2 nov 2007

El espíritu del viaje

Llevaba semanas intentando redactar un post sobre el viaje, pero muy pronto comprendí que era inútil. La razón es simple: escribir es un acto que exige atemperar las emociones, y yo francamente, sigo todavía emocionado.
Fue entonces cuando concebí la idea de subir una foto.
Sin embargo, después de una prolongada y meticulosa inmersión en mi archivo, fue más que evidente que ésta tarea planteaba un reto aún más difícil.
¿Con qué fotografía quedarme? ¿Cuál que representara el espíritu del viaje?
Pensé primero en Londres, porque de algún modo el viaje inició y terminó ahí, pero luego recordé cierta tarde en Praga, a la orilla del río Moldava, donde nos hicimos una foto que a mí me gustó mucho. Luego, dudé ante la clásica estampa parisina en el café o en un puente. O frente a las típicas de museos o aeropuerto.
Me percaté entonces de lo limitado que puede resultar una imagen para expresar una idea o un sentimiento apropiado.
Al final opté por eliminar las panorámicas y los monumentos icono para escoger la fotografía que encabeza estas líneas.
El lugar importa poco. Si algo te queda claro cuando viajas es que no es el sitio, sino la persona —la actitud que la persona asume cuando viaja— lo que merece ser contado. Y que de todas las cosas nuevas y admirables con que uno suele toparse, es el paisaje interior, aquel que se teje de modo imperceptible y sutil durante los días de peregrinaje, el que revela la imagen más bella, la más memorable.

23 oct 2007

Del invierno que viene


El invierno arribó a mi casa esta madrugada. Llegó sin previo aviso, silencioso, como siempre hace. Y me alegró sin querer la mañana.

Me gusta el invierno y la forma en que se hace presente. Es como si no quisiera llamar la atención, pero resulta imposible no percatarse de su presencia. Hoy por ejemplo, cuando se coló por la ventana semiabierta de mi recámara, no hizo casi ruido, pero me obligó a ponerme de pie para buscar una manta.

Y pienso, no sé por qué razón, que las cosas o las personas importantes de tu vida llegan así, sin aspavientos, ni promesas; pero una vez que se instalan te hacen sentir de manera discreta su fuerza. Sin pedir nada, te obligan a moverte. Te cambian la vida, como el invierno suele cambiar el paisaje.

Hoy por la mañana llegó el invierno a mi casa. Y yo me siento feliz.

5 oct 2007

De la fe

Hace dos años, cuando tomé mi avión a Madrid, estaba perdido. Solo, en un país extraño, entendí que en ocasiones, renunciar a la vida conocida y saltar al vacío, constituye la única manera digna de perdonarse. El viaje que emprendí fue en ese sentido —y para mi fortuna— una huída frustrada.
Hace un par de semanas volví a subirme un avión. Y en esta ocasión todo fue distinto. Por primera vez en mucho tiempo tuve la sensación de estar justo donde debía y con quien debía. Y esa noción, tan extrañamente irreal, se multiplicó a lo largo de dos semanas que incluso ahora, cuando estoy de regreso, todavía continuo disfrutando.
A veces me pregunto si en verdad merezco todo lo que me ha sucedido este año. Y siempre concluyo que no. Pero es lo de menos. Dudo que ser feliz se trate de una cuestión de méritos. Así que en vez de perder el tiempo con ese tipo de pensamientos, me solazo en la idea del próximo fin de semana, o del próximo viaje, me permito soñar e ilusionarme y volver a creer. Sobre todo eso último: creer que todo en esta vida es posible.

14 sep 2007

Septiembre, hoy

Hace un año la tuve que imaginar perdida en algún callejón de Lisboa, dibujando su nombre sobre las arenas de una playa solitaria o parada a mitad de uno de los puentes que atraviesan el río Tajo.
Hoy ya no tengo que imaginarme nada.

10 sep 2007

Falling Man


1
The Falling Man es el título de una fotografía tomada por Richard Drew durante los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas. La imagen muestra con impecable claridad la figura de un hombre cayendo al vacío en un intento desesperado por escapar del fuego que consumía los pisos superiores de la Torre Norte del WTC.
Cuando la fotografía salió publicada en los diarios norteamericanos, numerosos sectores de la opinión pública estadunidense se encolerizaron. ¿Con qué derecho se violaba la privacidad de un ser humano al momento de su muerte?
Richard Drew, el fotógrafo, respondió a varias opiniones diciendo: “Esta fotografía muestra cómo afectaron los atentados a las vidas de la gente en esos momentos, y creo que eso explica por qué es una imagen importante. No fotografié la muerte de esa persona. Fotografié una parte de su vida. Eso es lo que decidió hacer, y creo que conseguí inmortalizarlo.”
Sin embargo, la andanada de críticas, propició que los medios de comunicación la pensaran dos veces antes de volver a sacar a la luz las imágenes más crudas de la tragedia. En acto de abierta autocensura, los medios optaron por publicar sólo aquellas fotografías que representaran actos de heroísmo y sacrificio.
Tuvieron que pasar más de cinco años para que un canal de televisión extranjero emitiera el documental 9/11: The Falling Man, sobre la fotografía y su historia. En este trabajo, se lanza la hipótesis de que el hombre de la fotografía era Jonathan Briley, un técnico de sonido del Windows on the World, el restaurante de lujo que ocupaba la azotea de la Torre Norte.

2

Todos sabemos dónde estábamos exactamente el día 11 de septiembre de 2001. Frederic Beigbeder, el célebre escritor francés, asegura que la primera noticia que tuvo de los atentados la recibió en el sótano de la editorial Grasset, en París, a mitad de una entrevista. Pegado al único televisor, ubicado en la planta alta de la editorial, el escritor contempló durante las siguientes horas las secuencias del choque de los aviones, las torres ardiendo como antorchas olímpicas y muy posiblemente, un primer plano donde se mostraba la trayectoria de un hombre precipitándose en caída libre desde la Torre Norte del World Trade Center. Beigbeder no lo dice, pero yo sospecho que fue en ese momento cuando decidió que tenía que escribir una novela.
La publicación de Windows on the World tres años después de los atentados del 9/11, rompió con la autocensura que de los medios de comunicación norteamericanos, se había propagado hacia las diversas expresiones artísticas, y de manera muy particular, hacia la literatura.
“La realidad misma hace difícil de esta novela hiperrealista —escribe Beigbeder en uno de los capítulos más autobiográficos de su novela—. Desde el 11 de septiembre la realidad no sólo supera la ficción, sino que la destruye. No se puede escribir sobre este tema, pero tampoco se puede escribir sobre otra cosa. Ya no hay nada más que nos concierna.”
La de Beigbeder, es la primera gran reflexión, desde el ámbito de la ficción, sobre los acontecimientos que cimbraron a Nueva York y al mundo en septiembre de 2001.
El escritor francés no se guarda ningún detalle. En ese sentido, la novela es realista y al mismo tiempo cínica. Sin un gramo de pudor, Beigbeder nos relata cómo pudieron ser los últimos minutos la gente atrapada en las torres. A lo largo de las páginas de este libro es imposible no conmoverse frente a la desesperación e incredulidad de aquellas personas condenadas a morir, así como su inútil y atormentada lucha por la supervivencia.
Como toda novela basada en un hecho histórico, el final es lo menos importante, aunque en este caso creo que podría hacerse una excepción: en el último capítulo, el personaje principal se lanza al vacío desde las ventanas del Windows on the World.

3

Después de publicar en 2001 En las ruinas del futuro —un ensayo de urgencia escrito poco después de los atentados del 11 de septiembre— era sólo cuestión de tiempo para que Don Delillo, uno de los escritores norteamericanos más reconocidos y venerados de nuestra generación, se propusiera novelar su propia versión del 9/11.
El título de su nuevo libro, Falling man, alude a la controvertida foto de Richard Drew, que muestra el salto al vacío de un hombre desde una de las Torres Gemelas.
De la novela no puedo decir mucho. Don Delillo es un autor de culto, de ventas modestas, pero de fieles seguidores. Publicada a mediados del 2007, es de esperarse que la novela llegue a las librerías mexicanas hasta finales de año. Sin embargo puedo adelantar, que de acuerdo a las reseñas publicadas en suplementos y revistas especializadas, Delillo se aparta de su tendencia a escribir la Gran Novela Norteamericana, para construir un relato intimista que se centra, más que en los atentados terroristas, en el ambiente de desolación y vacío que predomina en Nueva York en la era “post” nueve de septiembre.

4

¿Somos hombres cayendo al precipicio? ¿Somos, en verdad, esos “falling man” sin futuro seducidos y enajenados por el vértigo de la caída?
Movido por la curiosidad busqué en internet alguna foto que me diera una idea de la carátula del nuevo libro de Don Delillo. Después de un par de intentos, constato con curiosidad que la portada guarda ciertas semejanzas con la fotografía que la editorial Anagrama decidió utilizar para la portada de Windows on the World. Se trata de una imagen sugerente y simbólica que nos dice mucho de las aspiraciones y de las esperanzas que hemos aprendido a construir desde aquel fatídico día en el que nuestra percepción de las cosas cambió irreversiblemente. Y no. No es la fotografía de un hombre que cae al vacío. Es la imagen de un cielo azul, luminoso, cubierto de nubes.

26 ago 2007

De miedos a miedos...

