieles testigos del embarazo de nuestras parejas.
Toda mujer moderna sabe que en la Apple Store existe una aplicación llamada Baby Center, que informa a la madre puntualmente, semana tras semana, lo que debe esperar de su cuerpo y mente durante la etapa del embarazo. 
Como para esto de ser papá no existen aplicaciones ni caminos trazados, comparto un poco de mi experiencia personal durante estos nueve meses de espera.

Semana 1 a 12
En nuestro caso, la noticia del embarazo no nos tomó por sorpresa. La decisión de tener un bebé la habíamos tomado en pareja, varios meses atrás; de modo que comprar una prueba casera fue la respuesta lógica una vez que los primeros síntomas se hicieron presentes.
Son muchas las cosas que se piensan durante los minutos que preceden a la respuesta de un test de embarazo.
Por mi cabeza desfilaban todas las veces en que la posibilidad de ser padre supuso una sombra de duda o preocupación, y en las que, enfrentado a las mismas circunstancias, la marca azul que confirmaba un resultado positivo se vislumbraba como el peor escenario.
Es curioso, pero en ese momento caí en la cuenta de que, en esta ocasión, mis anhelos se ubicaban justo del lado contrario: quería ser papá.
Supe entonces que, independientemente del resultado del test, la prueba de la madurez emocional había sido, por fin, después de 37 años, totalmente superada.
No recuerdo bien lo que siguió. Hubo abrazos y lágrimas acompañadas de un sensación extraña, que, incluso ahora, me resulta difícil de describir. Y aunque sin duda estaba emocionado –yo diría, más bien, conmocionado–, mis primeras reacciones fueron eminentemente de carácter racional.
Preguntar por un ginecólogo de confianza, concertar una cita, sacar los proyectos pendientes, trazar una ruta crítica para los siguientes nueve meses.
Aunque nos reservamos la noticia del embarazo durante estas primeras semanas, hubo quien me dijo que durante esos días me veía raro, contento, feliz. Aunque, más que felicidad, creo que la sensación que me embargaba era de plenitud: esa certeza de estar en el lugar correcto, con la persona correcta, en el mejor momento.

Semana 12 a 24
Por lo regular, es a partir de la semana 12 que los padres adquieren la suficiente confianza para compartir la noticia con la familia y los amigos. A medida que las muestras de cariño y solidaridad se multiplican, la madre, que para ese momento ha comenzado a experimentar los primeros síntomas del embarazo, suele convertirse en el principal objeto de atención; mientras que el padre gravita alrededor en calidad de satélite.
Y tú ¿cómo te sientes? te preguntará la gente al final, casi por compromiso.
Y uno buscará inútilmente palabras que describan un estado de ánimo donde la claridad y la confusión coexisten con la incertidumbre y la certeza, la tranquilidad y la excitación. Frustrado ante las limitaciones del lenguaje, se dirá cualquier cosa (si es cursi, mejor), y luego, cuando la atención del interlocutor se dirija de nueva cuenta hacia la protagonista de la historia, uno esbozará una sonrisa tonta, feliz.
Si existe algún punto culminante para un padre durante el embarazo, éste, sin duda, está marcado por la experiencia del primer ultrasonido. Es en ese momento que la idea abstracta de la paternidad comienza a adquirir forma, dimensiones, peso.
No imagino lo que debió ser para nuestros padres la experiencia del embarazo sin la parafernalia médica que hoy en día te permite conocer al bebé desde las primeras etapas de su formación. En la actualidad uno puede ver y escuchar el corazón de su bebé; observar cómo crece y se desarrolla su organismo en el vientre de su madre; e incluso, en las etapas finales de la gestación, es posible obtener una fotografía en tercera dimensión de su rostro.
Exiliado de la conexión física con su bebé, ésta será la experiencia más cercana que experimentará el padre a lo largo del embarazo. Y a partir de ella, mes con mes, comenzará a construirse la relación de amor con ese ser humano al que apenas conoce.
En el refrigerador de mi casa conservo a la vista, como un tesoro, la foto de ese primer ultrasonido. Cada vez que la veo me devuelve a ese estado de perplejidad, admiración y, hasta cierto punto, incredulidad, ante eso que la gente suele nombrar como “el milagro de la vida”.

