4 nov 2008

Casi nunca


Hace ya algunos meses, Daniel Sada nos compartió a algunos de sus allegados el borrador de su última novela. A pesar de haber leído casi toda la obra completa de Daniel y de ser testigo lejano, de la escritura de sus dos últimos libros (Ritmo Delta y La duración de los empeños simples) la inminencia de una nueva novela me generaba una expectativa inusitada. Y es que a decir del propio Daniel, se trataba de su trabajo más personal, y por tanto, el que más le había costado trabajo escribir.
Conocedor de ciertos detalles de la ficción que cabalgaban paralelos a la vida del autor, devoré con fruición –casi de una sentada- la versión electrónica de esa novela, apenas llegó a mi correo.
Desde siempre he considerado la literatura de Daniel como una apuesta arriesgada por el lenguaje y por el humor (lo cual, en un medio tan conformista como el literario, donde nadie arriesga nada, es por sí mismo, un gesto que se agradece); sin embargo, fue hasta que terminé de leer la última línea de su novela, que me quedó claro de qué va esa obsesión -casi diría testarudez- de Daniel, por exprimir a full cada palabra, por trabajar el fraseo hasta el cansancio, por asumir un punto de vista no convencional (y por eso muchas veces incomprendido), y sobre todo, por resistirse al facilismo de los temas de moda. En una sola idea: por ser siempre Daniel Sada, y no otro, el que escribe.
Hoy por la mañana me enteré por los diarios que la última novela de Daniel –esa que leí hace tiempo en un archivo de word en mi computadora- ha sido la ganadora del Premio Herralde de Novela 2008, posiblemente el galardón editorial con más prestigio en el mercado de habla hispana. Desde que me enteré de la noticia me siento feliz y emocionado. Primero, claro está, por Daniel. Pero también por la literatura, que gana con este premio un autor diferente.
Está por demás recomendar la novela de Daniel Sada que próximamente saldrá publicada por Anagrama bajo el sugestivo título de Casi nunca. No se la pierdan.
Es, de verdad, una joya.

22 oct 2008

Algo apesta


Cada que reviso mi cuenta bancaria, me topo con la sorpresa de que mi dinero en este país vale cada vez menos. Las pérdidas acumuladas son ya del orden del 30 por ciento y amenazan con aumentar. Sirva la anécdota de hoy para ejemplificar mi situación.
Apelando a la prudencia, decidimos ir al cine el miércoles que nos cuesta la mitad. La película estuvo tan buena que nos despertó las ganas de un cafecito. Como ya no tenía efectivo, me dirigí al cajero para sacar un poco de dinero. Mi sorpresa en ese momento no fue mayor que mi enojo: de un día a otro, un deslizamiento del peso, evaporó de mi cuenta el equivalente a una quincena, de esas de las que -por cierto- ya no percibo.
De regreso a casa intento convencerme de que no debo entrar en pánico. Pero los medios no son tan optimistas como yo. El diario de hoy informa que en México el dólar se fue casi a 14 pesos y la bolsa cayó 7 por ciento.
A estas alturas no dejo de preguntarme en qué momento nos hicimos tan vulnerables a fenómenos que con trabajo alcanzamos a entender y sobre los cuales no tenemos capacidad de control o influencia alguna.
El otro día leí en La Nación que los libros de Marx, Keynes y Smith han registrado niveles record de ventas en los últimos meses. Al parecer somos ya legión los interesados en saber a dónde diablos se fue nuestro dinero. Y es que si algo ha dejado claro la historia es que las grandes riquezas, se amasan siempre al amparo de las grandes ruinas. O lo que es lo mismo: hay alguien muy vivo, en algún lado del mundo, que se está haciendo rico a nuestras costillas.

Divagaciones para una ciudad en ruinas

Es curiosa la forma en que se construyen las geografías personales. La forma en que uno se apropia de un lugar y lo vuelve territorio recurrente de la memoria, de los afectos, de las ideas. Es curiosa porque para fijar las coordenadas de ese espacio apropiado se requiere tener cierta perspectiva. Salir de la zona de confort, ubicarse en un punto lejano y contrastar. Hacer de lo absoluto conocido un relativo imaginado. Hace falta, pues, hacer las maletas. Tomar un avión. Cruzar una frontera. Balbucear palabras en un idioma que se desconoce. Perderse en las calles de una ciudad. Sentirse ajeno, extraño y hasta indeseable.
He pasado por todo eso antes. Pero por alguna extraña razón, ha sido hasta ahora, que habito una ciudad cuyo origen e idiosincracia pareciera no distar mucho de la mía, que me reconozco venturosamente atado a ese pedazo de tierra que es Puebla.
Hace varias semanas me hicieron la propuesta de retomar mi trabajo como columnista para una revista. ¿Por qué no escribes desde Buenos Aires pensando en Puebla? Lo pensé y me negué. Luego lo volví a pensar.
Hablar o escribir sobre Puebla desde esta región del mundo no es tarea fácil. Buenos Aires es una ciudad demasiado centrada en sí misma. Una ciudad que te recuerda a cada paso que estás aquí. Que no importa de dónde vengas es éste, y no otro, el centro del mundo. Cómo entender si no, la magnitud de la oferta cultural para una ciudad que apenas rebasa los dos millones y medio de habitantes. O el peso que tiene la industria turística en la capital de este país, donde elementos tan cotidianos como el tango, el cafecito porteño, el clásico Boca-River o el asado, se venden al exterior como productos o servicios que más allá de generar una derrama económica importante, contribuyen a afianzar la identidad de sus habitantes.
No se requiere vivir mucho tiempo en esta ciudad para entender que el ego de los argentinos está justificado con creces. Basta con asomarse a la excentricidad de una avenida como la Nueve de Julio o de una calle como Corrientes; o mirar con ojo crítico la proliferación de actores, escritores o grupos de rock que a contrapelo de los apologistas del mundo globalizado, apuestan por lo local y se la “bancan” solo con el mercado argentino, el mismo que recibirá próximamente a Madonna en el estadio de River, y que obligó a Luis Miguel a abrir una cuarta fecha en el estadio de Vélez Sarsfield.
Buenos Aires, con todos los defectos que pueda tener, se apunta en la lista de ciudades cosmopolitas, pero con identidad propia, en donde pareciera que hay lugar para todos.
En este punto, la comparación es inevitable.
Y es que Puebla, como ciudad, tiene todos los elementos -al menos en potencia- para colocarse en ese prestigioso rankig.
Últimamente, ha tomado fuerza cierto discurso que reniega de lo local. Como si pensar hacia adentro fuera pensar menos y pensar además mal. Buenos Aires es un ejemplo de lo contrario. De cómo imponer lo local al mundo. De cómo presentarse ante los demás con la ropa de siempre y parecer, sin embargo, elegante. De cómo hacer del ego y la autoestima una virtud. De cómo convertir a la aldea en un lugar donde quepamos todos.

7 oct 2008

Noche Calamaro

No existe aún la palabra que describa aquello que no se puede decir con palabras. Ni el momento que condense en su devenir la esencia de todo momento. Así que no voy a abundar mucho. Sólo diré que llevo un par de días –literalmente- pasmado, incapaz de recuperarme tras la descarga de adrenalina y emoción que me dejó el fin de semana.
Y es que más allá de lo que significa en lo personal Calamaro, lo del domingo pasado fue mucho más que 40 mil personas cantando a coro “Paloma” al final de un concierto soñado. Fue reconocer a Buenos Aires tal y como siempre la había imaginado. Reconocerla a ella y reconocerme a mí, ocupando un lugar de privilegio, consciente una vez más del “aquí y el ahora” tan mentado, que hemos hecho consigna para afrontar estos días de incertidumbre financiera, laboral y emotiva.