Lo confieso sin asomo de culpa. Soy un aficionado al cine de terror. Supongo que el gusto me viene de niño, cuando ese tipo de filmes eran material prohibido y uno tenía que arreglárselas para escapar al Videocentro más cercano y rentar a hurtadillas la última cinta de Hallowen, Postelgeist, o la escalofriante saga de Pesadilla en la calle del infierno. Luego, permanecer toda la noche despierto, escondido bajo las sábanas, imaginando ruidos inexistentes y elucubrando historias absurdas que no pocas veces derivaban en horrendas pesadillas que era necesario mantener en secreto para no delatar mi pecado.
Pues bien, con el tiempo, todos esos filmes que fueron en su momento la materia prima de mis miedos más ocultos dejaron de perturbarme. La máscara de Michael Meyers, el rostro desfigurado de Freddy Krueger, las dotes contorsionistas de Linda Blair, los poderes telequinéticos de Carrie. Era como si todos los artilugios que habían sido antaño la delicia de mis horas más angustiantes, se hubieran esfumado repentinamente.
Cuando la magia del horror perdió su encanto, no me quedó de otra que mudar de subgénero. Los Pájaros, Psicosis, El resplandor, fueron algunos de los trihller sicológicos que devolvieron un poco de la emoción extraviada a esos años. Pero el encanto no duró mucho. En el curso de una década pasé de las películas de muertos vivientes a las visiones apocalípticas del fin del mundo, recorrí sin mucho sobresalto algunos de los ejemplos más acabados del Gore y sus derivaciones, y sufrí —a principios de los noventa— con los mediocres intentos del peor Wes Craven por infundir vida a las historias protagonizadas por asesinos seriales. Desde entonces, el cine de terror vive su noche más oscura.
Cada verano se presentan en cartelera películas que prometen recuperar ese viejo —y yo diría que hasta sano— espíritu que busca poner en contacto la subjetividad del espectador con las zonas más ocultas e impenetrables de la psique. Y cada verano las expectativas parecen quedar demasiado grandes.
La promesa incumplida del cine de terror es casi una ley no escrita de las salas de cine.
Armados con unas palomitas —irónicamente bañadas en una espesa y sugerente salsa roja— los amantes del género del terror ocupamos las butacas conscientes de que dos horas después saldremos decepcionados, añorando los días en que una cinta rentada a escondidas en el videoclub era capaz de generar intensos e insólitos estímulos emocionales.
Por supuesto que no siempre es así. De vez en cuando surgen películas como Exterminio, La bruja de Blair, o incluso el más reciente remake de El amanecer de los muertos, que reivindican y hacen que valgan la pena cada uno de los intentos frustrados. Pero seamos honestos: una golondrina no hace verano.
Dicen que cuando se estrenó El Exorcista en 1973 la película causó una histeria nunca antes vista. La gente no paraba de gritar, se desmayaba y hubo algunas que sufrieron crisis de ansiedad, lo que provocó que las ambulancias tuvieran que desplazarse a las salas de cine y de teatro para atender a los afectados.
Parece imposible que en poco más de treinta años, hayamos perdido la capacidad de tener miedo. ¿A qué le tememos hoy los habitantes del mundo?
En lo que al cine se refiere, mi concepción sobre el temor ha cambiado radicalmente. Hace algunos unos años cuando vi la película Infidelidad, protagonizada por Diane Lane y Richard Gere, descubrí que otro tipo de miedo había empezado a cobrar forma en alguna región de mi inconsciente. Durante semanas no pude quitarme de la cabeza la idea del engaño, de lo que hubiera hecho yo en lugar del actor o de la actriz, de lo increíblemente indefensos que estamos frente las debilidades propias del género humano. Recientemente en una de las salas de la ciudad, me tocó ver el trailer de una película en donde una pareja feliz —de esas de las que casi no abundan— descubre que uno de ellos es portador de una enfermedad terminal y que por tanto, les quedan apenas un par de meses juntos. Que alguien me diga si eso si eso no es terror o sadismo.
El miedo a la traición, el miedo a la soledad, el miedo al desengaño, el miedo a una vida sin emociones, el miedo al fracaso; esos, creo yo, son los grandes y verdaderos miedos del siglo XXI. El asunto con ese tipo de miedo es que no gratifica. El cine de terror, en cambio, se goza porque desde la butaca del cine el espectador tiene el privilegio de presenciar las escenas más cruentas e inverosímiles a sabiendas de que se trata de una fabulación, lo que suprime cualquier sentimiento de responsabilidad o de culpa. Además, el intenso horror que se muestra en la pantalla, minimiza los problemas menores de la vida real.
Creo que es por eso que a pesar de las reticencias hacia un género que ha sido excesivamente manoseado por guionistas y directores de escaso talento, cada vez que en la cartelera se exhibe un filme que promete mantenerme al filo del asiento, termino siempre por comprar un boleto.
Mi lógica es muy simple. Frente al cine de terror, me siento seguro. Pero al frente al hiperrealismo de ciertas películas no existe defensa posible.

20 ago 2007

Al lugar donde fuiste feliz...

no debieras tratar de volver, dice Sabina.
Pero este fin de semana desoí su consejo.
Regresar a la sierra fue algo más que romper con los años de exilio autoimpuesto.
Fue darme cuenta de que los recuerdos, esos puntillosos fragmentos que laceran la piel, también pueden ser un bálsamo para cicatrizar viejas heridas.
Por ellos valió la pena el viaje.
Por ellos y por ella, compañera imprescindible de estos días, a los que nos acogemos felices, maravillados...

10 ago 2007

Aforismo en viernes

El amor, el verdadero amor, esa cosa cursi en la cual nos educan para que aprendamos a sufrir y a crecer, es el arte de sobrevivir a la ausencia.

Dar la espalda sin rencor, es la mejor forma de amar a alguien.

6 ago 2007

Ácido bórico

El asunto comienza en Oaxaca en los primeros meses del 2006. Tryno Maldonado, escritor zacatecano, viaja una vez al mes a la ciudad para asistir al taller literario que se imparte en el Centro Nacional de las Artes de San Agustín Etla y que coordina desde París, el escritor y editor Martín Solares. Para Tryno, como para todos los que compartimos la experiencia de ese taller, Oaxaca se nos reveló de la noche a la mañana como una experiencia surrealista, alucinante. No era sólo el paisaje desolado y sucio de sus calles, ni las barricadas que cercaban el centro de la ciudad, ni los retenes en las carreteras, ni los autobuses quemados. Era el ambiente que se respiraba, el miedo a salir de noche, las historias insólitas que circulaban entre la gente y que desde la comodidad de la casa que compartíamos en San Agustín Etla, nos gustaba comentar; al principio con morbo, después con asombro, al final, creo que algunos hasta con miedo. Lo sorprendente es que durante aquellos primeros meses, en nuestras ciudades de origen la gente apenas parecía darse cuenta de la gravedad de los acontecimientos. Uno describía frente a sus conocidos el caos que vivía Oaxaca y se topaba por lo regular con sonrisas incrédulas o indiferentes. En mi caso, al menos, no faltó quien cariñosamente me tachara de exagerado y alarmista.
Supongo que eso motivó a Tryno a escribir su ahora célebre cuento “Ácido bórico”. Una ficción en la que el personaje central narra su estancia, durante los días de la represión federal en Oaxaca, en un departamento infestado de cucarachas.
Primero lo subió a su blog. Luego el texto fue publicado en el número 439 de la Gaceta del FCE.
El día primero de agosto Julio Hernández López —en su conocida columna Astillero— publica que “por órdenes superiores” la gaceta había sido retirada de circulación, como una forma de censura hacia la crítica velada, pero mordaz que hacía Tryno en su texto. A partir de entonces “Ácido bórico”cobra relevancia más allá del pequeño círculo de lectores de la Gaceta y del blog del citado autor. La noticia de la supuesta censura se propaga como pan caliente. Escritores, activistas de izquierda, amigos y compañeros de Tryno, se dedican a difundir la buena nueva: el gobierno del “espurio” ha iniciado su cruzada en contra de sus críticos. Hay quienes se ofrecen a redactar y firmar un desplegado público. El Correo Ilustrado del diario La Jornada publica una carta de repudio a la censura del gobierno calderonista y el semanario popular Machetearte publica íntegro el texto de Tryno como una forma de apoyo y difusión.
Pero todo se desinfla muy pronto. Apenas un día después del escándalo, el propio Tryno Maldonado desmiente en su blog la versión de la supuesta censura. Más aún, el autor pide una disculpa al FCE, a la Gaceta y reitera que ha recibido siempre de todos ellos un respaldo total hacia su obra.
¿Qué pasó entonces? En realidad nadie lo sabe. Tengo conocimiento de algunos lectores de Astillero que dirigieron una carta al autor de la columna solicitando una explicación de los hechos. En mi caso, también le pedí a dicho espacio —vía correo electrónico— una aclaración. Pero hasta el día de hoy, el cronista oficial de los avatares y desventuras del “espurio” ha hecho caso omiso de nuestras peticiones. Y no sé por qué, pero empiezo a sospechar que el error no será reconocido ni en ése, ni en ningún otro de los medios que se escandalizaron en la primera etapa de este affaire, cuando todo apuntaba hacia la censura estatal.
Finalizo con un par de preguntas que rondan mi cabeza desde hace un par de días. ¿En qué momento la censura nos pareció más reprobable que el ocultamiento o la mentira? ¿no son acaso las dos caras de una misma moneda?
No voy a caer en la tentación de pugnar en este espacio por un periodismo o por una literatura desideologizada. No creo que exista en el mundo cosa parecida. Me parece, sin embargo, que si una ideología ha de permear la creación literaria o periodística, ésta debe ser la de la honestidad y la denuncia frente a las circunstancias que nos rodean. Sé —porque trabajo en un medio de comunicación— de los dilemas que entraña una actitud de esta naturaleza. Pero no creo que sea algo imposible. Ahí están Tryno Maldonado y su “Ácido bórico”, como ejemplo.

31 jul 2007

De los encuentros fortuitos

No los esperes
Condénalos a muerte
y luego entiérralos

Cuando toquen a tu puerta
sólo verás fantasmas

17 jul 2007

Volver al hogar

Cambiar de casa es siempre cambiar de vida; modificar hábitos y de rutinas; reconstruirse de modo imperceptible pero eficaz en lo cotidiano. Habitar un nuevo espacio es una forma de poner punto final y tomar impulso para reiniciar la escritura en otro párrafo. También significa nadar contra la corriente, porque mantener una casa o un departamento a flote implica hacer innumerables cosas que te desagradan o te distraen. Pero lo interesante en este proceso es que, para bien o para mal, mudarse es un proceso del que siempre aprendes.
A lo largo de los años he cambiado de residencia muchas veces. Durante los nueve años que viví en el DF puedo recordar al menos cinco lugares diferentes, entre pensiones, departamentos, e incluso una casa. Entre los sitios especiales que recuerdo está el apartamento de Uxmal que la doctora Celeste y su esposo rentaron confiadamente a un muy sui generis grupo de economistas de la UNAM; la residencia estudiantil que me albergó durante el mes que estuve en Madrid; y desde hace poco más de un año, el departamento que comparto con mi amigo Jaime.
Pero a pesar de todo eso, cuando pienso en el hogar, la imagen que viene de inmediato a mi mente es la casa de mis padres. El lugar donde crecí y a donde regularmente vuelvo con las excusas más extrañas tan sólo para constatar, frente a lo efímero de las situaciones y las personas que me rodean, que existe un lugar al que aún pertenezco.
Recuerdo que cuando salí de la prepa mis papás me regalaron unas llaves. El hecho me pareció un tanto extraño, pues desde hacía mucho tiempo que yo tenía y usaba las mías, pero lo acepté sin preguntas. Justo ahora, más de diez años después, creo entender un poco el sentido que tuvo de ese regalo. Y puede ser una cosa tan sencilla, como saber que puedes llegar cuando quieras, a cualquier hora del día, y sentir que aunque hace mucho tiempo que ya no vives ahí, cada que abres la puerta estás entrando a tu casa.
Hoy por la mañana vine a imprimir unos documentos en la computadora de mi mamá. No estaba nadie, excepto mi hermana, que tampoco vive aquí y que suele venir de visita de vez en cuando. Ella estaba usando el internet, así que baje a la cocina, me serví un vaso de jugo y salí un rato al jardín. Estaba un poco desvelado así que después de vagar un rato me dirigí a la habitación que funciona como estudio/dormitorio/armario/ que utiliza actualmente mi hermano. Estaba agotado, así que despejé un poco la cama y me quedé dormido un rato. Fue poco tiempo el que estuve ahí, pero descansé como tenía mucho tiempo que no lo hacía. Cuando desperté, en el silencio de aquella casa vacía, me sentí reconfortado. Supe entonces que hay cosas en la vida que nunca cambian. ¿Cómo lo explico más fácil? Mi cuarto puede no seguir igual, pero aún sigue siendo mi cuarto.