Semana 24 a 36
Hay una cosa maravillosa que pasa en el segundo trimestre del embarazo: el sexo del bebé. Y con el sexo, la posibilidad de ponerle un nombre y asignarle –aunque sea en nuestra imaginación– una personalidad.
En nuestro caso, la foto del refri se convirtió en la foto de Camila. Y su cuarto, su ropa y sus accesorios, adquirieron tonalidades cálidas, tirándole al rosa.
Es increíble la forma en que un nuevo ser humano se abre cancha en la vida. Camila todavía no nacía y ya tenía propiedades: ropa, juguetes, muebles, vaya, hasta un vehículo de ruedas. Tenía también un espacio, el mejor de la casa, el más grande, el más silencioso y, por supuesto, el más soleado. Aunque aún permanecía en el vientre de su madre, nos había obligado a hacer muchas cosas, como, por ejemplo, mudarnos a un departamento más amplio, cambiar algunos hábitos alimenticios, suspender nuestros periodos vacacionales, y ahorrar, ahorrar mucho.
Ante la imposibilidad de establecer una relación física directa con Camila, a mí me dio por pensar, durante este periodo, en cómo y desde dónde quería construir mi relación afectiva con ella; en el papel que quiero desempeñar en su vida; en las preguntas que algún día me hará y en el tipo de respuestas que tendré que ofrecer. Imaginé su primer día en la escuela, sus fiestas de cumpleaños, las películas que veremos en familia, las tardes que pasaremos jugando Xbox. Vaya, hasta planee el viaje que haremos juntos a Nueva York cuando ella cumpla 15 años.
Y en ese proceso de especulación en estado puro, me descubrí de pronto como un tipo enamorado de su hija. No de la idea de su hija, aclaro, sino de su hija tal y como su personalidad se revela desde hace semanas en el vientre de su madre: inquieta, curiosa, atenta, comunicativa y, hasta cierto punto –espero no equivocarme–, obediente.
A veces, cuando aproximo mi rostro a la panza de Myriam y comienzo a hablarle, Camila me responde con un pataleo enérgico que me cimbra en lo más profundo. Y aunque sé que es imposible que me entienda, yo murmuro despacio, casi para mis adentros: Camila. Soy tu papá. Estaré contigo siempre.

Semana 36 a 40
Me encuentro justo al final de la semana 36. Si el doctor no se equivoca, para cuando este texto haya sido publicado, seré un padre con todas las de la ley.
La gente me pregunta si estoy nervioso y yo no encuentro la manera de explicar, que más allá de la preocupación natural que me genera el episodio del parto, me siento tranquilo y hasta optimista.
Me recomiendan que duerma y no tengo ganas de dormir.
Que aproveche para salir y no tengo ganas de salir.
Que vaya lo más posible al cine… y bueno, sigo yendo al cine, como siempre.
En la última década fui testigo de cómo los niños cambiaron la vida de sus padres. De cómo algunos cancelaron carreras, dejaron trabajos o, en el peor de los casos, se vieron obligados a tomar dobles turnos para ofrecer a sus hijos mejores oportunidades. Vi a mis mejores amigos alejarse sin culpa del resto del grupo para consagrarse a la tarea de edificar una familia. Los vi comprar un auto familiar, hacerse de una hipoteca, endeudarse para salir de vacaciones. Y, aunque en ese momento me pareció incomprensible, debo reconocer que nunca, como entonces, los vi más felices.
Estoy a punto de pisar ese territorio desconocido.
Lo hago sin miedo, con ganas de que todo suceda.
Desearía poder explicar mejor la vorágine de sentimientos y de ideas que se aglutinan en mi cabeza. Pero no puedo, la emoción me supera.
Camila, hija mía, no veo la hora de tenerte en mis brazos.



3 jun 2013

La escritura o la vida

Hace un par de años me hice esta pregunta y luego, sin asomo de remordimiento, abandoné este blog a su suerte.
Me entregué a mi profesión y entré a un posdoctorado. Viajé a la Sierra Tarahumara a conocer a los rarámuris. Escribí un libro. Impartí un curso en el doctorado y me estrené como docente de licenciatura en una universidad pública. Publiqué artículos, asistí a congresos. Me convertí en autor de una editorial de libros texto. Ingresé al Sistema Nacional de Investigadores. Constaté que investigar, y por tanto, conocer, es algo de lo que no puedo, ni quiero alejarme.
Me entregué también a las cosas que realmente me gustan hacer. Renuncié a la mezquindad de los empleos a medio tiempo en las redacciones locales y emprendí, junto con mis mejores amigos, una empresa de consultoría editorial. Lanzamos, por fin, nuestra propia una revista, la mantuvimos viva durante año y medio, y luego la cerramos. Conseguimos una oficina, equipo y recursos humanos. Hicimos -y hacemos actualmente- productos editoriales lindos: suplementos, revistas, libros anuarios, catálogos, guías. Y aunque  trabajamos para terceros, ponemos todo el cuidado y la pasión que uno pondría en sus propios proyectos. Soñamos todavía con relanzar de nuevo nuestra revista, y en ese tránsito andamos.
Y quizá lo más importante de todo: me entregué a la familia que Myriam y yo hemos construido juntos. Créanlo o no, me casé. Y a mis 37 años estoy a punto de convertirme en papá de una niña que llevará por nombre Camila, cuya inminente llegada eclipsa cualquier otra cosa que pudiera haberme sucedido antes.  
A estas alturas, no me parece que haya que elegir entre la escritura y la vida.
La vida, ahora lo sé, es escritura en estado puro. 