Dejo para el recuerdo una probadita del video que tomé con lo mejor de la noche…

28 ago 2008

Carta abierta a Pinch

Pinch: are you there?
Dice Lai que te encuentras al norte y creo suponer –lo deduzco por nuestra última y ya muy lejana plática- dónde es que estás. Yo vivo ahora al sur, muy al sur. Y eso pone a Oaxaca -quien lo fuera a decir hace algún tiempo- justo en el centro geográfico de nuestra ubicación actual.
Te cuento que hace un par de meses hablé por teléfono con Tryno. Se le escucha bien, clavado en su papel de editor y "caza talentos" literario. Aunque debo confesar que tras la breve conversación que sostuvimos creí detectar en él, cierto aire de hartazgo, posible efecto colateral del uso y abuso del mezcal de alacrán, entre otras sustancias tóxicas oaxaqueñas a las que es aficionado nuestro amigo.
Con Lai no se sabe nunca, un día se levanta, se sube en un avión y puede que aparezca en el sitio menos pensado, haciendo las cosas más extrañas, como esa de cuidar adolescentes francesas, sobrevivir a una narco-balacera en Creel, u otras que estoy seguro omite en su blog, por pudor o por hueva.
En fin, recurro a este medio porque a últimas fechas me fastidia un poco usar el correo electrónico (bah! a quien quiero engañar, también es para que este blog no muera)
Y bueno, entre otras cosas, porque esta botella al mar está destinada también a los otros aludidos, a quienes se les recuerda desde acá con harto cariño.
Saludos Mr. Pinch, donde sea que se encuentre.
Y un abrazo al resto.

Buenos Aires, Argentina, 28 agosto, 2008

26 ago 2008

Tarde de martes

Estoy de lo más distraído estos días. Hoy, por ejemplo, regresé de la calle con un ojo morado y ni siquiera sé bien por qué. Supongo que en algún lado sufrí un golpe (cosa que se me figura de lo más raro puesto que no me he quitado los lentes en lo que va de este martes). He repasado durante toda la tarde mi trayecto en el microbus, la entrevista que tuve por la mañana, el regreso a casa, y no logro recuperar el momento en el que me hice daño. Me preocupa que este tipo de cosas sucedan sin que me dé cuenta. Si eso pasa con un ojo morado, no quiero pensar lo que puede suceder con el resto de mis pendientes.
Creo que estoy pensando demasiadas cosas a la vez y eso se refleja en mis actividades cotidianas. Mi tesis, hasta hace una semana, avanzaba, lenta pero segura. Sin embargo los últimos tres días, me siento paralizado (literalmente) frente a la escritura.
Se me presentan en el horizonte un par de proyectos interesantes. Los dos me exigen tiempo y los dos –para variar– no prometen remuneración económica alguna, al menos en el corto plazo (aunque de concretarse podrían llegar a sacarme de más de un apuro).
Hay días, como hoy, en que esta suerte de “indefinición liberadora” que he escogido como opción laboral y de vida me parece insostenible. Pero tampoco quiero engañarme. Vivo como quiero, como siempre quise, y justo ahora –por azar o destino– con quien siempre quise. Así que estaría de locos quejarme.
Mañana a estas horas estaré escuchando en vivo a Fito Paez y esa será otra de esas cosas que siempre pensé hacer algún día y que de repente ocurren.
Iré pues, con mi ojo morado, mis preocupaciones a cuestas y con la emoción de saberme cumpliendo, una vez más, otro de mis caprichos.

22 jul 2008

Pacto de no agresión

Como los amantes despechados
mi escritura y yo hemos signado un pacto:
No volveremos a intentarlo
hasta que uno de los dos
haya madurado

16 jul 2008

Para todo lo demás...

Departamento en Recoleta ............................. 1900 pesos
Café Havanna ............................................ 5.50 pesos
Entrada al teatro ......................................... 50 pesos
Bife de lomo .............................................. 35 pesos
Campera de cuero ........................................ 350 pesos
Alfajor Jorgelin .......................................... 4.50
Ejemplar de El Clarín .................................... 2.70 pesos

Ver a los Babsónicos en el Luna Park ...... No tiene precio


10 jul 2008

Del blog, de la escritura en el blog y del otro detrás del blog

Desde hace tiempo ando pensando postear sobre el blog, sobre la escritura en el blog, sobre el otro que existe detrás del blog que se mira.
Hace unas semanas –a manera de ensayo– escribí un artículo para una revista cuyo tema central eran precisamente los blogs. Ahí descubrí que existen en la red más de 100 millones de bitácoras registradas y que diariamente se agregan 75 mil a esta inconmensurable cifra. Que la mayoría dura un promedio aproximado de tres meses y luego muere. Pero que otras se consolidan, y año tras año incrementan su cosecha de lectores.
La frialdad de las cifras me hizo pensar inconscientemente en mi blog cuya última fecha de entrada se remontaba ya a varias semanas.
Poco tiempo después me encontré con Laia en el Skype. Tras el saludo afectuoso me comentó que recientemente había escrito y publicado algo sobre el tema. Me pasó la dirección y yo prometí visitarlo más tarde.
Hoy por la mañana, recién levantado, tacita de café en mano, cumplí con esa promesa.
En La velocidad de las cosas, Rodrigo Fresán asegura que existen tan sólo dos categorías de escritores, y por lo tanto, dos categorías de lectores: aquellos que al final de un cuento suspiran ¿Por qué no se me habrá ocurrido a mí? Y los que optan por sonreír pensando ¡Qué suerte que se le ocurrió a alguien!
Pues bien, después de leer la epístola de Laia sobre los blogs, no puedo sino agradecer el “anacronismo” y “arcaico romanticismo” que orilló a su autora a escribir esa carta. Y es que cuando uno encuentra en palabras de otro, aquello que desde hace tiempo viene mascullando en silencio, en la soledad de los pensamientos aislados que no alcanzan a conectar con el mood necesario para emprender el ejercicio de la escritura, lo menos que se puede hacer es dar las gracias.
Así que desde esta bitácora en hibernación digo “gracias” a Laia por la probaditas de inmediatez y por las de autenticidad. Por mover con su escritura las aguas estancadas de este blog que amenazaba seriamente con extinguirse.

3 jul 2008

Invierno austral

Algún día, cuando haga el recuento de estas últimas jornadas, habrá un capítulo entero dedicado el auge inmobiliario y a las dificultades para encontrar un apartamento en Buenos Aires. Por mientras sólo diré: Estoy pasmado por esta ciudad y sus posibilidades.
El invierno austral, me consiente.
Nada, por el momento, podría estar mejor.

12 jun 2008

Mucho que celebrar

3 años de existencia virtual
2670 visitas
105 post
94 comentarios
4 entradas autocensuradas
1 invitación rechazada (no esperaba menos de ti)

Y seguimos posteando….

4 jun 2008

La vida en la tele



Si mi vida fuera serie de televisión, el día de hoy —con sus escenarios, sus expectativas, sus tramas abiertas y su estructura dramática— sería el capítulo perfecto para el final de temporada.

1 jun 2008

Mejor no saber


Con la piel pintada de rojo, la cabeza parcialmente afeitada, dos hombres utilizan los arcos para disparar flechas al avión que los vigila. Detrás de ellos, aparece otra figura, posiblemente una mujer, cuya postura también es desafiante. Su piel está pintada de un color oscuro, casi negro. La agresividad que muestran estas personas es bastante comprensible: forman parte de una de las últimas tribus de la Tierra que no han tenido contacto con el hombre blanco. La foto fue tomada en la región de Envira, en la selva amazónica que separa a Perú de Brasil. Los especialistas calculan que en esa zona podría haber cuatro pueblos de 500 personas cada uno los cuales han permanecido completamente aisaldos del mundo.
La noticia que ocupó las primeras planas de los diarios me ha tenido malviajado toda la semana. Será posible que en la época de la globalización, del internet, de las naves que aterrizan en Marte o de los blogs que pululan en el ciberespacio, existan estos contemporáneos nuestros tan diferentes a nosotros. Miro la foto una y otra vez y no dejo de hacerme preguntas. Qué habrán pensado al escuchar el motor del avión. Qué ideas cruzaron por su mente mientras apuntaban con sus arcos al artefacto alado. Qué historias habrán inventado después ¿Sabrán siquiera que existimos?
Y aunque la duda mata, en esta ocasión en particular, preferiría no tener las respuestas.