5 jul 2007

Hacer el trabajo

Mientras esté aquí haré el trabajo
¿Y cuál es el trabajo?
Aliviar el dolor de vivir.
Lo demás: escenas de borrachos y de tontos.

A. Ginsberg



Lo digo en serio, escribir una tesis es un martirio. Yo ya voy por la tercera y parece que no aprendo. No es que me guste sufrir. Es sólo que siempre he pensado que padecer los procesos de la vida tiene su recompensa. Y que al final, cuando lo peor ha pasado, uno puede decir con orgullo “yo hice esto” o “yo pasé por aquello” y esbozar sin trabajo una sonrisa.
Pienso en algunas de las situaciones dolorosas a las que he tenido que sobreponerme y no me queda duda: el placer que viene después, se disfruta en proporción directa a los obstáculos que uno tuvo que superar, o a las veces en que uno estuvo a punto de asumirse como desertor y mandar todo al diablo. Por eso, quizá, he renegado siempre de las terapias y los antidepresivos. Puede que sea sólo cuestión de vanidad, pero no me gustan los paliativos.
Regresando al tema de la tesis, debo decir que a estas alturas he pasado ya por el engorroso asunto de definir el tema y estoy actualmente en el proceso de agotar la literatura existente y redactar la parte que corresponde al marco teórico. Por lo regular esta etapa suele ser la más aburrida, la menos creativa, la que implica más disciplina. Es también la que suele desanimar más al estudiante. Uno avanza pendiente arriba, con el equipaje a cuestas y no se vislumbra la cima. Y entonces llegan las malditas dudas. Y junto con ellas, el presentimiento de que cada tropiezo, cada inconveniente, cada obstáculo superado, son el cimiento fresco sobre el cual se edifica el goce futuro. Razón de más para levantarse todos los días y emprender sin demora el trabajo. Ya habrá tiempo para regocijarse después.

29 jun 2007

Acá entre nos

No me da pena decirlo. Mi vida, este último año, se ha convertido en un venturoso catálogo de lugares comunes.

8 jun 2007

Tercera declaración de principios

Pocas cosas en verdad han sido constantes en mi vida. La familia, los amigos y párale de contar. Quienes me conocen bien, saben de mi renuencia a asumir sin necesidad nuevas responsabilidades. Sin embargo, de un tiempo a la fecha, casi sin darme cuenta, alimentar este blog se ha sumado a la lista de pendientes cotidianos a los que someto sin culpa mi voluntad y mi tiempo.
Todo esto para anunciar que en unas cuantas horas se cumplirá un aniversario más desde que esta bitácora decidió colgarse de la red para ocupar un modesto lugar en el ciberespacio.
Dicen los que llevan más en esto, que con el paso del tiempo uno llega a convertirse en esclavo de su propio blog. Ignoro si eso ya ha sucedido conmigo, pero en la celebración de los primeros dos años de existencia de esta bitácora virtual me siento obligado a agradecer (a quien sea que haya que hacerlo) por la oportunidad de coleccionar y exponer en este espacio mis estados de ánimo y mis pensamientos. En fin, no vamos a ponernos cursis.
Larga vida pues, a este blog y a su autor, que festejan esta noche la suerte de haberse encontrado.

7 jun 2007

Una de cine mexicano



Ayer, en función de miércoles por la noche, fuimos a ver El violín.
Después de las frecuentes, infructuosas y decepcionantes visitas a los cinitos poblanos, fue como respirar aire fresco.
Esta película es la clara evidencia de que se puede hacer cine de estupenda manufactura en México con una cantidad mínima de recursos materiales y técnicos.
También nos enseña que un filme de denuncia, no tiene por qué ser necesariamente lacrimoso, aburrido, panfletario, chafa.
La anécdota es simple y se hilvana de modo lineal. No hay pretenciosos saltos temporales, ni experimentos en su estructura. Las escenas, filmadas en blanco y negro, contribuyen a generar una atmósfera que resalta los aspectos más íntimos de los personajes y los escenarios emanados del medio rural.
Se trata de un trabajo que —a contrapelo de las tendencias de nuestros directores de moda— reivindica el poder de la historia (la vía Arriaga) frente a los artilugios interpretativos del realizador (la vía Gónzalez Iñárritu y compañía).
Asimismo, demuestra que el soundtrack más efectivo no es aquel que se arma con los éxitos del momento, sino el que mejor le va a la película. Y que un violín mal tocado puede impresionar más al espectador, que si llamamos a Zoé, Belanova y a Natalia Lafourcade y los ponemos a tocar todos juntos.
Y lo más importante: que la realidad de nuestro país supera por mucho las fronteras del DF. Que no todos los mexicanos nos comportamos como irresponsables “charolastras” en la búsqueda del sentido de nuestra existencia. Que hay un mundo más allá de las hiperpobladas e inseguras ciudades que habitamos. Que los viejos y los niños también existen en México. Y que no se parecen a Gael o a Diego Luna, y tampoco se apellidan Bichir. Que no van al cine como nosotros. Y que sin embargo, son protagonistas cotidianos de historias que merecen ser contadas y proyectadas en los cines de ésta y otras ciudades del país. Aunque sean de provincia.

25 may 2007

El mundo sin lentes


Como aprender a caminar descalzo, entre piedras
Como perder el rumbo en una tormenta de arena
Como navegar de noche, sin faro a la vista
Como salir a la calle desnudo y no sentir vergüenza
Como querer más a la gente, sin conocerla siquiera
Como desprenderse de la máscara y también del rostro
Como viajar en autobús de tercera, y aun así, sentirse agradecido...

17 may 2007

Cable a tierra

De un año a la fecha tengo en mi vida un cable a tierra.
Podría llenar páginas enteras hablando de él
pero es casi seguro que me quedaría corto.

Consciente de la imposibilidad de la palabra escrita
y a riesgo de forzar los límites de lenguaje
expreso una idea que describe lo que siento.
Y ésta es que a veces, cuando me imagino sin él, el mundo se vuelve un lugar triste.

Por eso lo cuido, por eso lo quiero tanto…

14 may 2007

En el día de los profes...


No conocí bien al doctor Ayala, aunque jamás me perdí una sola de sus clases.
Me gustaba su forma de enseñar. Sencilla, sin dejar de ser rigurosa. Apasionada, al punto de suscitar el contagio entre sus estudiantes. Tolerante y crítica al mismo tiempo, virtud escasa entre los profesores de la UNAM siempre propensos a ideologizar y a tratar de imponer su postura en el aula de clases.
José Ayala sabía combinar sus experiencias personales, con anécdotas de la vida cotidiana y referencias a los autores clásicos y contemporáneos, como método para explicar el modo en que la economía —y de modo más particular “las instituciones”— afectaban prácticamente todos los aspectos de nuestra vida. En ese sentido, mi deuda con José Ayala es impagable. Durante sus clases, renació el interés por una carrera que hacía mucho tiempo había dejado de emocionarme.
José Ayala fue el sinodal con quien yo más deseaba discutir mi tesis de licenciatura y fue el único que no se presentó el día de mi examen.
Fue el único maestro con quien me quedé con las ganas de darle las gracias.
Y el único también, cuyos libros retomé durante el posgrado más de una vez como fuente de consulta inagotable.
La vida tiene extrañas formas de ponerse a mano con los que ya no están y saldar las cuentas que se pensaron alguna vez pendientes.
Ayer por casualidad, me enteré que era posible que el doctor Ayala no hubiera asistido ese día a mi examen porque le habían detectado cáncer. También de que pese a la rapidez con que se extendió su enfermedad no faltaron muestras de respeto y agradecimiento por parte de sus estudiantes. Y que debido a sus aportaciones a la academia existe una cátedra en la facultad que lleva actualmente su nombre.
Vaya pues este post, a modo de homenaje.

19 abr 2007

De las labores "non gratas"

Todos los jueves, el pasquincito en el que trabajo hace un pasquincito más jodido aún, que sale en forma de suplemento los días lunes. El encargado de dar coherencia a la retahíla de boletines, seudo reportajes y otras aberraciones del género periodístico que prefiero no mencionar, soy yo. Así que por lo regular, en noches como hoy, mientras me esfuerzo por encontrar una cabeza más o menos afable para una noticia que no es noticia, o titular una crónica que se sumerge, cual grosero y pesado armatoste, en los mares profundos del aburrimiento, me pregunto una y otra vez: ¿cómo diablos puede alguien hacer dinero con algo así? ¿existirá de verdad un segmento de lectores interesado en leer el pasquín de un pasquín? Y más extraño aún ¿qué carajos hago yo trabajando en un sitio como éste? Claro que después me vienen a la mente los recibos del banco, la renta del departamento y un montón de necesidades que para bien o para mal, subsano con el mini-salario que percibo ejerciendo el subvalorado y humilde oficio de editor. Entonces dejo de hacerme preguntas y cual reo en vísperas de la evasión, me concentro en repasar, detalle a detalle, los pormenores de mi huida.

5 abr 2007

A saber por qué...

pero de un tiempo a esta parte, me ha dado por coleccionar momentos del tipo “si no el mejor, uno de los mejores”
Y no puedo evitar, frente a este hecho, sentirme afortunado y perplejo. Asustado, a veces. Pero más que nada, embriagado con este subir y bajar, al que a estas alturas uno debería estar más que acostumbrado.

26 mar 2007

Jóvenes y tontos


En vísperas de mi cumpleaños número 31 va esta foto para el recuerdo.
En aquella época solíamos decir que éramos jóvenes y tontos. A saber si era verdad o no, pero a la fecha, siempre que la situación lo amerita, algunos todavía lo seguimos afirmando...
La foto es de 1994.