2 oct 2012

Coincidencias de un viaje


Pensamos el viaje, originalmente, como una especie de "luna de miel". Pero tras la fiesta, la agenda laboral fue implacable con nuestros planes. Tuvieron que pasar seis meses después de la boda para que pudiéramos encontrar una semana disponible.
La primera coincidencia no se hizo esperar. La confirmación de los boletos nos llegó para las mismas fechas en que, cinco años atrás, volamos a Europa en nuestro primer viaje juntos. Un viaje que sin buscarlo, nos llevó a compartir otro viaje más largo y emocionante: el de la vida.
Entre los pendientes previos a nuestra partida, estaba la adquisición de un libro que por la sobrecarga de trabajo nunca pude comprar. Estaba por resignarme a prescindir de la lectura durante el viaje, cuando me llegó a casa un paquete. Era mi revista Orsai, cuyo tema de portada era -¡oh sorpresa!- la ciudad de Nueva York. La ilustración mostraba a los típicos rascacielos de Manhattan.
A mí, de entrada, me pareció un presagio.


Y no estaba equivocado. Horas después, éste era el panorama que se dominaba desde la habitación de nuestro hotel.


En este punto debo hacer un paréntesis para señalar que los días previos fueron largos: intensas jornadas de trabajo que terminaban a altas horas de la madrugada; obligaciones y pendientes que se acumulaban sin tregua; proyectos en etapa de dead line imposibles de postergar. 
Lo único soportable durante ese periodo, además de la perspectiva del viaje, fue la música de Bon Iver, reproduciéndose incansable en mi ordenador.
De vuelta a Manhattan, durante nuestra primera exploración neoyorquina, nos topamos con la sorpresa de que justo en esos días Bon Iver estaba programado en el Radio City Music Hall. Por supuesto, compramos de inmediato nuestros boletos. 


El concierto, un par de días después, fue algo así como el clímax del viaje. Al menos eso yo pensé en ese momento. Pero aún faltaba más.



¿Se puede considerar coincidencia que el equipo de casa ganara durante nuestra visita al Yankee Stadium? Ok, tal vez no. Pero en ese momento, a mí me lo pareció.


Las coincidencias no sólo fueron para mí. Myriam también tuvo lo suyo. Como explicar, si no, la exposición temporal de fotografía en el MOMA, que incluía justo las obras que la semana previa había estado revisando para su maestría.


O que el día de su cumpleaños, justo cuando teníamos planeada nuestra visita a Little Italy, se celebrara en dicho barrio el famoso Festival de San Genaro; ocasión que celebramos al estilo Soprano, sobre la banca de un parque, con café expresso y cannolis.


Y aunque no fue coincidencia, sí una linda sorpresa para cerrar con broche de oro: una noche pagada en el Blue Note, el club de jazz más famoso de Greenwich Village, cortesía de nuestros amigos Laura y Marquito que nos pusieron a correr y luego a disfrutar, de nuestra última noche neoyorquina.


Una vez en casa, con la ropa y las maletas guardadas, mientras recordamos con emoción las experiencias vividas durante la semana, las coincidencias continúan. Nuestro viaje también.

19 jul 2012

Somebody that I used to know

Gente que un día fue imprescindible
y con la que hoy no podrías
-aunque quisieras-
compartir una sola idea:
(mucho menos -que hueva- un café)

10 jul 2012

Soñar a la abuela (otra vez)


Tuve este sueño hace un par de meses. Lo escribo porque no lo quiero olvidar.