30 may 2008

Adiós al Intole


En los seis años que trabajé en Intolerancia hice casi de todo. Fui corrector de estilo, reportero, columnista, y editor. Conocí la locura de una redacción y me dejé contagiar por ella. Aprendí a trabajar bajo presión, hasta altas horas de la madrugada, incluso sábados y domingos. Me emborraché de periodismo y seudoperiodismo. Perdí y gané algunos amigos. Entendí que nada es lo que parece. Y que a veces, ceder sin conceder, es la única fórmula para mantenerse puro en un medio que suele destilar tanta mierda.
Y claro, me divertí como nunca.
En mi último día de trabajo, a modo de despedida, recupero esta foto de las mejores épocas del diario.
Luego, nos convertimos en otra cosa.

24 may 2008

Medicina contra el escepticismo

Hace algún tiempo Karlatone me compartió una frase que modificó la forma en que hasta entonces solía entender ciertas situaciones de mi vida: fortis imaginatio, generat casum (algo asi como: imaginar fuertemente las cosas hace que éstas sucedan)
La frase no tenía corolario. Y supongo que eso explica en gran parte por qué nadie ha encontrado aún el acomodo ideal para las cosas que sin ser imaginadas con antelación, ocurren un día de manera inesperada y súbita.
Pero no vamos a ponernos tan quisquillosos en ese punto.
A una semana del "gran escape" quiero dejar constancia de que pese a mi natural tendencia al escepticismo y el malviaje, todo lo que está por suceder se concibió cuando a mis propios ojos parecía algo lejano e inalcanzable.
Sea, pues, este blog la prueba más fehaciente de que la fórmula de Karlatone funciona.

3 may 2008

Bitácora


Cuando alguien haga el recuento de las cosas no dichas
De los pensamientos concebidos y luego desechados por inasequibles
De los miedos inconfesables, pero siempre presentes
Encontrará en esta libreta vacía
el registro detallado y preciso de mis jornadas:

Una hoja en blanco describe a cabalidad
el lento transcurrir de estos días...

El diario no hablaba de ti (ni de mí)

Hoy
igual que ayer
como siempre...

28 abr 2008

La pregunta del día

Que cómo me sentí hoy
La pregunta me la hicieron como diez veces a lo largo del día.
Y ahora que me lo cuestiono yo, debo confesar que me siento triste, nostálgico, esperanzado, emocionado, temeroso, tranquilo, sensible, práctico… todo a la vez.
Que caminé el centro de la ciudad con un nudo en la garganta.
Que pasé por el hogar sin atreverme a mirarlo de frente.
Que revisé el calendario para contar una vez más los días.
Que pensé demasiado en el futuro —cercano y lejano— y en él estabas siempre conmigo.

22 abr 2008

Ensoñación lúcida

Anoche soñé que el mundo llegaba a su fin.
Que todo a nuestro alrededor era destrucción y muerte.
Rodeados por la multitud, tú y yo huíamos juntos.
Brincábamos azoteas, atravesábamos oscuros y desérticos parques.
Nos refugiábamos en casas solitarias, que abandonábamos siempre al amanecer.
Por las noches, frente a un improvisado fuego, hablábamos de nuestros planes.
Ambos sabíamos que las ensoñaciones eran como espejismos que preludiaban las grandes catástrofes.
Aún así, las procurábamos a todas horas con una obstinación desesperada y suicida.
Mi sueño terminó la mañana en que el Ángel de la Muerte tocó a nuestra puerta.
¿Qué vamos a hacer? me preguntaste nerviosa, sin despegarte de mis brazos
Yo miré hacia la ventana y calculé el tiempo que nos llevaría desplazarnos hasta el balcón para saltar al vacío.
Luego te tomé de la mano con fuerza.
No supe más que pasó.
Estábamos juntos y no teníamos miedo.

29 mar 2008

¿Dónde quedó Macondo?


I
Colombia no es México, pero se le parece. Los embotellamientos en Bogotá me traen a la memoria las horas perdidas en el Viaducto, Insurgentes o en el periférico chilango. Me pasa lo mismo con la zona nice de la ciudad, y con los edificios que circundan las avenidas principales. Uno podría pensar que esta ciudad latinoamericana reproduce en miniatura las zonas más representativas del DF. Pero algo no cuadra. Tras una semana en Colombia me siento atrapado en una película Súper 8.
Eso debe ser: Colombia es como México, pero en los años ochenta.

II
He pasado toda la mañana en la zona de La Candelaria buscando un Starbucks inexistente. Por la tarde un colega me aclara que el café en Colombia es como el petróleo en México y me recomienda visitar alguna sucursal del Juan Valdez Café, la versión starbuckiana del café colombiano. Su sugerencia resulta ser la ruina de mis finanzas personales. Diariamente me tomó unas tres o cuatro tazas del mejor y más caro café de esta región de América.

III
En esta América Latina que recién empiezo a conocer somos más parecidos de lo que creemos. Los colombianos son "bacanos" y los mexicanos "chidos". Ellos tienen su M-19 y nosotros a nuestros zapatistas, ellos a su Álvaro Uribe y nosotros a nuestro Felipe Calderón. A pesar de todo, existen diferencias que no deben desdeñarse. Norma, una antropóloga con quien voy a comer a un restaurante vegetariano, me pone al tanto del clima de violencia que domina este país. Las historias que me cuenta parecen salidas de un cuento de terror. Corrijo: no parecen, en realidad salen de ahí. Y no se trata de ningún cuento.
Salgo de la comida con un hueco en el estómago.

IV
El lunes pasado, en la plaza Bolívar un hombre nos abordó para contarnos la historia de la toma del Palacio de Justicia y cómo guerrilleros y ciudadanos fueron masacrados por el ejército. A media semana regreso solo a la plaza para intentar reconstruir el relato. A pocos metros de ahí transita una cuadrilla de soldados armados. Camino varias calles hasta el Ministerio del Interior donde un grupo de trabajadores limpia con evidente desgana una pared manchada de pintura. He visto esta escena varias veces en la semana. A diferencia de nuestro país, el graffiti en Colombia es siempre es subversivo.

V
Ayer en casa de Gustavo me topé con un ejemplar de Las venas abiertas de América Latina. Sé que en algún lugar de mi biblioteca también debo poseer uno. Eduardo Galeano es otra cosa que nos une a los latinoamericanos. Su visión trágica de la historia forma parte medular de nuestra educación sentimental.

VI
Desde la sala de espera del aeropuerto en donde concibo este post, me prometo a mí mismo regresar a Bogotá algún día. Tras varios minutos de retraso nos avisan por un altavoz que la aerolínea ha sobrevendido los boletos para México. Apenados por el error, piden que algún pasajero renuncie a su asiento a cambio de tentadoras prebendas. Es raro, pero pese a lo generoso del ofrecimiento ni siquiera contemplo la idea. Colombia es un país fascinante pero yo ya extraño mi hogar.