23 mar 2007

Cuentas pendientes

Hace un par de días celebramos la clausura de nuestro taller literario en Oaxaca. Si bien la experiencia valió las horas en carretera, las ausencias laborales, y los inconvenientes propios del traslado Puebla-Oaxaca durante el primer fin de semana de cada mes, mi conclusión al respecto resulta en una colección de curiosas contradicciones.
Queda por un lado, cierta nostalgia por San Agustín y su gente, por el bungalo que nos albergó durante todo el año, por las reveladoras sesiones de I-Ching y por las preocupaciones literarias y extraliterarias, externadas en pláticas interminables, que fueron por mucho, lo mejor del taller. Queda también la sensación de que se pudo hacer mucho más y no se hizo. Y junto con eso, el desconcierto colectivo que deriva del hecho de que la mayoría salimos de ese taller con más dudas que respuestas —lo cual me parece hasta cierto punto saludable— y ninguno, hasta donde sé, con una novela que valga realmente la pena bajo el brazo.
Con todo, no dejo de pensar en qué momento se perdió el proyecto literario de este año. Y lo más importante de todo: ¿dónde quedó? ¿y cómo diablos haré para retomarlo? Así que extrañamente el ciclo que termina, marca también el inicio de nuevas y quizá más profundas preocupaciones.
Así las cosas, sólo me queda constatar, un tanto con sorna y otro con complacencia mal encaminada, que mi relación con la escritura sigue siendo hasta ahora (con taller o sin él) una cuenta pendiente.

15 mar 2007

Mal y de malas

Primero, el accidente sobre la carretera Toluca-Atlacomulco.
Luego, el robo/canje de llanta con que me timaron en el taller de la aseguradora.
Después, el corto circuito en el sistema eléctrico de mi auto.
Más tarde, el extraño caso de la compuerta de combustible del Clio.
Hace un par de semanas, el extravío de mi credencial de elector.
Hoy, la pérdida de mi USB con la novela, la tesis doctoral, y todo el trabajo académico de este año.
¿Alguna otra idea genial para terminar de arruinar este mes de marzo?

7 mar 2007

A propósito de Gabo...


En el cumpleaños número ochenta de Gabo todos hablan Cien años de soledad como si en verdad ésta fuera la obra cumbre del Nobel colombiano. Está bien. Cada quien tiene el derecho de ponderar sus lecturas como mejor le venga la gana. No obstante, si alguien pregunta mi opinión, diré que me cuesta compartir esa postura. Estoy seguro de que mi escepticismo hacia la novela deriva en parte de aquella primera lectura, apresurada, impersonal, en un momento en el cual mis convicciones (si es que alguna vez las tuve) eran demasiado incipientes como para deslumbrarme. Me explico: a mis trece o catorce años, América Latina era una noción que estaba apenas en construcción. Existía, en el mismo nivel que la Malasia de las novelas de Salgari, o la Rusia invernal de los libros de Tolstoi. Uno es lo que vive y lo que lee. Y para un adolescente de clase media que habita en una conservadora ciudad de provincia, los catorce son una edad en la que por lo regular no se ha vivido mucho.
Tuvieron que pasar algunos años para que pudiera regresar a Cien años de soledad y entender la verdadera dimensión de este libro. Claro que para entonces, ya había leído a Azuela, Martín Luis Guzmán y toda la novela de la Revolución. Estaba maravillado con José Revueltas y El Apando y había descubierto —gracias a la terquedad de uno de mis profesores— a Eduardo Galeano y Las venas abiertas de América Latina, por lo que casi puedo asegurar que lo que me sucedió con la novela de Gabo fue sólo la intelectualización de todo lo leído anteriormente.
Cosa distinta me ocurrió con El amor en los tiempos del cólera. No recuerdo bien las circunstancias bajo las cuales acudí por primera vez a ese libro. Recuerdo, eso sí, cada uno de los pasajes, encuentros y desencuentros de esos dos grandes personajes: Ferminza Daza y Florentino Ariza. Y junto con el recuerdo, la percepción de estarme enfrentando a una novela, como no había leído otra hasta entonces. En parte por la riqueza y el uso prodigioso del lenguaje, pero también porque la historia, narrada del modo en que lo hace García Márquez, posee una tremenda capacidad emotiva que la vuelve, hasta cierto punto, universal. Y aunque todo sucede en un lugar llamado Cartagena de Indias, uno puede sentir, desde el sillón de su sala, que podría estar ocurriendo en cualquier parte.
A diferencia de Cien años de soledad, El amor en los tiempo del cólera es una novela que no he vuelto a leer, salvo para recuperar algunos pasajes memorables. Supongo que es cuestión de gustos, pero en vez de la imponente y aleccionadora saga de la familia Buendía, he preferido quedarme con la impresión primera, maravillada y sobrecogida, de dos enamorados juveniles que se separan y viven largas vidas, antes de reencontrarse.

2 mar 2007

Buzon de quejas

Hoy no fue uno de mis mejores días. Me siento al final de esta interminable jornada, agotado y triste. Pero más que eso, vulnerable. Al sentimiento abona la incertidumbre en torno a ciertas decisiones que no se ven muy lejanas y la percepción de que algunos proyectos personales siguen sin avanzar. A pesar de todo pienso que a estas alturas, quejarse puede resultar muy injusto. Así que mejor ahí le paramos.
Vaya pues este jueves terrible para el olvido.

28 feb 2007

Un liberal de izquierdas


Fue interesante contestar el test de la brújula política:

Y descubrirme de repente como un individuo con tendencias anarquistas
Y ver que me ubico del lado liberal, pero de izquierda
Y que comparto cuadrante con gente como Gandhi o Mandela
Y que me ubico en el opuesto de Bush, Aznar o de Blair
Y lo difícil que resulta conciliar la forma en que se vive, con la forma en que se piensa
Y que apelar a la libertad, desde una posición ética que parta desde el individuo, describe un poco la postura que asumo en discusiones estériles en las que no muchas veces suelo darme a entender.
Y finalmente constatar que uno sigue siendo un moderado, a pesar de todo...

Para todos los interesados, la dirección de la página es:


No lleva más de cinco minutos responder las preguntas y como todo test, éste también suele ser divertido.

30 ene 2007

Oaxaca de ida y vuelta

Extrañaba Oaxaca. Extrañaba manejar de noche y fumar un cigarro con Laia. Extrañaba platicar con Tryno y con Pynch sobre literatura. Y saludar a Martín y al resto de la banda oaxaqueña. Extrañaba hablar de libros leídos o por leer. Y burlarnos de las novelas que decimos escribir y que pareciera no vamos a terminar nunca. Echaba de menos todo eso y más, y sin embargo, apenas había transcurrido un día y ya estaba de regreso en la carretera.
A saber si fue el malviaje, las ganas de verla otra vez, o simplemente el deseo de rescatar el fin de semana. No se necesita ser muy inteligente para notar que de un tiempo a esta parte mis prioridades han dado un viraje.
Ni hablar. En la batalla contra la añoranza, lo cotidiano le gana siempre a lo excepcional.

25 ene 2007

Dependiente emocional

El fin de semana pasado perdí mi celular. Desde entonces vivo en un espacio temporal indefinido: llego tarde a todas mis citas, tengo dificultad para conciliar el sueño, me cuesta trabajo tomar decisiones. En lo que va de la semana me he sentido desconectado del mundo. Extraño ciertas llamadas. No hay más mensajes que alegren mis días. El silencio se ha convertido en mi peor enemigo.
El sábado pasado, el test de una revista me catalogó como un "dependiente emocional". Empiezo a pensar que quizá no estaba tan equivocado.
Para mi fortuna, la solución a esta crisis parece bastante sencilla. Dicen que una relación dependiente se suplanta con otra.
Aunque pensándolo bien, no en todos los casos…

Medicina contra la curiosidad

Frente a las cosas que no es necesario saber, uno debería guardar siempre cautela. El problema es que a nadie le gusta pensar en las consecuencias. Y un día cualquiera, en un arrebato de osadía, cuando parece que nada podría estar mejor, uno se afana en indagar más de la cuenta, como si la recopilación de fragmentos dispersos bastara para reproducir (o por lo menos imaginar) el sentido real de la pieza completa. Está de sobra decir que la adquisición del nuevo conocimiento no suele ser un proceso grato. Con cada verdad revelada los huecos se hacen más grandes. Y por lo regular, uno termina terriblemente confundido y desorientado, sin saber cómo diablos suplir el espacio que tiempo atrás—cuando se era ignorante y feliz— ocupaba la duda a sus anchas.

23 ene 2007

John Irving, príncipe de Maine


La orfandad, el aborto, la paternidad, el amor platónico, la amistad, la reivindicación del derecho a convertirse en dueño del propio destino. Los temas que roza John Irving en The Cider House Rules no sólo son abundantes, sino expansivos. La novela es bella porque logra conciliar las dos grandes obsesiones que acechan los intentos literarios de todo escritor contemporáneo: retomar el espíritu narrativo de los escritores clásicos del siglo diecinueve y abordar, con ese mismo aliento, los grandes temas y preocupaciones sociales del siglo veinte.
Arriesgarse a escribir en estos tiempos una novela a lo Dickens es de por sí un gran logro. Pero más allá de eso, más allá de cualquier lectura que se ocupe de analizar los cuestionamientos morales a los que obliga este libro, se repite una vez más ese fenómeno que me hace pensar en Irving como en uno de esos iluminados que tienen el don de recrear vidas y edificar universos con la misma facilidad con que un mago de circo extrae de su desgastada chistera, justo frente a nuestros ojos, una impoluta y blanca paloma.
En esta novela, Irving escribe desde y para el individuo. Su historia no es una diatriba empeñada en transformar conciencias. Por el contrario —y pese a lo aparentemente urgente y necesario que pudiera considerarse el cuestionamiento de ciertos temas— Irving prefiere someternos a la tiranía de un narrador que nos obliga a recorrer más de quinientas cuartillas con la única intención de emocionarnos, conmovernos y hacernos sentir extrañamente unidos a un puñado de personajes ficticios que bien pudieran ser el reflejo de todo aquello a lo que podemos llegar a convertirnos algún día. Así, lo último que quisiéramos después de leer la última frase del libro es emitir un juicio. No es conocimiento sino comprensión lo que hemos adquirido. Y ese sentimiento nuevo, aunque fugaz, no sólo nos hace mejores lectores. También nos humaniza. Nos reconcilia con los demás y con nosotros mismos.