Es de noche. La abuela está postrada en la cama y yo la estoy cuidando. Acaricio su mano con devoción. La beso. Sé, de alguna manera, que se trata sólo de un sueño. Pero en ese momento no me importa. Me siento feliz de verla, de tocarla, de hablar con ella.
En algún momento, la abuela me pide que le dé un recado a mi abuelo. Yo le contesto que mejor se lo dé ella misma (hasta el cuarto nos llegan las risas del resto de la familia que acompaña al abuelo en una habitación contigua).
–Te llevo con ellos si quieres –le digo.  
La abuela me mira con ternura, como si le estuviera pidiendo algo imposible.
Por un momento recuerdo que estoy soñando, pero hago un esfuerzo por erradicar esa idea de mi mente. 
–Mira –me dice mientras señala el clóset de su recámara–. Allá hay un cajón donde guardo un cuaderno y un bolígrafo ¿me los puedes traer?
No dejo de pensar, mientras busco lo que me ha pedido, en esas manera tan suyas de hacer las cosas, en el cuidado que pone en cada detalle, en su afán por no dejar cabos sueltos, por ser justa y exacta siempre. No me extraña que en esas circunstancias prefiera la escritura, que trasciende el tiempo, a las palabras que se erosionan con él.
–Yo te dicto y tú escribes –me susurra cuando estoy de vuelta con ella.
Mientras mi abuela habla, yo deslizo la pluma por las páginas de una libreta de hojas amarillas y desgastadas. Pero todo esto lo veo desde las alturas, mientras me alejo de la escena, como en el cine.
Entonces abro los ojos.
El regreso a la realidad no es abrupto ni violento. Se acompaña del sonido de las campanas de la iglesia que se ubica a unas cuadras de mi casa. Es domingo, Myriam está dormida a mi lado, y yo no puedo dejar de llorar y de pensar, más allá del recado que nunca podré entregar a mis familiares, que ese sueño no ha sido un sueño: ha sido un regalo. 

16 jun 2012

Reflexiones de aeropuerto

Reviso mi blog en un café, antes de tomar un vuelo.
Me topo con curiosidades, pero sobre todo, con silencios.
Desde hace varios años, este sitio dejó de ser una bitácora.
Hay demasiados espacios vacíos, demasiadas cosas importantes que he preferido guardar para mí.
Creo que en algún punto de este ejercicio de autoexploración compartida opté por vivir lo que escribo, en vez de escribir lo que vivo. Parece una diferencia sutil, pero no lo es, nunca lo ha sido.

17 abr 2012

Al final de este viaje en la vida




Alguna vez fui joven y escuché hasta el cansancio las canciones de Silvio.
Fue una época extraña, incómoda, intensa. 
Desde la tranquilidad de la mesa en que ahora escribo, me gusta rememorar esos días. Los reconstruyo, inevitablemente, con un halo de romanticismo que oculta la naturaleza voraz de ese tiempo salvaje. Y es que si lo pienso bien, nunca fui tan desgraciado, ni tan feliz como en aquellos años.
Recuerdo que en nuestro modesto departamento de estudiantes de provincia, teníamos un poster del Ché y una foto del "Sup" Marcos (me sonrojo al pensar que de haber tenido dinero, me hubiera comprado también una playera).
Como todo buen universitario, desperdicié mis tardes leyendo a Marx sin entender a Marx, comenté con apasionamiento desmedido el último filme de Kieslowsky y devoré capítulos de Rayuela al por mayor. También, sucumbí al encanto de Cortázar y busqué con desesperación a la Maga (por supuesto, sin encontrarla).
Por las noches me gustaba encerrarme en mi cuarto, recostarme en el colchón extendido sobre el piso y encender un cigarro. Luego le daba "play" a la grabadora. 
Entonces sucedía...
La discografía de Silvio es tan amplia y sus letras están revestida de tanta poesía, que uno puede recurrir a ella prácticamente como si fuera el I-Ching: siempre habrá una respuesta, un mensaje oculto, una razón para sentirse aliviado. Añádase a esto la dosis de idealismo que nos imprimían en las aulas universitarias; el ambiente de incertidumbre política y económica que se cernía sobre el país y el deplorable estado emocional en que me había dejado mi primera gran ruptura amorosa. 
La música de Silvio era la medicina que noche tras noche, me permitía salir indemne de ese peligroso caldo de cultivo. Gracias a ella, pude darle sentido a las pequeñas grandes batallas que tuve que librar en aquellos años gloriosos y terribles.
A veces, instalado en la comodidad desde la que hoy escribo, me da por extrañar esos días. 
Quisiera recuperar un poco de la ingenuidad, de la confusión, del asombro frente a lo incierto, lo no escrito, lo que está todavía por suceder. Pero es imposible.
Con todo, me gusta pensar que hubo en tiempo en que la vida -me refiero a la mía, por supuesto- era todavía prehistoria. 
Entonces, me da por escuchar a Silvio otra vez.

21 mar 2012

Bitácora de investigación IV

Pero el investigador también vive, también duda, también quiere ser.
Y en su vida cotidiana no siempre se asume como sujeto cognoscente.
La mayor parte del tiempo es hijo, cónyuge, padre. Tiene responsabilidades y necesidades materiales y espirituales que no alcanza  a satisfacer. Para el resto del mundo (incluso para él mismo) es ese "otro" que nadie entiende.
Fuera del acto epistémico, necesita saber que sabe, necesita creer que sabe.