13 mar 2008

Una idea feliz

Regreso al blog después de varias semanas de ausencia en las que fue necesario tomar decisiones que para bien o para mal, había decidido postergar o evadir, como quiera que se vea.
Los meses que vienen no se antojan fáciles. Y sin embargo, me emociona la idea, de mudar de país, de rutina, de trabajo.
Buenos Aires parece un buen lugar para intentarlo.
Me gusta ver a Myriam contenta e involucrada en el nuevo proyecto. Siento que hemos aprendido a construir cotidianamente la idea de relación y de vida a la que aspiramos. Y que asumimos los riesgos con precaución, pero sin dejar que el temor o la incertidumbre nos abrumen más de la cuenta.
La semana que viene vuelo a Bogotá. Y eso, supongo, me dará el tiempo suficiente para ordenar mis ideas y comenzar a planear la primera etapa del “proyecto Argentina”.
Mientras tanto, habrá que cumplir con la cuota diaria de trabajo académico y editorial, y también con la de preocupación, nervio y malviaje, que resultan inevitables cada que se aproxima un cambio de vida.
Una idea feliz ronda mi cabeza estos últimos días: empiezo a acostumbrarme a los aeropuertos, y eso me gusta.

16 feb 2008

Mover montañas

Estos días aprendí que a veces lo sabio es rodearlas y dejarlas atrás.
Confiar en que a la distancia se verán más pequeñas.
Y entender que contra lo inamovible
sólo la perspectiva.

15 feb 2008

Y no diré nada más...

vulnerable, desconcertado y triste.

Borges, el actor


No pasa siempre, pero hay veces que al curiosear entre las páginas de un diario o al revisar en internet las páginas de las principales agencias noticias, uno se topa con artículos que suelen ser verdaderas joyas.
En meses pasados, por ejemplo, la agencia EFE informó a sus suscriptores de la existencia de un documental que data del año de 1972, titulado Borges, un destino sudamericano, en el que el célebre escritor argentino hace un alto en su labor creativa para interpretar al protagonista de su relato El Sur, que el propio autor llegó a definir como "acaso" su "mejor cuento".
La noticia llamó de inmediato mi atención porque en efecto, El Sur es uno de los cuentos más emblemáticos de la literatura argentina. Uno de esos relatos que conmueven no sólo por la perfección de su forma sino por la dimensión y el alcance de su contenido. Esos que con el paso del tiempo, cansados de contar la misma historia, dejan de hablar de los personajes para empezar contarnos de nosotros mismo.
En segundo lugar, porque la imagen del Borges escritor, interpretando a Juan Dahlman a mitad de un set de grabación, me parecía una idea demasiado excéntrica, por no decir surrealista.
La anécdota que dio origen al documental, así como las que se tejieron en torno a la filmación de las escenas en las que aparece Jorge Luis Borges no tienen pierde.
Contra todo lo que pudiera pensarse, a José Luis Di Zeo, el director del mentado documental, no le costó mucho trabajo convencer al Borges. Después de una larga estadía en Polonia donde había estudiado cine, Di Zeo regresó a Buenos Aires, localizó en una guía telefónica el número de Borges y le llamó para acordar una cita. Sorprendentemente el escritor no puso reparos, es más, de acuerdo al director, Borges se mostró desde un principio entusiasmado con la idea.
"Al principio se rió cuando le dije que interpretara a Juan Dahlman, porque decía que si aparecía en escena con un cuchillo, su abuelo se reiría porque luchó en la guerra y era un valiente y Borges se veía cobarde a su lado", relata Di Zeo.
Cuesta mucho de verdad imaginar a una personalidad como la de Borges exaltada frente a la perspectiva de representar a uno de esos "cuchilleros" que con tanto gusto describía en sus relatos. Aunque supongo que si por alguna razón aceptó desempeñar el papel, fue porque en el fondo, Borges se sentía extrañamente cercano a Dahlman. Hay que recordar que ambos personajes eran anglocriollos y bibliotecarios, y que el evento que da origen al relato —la herida que que se hace Dahlman en la cabeza— también fue experimentada en su momento por Jorge Luis Borges.
En fin, lo curioso es que pese al agudo sentido del humor del que alardeaba Borges, la noche previa al rodaje, el prestigiado escritor no pudo disimular su nerviosismo. Di Zeo relata que cuando lo fue a buscar a su casa el día de la grabación, el portero le preguntó qué pasaba ese día porque Borges llevaba levantado desde las cinco de la mañana y no paraba de dar vueltas. Horas después, cuando llegaron al sitio donde se iba a llevar a cabo la filmación, Borges se negó a bajar del coche porque tenía frío. El director, preocupado frente a la evidente indisposición del escritor, le preguntó a su segunda mujer, María Kodama, si podía darle cognac y ella dijo que "sólo un poco", por lo que le sirvió un vaso. Borges se tomó el trago de un sorbo y a los dos minutos bajó con energía del coche y dijo decidido: “déme el cuchillo".
Entre las anécdotas curiosas que se cuentan de aquel extraño día, está aquella en la que Borges, tras concluir la primera toma, mete por error su bastón dentro de un hormiguero, y pierde el equilibrio con lo que casi se cae. Sin perder su sentido del humor y su sarcasmo, con el cuchillo en mano, Borges palpó las cuatro muescas correspondientes a los asesinatos cometidos por su personaje y dijo con aire afectado: "aquí falta una muesca más, la de mi muerte". Pese al esfuerzo que debió representar para el laureado escritor filmar las escenas del documental, Borges no llegó a ver la película terminada. A decir del director, el escritor sólo tuvo oportunidad de apreciar el sonido, ya que en el momento de la edición final su ceguera era definitiva. Pero incluso entonces el escritor no perdió su ironía ni su particular sentido del humor. Cuando en 1977 un periodista le preguntó qué pensaba de su actuación Borges lo desarmó con unarespuesta digna de su genio: "¿Qué opinión puede tener un ciego de una película?".

11 feb 2008

Nadar de a muertito

Si hay una acción que puede describir a cabalidad mi estado académico-laboral-emocional de las últimas semanas ésta es la de flotar boca arriba, sobre una superficie líquida, esperando que la corriente me lleve lejos, lejos, muy lejos de aquí…

31 ene 2008

Splint


Llevo varios días deprimido. Razones hay muchas: académicas, amistosas, laborales, existenciales. Pero hoy me levante más temprano que de costumbre y vine por un cafecito para comenzar el día. Y me tomé mi tiempo para desayunar, leer el periódico y platicar con gente que sin saberlo, me cambió un poco la noción de las cosas. Ahora que son casi las dos de la tarde, es un hecho que la jornada de hoy está completamente perdida. Aunque pensándolo bien, es posible que por primera vez en lo que va de la semana el desaliento y yo hayamos quedado tablas. Y eso me da la pauta para pensar que con un poco de aplicación y buena cabeza, es posible salvar este bache emocional y volver a la senda de las cosas disfrutables que tiene la vida.
Venga pues otro capuchino doble a la mesa!!

18 ene 2008

La nueva de McCarthy



No es un secreto que uno de los temas vitales y literarios que más me obsesionan —obsesión entendida como hambre de conocimiento y afán de comprensión— es el de la paternidad. De ahí que ciertos autores como Philip Roth, Paul Auster, John Irving, Gerardo Kleinburg, y otros con similares preocupaciones ocupen un sitio privilegiado en mi biblioteca particular y que gran parte de mis proyectos narrativos se afanen en explorar esa relación conflictiva y ambivalente que se establece siempre entre un padre y un hijo.
Quizá por eso no fue ninguna sorpresa que The Road, el nuevo libro de Cormac McCarthy, me cimbrara de pies a cabeza. Y es que si bien conocía con anterioridad algunos detalles del apocalíptico argumento, de ninguna manera me encontraba preparado para explorar los parajes más recónditos del vínculo filial en los términos extremos que McCarthy plantea en su novela
En The Road, un hombre y su hijo avanzan hacia el sur por una carretera calcinada que atraviesa ríos pestilentes, ciudades en ruinas y paisajes desolados en los que no hay vestigios de vida, con excepción de las hordas de caníbales dispuestos a asesinar a todo aquel que se atraviese en su camino. Con un lenguaje sobrio, e incluso sombrío, Cormac McCarthy hace un recuento angustiante de la lucha por la sobrevivencia de estos dos personajes que se enfrentan al hambre y al frío, pero también a la desesperanza.
Y es que más allá del planteamiento lúgubre, lleno de incógnitas e incertidumbres con que arranca la novela, McCarthy logra construir a lo largo de su relato una reflexión acerca de la validez de ciertos valores humanos en las situaciones límite.
¿Tienen cabida el amor, la misericordia, la bondad y la fe, en un mundo que está condenado a la decadencia y a la extinción? El padre y el hijo de esta novela piensan que sí. Por eso a pesar del peligro y de las carencias a las que se someten durante su peregrinaje, ambos personajes atesoran eso que llaman el “fuego”, sabedores de que en todas las edades de la humanidad quien posee el “fuego”, posee la verdad, y quien posee la verdad, posee también el futuro.