3 ene 2007

Simbiosis plástica


Nunca he sido bueno para las manualidades. Aún a la fecha, dibujar, recortar, hacer un amarre, o incluso conectar los cables de mi computadora, son actividades que realizó con un máximo de esfuerzo y con resultados casi siempre pobres o mediocres.
De niño, en los scouts, este defecto ocasionó que mi tropa perdiera todos los concursos de nudos en los que yo participaba, y que los diez de mayo mi mamá recibiera siempre los regalos más feos que salían de los talleres de la escuela. Actualmente escribir una carta o dedicar un libro me deja siempre una sensación de incomodidad ante lo desaliñada y deslucida que parece mi letra.
Todo esto para explicar mi participación en el mural con el que competimos en el concurso escolar durante el último año de preparatoria.
Se llamaba si mal no recuerdo Simbiosis plástica. La idea original consistía en hacer coexistir en un mismo espacio diversas imágenes extraídas de las pinturas famosas que conocíamos. Desde las pinturas rupestres de Altamira, y los bocetos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, pasando por Dalí, Picasso, Velázquez, Van Gogh, la portada de un disco de Pink Floyd y alguna que otra aportación personal, cubrimos el espectro de lo que en aquel entonces considerábamos nuestra cultura visual. Cuando los jueces pasaron revista a los trabajos quedaron sorprendidos. De toda la escuela fuimos los únicos que no utilizamos imágenes religiosas o estampas de la Puebla colonial para decorar los pasillos. Ahora, a la distancia, me gusta pensar que la elección del tema de nuestro mural fue una especie de protesta en contra de la uniformidad académica y cultural de la institución en la cual cursábamos nuestros estudios. Pero no estaría tan seguro.
Como era lógico perdimos. No recuerdo si fue ante un cursi y monumental San Juan Bautista de La Salle, o frente a una estampa bucólica, extraída seguramente del calendario de un taller mecánico, que representaba con majestuosidad los volcanes del valle poblano.
Como regalo de fin de año, nuestras mujeres decidieron comprar el pizarrón que nos sirvió de lienzo y nos los entregaron formalmente en una de esas cenas navideñas que hasta la fecha siguen siendo costumbre. A partir de entonces el destino de nuestro mural es incierto. Algún tiempo permaneció en la habitación de Nacho hasta que su abuela pidió que lo sacaran de ahí porque en las noches le daba miedo. Después estuvo arrumbado por varios años en el taller de resina de la familia Kasusky y no volvimos a saber más de él hasta el día de ayer, que Juan Carlos rescató una fotografía que nos envió a todos por correo.
He dicho antes que la pintura, entre muchas otras artes nunca ha sido mi fuerte. Por eso debo confesar que mi aportación al mural consistió en rellenar el fondo (negro para acabarla de joder) y delinear las siluetas de los bocetos que Nacho y Juan se ocupaban en reproducir haciendo gala de sus habilidades artísticas.
Supongo que en algún lugar del mundo Simbiosis plástica guarda reposo. Lleno de polvo y probablemente deteriorado, el mural conserva en una de sus esquinas el nombre de los artistas que lo concibieron y lo crearon. Aunque usted no lo crea, el mío aparece ahí.

31 dic 2006

De los años pasados

Hay años para olvidar. Años de noches perdidas. Años que cuando terminan es mejor archivar en el oscuro expediente de las cosas que se tuvieron que hacer algún día.
Hay años que se suceden unos a otros, que se encadenan para construir situaciones que se nos figuran eternas. Años de tierna inconciencia, de trayecto firme y aparentemente seguro por el océano de incertidumbres que es la vida.
Hay años de reposo, de recapitulación, de simulada calma. Años de voluntaria expiación. Años en los que la inmovilidad constituye la única forma posible para seguir avanzando. Años de hibernación, de parálisis simulada. Años de un activo y productivo letargo.
Hay años, como el que hoy termina, en los que uno aprende a olvidar lo aprendido. Años que te sorprenden a la vuelta de la esquina. Años en los que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Años que dan sentido a otros años. Años en los que todo es volver a empezar…

13 dic 2006

Pensar en diciembre

Las mañanas soleadas y frías, los días no laborables, el reencuentro con viejos amigos, las luces que adornan el centro de la ciudad, las compras de último momento, las ofertas que nunca son ofertas, la ennumeración de propósitos que no van a cumplirse, el olor a resina de los arbolitos naturales, la repartición de los abrazos, la chimenea encendida en casa de mis padres, los vasos rojos del Starbucks, la sala de cine vacía durante la última función del año…

24 nov 2006

Cerrado por derribo

A últimas fechas no tengo ganas de postear. Me pregunto si es un estado de ánimo natural o se trata sólo cierto temor a lo que pudieran revelar las palabras. Lo cierto es que los últimos días han sucedido demasiadas cosas. Y no quiero pensarlas. Ni hacer de ellas filosofía pasajera. Mi escritura se está volviendo limitada.
Este blog se declara en receso.

3 nov 2006

Alivio de luto


Y las luces del Auditorio se apagaron. Y el maestro Sabina salió al escenario. No fue, ni con mucho, el Sabina que escuché por primera vez hace casi diez años. Pero a nadie pareció importarle eso. Tampoco nosotros somos los mismos. Mala señal si el tiempo no ha dejado cicatrices a su paso.
Con todo, el concierto fue lo que se esperaba y quizá un poco más. En parte por la compañía. En parte también porque este tipo de encuentros alimentan la convicción de que si bien el mundo ha cambiado, existe en nosotros un espíritu vital que permanece intacto. Y que en noches como ésta nos cura y nos hace sentir aliviados.

12 oct 2006

No hay que olvidar nada

Navegando por la red me topé por casualidad con las líneas de una novela que me hicieron recordar momentos muy bellos.

Bebé Rocamadour, dientecito de ajo, te quiero tanto, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete...”

26 sep 2006

Morir en lunes

En Toda esa gran verdad, el personaje principal, Carlo, tiene una extraña relación con los viernes. Todas las cosas buenas, malas, extrañas, determinantes, o trascendentes para su vida, le ocurren el día previo al fin de semana.
A mí me sucede igual, pero con los lunes. Digo igual, aunque lo cierto es que en mi caso, el truco opera siempre a la inversa. Los lunes suelen para mí días terribles. No es sólo el cansancio físico lo que me atormenta desde las primeras horas de la mañana, sino cierto desgano o desinterés por todo lo que sucede a mi alrededor, que se traduce en una velada, pero no por eso menos angustiante opresión. Son días en los que nada pasa, o peor aún, donde las cosas que suceden, cotidianas, frívolas, contribuyen sólo a empeorar mi estado de ánimo.
Para mi fortuna, la maldición de los lunes tiene sus fronteras temporales bien definidas. Y es casi seguro que al día siguiente las horas adquieran otro ritmo, otro color, y los escenarios y las situaciones sean portadoras de significados más gratos.
En Los lunes al sol película de Fernado León de Aranoa, uno de los protagonistas asegura: “Los lunes son como los domingos porque no hay trabajo y puede disfrutarse el sol; pero no son domingos”. Creo que esta frase resume parte del desencanto.
No escribo este post para quejarme. Con el tiempo he aprendido a padecer este mal con resignación y a convivir con los lunes de mi semana, del mismo modo en que se convive con los peores defectos de un amigo al que se quiere.
Los lunes como espacio de transición, como el necesario pasaje para reinsertarse a la vida laboral, académica, o literaria; para atemperar lo sentimientos exaltados durante el fin de semana y entender que lo cotidiano, por mucho que nos cueste, también es vida.

12 sep 2006

Un pacto para vivir

Del encuentro del sábado prefiero no hablar. Hay cosas que difícilmente podrían explicarse. Baste con saber que lo que se dijo y lo que se pactó aquella tarde supuso para mí un nuevo aprendizaje. Habrá quien suponga —con motivos fundados— que se perdió más de lo que se obtuvo. Y estará en lo correcto. Sé que va a sonar ilógico, pero de hecho, ésa era la idea.

1 sep 2006

Diagnóstico y tratamiento

3:45 am
Por fin termina mi jornada laboral. Hoy no ha sido un buen día. Y dados los acontecimientos recientes, tengo la ligera impresión de que ésta ha sido apenas una probadita de lo que me espera para las semanas que vienen. Ni hablar, frente a temporadas así, no queda de otra que pensar, a modo de consuelo, en lo relativo y efímero del tiempo. ¡Ah... y comer mucho chocolate!

25 ago 2006

Hasta siempre Plutón


Hoy terminan oficialmente mis vacaciones. A partir del lunes siguiente tendré que reinventar una nueva rutina para mis días. A pesar de la pasividad de la semana que termina, pienso que no he desperdiciado el tiempo. Por una semana, al menos, pude retomar la disciplina literaria, replantear mi novela y sentarme a escribir todos los días.
Es viernes por la noche y para variar no tengo nada que hacer. La redacción del periódico está casi vacía. Afuera llueve. He previsto para las próximas horas una sesión de pizza, cerveza, y para rematar, un par de capítulos de la primera temporada de Los Soprano, mi nuevo vicio.
A estas horas Myriam debe estar por llegar a Morelia. Me da las gracias por cosas sin importancia. Y yo no encuentro el modo de hacerle entender que nada de lo que hago por ella me exige ningún trabajo. Me preocupa que no lo entienda. O quizá peor, que lo entienda bastante bien y que entonces su temor y el mío estén plenamente justificados. Como sea, he decidido no pensar más en eso...
Los diarios anuncian que a partir hoy Plutón ya no será considerado más como un planeta de nuestro sistema solar. Dicen que es demasiado pequeño, que su atmósfera es demasiado inestable, que su fuerza de gravedad no le alcanza para mantener su órbita despejada de asteroides. De ahora en adelante será considerado como un enano galáctico. Traigo a colación el asunto por una sencilla razón: planeta o no, Plutón existe. Sigue siendo el mismo más allá de la categoría en la cual algún congreso de sabios lo clasifique. Aunque no se le estudie más en las escuelas, seguirá influyendo en las vidas de las personas, y los astrólogos (esos nostálgicos) lo seguirán utilizando para interpretar sus cartas astrales. Visto de este modo, nada cambia, salvo lo irrelevante. Y eso demuestra una vez más cómo las palabras suelen encasillar a las cosas. También lo hacen con las personas o con las relaciones. O como pude darme cuenta estos últimos días, con los personajes de esa novela que avanza con pasos cautelosos e inseguros en el procesador de textos de mi computadora.

21 ago 2006

Gracias Leonardo...