Bitácora de investigación III


La tarea del investigador no termina con un libro o una ponencia.
Es justo ahí donde apenas comienza. 
Donde las dudas se hacen más grandes, donde los fenómenos se hacen más inasibles, donde se intuye la imposibilidad de aprehender en su totalidad al "otro".
Saber que se sabe menos, es el destino cruel del que indaga.

29 nov 2011

El hombre del pijama de franela


Mi primera reacción, frente a la noticia de la muerte de Daniel Sada no fue de congoja sino de incredulidad. Horas antes, se había anunciado con bombo y platillo que Daniel había sido galardonado con el Premio Nacional de Ciencias y Artes. Las felicitaciones que minutos antes poblaban las redes sociales, se convirtieron de pronto, en expresiones de dolor y de luto.
Con la intención de verificar la noticia llamé a Jaime Mesa, quien semanas antes me había puesto el tanto del delicado estado de salud de Daniel. Mi llamada no tuvo respuesta, pero minutos después me llegó la confirmación del suceso en un escueto mensaje de texto: “Sí. Daniel Sada ha muerto, mi hermano”.
Las palabras de Jaime me revelaron de golpe el significado verdadero de la orfandad literaria. Y es que en efecto, si Jaime y yo somos hermanos, es en gran parte porque compartimos una misma filiación: la del escritor Daniel Sada.
A lo largo de su vida, Daniel Sada tuvo dos grandes pasiones: la del escritor y la del maestro.
Aún recuerdo la tarde en que lo conocimos, hace casi diez años, a iniciativa de un taller que Pedro Ángel Palou promovió durante su gestión como secretario de Cultura.  
Daniel escuchó nuestros proyectos, leyó con paciencia nuestros textos y luego arremetió contra ellos. Al final de la sesión advirtió que la exigencia durante el taller no menguaría. Quería novelistas, en el sentido de Tolstoi, y para eso había que trabajar mucho.
La mayoría desertó tras esa primera sesión.
Durante varios años, Daniel formó parte de una rutina que, estoy convencido, cambió nuestra forma de apreciar la literatura y la vida.
En su taller aprendimos de narrativa, sí; pero también de lo duro que resulta abrirse paso en el medio editorial. Ahondamos en las virtudes de la autocrítica y escribimos novelas que desechamos sin contemplaciones para acometer nuevos y más ambiciosos proyectos literarios. Hablamos de béisbol, de poesía, de Rulfo y Elizondo, de los haikús de la señora Josefina y también de los placeres de la comida china. Compartimos lecturas públicas, presentaciones de libros, largas sobremesas en los cafés del centro histórico. Pero, sobre todo, y eso es quizá lo que más extraño ahora, nos reímos mucho.
De aquellas entrañables sesiones salieron cuatro novelas, algunas de las cuales, fueron llevadas por el mismo Daniel hasta las editoriales comerciales, vedadas para escritores sin obra publicada.  
Recuerdo que semanas antes de que ese taller terminara, nos reunimos para organizar una despedida. Alguien sugirió una cena en el mejor restaurante de la ciudad y una lujosa pluma como recuerdo de su paso por Puebla. Estuvimos de acuerdo pero antes decidimos consultar a Adriana, su esposa. Queríamos un regalo significativo que expresara nuestro cariño, y al mismo tiempo, toda la gratitud y el respeto que le profesábamos. “Lo mejor que le pueden regalar es una pijama de franela”, nos dijo. Y así lo hicimos.
Conservo como un tesoro preciado, las estampas de aquella última tarde: la lectura del capítulo final de la novela de Lalo; el momento en que Daniel abrió su regalo; la cena en un restaurante modesto, surrealista, donde Daniel se despachó con un hot dog gigante, una malteada de fresa y un par de cafés americanos; la caminata hasta la Casa del Escritor, donde se hospedaba; y el abrazo final con el que clausurábamos, sin saberlo, una etapa de nuestras vidas.
Muchas cosas pasaron desde ese entonces. Algunos se hicieron novelistas (sí, en el sentido de Tolstoi); otros tantos optaron por la poesía, el periodismo o la academia. Todos, hasta donde sé, seguimos escribiendo, corrigiendo y desechando textos.
El día de hoy quiero recordar a Daniel Sada no por su obra, la cual tiene asegurada un espacio privilegiado en la literatura contemporánea, sino por los momentos sencillos que nos compartió a lo largo de su vida: un poema de López Velarde o de José Watanabe, una tarde de béisbol en el estadio Hermanos Serdán, la presentación de nuestros primeros libros, incontables horas de concienzuda lectura frente a nuestros textos fallidos.
Dedico estas letras apresuradas a Adriana y Fernanda, esposa e hija de nuestro amigo y mentor; pero también a Jaime Mesa, Isaí Moreno, Mely Arellano, Carlos Ríos, Eduardo Montagner y Gregorio Cervantes, hermanos literarios de ese padre generoso que fue Daniel Sada, un hombre sencillo del norte del país cuya potente voz narrativa quedará inscrita por siempre en la literatura de nuestro país; y cuyo corazón grande, desbordado, barroco, permanecerá vivo en nuestros más entrañables recuerdos. 