13 ene 2008

Amanecí cansado

de las noches en vela, del trabajo a medio cumplir, de las vacaciones postergadas, de las esperas que no terminan, de las incertidumbres laborales, de las emociones acumuladas, de las pláticas pendientes, de las recepciones y despedidas…

10 ene 2008

Certezas


Sé que te quiero y que me esperan más aeropuertos...

5 ene 2008

Tarde de sábado

Acabo de ver una peli que se llama December boys. Sin vender la historia diré que es la clásica cinta lacrimosa y emocional en la que un grupo de amigos -huérfanos, para acentuar la parte trágica del guión- viven un verano que les cambia la vida. Estoy más que consciente de que no es una gran cinta, pero me gustó. Al final de la película hasta se me salieron unas lágrimas furtivas.
A últimas fechas mi estado de ánimo da tremendos bandazos de lo sensible a lo racional y me cargo un sentido del humor que ni yo lo aguanto.

29 dic 2007

Mi encuentro conmigo

Ayer, mientras me mudaba por tercera —y espero última ocasión— en lo que va del año, tuve uno de esos raros y poco frecuentes encuentros conmigo mismo.
—Mi mismo— dije para romper el hielo— ¿Está todo bien?
—Sí, Alvaro—respondió convencido—. Por mucho que nos cueste creerlo todo está bien ahora.
Los siguientes minutos los dedicamos a desempacar mis pertenencias, buscarles acomodo en las habitaciones semivacías del departamento y arreglar el desorden acumulado durante las últimas semanas. Una vez que todo estuvo en su lugar decidimos sentarnos sobre el piso de la sala para seguir conversando.
—Si me lo hubieran dicho hace un año, te juro que no me la creo— dijo mientras recorría con la mirada las paredes desnudas de mi nuevo hogar.
—Yo creo que nadie— repuse—. Ni siquiera yo.
—¿Te cae?— reviró un tanto incrédulo—. A mí se me hace que tú sí lo sabías.
—No, en verdad que no— repliqué—. Aunque bueno, debo confesar que siempre tuve el presentimiento que de ésta yo no iba a salir ileso. Y ya ves, no estaba tan equivocado.
—Es que se me hace extraño que no tengas miedo— dijo.
—¿Que no tengo miedo?— repliqué— ¡Pero si estoy aterrorizado!
—Pues no se te nota.
—Es que lo disimulo muy bien.
—Entonces dime por qué lo haces— preguntó intrigado.
—Okey, te lo voy a decir— dije un tanto fastidiado por tantas interrogantes— ¿Ves esa foto de ahí?— le pregunté mientras señalaba un retrato que estaba sobre la barra de la cocina.
—Sí.
—Bueno, pues ésa es la razón.
Mi mismo pareció comprender y dejó de hacer más preguntas, pero pasado algún tiempo volvió otra vez a la carga.
—¿Y de verdad lo vale?
—Mucho— dije sin dudarlo un segundo—. No te imaginas cuánto.
Tras este breve intercambio no había nada más que decir. Así que sin pronunciar más palabras nos pusimos de pie, apagamos las luces y salimos del edificio.

20 dic 2007

Tolerancia a la frustración

La he ejercitado durante los últimos años de manera constante con resultados más o menos satisfactorios. Pero a veces uno se cansa, y en vez de asumir la dirección natural de las cosas, se rebela a la menor provocación frente a lo inamovible. Entonces uno despotrica, mienta madres, se tortura con aquello que pudo ser y no fue. Y aunque al final del berrinche uno termina terriblemente cansado, hay algo de paz y de alivio en ese desplante. La parte más cruda del exorcismo es la antesala de la sanación.

18 dic 2007

Post navideño

De niño, la navidad fue siempre la época de los regalos o las vacaciones, de las abundantes cenas en casa de mi abuela, de las luces multicolores adornando las calles de la ciudad. Del Santa Clós gigante que recorría los pasillos de Plaza Dorada o del que colocaban para deleite de nuestras fantasías infantiles detrás de una vitrina del Sears del centro.
Luego, cuando me dio por ir a la sierra, la navidad comenzó a tener otro significado.
No era ya la cena o los regalos lo que me movía a esperar con impaciencia el mes de diciembre. Eran los días previos, esos que nos gustaba compartir en comunidad, acompañados de personas a las que apenas conocíamos, los que paulatinamente llegaron a suplantar a la verdadera Nochebuena.
Pero con el tiempo, así como perdí el asombro de la primera infancia, extravié también esa capacidad para disfrutar de lo simple. Para ver un mensaje donde no lo hay.
La navidad ha sido desde entonces una búsqueda personal que no termina.
Las he tenido tristes, reflexivas, indiferentes, y llenas de alegría. Las he pasado trabajando o estudiando. En casa o fuera de ella. Acompañado o en soledad.
Año con año, la navidad aporta a mi vida su cuota de novedad. La de este año promete no quedarse atrás.
Si sobrevivo, les cuento.