Este mes en Oaxaca no hubo I-Ching. Ni noches de Central. Ni gigantescas tlayudas. No hubo desvelos, ni mezcal de alacrán, ni conciertos de jazz, ni Guelaguetza. Hubo, eso sí, mucha lectura, crítica feroz pero constructiva, mucha charla sobre literatura y performance, aderezada por una improvisada lección de Tryno y Pynchón sobre la estructura de la novela. No sé si tuvo algo que ver nuestra renuencia a pisar el centro de la ciudad por temor a los maestros. O si el mail que mandó Martín desde París la semana pasada surtió el efecto esperado. El asunto es que por primera vez me sentí en un taller “riguroso”, exigente, comprometido, bla, bla, bla…. claro que toda esa seriedad se vino abajo el último día, cuando Leonardo Da Jandra tuvo a bien mostrarnos, a partir del microcosmos social que representa nuestro taller en San Agustín, por qué Oaxaca está como está. El asunto para Da Jandra es así de sencillo: si no lees y te jactas de ello, si piensas distinto a los demás, si no escribes todos los días, si te atreves a criticar el taller, entonces eres un “hijo de puta”. Y con un hijo de puta no se discute.
Aunque de inicio su actitud generó cierta molestia entre nosotros, no tardamos en concederle razón. Encerrados en un coche durante tres horas y media que duró el trayecto de regreso hasta Puebla, era inevitable que un tipo “irónico” como Pynchón, un “pendejín” como Tryno, un chava que “todo lo que toca lo convierte en literatura” como Laia, un hombre taciturno y silencioso como Tlachi y un conductor malviajadisimo por cierta llamada que no recibió durante el fin de semana, empezaran a putearse recíprocamente. El “hijo de puta” repetido hasta el cansancio, a modo de mantra, fue la única constante en nuestra conversación. Y fue, también hay que decirlo, lo más divertido del viaje.
Hoy por la mañana abro el blog de Laia y después de leer su “crónica oaxaqueña” no puedo parar de reír. A medio día me envía un mensaje por celular en donde pondera los beneficios de insultar al prójimo como forma de terapia. Pongo en práctica su consejo y después de los primeros improperios de la tarde empiezo a entender por qué Leonardo parece estar siempre tan feliz.
Justo ahora, cuando estoy por subir este post, Tryno me manda un mensaje para preguntar si sólo a él le ha hecho daño la comida en Oaxaca. Le contesto que no, que desde ayer no me siento bien. Y él responde que Laia está igual que nosotros. No nos decimos nada más, pero sé que en el fondo, disimulando con una sonrisa, los tres estamos pensando lo mismo.

14 ago 2006

Popperiana

El problema de la inducción —dice Popper— nace del hecho de que nunca podremos afirmar algo universal a partir de los datos particulares que nos ofrece la experiencia.
Traslademos esta idea a un tópico vulgar desafortunadamente común. Por muchas relaciones fracasadas que conozcas o experimentes, nunca podrás afirmar que “todas” ellas están destinadas a terminar así. Basta con que encuentres una sola que sea distinta, para estar en condiciones de afirmar lo contrario.
¿De dónde entonces esta necesidad de seguir insistiendo en una hipótesis tan pesimista? Popper sale a nuestro auxilio nuevamente: “los falsacionistas siempre prefieren las hipótesis o teorías que sean más falseables, es decir más suceptibles de ser demostradas en su falsedad, mientras no hayan sido falseadas previamente. Así el progreso en la ciencia (o en las relaciones humanas para nuestro caso) se da siempre a base de ensayo y error”. ¿Qué taaal?

10 ago 2006

Otra vez la novela

Pues bien, supongo que como todo en la vida, el acto de escribir implica la clara conciencia de que cada paso que se da, en un sentido u otro, representa un avance aunque a veces no lo parezca.
Acabo de desechar las primeras cuarenta cuartillas de mi novela. Hacerlo fue un acto más que doloroso, sobre todo porque implicó tirar a la basura no sólo el tiempo invertido, sino la confianza ganada a cuartilla a cuartilla a lo largo de estos últimos meses. No es la primera vez que pasa y sin embargo cada vez que sucede duele un poco más. Quizá porque en el fondo, la escritura sigue siendo una de esas verdades en las que uno necesita seguir creyendo pese a que todo lo demás apunte a lo contrario. No es una cuestión de necedad, sino de necesidad. Y como siempre sucede, lo necesario termina siempre por imponerse. Así que no tengo muchas opciones.
Por otro lado ayuda mucho saber que uno no está solo. Y que por aquí y por allá existe gente que sufre con los mismos descalabros y que se regocija con las mismas pequeñas victorias.
Ignoro en qué radique esta obsesión por la novela. Sólo sé que mañana, cuando me siente frente a la computadora, volveré a sentir que hago algo importante, aunque avance con temor entre las primeras palabras, aunque escriba con la clara conciencia de que todo puede volver a fallar otra vez.

2 ago 2006

La palabra del día

Desconcierto

1. m. Descomposición de las partes de un cuerpo o de una máquina.
2. m. Estado de ánimo de desorientación y perplejidad.
3. m. Desorden, desavenencia, descomposición.
4. m. Falta de modo y medida en las acciones o palabras.

¿Alguna otra pregunta?

31 jul 2006

Otra vez lunes

Son las once y media de la noche. Hace más de una hora que terminé y sigo todavía en la redacción del periódico. No le he dirigido la palabra a nadie en toda la tarde. Laura me pregunta qué me pasa, que por qué estoy así. Y sólo se me ocurre decirle que he tenido un mal día. No le cuento de mi frustración, ni de mis temores, ni de los pensamientos que vengo arrastrando. Me haría bien hablar, lo sé, pero es cuento de nunca acabar. La historia se va a repetir y yo ya estoy harto de quejarme.

Cosas del mercado


No. No fue el equipo creativo de una prestigiada agencia de publicidad. Tampoco el director de la editorial. O un especialista en mercadotecnia. O un diseñador gráfico. Vaya, ni siquiera el autor de la novela. Fueron 120 vendedores del Sanborn’s a quienes se les asignó la importante labor de escoger, de entre una serie de dummies, la portada del libro de Lalo.
Como sea, es un gusto saber que a partir de octubre Toda esa gran verdad compartirá anaqueles con lo mejor y lo peor de la literatura nacional. Una buena noticia para el autor, para sus futuros lectores, y para quienes estamos en el camino.

26 jul 2006

Un lado no tan oscuro


La primera vez que vi El lado oscuro del corazón fue en el verano de 1995. Era una tarde fría, llovía, y ante la perspectiva de una tarde aburrida Juan, Nacho y yo decidimos rentar una película. Escogimos esa porque el título nos llamó la atención. Aún no cumplíamos los veinte años y nuestras experiencias vitales eran muy reducidas. Lo sabíamos, éramos conscientes de eso y en nuestra urgencia por rellenar los espacios vacíos recurríamos a la literatura o al cine. En mi caso, más a la literatura.
Como toda primera vez, el contacto inicial con la película fue deslumbrante: la poesía, los personajes, las escenas cargadas de surrealismo, la música, el paisaje urbano (aún ahora, más de diez años después, sólo puedo imaginar Buenos Aires a través de esa cinta).Y por encima de todo eso la idea del amor, flotando en el aire, como un elemento desconocido, inasible, que se posaba sobre nuestras cabezas.
Recuerdo que los siguientes días me di a la tarea de conseguir los textos del guión de la película, cosa que me resultó difícil en una época en la cual el internet era aún una rareza. Compré algo de Benedetti y de Oliverio Girondo. De Juan Gelman no pude encontrar nada. Los leí con fruición, me aprendí algunos fragmentos de sus poemas, y durante meses (quizá hasta años) me di a la tarea de buscar a la mujer que vuela. No la encontré nunca.
Ayer por la noche vi la película por segunda vez. Al igual que doce años atrás, hacía frío y llovía. Después de preparar la cena me recosté en el sillón de la sala y encendí la televisión. La cinta ya había iniciado pero aun así decidí verla completa. Mis intenciones fueron declinando a medida que avanzaba la madrugada. Los diálogos me parecieron afectados y cursis. Los personajes, estereotipados y pretenciosos. La visión del amor, sufridora y machista. Para las dos de la mañana, por uno de esos incomprensibles, y en este caso, venturosos accidentes de la televisión por cable, el audio de la película se fue y entonces pude retirarme a mi habitación sin culpa.
No entiendo bien lo que pasó. Supongo que con el tiempo uno cambia su visión sobre las cosas; deja de creer, de buscar, renuncia a las ideas que fueron alguna vez importantes. Y esto no debe representar ninguna tragedia. Pienso en la infructuosa pesquisa de la mujer que vuela y sé que a estas alturas ya no querría algo así. Puede que el miedo tenga algo que ver en todo esto, pero a últimas fechas, cuando de relaciones se trata, prefiero conservar los pies bien puestos sobre la tierra.

17 jul 2006

I-Ching(a)


El hombre superior no escribe. Se conforma con vivir el día a día. Pega un brinco si le da la gana, muerde un lapiz por el gusto de hacerlo o se pone a llorar si siente que es necesaria cierta dosis de dramatismo para mantener el ego a la altura de los pequeñas tragedias. No lee, no discute de política (le da hueva), repudia las conversaciones sobre libros o autores. Renuncia a la dieta, a la coca light, al abandono del tabaco, a las disciplina y al orden que a decir de los iluminados, hacen más sencilla la vida. El hombre superior no rie al último, pero rie mejor porque al final lo ha comprendido todo: no hay alivio a la vista.

4 jul 2006

San lunes

Hay días como hoy en los que uno no debería de levantarse de la cama. Ni atender las obligaciones cotidianas. Hacer a un lado las emociones y las personas. Olvidar las cuentas pendientes. Dedicarse a la contemplación. Practicar el arte zen a la manera de los negligentes e irresponsables. Salir a la calle sólo si se te está quemando la casa o si tienes unas ganas irresistibles de vagabundear, como cuando eras un chico y no había en el mundo nada más importante que recorrer las cuadras que separaban el hogar de la tienda, montado sobre tu bicicleta.

21 jun 2006

Silogismo

a M.

Escribir es infundir vida
Todo lo vivo muere
Luego entonces, no escribiré de ti

Prefiero la incertidumbre de lo posible
Que la certeza de lo probable

12 jun 2006

De las despedidas


Nunca he sido bueno para desprenderme de las personas o de las cosas. Hace algún tiempo alguien me dijo que ése era mi problema. No le creí entonces. Y sigo sin creerle. Somos lo que tocamos, lo que hicimos nuestro alguna vez, lo que vamos dejando en el camino.