15 mar 2011

Predicadores del Facebook

Me molestan las personas que hiperintelectualizan las ideas simples. Hiperintelectualización vacua, porque no distinguen el contexto ni la intención en que la ideas se expresaron; porque retoman nociones viejas, anquilosadas, y las aplican, sin rigor alguno, a situaciones nuevas, muchas veces vulgares, en donde la palabrita o el concepto que recién se ha aprendido, simplemente no aplica.
Me molesta profundamente la incongruencia ideológica, ya no digamos conceptual, de sus dichos. La forma en que entretejen su discurso. La candidez con que mezclan religiones, idelogías, paradigmas, corrientes de pensamiento; y luego lo engloban en una palabra: posmodernismo (algunos, ni eso).
Me molesta la torpeza con la cual abordan la escritura. Desconocen que una mente clara tiene su correlato en el lenguaje. Y también en el humor. Eso, para mí, es lo peor: no tienen sentido del humor. Jamás percibirán la delgada línea que separa el sarcasmo de la ironía. Para ellos, toda risa es grosera, vulgar. Por eso se afanan en otorgar a sus palabras cierto tono ceremonioso y formal. Por eso reivindican causas a diestra y siniestra, cual espadachines de la justicia, sin entender que las batallas, las verdaderas batallas, se libran en otros campos. Y que a esa fiesta, para bien o para mal, nunca han estado invitados.
De esta clase de gente están llenas las redes sociales. Pero también los cafés. Y los blogs. Predicadores del Facebook con una necesidad enfermiza de aceptación, de reforzamiento de una identidad que por adquirida, no termina por encajarles.
Mis "vidos". Se creen tan diferentes y son todos tan iguales.

22 feb 2011

Meditaciones del náufrago


Días de sosiego, a veces apacibles, otras tantas aciagos.
Después de un año de trabajo intenso, he decidido dejar de alimentar el horno que empuja la pesada máquina de la vida.
Sin combustible los proyectos se apagan.
Las ocupaciones cotidianas se retiran, dejando tras de sí, los restos del naufragio. Un escritorio desordenado, una caja de papeles revueltos, una computadora con archivos incompletos, ideas bosquejadas con entusiasmo que nunca verán la luz.
Atrapado en una isla desierta, en pleno centro de la ciudad, enciendo una hoguera. Quemo en ellas las ideas del pasado, las expectativas sobre el futuro, y las duras tareas del presente. Me abandono sin temor a las inclemencias del tiempo, a la sabiduría de la naturaleza que no opone resistencia a los cambios, que se adapta a ellos siempre que puede, y cuando no, simplemente muere.
Cuesta trabajo entenderse así.
Un hombre a merced de los elementos.
Y sin embargo, resulta a veces tan necesario abandonarse a esta efímera paz, a esta irritante zozobra.

30 dic 2010

Que la quinta es la una y la sexta es la dos...


No olvidaré el 2010 y sus altibajos.
El año en que me hice doctor, o lo que es lo mismo, dejé de ser estudiante.
El año en que se materializó el proyecto editorial que mis amigos y yo concebimos años atrás, reunidos a la mesa de un café, cuando no teníamos un centavo en la bolsa, pero sí mucha pasión y talento entre manos.
El año en que tuve el raro privilegio de trabajar más que nunca, haciendo lo que más me gusta.
El año que pasé de acreedor a deudor de un banco.
El año en el que mi abuela se fue y que Sofía, mi sobrina, llegó para quedarse.
El año en que entendí, por fin, que debo empezar a cuidarme.
Despido el 2010 en Morelia, Michoacán, tal y como lo he hecho durante los últimos cuatro años. Y ése, quizá, es el mejor motivo para celebrar: saber que en medio de tanto cambio (y tanto trabajo) le seguimos reservando espacio a lo importante.
A unas horas de que el año termine, Myriam y yo no tenemos plan... la verdad, me tiene sin cuidado.