23 nov 2007

El "para siempre" posible

“El amor es un combate perdido de antemano”, afirma el escritor francés Frederic Beigbeder en el capítulo inicial de su novela El amor dura tres años, un libro que se mueve con destreza envidiable en el pantanoso terreno de la autobiografía, para trazar una suerte de recorrido existencial edificado a partir de la experiencia personal del autor sobre el desamor y sus dolorosas repercusiones. La tesis de Beigbeder es simple. “Un mosquito vive un día, una rosa tres días, un gato trece años, el amor tres, así son las cosas. Primero hay un año de pasión, luego un año de ternura y finalmente un año de aburrimiento”. La cosa no pasaría de un inofensivo alegato literario, si desde las trincheras de la ciencia no hubiera quienes sostienen que las estimaciones del escritor francés no están del todo alejadas de la realidad.
Helen Fisher, una destacada antropóloga estadunidense, presentó recientemente las conclusiones de un estudio en el que demuestra cómo la dopamina, la noradrenalina y la serotonina —los neurotransmisores cerebrales asociados a la atracción por el ser amado— tienen un periodo de vida de entre 18 y 30 meses. Esta investigación coincide con los planteamientos de un importante grupo de científicos italianos quienes, después de largos estudios, descubrieron que las fuertes emociones que se generan cuando dos personas acaban de enamorarse, están originadas por la molécula NGF la cual dura activa en el cerebro apenas un año.
Las estadísticas del Instituto Europeo de Política Familiar arrojan en su último informe una serie de datos poco esperanzadores. Dos de estas cifras llaman la atención. La primera es la edad media del matrimonio español —la cual es considerada la más alta de la Unión Europea— y que alcanza los 13.8 años. La segunda tiene que ver con el tipo de comparativos que hacen para dimensionar la magnitud de un fenómeno social. En este caso, el instituto afirma que cada 33 segundos se rompe un matrimonio, esto es 10 millones de matrimonios en los últimos quince años.
Siendo éste el diagnóstico del estado actual del amor, no puedo evitar preguntarme cómo es posible que prácticamente todas las expresiones humanas y sociales que se vuelcan en la publicidad, la cultura, la religión, el arte o el entretenimiento, tengan como referente prioritario y fundamental la conquista de ese estado idílico que Platón definió como el nexo de unión con aquello que llamamos perfecto, divino, hermoso. Una conquista que a la luz de la evidencia contemporánea se asemeja más una especie de leyenda urbana, tejida a contrapelo de la naturaleza efímera de nuestros neurotransmisores cerebrales o de las corrientes individualistas en las cuales nos educaron. Algo así como la búsqueda del Santo Grial, pero en una época donde el Parsifal, de corazón noble y puro, no se consigue a la vuelta de la esquina.
Quizá por eso, la semana pasada Gabriele Pauli, una política alemana perteneciente al partido Unión Social Cristiana, ocupó las primeras planas de los diarios germanos al presentar una polémica propuesta a través de la cual se pretende que el contrato matrimonial prescriba después de siete años, dejando en manos de la pareja la decisión sobre una eventual renovación de los votos. Lo curioso es que una iniciativa que en principio podría sonar razonable y digna de discusión, le mereció una andanada de críticas por parte de los sectores reaccionarios y progresistas alemanes. De hecho, sus propios compañeros de partido la invitaron a “esforzarse”, pero no en conservar su actual matrimonio —ya que se ha divorciado dos veces— ni tampoco en ganar las elecciones internas —para las cuales la prensa la da como clara perdedora— sino en “buscarse mejor otro partido”. La enseñanza de este episodio es clara: se puede cuestionar el déficit público, se pueden criticar las tasas impositivas, se pueden poner en duda las políticas de integración racial, pero no se puede cuestionar al amor.
Y en algún punto tengo que expresar mi simpatía por esa suerte de defensa absurda —y hasta cierto punto impositiva— del amor. Y es que más allá de las estadísticas o de las historias cercanas o distantes que nos asustan, no se requiere ser muy avezado para descubrir que el amor se reproduce y se propaga justo frente a nuestros ojos. Los amigos se casan, las parejas que conoces se involucran en nuevos proyectos, y el tipo que hace un par de años se ufanaba de su independencia, pasa ahora los fines de semana buscando una casa con jardín “por eso de los niños”.
Con pleno conocimiento de los riesgos que implica, los seres humanos nos seguimos empeñando en encontrar el Santo Grial del amor. Es probable que pocos salgamos avantes de esta búsqueda. Pero qué importa. La muerte del amor no es sino una prueba más de existencia. Y eso, de algún modo, constituye una certeza, un acto de fe que hasta el más cínico profesa. Vamos, hasta Beigbeder, al final de su novela, se vuelve a enamorar otra vez y a escribir con entusiasmo mal disimulado que incluso en una época marcada por los signos de la fugacidad y el utilitarismo, hablar de un “para siempre” es posible.

2 nov 2007

El espíritu del viaje

Llevaba semanas intentando redactar un post sobre el viaje, pero muy pronto comprendí que era inútil. La razón es simple: escribir es un acto que exige atemperar las emociones, y yo francamente, sigo todavía emocionado.
Fue entonces cuando concebí la idea de subir una foto.
Sin embargo, después de una prolongada y meticulosa inmersión en mi archivo, fue más que evidente que ésta tarea planteaba un reto aún más difícil.
¿Con qué fotografía quedarme? ¿Cuál que representara el espíritu del viaje?
Pensé primero en Londres, porque de algún modo el viaje inició y terminó ahí, pero luego recordé cierta tarde en Praga, a la orilla del río Moldava, donde nos hicimos una foto que a mí me gustó mucho. Luego, dudé ante la clásica estampa parisina en el café o en un puente. O frente a las típicas de museos o aeropuerto.
Me percaté entonces de lo limitado que puede resultar una imagen para expresar una idea o un sentimiento apropiado.
Al final opté por eliminar las panorámicas y los monumentos icono para escoger la fotografía que encabeza estas líneas.
El lugar importa poco. Si algo te queda claro cuando viajas es que no es el sitio, sino la persona —la actitud que la persona asume cuando viaja— lo que merece ser contado. Y que de todas las cosas nuevas y admirables con que uno suele toparse, es el paisaje interior, aquel que se teje de modo imperceptible y sutil durante los días de peregrinaje, el que revela la imagen más bella, la más memorable.

23 oct 2007

Del invierno que viene


El invierno arribó a mi casa esta madrugada. Llegó sin previo aviso, silencioso, como siempre hace. Y me alegró sin querer la mañana.

Me gusta el invierno y la forma en que se hace presente. Es como si no quisiera llamar la atención, pero resulta imposible no percatarse de su presencia. Hoy por ejemplo, cuando se coló por la ventana semiabierta de mi recámara, no hizo casi ruido, pero me obligó a ponerme de pie para buscar una manta.

Y pienso, no sé por qué razón, que las cosas o las personas importantes de tu vida llegan así, sin aspavientos, ni promesas; pero una vez que se instalan te hacen sentir de manera discreta su fuerza. Sin pedir nada, te obligan a moverte. Te cambian la vida, como el invierno suele cambiar el paisaje.

Hoy por la mañana llegó el invierno a mi casa. Y yo me siento feliz.

5 oct 2007

De la fe

Hace dos años, cuando tomé mi avión a Madrid, estaba perdido. Solo, en un país extraño, entendí que en ocasiones, renunciar a la vida conocida y saltar al vacío, constituye la única manera digna de perdonarse. El viaje que emprendí fue en ese sentido —y para mi fortuna— una huída frustrada.
Hace un par de semanas volví a subirme un avión. Y en esta ocasión todo fue distinto. Por primera vez en mucho tiempo tuve la sensación de estar justo donde debía y con quien debía. Y esa noción, tan extrañamente irreal, se multiplicó a lo largo de dos semanas que incluso ahora, cuando estoy de regreso, todavía continuo disfrutando.
A veces me pregunto si en verdad merezco todo lo que me ha sucedido este año. Y siempre concluyo que no. Pero es lo de menos. Dudo que ser feliz se trate de una cuestión de méritos. Así que en vez de perder el tiempo con ese tipo de pensamientos, me solazo en la idea del próximo fin de semana, o del próximo viaje, me permito soñar e ilusionarme y volver a creer. Sobre todo eso último: creer que todo en esta vida es posible.

14 sep 2007

Septiembre, hoy

Hace un año la tuve que imaginar perdida en algún callejón de Lisboa, dibujando su nombre sobre las arenas de una playa solitaria o parada a mitad de uno de los puentes que atraviesan el río Tajo.
Hoy ya no tengo que imaginarme nada.

10 sep 2007

Falling Man


1
The Falling Man es el título de una fotografía tomada por Richard Drew durante los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas. La imagen muestra con impecable claridad la figura de un hombre cayendo al vacío en un intento desesperado por escapar del fuego que consumía los pisos superiores de la Torre Norte del WTC.
Cuando la fotografía salió publicada en los diarios norteamericanos, numerosos sectores de la opinión pública estadunidense se encolerizaron. ¿Con qué derecho se violaba la privacidad de un ser humano al momento de su muerte?
Richard Drew, el fotógrafo, respondió a varias opiniones diciendo: “Esta fotografía muestra cómo afectaron los atentados a las vidas de la gente en esos momentos, y creo que eso explica por qué es una imagen importante. No fotografié la muerte de esa persona. Fotografié una parte de su vida. Eso es lo que decidió hacer, y creo que conseguí inmortalizarlo.”
Sin embargo, la andanada de críticas, propició que los medios de comunicación la pensaran dos veces antes de volver a sacar a la luz las imágenes más crudas de la tragedia. En acto de abierta autocensura, los medios optaron por publicar sólo aquellas fotografías que representaran actos de heroísmo y sacrificio.
Tuvieron que pasar más de cinco años para que un canal de televisión extranjero emitiera el documental 9/11: The Falling Man, sobre la fotografía y su historia. En este trabajo, se lanza la hipótesis de que el hombre de la fotografía era Jonathan Briley, un técnico de sonido del Windows on the World, el restaurante de lujo que ocupaba la azotea de la Torre Norte.