*

Hace 13 años mi papá compró un coche que mi hermano y yo compartimos durante nuestra adolescencia y parte de nuestra vida adulta. Era un Sedan 1993, color blanco. Un auto ciertamente sencillo, pero que para nosotros, que habíamos crecido bajo el implacable yugo del transporte público, era todo un lujo. La posesión del coche generó toda suerte de problemas familiares hasta que mi padre, cansado de las acusaciones y las recriminaciones mutuas, nos puso un ultimátum: o resolvíamos las diferencias de forma civilizada o el auto dejaría de ser nuestro. Así, después de varios años de disputa pudimos llegar a un arreglo: durante la semana mi hermano iba a ser el responsable del coche, pero el sábado y el domingo yo sería el dueño absoluto. A finales del 2000 mi hermano se compró un Jetta y en consecuencia, el viejo Sedan pasó oficialmente a mis manos.
*

Faltaría espacio para relatar las cosas que ese auto y yo vivimos durante todos esos años. Los momentos felices y tristes que presenció, las anécdotas trágicas, divertidas, escandalosas de las cuales fue testigo. Los amigos, las fiestas, las discusiones, los accidentes, los viajes. En ese auto besé por primera vez a Fabiana y fue en él que nos separamos y reconciliamos, una y otra vez, a lo largo de siete largos años.
Pero todo cambia: las personas, las relaciones, las cosas. En septiembre del 2004 se me metió la idea de adquirir otro automóvil, uno más moderno, más cómodo, más “adulto”. Es extraño, pero a veces relaciono ese hecho —la sustitución de mi coche viejo por uno nuevo— con la ruptura definitiva de mi relación y el tránsito a una nueva etapa para la cual, debo reconocer, no estaba preparado.
Por razones que no viene a cuento narrar, cuando me separé de Fabiana decidí que el Sedán permaneciera en su poder. Supongo que las razones debieron ser más egoístas de lo que ahora pretendo creer. Lo cierto es que en el fondo deseaba que algo de mí se quedara con ella, como recordatorio, como presencia, como ofrenda a un amor que en ese entonces creía ilimitado, absoluto e inalterable.

*

Hace una semana que el viejo Sedán regresó a mis manos. Al pobre le sucedió lo de siempre: la llegada de un auto nuevo lo ha desplazado. Sé que a pesar del cariño que le tengo no puedo conservarlo. Son demasiados recuerdos, demasiadas cosas que necesito dejar atrás.

*

Mañana viene un comprador interesado en adquirir el vochito. Hace un momento llamó por teléfono para preguntar cuánto vale. Y yo me quedé callado, sin poder contestar.
—¿Cuánto vale para mí? —reviré confundido, incapaz de mencionar una cifra razonable.
—Sí —repitió con nerviosismo la voz al otro lado del auricular—. Necesito saber si me alcanza.
Entonces lo comprendí. Pude ver que lo que para mí era antiguo significaba para alguien más una novedad. Cavilar en ese momento sobre la posible redención de mi auto fue un mal negocio. Acordamos un precio ridículo y sellamos el trato.

*

Hoy por la noche dejaré el coche nuevo en casa, y volveré a manejar el Sedán.
Sé que la idea de un último viaje es la cosa más cursi que a alguien se le puede ocurrir para una despedida.
Pero a quién le importa.
Creo que ambos nos lo debemos.

9 jun 2006

Segunda declaración de principios

Hoy hace un año empezó a escribirse este blog.
La fecha no pasa desapercibida.
Lo releo con curiosidad. Repaso episodios dolorosos, reconfortantes, esperanzadores
Noto, después de leer el último post, que soy y no soy el mismo que sentó a escribir hace un año para no sucumbir a la tristeza.
Y pienso que si esto es un camino, o una manera de hacer las cosas, se debe renovar aquella declaración de principios inaugural.
Busco alguna sentencia que resuma el aprendizaje. Pero no hay tal. Apenas una conjetura a la que me aferro a pesar de toda evidencia razonable: El amor es un acto de fe.

20 may 2006

Con Goldman


Quienes me conocen saben que no acostumbro hacer esto muy seguido. Pero el fin de semana pasado en Oaxaca, no pude resistir el impulso de tomarme una foto con Francisco Goldman, cuyo libro Marinero raso he leído con deleite durante los últimos días. Compartir los primeros capítulos de mi novela con el maestro y escuchar sus comentarios le ha dado un nuevo impulso a este proyecto que empieza poco a poco a tomar forma en mi cabeza.

3 abr 2006

De lo verdadero

Acabo de llegar de Oaxaca. Abro mi cuenta y encuentro un correo de Ixchel. Me felicita por mi cumpleaños. Pregunta por mí. Me da algunos consejos para resolver cierto asunto que de un tiempo a la fecha me tiene azorado. Me cuenta las cosas buenas que han pasado en su vida durante este último año.
En el fondo la percibo contenta. Y eso me da un gusto enorme. Uno se regocija con la felicidad de la gente que quiere, que siempre ha querido.
Pienso, después de contestar su correo, en lo irónica que es la vida.
En cómo las personas cambian (para bien o para mal)
Y en cómo lo verdadero permanece.
Y lo falso se va, de un día para otro.
Se disuelve en el aire como si nunca hubiera existido.

31 dic 2005

Vísperas

Omitiré lo que pasó el día de ayer. Este será uno de esos silencios que se escriben sólo para dejar constancia de los hechos. Para que no se me olvide nunca que faltaste, por decisión propia, a la única petición que te hice. Y que ya no hay nada más que hacer.

9 dic 2005

Breves de un viernes


De la frase hecha
Aunque suene a lugar común, amar no es algo de lo que podamos arrepentirnos. Así que en vez de quejarnos y repartir responsabilidades como si fueran pedazos de pastel, lo más sensato que nos queda es asumir los costos de la felicidad perdida. Al contado o en cuantiosas mensualidades, pagar el precio y ya. A ese vulgar acto mercantil se resume todo.

*
De lo sempiterno
El verdadero problema es que uno no puede dejar de amar aquello que amó algún día. Es como una especie de axioma. Si fue verdadero, si realmente existió, entonces no se termina nunca. Tampoco cambia. Sólo, quizá con el tiempo, se puede dejar de sufrir.

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De la mano invisible
Lo dijo Adam Smith: "laissez faire, laissez passer". No se me ocurre otro consejo mejor para superar un desengaño.

*
Del dilema del eterno regreso
Supongamos sólo por suponer que sucede. ¿Y luego?

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De lo imposible y lo improbable
Imaginemos a dos personas que se aman separadas una de la otra. Ambas, por razones que sólo ellas conocen, descartan la posibilidad de un reencuentro. Y como tienen motivos fundados para propiciar que éste no suceda nunca, lo más probable es que su empeño fructifique. Hasta ahí vamos bien. Lo imposible (y esto es lo que ambos desconocen) es que puedan llegar a olvidarse algún día. En las tardes de invierno se recordarán con tristeza como aquello que pudo ser y no fue. Y esa es la verdadera tragedia.

5 dic 2005

Autostop

Han sido días tan extraños, tan insólitamente serenos, que el sentimiento que domina actualmente mi estado de ánimo sólo podría calificarlo de “desconcierto”.
Todo parece nuevo y viejo al mismo tiempo. A veces me sorprendo riendo, o haciendo planes, o tarareando canciones. Y es divertido, pensar que esas acciones cotidianas, impensables algunos meses atrás, empiezan progresivamente a convertirse en moneda corriente.
Si pensara la vida en ciclos, podría asegurar que estoy por cerrar uno de ellos. Pero no pienso así. Así que no elaboremos teorías. Me conformo con saber que lo peor ha pasado. Que ya no pierdo mi tiempo haciendo el recuento de los daños. Que no me interesa mirar atrás.

2 nov 2005

Costumbre de lector

Supongo que las grandes historias terminan así, con una larga e intensa agonía que uno soporta y hasta justifica, bajo la falsa premisa de la autocompasión y la culpa.
Por desgracia, por más que uno se esfuerce en racionalizarlo, la cruda realidad del proceso sólo se entiende a posteriori, cuando no hay nada más qué decir o hacer, salvo perdonarse las horas perdidas, el llanto derramado, las palabras que uno tuvo que escuchar y repetir interiormente, una y otra vez hasta el cansancio.
Es así como llega una mañana en la que uno se siente menos mal que de costumbre, y ése signo es el preludio de una serie de jornadas decentes, con obvias recaídas, que comienzan a espaciarse cada vez más, hasta que el dolor no se siente, o más bien, uno se ha acostumbrado tanto a él, que la mayor parte del tiempo pasa desapercibido.
Desgraciadamente, para la mala fortuna de quienes con ingenuidad creen en el peso acumulado de lo vivido, el último recuerdo es el que prevalece. Y por lo regular éste no suele ser muy grato. En mi caso, una llamada, una serie de comentarios innecesarios, un par de frases alevosas, el orgullo como hilo conductor de un discurso resentido y agotado, el sarcasmo, la burla, la soberbia. Ése es el broche de oro con el que decidiste cerrar esta historia, que como es mi costumbre, me obligué a leer de principio a fin, antes de cerrar el libro.

18 oct 2005

De la omisión en el blog como ejercicio necesario

Todo blog es una bitácora
Toda bitácora es, por definición, fragmentaria (se construye más de silencios y de ausencias que de registros precisos y exhaustivos).
Todo fragmento implica una ausencia.
Toda ausencia cumple con un cometido (dejar constancia de lo no escrito, lo no vivido, lo que no fue)
Toda palabra esconde una segunda intención
Toda segunda intención, una esperanza
Toda esperanza, un silencio
Todo silencio, un grito

3 oct 2005

Microsiervos


En Microsiervos, Coupland se aleja del pesimismo de generacional de sus otras novelas. La tesis es simple. La soledad y el aislamiento inherentes a la última revolución científico-tecnológica no implican necesariamente la desestructuración del individuo. A diferencia de otras novelas del mismo autor (Generación X y Planeta Shampoo), esta historia —ubicada en la fascinante geografía de Silicon Valley— insinúa la existencia de nuevas formas para afrontar la desesperanza. Sí, por mucho que cueste creerlo, hay vida después de Bill Gates.

30 sep 2005

Viejos conocidos


Reconstrurise o repensarse tienes sus ventajas. Por ejemplo, entender el dolor como el impertinente compañero de viaje que no te deja dormir, o concentrarte en el paisaje, o leer con tranquilidad el libro que has comprado en la estación del tren. Ése que cuando duerme emite sonidos arrítmicos, guturales, desacompasados. Y que en sus periodos de vigilia no para de hablar, y que sin permiso alguno se mete con tu vida y te pregunta por tal o cual cosa, y es incapaz de entender, por más evasivas que inventes, que si has decidido viajar es porque necesitas estar solo (o al menos fingir que lo estás). Entonces, a mitad de un oscuro túnel, cuando por fin te has resignado a soportar con estoicismo su presencia, el hombre se levanta de su asiento y te obliga a recorrer el cuerpo para pasar casi encima de ti, mientras musita frases incomprensibles en las que crees reconocer la promesa de un pronto regreso.
Pero el fulano no vuelve más, y aunque al principio el hecho te llena de una efímera alegría, a lo pocos minutos comienzas a preguntarte por qué se ha ido sin despedirse; y más tarde, cuando estás próximo a bajar, por una extraña razón que no alcanzas a comprender, comienzas a extrañarlo.
Con el tiempo, el tipo del tren será sólo una anécdota que contarás a los amigos o la pareja. Bromearás un par de veces con la historia y es casi seguro que después de unos meses puedas llegar a olvidarlo.
Lo que nadie te dice es que años más tarde, cuando menos lo esperes, volverás a toparte con él. Y en el trayecto de ese tren recurrente tendrás otra vez que escucharlo, sufrirlo, y hasta perdonarlo.