26 nov 2010

Fragilidad

Hace un mes -cosas de la fisiología- me descubrí una noche mirando con incredulidad el retrete, justo después de orinar. El color escarlata me revelaba de forma poco sutil la presencia de sangre. Tras el susto inicial, una rápida mirada a la Wikipedia calma mis temores. Los médicos le dicen hematuria y en ausencia de otros síntomas puede tratarse de "un episodio aislado". Pero unas horas después la situación se repite. Preocupado, consulto nueva información en la red. A veces, el exceso de información perjudica. En la época del internet ésta debería ser una advertencia a tomar en cuenta por los usuarios.
Para mi mala suerte es jueves y la televisión transmite un nuevo capítulo de Dr. House. Recientemente he visto Biutiful, la película de González Iñarritu que narra los últimos días de Uxbal, un exjunkie catalán aquejado por un violento cáncer de próstata. El filme, obviamente es mucho más que la anécdota médica, pero en ese momento, es esa parte de la historia la que me abruma.
Acostado sobre la cama me siento la persona más frágil del mundo y por un segundo -sólo por un segundo- cobro conciencia de que son ¡alfileres! los que sostienen los aspectos más fundamentales de mi existencia. Por la noche, antes de dormir, las palabras cáncer, tumor, riñones, vegija y otras menos amables me atormentan. Me duermo con un pregunta en los labios (¿Y qué pasaría si...?)
Las semanas que siguen son de incertidumbre. Tras la llamada a mi médico de confianza, se viene una lista de exámenes clínicos que revelan la presencia de una infección y otras pruebas que -tras una agónica espera- sirven para descartar "otro tipo de complicaciones", cualquier cosa que eso signifique.
Pero es sólo hoy, después de tres semanas de dieta y medicación rigurosa, que puedo finalmente respirar con alivio.
Preparar el café matutino es mi primer acto de soberbia, casi diría de rebeldía, frente a los oscuros pensamientos del mes anterior. Escribir este post, un intento vano por preservar algo de ese miedo primario, instintivo, hacia la muerte.

19 nov 2010

Del oficio

No sé cómo, ni cuándo me hice periodista. Sólo sé que hace diez años entré por casualidad una sala de redacción y desde entonces no he podido dejar el oficio. Muchas cosas han pasado desde entonces. De la corrección de estilo, pasé a la edición y de la edición a la redacción de artículos especializados. De ser empleado full time, ahora trabajo como free lance. Y así... 
Mucha gente me pregunta por qué no dejo este trabajo demandante, ingrato, mal pagado. Y casi nunca alcanzo a contestar adecuadamente; aunque en la soledad siempre me respondo: porque se trabaja con palabras y con realidades, y porque es la actividad que más se asemeja al viejo sueño de cambiar el mundo con un pluma en la mano.
En fin...

13 oct 2010

Bitácora de investigación II


Y después de un descanso breve, regresar a la rutina del investigador. Días que inician y terminan frente a la pantalla de la computadora, en una habitación oscura, apenas iluminada con luz artificial y una tazá de café sobre el escritorio. Horas que se van como agua, comparando cifras, extrapolando hipótesis, desarrollando argumentos.
El investigador edifica con palabras una réplica de la realidad. Réplica imperfecta y subjetiva, intento vano por comprender al otro: el que escribe y sobre el cuál se escribe.

21 sep 2010

La naturaleza hedonista

Con el mar en el horizonte, duermo a pierna suelta y leo.
Mi selección para los días de playa no puede ser mejor: Tierra desacostumbrada el último libro de relatos de la escritora norteamericana de origen bengalí, Jhumpa Lahiri, es una obra maestra.
En ausencia de afán analítico, me dejo llevar exclusivamente por la trama de cada relato, por su cadencia interna, por la vida que emerge de sus páginas: briosa, tenaz -y cierto- inexorablemente triste .
Los músculos se relajan y se tensan acompasadamente, los sentidos se agudizan al extremo. Por momentos parece que en lugar de leer, degusto.
Con un buen libro en las manos me convierto en un hedonista, un egoísta irredento.
La vida académica convierte la lectura en un mero instrumento.
La despoja de su sentido primigenio.
Leer por placer, en cambio, te convierte en un ser sensual, omnipresente en el sentido más literal del término
El instánte en que leo, no soy más yo. Soy otros.

1 sep 2010

Bitácora de investigación I


En las memorias del viaje que realizó por la Tarahumara en 1936, Antonin Artuad escribe:

"Ellos (los tarahumaras) vienen algunas veces a las aldeas, empujados por un ansia de viajar, de ver, dicen ellos, cómo son los hombres que han errado. Para ellos, vivir en las aldeas es errar."