2

Todos sabemos dónde estábamos exactamente el día 11 de septiembre de 2001. Frederic Beigbeder, el célebre escritor francés, asegura que la primera noticia que tuvo de los atentados la recibió en el sótano de la editorial Grasset, en París, a mitad de una entrevista. Pegado al único televisor, ubicado en la planta alta de la editorial, el escritor contempló durante las siguientes horas las secuencias del choque de los aviones, las torres ardiendo como antorchas olímpicas y muy posiblemente, un primer plano donde se mostraba la trayectoria de un hombre precipitándose en caída libre desde la Torre Norte del World Trade Center. Beigbeder no lo dice, pero yo sospecho que fue en ese momento cuando decidió que tenía que escribir una novela.
La publicación de Windows on the World tres años después de los atentados del 9/11, rompió con la autocensura que de los medios de comunicación norteamericanos, se había propagado hacia las diversas expresiones artísticas, y de manera muy particular, hacia la literatura.
“La realidad misma hace difícil de esta novela hiperrealista —escribe Beigbeder en uno de los capítulos más autobiográficos de su novela—. Desde el 11 de septiembre la realidad no sólo supera la ficción, sino que la destruye. No se puede escribir sobre este tema, pero tampoco se puede escribir sobre otra cosa. Ya no hay nada más que nos concierna.”
La de Beigbeder, es la primera gran reflexión, desde el ámbito de la ficción, sobre los acontecimientos que cimbraron a Nueva York y al mundo en septiembre de 2001.
El escritor francés no se guarda ningún detalle. En ese sentido, la novela es realista y al mismo tiempo cínica. Sin un gramo de pudor, Beigbeder nos relata cómo pudieron ser los últimos minutos la gente atrapada en las torres. A lo largo de las páginas de este libro es imposible no conmoverse frente a la desesperación e incredulidad de aquellas personas condenadas a morir, así como su inútil y atormentada lucha por la supervivencia.
Como toda novela basada en un hecho histórico, el final es lo menos importante, aunque en este caso creo que podría hacerse una excepción: en el último capítulo, el personaje principal se lanza al vacío desde las ventanas del Windows on the World.

3

Después de publicar en 2001 En las ruinas del futuro —un ensayo de urgencia escrito poco después de los atentados del 11 de septiembre— era sólo cuestión de tiempo para que Don Delillo, uno de los escritores norteamericanos más reconocidos y venerados de nuestra generación, se propusiera novelar su propia versión del 9/11.
El título de su nuevo libro, Falling man, alude a la controvertida foto de Richard Drew, que muestra el salto al vacío de un hombre desde una de las Torres Gemelas.
De la novela no puedo decir mucho. Don Delillo es un autor de culto, de ventas modestas, pero de fieles seguidores. Publicada a mediados del 2007, es de esperarse que la novela llegue a las librerías mexicanas hasta finales de año. Sin embargo puedo adelantar, que de acuerdo a las reseñas publicadas en suplementos y revistas especializadas, Delillo se aparta de su tendencia a escribir la Gran Novela Norteamericana, para construir un relato intimista que se centra, más que en los atentados terroristas, en el ambiente de desolación y vacío que predomina en Nueva York en la era “post” nueve de septiembre.

4

¿Somos hombres cayendo al precipicio? ¿Somos, en verdad, esos “falling man” sin futuro seducidos y enajenados por el vértigo de la caída?
Movido por la curiosidad busqué en internet alguna foto que me diera una idea de la carátula del nuevo libro de Don Delillo. Después de un par de intentos, constato con curiosidad que la portada guarda ciertas semejanzas con la fotografía que la editorial Anagrama decidió utilizar para la portada de Windows on the World. Se trata de una imagen sugerente y simbólica que nos dice mucho de las aspiraciones y de las esperanzas que hemos aprendido a construir desde aquel fatídico día en el que nuestra percepción de las cosas cambió irreversiblemente. Y no. No es la fotografía de un hombre que cae al vacío. Es la imagen de un cielo azul, luminoso, cubierto de nubes.

26 ago 2007

De miedos a miedos...

Lo confieso sin asomo de culpa. Soy un aficionado al cine de terror. Supongo que el gusto me viene de niño, cuando ese tipo de filmes eran material prohibido y uno tenía que arreglárselas para escapar al Videocentro más cercano y rentar a hurtadillas la última cinta de Hallowen, Postelgeist, o la escalofriante saga de Pesadilla en la calle del infierno. Luego, permanecer toda la noche despierto, escondido bajo las sábanas, imaginando ruidos inexistentes y elucubrando historias absurdas que no pocas veces derivaban en horrendas pesadillas que era necesario mantener en secreto para no delatar mi pecado.
Pues bien, con el tiempo, todos esos filmes que fueron en su momento la materia prima de mis miedos más ocultos dejaron de perturbarme. La máscara de Michael Meyers, el rostro desfigurado de Freddy Krueger, las dotes contorsionistas de Linda Blair, los poderes telequinéticos de Carrie. Era como si todos los artilugios que habían sido antaño la delicia de mis horas más angustiantes, se hubieran esfumado repentinamente.
Cuando la magia del horror perdió su encanto, no me quedó de otra que mudar de subgénero. Los Pájaros, Psicosis, El resplandor, fueron algunos de los trihller sicológicos que devolvieron un poco de la emoción extraviada a esos años. Pero el encanto no duró mucho. En el curso de una década pasé de las películas de muertos vivientes a las visiones apocalípticas del fin del mundo, recorrí sin mucho sobresalto algunos de los ejemplos más acabados del Gore y sus derivaciones, y sufrí —a principios de los noventa— con los mediocres intentos del peor Wes Craven por infundir vida a las historias protagonizadas por asesinos seriales. Desde entonces, el cine de terror vive su noche más oscura.
Cada verano se presentan en cartelera películas que prometen recuperar ese viejo —y yo diría que hasta sano— espíritu que busca poner en contacto la subjetividad del espectador con las zonas más ocultas e impenetrables de la psique. Y cada verano las expectativas parecen quedar demasiado grandes.
La promesa incumplida del cine de terror es casi una ley no escrita de las salas de cine.
Armados con unas palomitas —irónicamente bañadas en una espesa y sugerente salsa roja— los amantes del género del terror ocupamos las butacas conscientes de que dos horas después saldremos decepcionados, añorando los días en que una cinta rentada a escondidas en el videoclub era capaz de generar intensos e insólitos estímulos emocionales.
Por supuesto que no siempre es así. De vez en cuando surgen películas como Exterminio, La bruja de Blair, o incluso el más reciente remake de El amanecer de los muertos, que reivindican y hacen que valgan la pena cada uno de los intentos frustrados. Pero seamos honestos: una golondrina no hace verano.
Dicen que cuando se estrenó El Exorcista en 1973 la película causó una histeria nunca antes vista. La gente no paraba de gritar, se desmayaba y hubo algunas que sufrieron crisis de ansiedad, lo que provocó que las ambulancias tuvieran que desplazarse a las salas de cine y de teatro para atender a los afectados.
Parece imposible que en poco más de treinta años, hayamos perdido la capacidad de tener miedo. ¿A qué le tememos hoy los habitantes del mundo?
En lo que al cine se refiere, mi concepción sobre el temor ha cambiado radicalmente. Hace algunos unos años cuando vi la película Infidelidad, protagonizada por Diane Lane y Richard Gere, descubrí que otro tipo de miedo había empezado a cobrar forma en alguna región de mi inconsciente. Durante semanas no pude quitarme de la cabeza la idea del engaño, de lo que hubiera hecho yo en lugar del actor o de la actriz, de lo increíblemente indefensos que estamos frente las debilidades propias del género humano. Recientemente en una de las salas de la ciudad, me tocó ver el trailer de una película en donde una pareja feliz —de esas de las que casi no abundan— descubre que uno de ellos es portador de una enfermedad terminal y que por tanto, les quedan apenas un par de meses juntos. Que alguien me diga si eso si eso no es terror o sadismo.
El miedo a la traición, el miedo a la soledad, el miedo al desengaño, el miedo a una vida sin emociones, el miedo al fracaso; esos, creo yo, son los grandes y verdaderos miedos del siglo XXI. El asunto con ese tipo de miedo es que no gratifica. El cine de terror, en cambio, se goza porque desde la butaca del cine el espectador tiene el privilegio de presenciar las escenas más cruentas e inverosímiles a sabiendas de que se trata de una fabulación, lo que suprime cualquier sentimiento de responsabilidad o de culpa. Además, el intenso horror que se muestra en la pantalla, minimiza los problemas menores de la vida real.
Creo que es por eso que a pesar de las reticencias hacia un género que ha sido excesivamente manoseado por guionistas y directores de escaso talento, cada vez que en la cartelera se exhibe un filme que promete mantenerme al filo del asiento, termino siempre por comprar un boleto.
Mi lógica es muy simple. Frente al cine de terror, me siento seguro. Pero al frente al hiperrealismo de ciertas películas no existe defensa posible.