28 sep 2005

Gracias, pero no

A tu amistad (light y condicionada)
A tu sinceridad (hiriente e innecesaria)
A tu aprecio (selectivo y condescendiente)
A tus decisiones (inequívocas e incuestionables)
A tu verdad (única e inamovible)
A tu vida (tan, pero tan feliz)

Agradezco la generosidad de tu oferta, pero no, gracias, estoy bien así.

26 sep 2005

2666


Acabo de terminar 2666. Salgo de ella con la impresión de haber atestiguado la creación de un mundo. Qué puedo decir después de leer esta novela. Sólo que con este libro se confirma lo que en Los detectives salvajes era una simple prefiguración. Que Roberto Bolaño ocupa ya, junto con Cortázar, Rulfo, Borges, Bioy, y Vargas Llosa, un lugar privilegiado en la literatura latinoamericana. Que su obra sienta un precedente difícil de superar; que lo sitúa a la vanguardia de la narrativa mundial, y que con el tiempo, más que como novela de culto, 2666 será valorada como un clásico.
Por otro lado, en el aspecto personal, la novela me ha conmovido mucho. Uno la lee y no puede dejar de imaginar a Bolaño, con la conciencia plena de su muerte, escribiendo frente al ordenador una mastodóntica novela de 1200 páginas, armando un puzzle casi perfecto, donde geografías y personajes nos revelan su visión personal del siglo XX; encendiendo un cigarrillo más antes de emprender la que sería su última y más feroz batalla.
No hay de que lamentarse. Sus lectores no hemos quedado huérfanos con su deceso. Es cierto que no habrá una novela más de Bolaño para saciar nuestra hambre de literatura. Pero a cambio tenemos a Cesárea Tinajero, a Ulises Lima, a los real visceralistas, al poeta García Madero, a las hermanas Font, a Amalfitano y su bella hija, a Benno von Archimboldi y sus críticos (Espinoza, Pelletier, Norton y Morini) a Lalo Cura, a Barry Seaman, a Oscar Fate, a la baronesa von Zumpe, al general Entrescu, a Bubis, a Jim, a Pepe el Tira, a Josefina la Cantora, al gaucho insufrible, y por supuesto, al inolvidable alter ego de Bolaño, Arturo Belano.
Visto de este modo, la pérdida no es total. Así que no podemos estar tristes.
Reproduzco, ya para terminar, las palabras que Roberto Bolaño escribió días antes de morir sobre el borrador de 2666, su última obra maestra.
“Y esto es todo, amigos. Todo lo he hecho, todo lo he vivido. Si tuviera fuerzas, me pondría a llorar. Se despide de ustedes, Arturo Belano".
Adiós detective.

Del miedo

No conoceré el miedo. El miedo mata la mente. El miedo es el pequeño mal que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí. Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allí por donde mi miedo haya pasado ya no quedará nada, sólo estaré yo.
F.H

18 sep 2005

16/S

Ni siquiera puedo escribir
Esto, supongo, debe ser el fondo...

16 sep 2005

"Azar objetivo" en acción (Karlatone dixit)

Una de la tarde. Viernes de "puente". El destino que ya ni la burla perdona me hizo una visita. Mi celular sonó. En la pantalla parpadeaba tu nombre. Contesté. Ruidos, voces, risas, tu voz a lo lejos. Entendí que por error, habías marcado y ni siquiera te habías dado cuenta. Espere y (gran error) me dispuse a escuchar. Era curiosidad, lo reconozco, pero por encima de eso estaban las ganas de oirte, saber de ti. Me enteré de cosas que no debía enterarme, interpreté ruidos que no debí interpretar, voces que no debí conocer nunca. Cuando el crédito de tu teléfono por fin se agotó, encendí un cigarrillo y salí a la calle. Me sentí, mientras caminaba bajo el sol inclemente de media tarde, como el personaje patético de algún cuento de Bolaño.
Ahora que lo pienso quizá no fue una burla. Tal vez, como diría Karla, se trataba sólo del "azar objetivo" en acción. En fin, mejor olvidarlo todo, qué importa lo que haya sido. Hay cosas que de tan jodidas ni siquiera entristecen.

14 sep 2005

Bethza



A Bethza la conocí en Madrid. Compartíamos el mismo curso, el mismo Colegio Mayor y después de charlar un poco, pude darme cuenta que nos unían además los mismos gustos, las mismas preocupaciones, la misma forma de ver la vida. No pasó mucho tiempo antes de que se convirtiera en mi mejor amiga. Con Bethza pasé los días mas felices y tristes de mi estancia en Madrid y estoy seguro que la experiencia, sin ella, no hubiera sido la misma. Ahora, gracias a un adictivo programa de charlas en línea nos mantenemos al tanto de nuestras vidas.
Lo extraño sucedió ayer en el DF, cuando sin planearlo, sin esperarlo siquiera, me topé de frente con Bethzabé. Fue en Coyoacan, salía de un fastidioso examen para ingresar al posgrado cuando escuché que alguien gritaba mi nombre. En la calle de enfrente estaba Bethza con su amigo francés. Nos abrazamos, charlamos un poco y antes de despedirnos quedamos de vernos más tarde. Por cosas del destino, tuve que regresar ese mismo día a Puebla, así que sólo pude llamar para despedirme. De cualquier modo, verla me alegró no sólo el día, sino el fin de semana entero.
Hay algo extraño en la amistad, y eso es que justo cuando más lo necesitas, ésta, de algún modo, se hace presente. Ahora sé que lo de Bethza no fue casualidad. Necesitaba coincidir con ella en Madrid tanto como encontrarla ayer en una sucia calle del DF. Esas cosas me dan esperanza, me hacen pensar que la vida aún no pierde la capacidad de sorprenderme. No sé, quizá en unos años volvamos a encontrarnos en Australia o en Singapur. Sería chido.

7 sep 2005

Yo soy José


A mi abuelo José lo conozco a través de mi padre. A lo largo de los años hemos convivido poco, y sin embargo su existencia se encuentra íntimamente ligada a la mía. De ahí que su estado de salud me afecte profundamente. Mi abuelo decía que la sangre es así: te llama, te cuestiona, te hace sentir parte de una historia.
A pocas personas permito que me llamen José, apenas mis padres y alguien cuyo nombre no me interesa recordar esta noche. Quien me llama José conoce la historia que se esconde detrás del nombre. Sabe que ese nombre invoca una parte profunda de mi existencia. Utilizo ese nombre cuando escribo algo importante, cuando me dirijo a alguien especial, cuando deseo apelar a todo aquello que el nombre, por sí mismo, representa. Por eso son pocos los elegidos, y sospecho que con el tiempo serán cada vez menos. Hoy, por ejemplo, no tengo ya a quien dirigirme así.
Para quien nunca supo entenderme, debo decir esta noche lo siguiente: soy José antes que Alvaro, Hernández antes que Flores. Y aunque siento que soy un poco de ambos, me siento más identificado con esa parte lejana, trágica, pasional, sencilla, trabajadora, honesta, sabia y amorosa que me viene de mi padre, y del padre de mi padre y de mucho más atrás. Yo soy José, el que sueña, el que disfruta, el que vive como quiere. Soy también el que se equivoca, al que le cuesta transigir, el que desgraciadamente habla poco (o tarde) de lo que siente.
Mi padre y mis tíos viajan a estas horas para despedirse de su padre, que a los noventa años de edad, agoniza en la tierra donde nació, procreó, y vivió la mayor parte de su vida. No sé si vuelva a ver otra vez a mi abuelo, al padre de mi padre, al hombre que me heredó el nombre que con orgullo porto. Sé, sin embargo, que soy el eslabón de una historia que no termina. Y que la sabiduría acumulada desde aquel José primigenio que adoptó a mi abuelo, perdurará a través de mí y de quienes me sigan.
“Somos como el ganado”, decía mi abuelo “el linaje nos une a través de la sangre, por eso poseemos los mismos valores de quienes nos han precedido en el tiempo”.
Adiós abuelito. Te quiero mucho.

31 ago 2005

Bad dreams

Hoy tuve un mal sueño que me obligó a levantarme más temprano de lo habitual y apurar con ansia redentora el primer cigarro del día. Después de checar las principales páginas de los diarios con las cuales procuro siempre distraer la mente, me dispongo a emprender mis ocupaciones cotidianas. Estoy consciente de que no será sencillo llegar indemene al final de esta jornada y que el acopio de fuerzas para alejar de mi mente los efluvios del inconsciente será considerable.
El único consuelo es que esto es un poco como el alcohol. Tu organismo genera resistencia con cada dosis de modo que con el tiempo la resaca ya no se siente.

26 ago 2005

En estos días...

Todo sigue igual (aparentemente)
aunque por dentro las cosas cambian:
se agitan
se equilibran
se vuelven a agitar
y el resultado final nunca es el mismo.
Como el camino de regreso
el beso a destiempo
las terceras caidas
los 10 años después.
Por eso
aunque volvamos a recorrer las mismas calles
apretar los mismos labios
y levantarnos otra vez
nunca seremos los mismos.
Acaso más viejos
y cierto
más sabios.

19 ago 2005

Lo que no puedo aún

Puedo estar sin ti y estar bien
recordarte sin que me duela tu ausencia
reinventar mi rutina sin contemplarte
reir otra vez (a carcajadas)
salir a la calles sin miedo a que se crucen nuestros pasos
escribir sin pensar que leeras alguna vez lo mio
He logrado, incluso, dejar de pensar en ti por algún tiempo
Y aunque he decidido dejar que las cosas pasen
que el tiempo y las circunstancias nos alejen por completo
no puedo todavía dejar de extrañarte.

Gioconda


Sin nada que decir esta noche
antes de volver a casa
esbozo una sonrisa frente al ordenador
nomás por el puro gusto

16 ago 2005

Epílogo


No puedo narrar aún la experiencia, carezco todavía la distancia necesaria.
Lo único que puedo decir a unos cuantos días del regreso, es que me siento renovado y feliz, aunque un poco extraño con este nuevo "yo" que parió en algún lugar de Europa.
Regreso con la cabeza llena de experiencias y de lugares, aunque si me dan a elegir, yo me quedo con las personas (del lado de aca y del de allá) que hicieron posible esto.
A todos ellos, gracias.

Barcelona, 16 agosto 2005