El escritor francés –que aseguraba haber presenciado en Norogachi, al fondo de la Sierra Tarahumara, un antiguo rito descrito por Platón que se atribuye a los reyes de la Atlántida– encontró entre la población indígena de esta apartada región del país, un conocimiento espiritual  inédito, primigenio, que lo liberó del racionalismo europeo el cual sentía –ya desde entonces– como el fracaso de la civilización moderna.

He pasado varias semanas al pie de la Tarahumara, mirando de lejos y conversando –también de lejos– con los descendientes de la raza que Antonin Artuad conoció en los albores del México posrevolucionario: los tarahumaras que viajan a las aldeas para conocer a los hombres que han errado. Una raza altiva y orgullosa, en el mejor sentido que guardan estas palabras.

No deja de intrigarme, cómo aún en las condiciones más precarias, lejos de la sierra y de las barrancas, hacinados en bodegas y albergues improvisados, trabajando largas jornadas en los campos de cultivo, viviendo entre los chabochis que los explotan, estos tarahumaras se conservan dignos e impolutos. No piden nada. No dicen nada. No se quejan de nada. 

Más de una vez, a lo largo de estos días, me ha tocado ser objeto de su desdén. Su cautela está plenamente justificada. Históricamente, la experiencia de los tarahumaras en el mundo occidental ha sido un desastre. Por eso, aunque hablan español, no tienen empacho en darle la espalda al chabochi que los interroga, que quiere saber más de ellos. A veces, después de intercambiar palabras en su propio idioma, se ríen de él. Luego siguen como si nada. Lo ignoran, como ellos han sido ignorados siempre. Montemayor afirma que el propio vocablo chabochi, es peyorativo, burlón. El que tiene barbas en la cara, el que tiene arañas en el rostro, el que tiene telarañas en la cabeza, el que no piensa bien, el sordo, el que no escucha, el que no es capaz de entender.

Y sin embargo, cuando se logra hacer contacto con ellos, aunque sea por breves momentos, uno entiende las razones de su desconfianza, de su aisalmiento, de su pasividad. Dicen que es el "hambre" lo que los obliga a bajar de la sierra (el hambre, esa palabra sobre la que tanto se escibe y sobre la que tan poco se sabe). Pero es algo más que eso: es el compromiso de "caminar bien" en el mundo. De seguir, pese a todo, siendo rarámuris.

La poeta tarahumara Dolores Batista lo describe así:

"Nosotros somos los rarámuris. Nosotros somos los que sostenemos el mundo. Nosotros somos el pilar de este mundo. Tenemos que recordar lo que decían los antepasados, así seremos más rarámuris. No hay que entristecernos sin nos hacen sufrir. Hay que ser fuertes, aunque nos hagan sufrir."

4 ago 2010

Manual onírico I

Breve catálogo de pesadillas recurrentes

1. El mar. Una playa semivacía al atardecer, justo a la hora en que la marea empieza a subir. Estoy sentado sobre la arena cuando una ola me alcanza y me arrastra al óceano. Braceo con todas mis fuerzas, gano algunos metros, y justo cuando estoy a punto salir, llega otra ola más grande que me devuelve al agua. A medida que pasa el tiempo la resaca aumenta su intensidad y yo comienzo a cansarme. Sé que me voy a ahogar y nadie va a darse cuenta.
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2. Un tsunami. De nuevo el mar. Esta vez repleto de gente. En el horizonte, una ola enorme, de dimensiones colosales, empieza a formarse. Me pongo de pie, alerto a las personas que me rodean y corro en busca de un sitio seguro. El agua se desoborda y cubre todo a mi alrededor. Cuando el mar se retira regreso a la playa. Todos los bañistas han desparecido.
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3. Muerte a puñaladas. En una calle desierta, alguien me ataca por sorpresa, casi siempre por la espalda. Mi atacante tiene un arma punzocortante que clava repetidamente sobre la zona de los riñones. Una puñalada, dos puñaladas, tres puñaldas. El dolor es agudo, real. Siempre me despierta.
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4. Olvido académico. Estoy en la preparatoria o en la universidad. Es final de semestre. Justo cuando pienso que he aprobado todas las materias, alguien me advierte aún tengo que presentar un examen (la mayoría de las veces es matemáticas, pero en ocasiones se trata de química o inglés). Desconcertado, reviso mis horarios y me percato de que he cometido un terrible error: me inscribí a una materia y luego lo olvidé. Intento desesperadamente conseguir los apuntes, las tareas, los ejercicios, pero es inútil. No voy a graduarme.