20 ago 2007

Al lugar donde fuiste feliz...

no debieras tratar de volver, dice Sabina.
Pero este fin de semana desoí su consejo.
Regresar a la sierra fue algo más que romper con los años de exilio autoimpuesto.
Fue darme cuenta de que los recuerdos, esos puntillosos fragmentos que laceran la piel, también pueden ser un bálsamo para cicatrizar viejas heridas.
Por ellos valió la pena el viaje.
Por ellos y por ella, compañera imprescindible de estos días, a los que nos acogemos felices, maravillados...

10 ago 2007

Aforismo en viernes

El amor, el verdadero amor, esa cosa cursi en la cual nos educan para que aprendamos a sufrir y a crecer, es el arte de sobrevivir a la ausencia.

Dar la espalda sin rencor, es la mejor forma de amar a alguien.

6 ago 2007

Ácido bórico

El asunto comienza en Oaxaca en los primeros meses del 2006. Tryno Maldonado, escritor zacatecano, viaja una vez al mes a la ciudad para asistir al taller literario que se imparte en el Centro Nacional de las Artes de San Agustín Etla y que coordina desde París, el escritor y editor Martín Solares. Para Tryno, como para todos los que compartimos la experiencia de ese taller, Oaxaca se nos reveló de la noche a la mañana como una experiencia surrealista, alucinante. No era sólo el paisaje desolado y sucio de sus calles, ni las barricadas que cercaban el centro de la ciudad, ni los retenes en las carreteras, ni los autobuses quemados. Era el ambiente que se respiraba, el miedo a salir de noche, las historias insólitas que circulaban entre la gente y que desde la comodidad de la casa que compartíamos en San Agustín Etla, nos gustaba comentar; al principio con morbo, después con asombro, al final, creo que algunos hasta con miedo. Lo sorprendente es que durante aquellos primeros meses, en nuestras ciudades de origen la gente apenas parecía darse cuenta de la gravedad de los acontecimientos. Uno describía frente a sus conocidos el caos que vivía Oaxaca y se topaba por lo regular con sonrisas incrédulas o indiferentes. En mi caso, al menos, no faltó quien cariñosamente me tachara de exagerado y alarmista.
Supongo que eso motivó a Tryno a escribir su ahora célebre cuento “Ácido bórico”. Una ficción en la que el personaje central narra su estancia, durante los días de la represión federal en Oaxaca, en un departamento infestado de cucarachas.
Primero lo subió a su blog. Luego el texto fue publicado en el número 439 de la Gaceta del FCE.
El día primero de agosto Julio Hernández López —en su conocida columna Astillero— publica que “por órdenes superiores” la gaceta había sido retirada de circulación, como una forma de censura hacia la crítica velada, pero mordaz que hacía Tryno en su texto. A partir de entonces “Ácido bórico”cobra relevancia más allá del pequeño círculo de lectores de la Gaceta y del blog del citado autor. La noticia de la supuesta censura se propaga como pan caliente. Escritores, activistas de izquierda, amigos y compañeros de Tryno, se dedican a difundir la buena nueva: el gobierno del “espurio” ha iniciado su cruzada en contra de sus críticos. Hay quienes se ofrecen a redactar y firmar un desplegado público. El Correo Ilustrado del diario La Jornada publica una carta de repudio a la censura del gobierno calderonista y el semanario popular Machetearte publica íntegro el texto de Tryno como una forma de apoyo y difusión.
Pero todo se desinfla muy pronto. Apenas un día después del escándalo, el propio Tryno Maldonado desmiente en su blog la versión de la supuesta censura. Más aún, el autor pide una disculpa al FCE, a la Gaceta y reitera que ha recibido siempre de todos ellos un respaldo total hacia su obra.
¿Qué pasó entonces? En realidad nadie lo sabe. Tengo conocimiento de algunos lectores de Astillero que dirigieron una carta al autor de la columna solicitando una explicación de los hechos. En mi caso, también le pedí a dicho espacio —vía correo electrónico— una aclaración. Pero hasta el día de hoy, el cronista oficial de los avatares y desventuras del “espurio” ha hecho caso omiso de nuestras peticiones. Y no sé por qué, pero empiezo a sospechar que el error no será reconocido ni en ése, ni en ningún otro de los medios que se escandalizaron en la primera etapa de este affaire, cuando todo apuntaba hacia la censura estatal.
Finalizo con un par de preguntas que rondan mi cabeza desde hace un par de días. ¿En qué momento la censura nos pareció más reprobable que el ocultamiento o la mentira? ¿no son acaso las dos caras de una misma moneda?
No voy a caer en la tentación de pugnar en este espacio por un periodismo o por una literatura desideologizada. No creo que exista en el mundo cosa parecida. Me parece, sin embargo, que si una ideología ha de permear la creación literaria o periodística, ésta debe ser la de la honestidad y la denuncia frente a las circunstancias que nos rodean. Sé —porque trabajo en un medio de comunicación— de los dilemas que entraña una actitud de esta naturaleza. Pero no creo que sea algo imposible. Ahí están Tryno Maldonado y su “Ácido bórico”, como ejemplo.

31 jul 2007

De los encuentros fortuitos

No los esperes
Condénalos a muerte
y luego entiérralos

Cuando toquen a tu puerta
sólo verás fantasmas

17 jul 2007

Volver al hogar

Cambiar de casa es siempre cambiar de vida; modificar hábitos y de rutinas; reconstruirse de modo imperceptible pero eficaz en lo cotidiano. Habitar un nuevo espacio es una forma de poner punto final y tomar impulso para reiniciar la escritura en otro párrafo. También significa nadar contra la corriente, porque mantener una casa o un departamento a flote implica hacer innumerables cosas que te desagradan o te distraen. Pero lo interesante en este proceso es que, para bien o para mal, mudarse es un proceso del que siempre aprendes.
A lo largo de los años he cambiado de residencia muchas veces. Durante los nueve años que viví en el DF puedo recordar al menos cinco lugares diferentes, entre pensiones, departamentos, e incluso una casa. Entre los sitios especiales que recuerdo está el apartamento de Uxmal que la doctora Celeste y su esposo rentaron confiadamente a un muy sui generis grupo de economistas de la UNAM; la residencia estudiantil que me albergó durante el mes que estuve en Madrid; y desde hace poco más de un año, el departamento que comparto con mi amigo Jaime.
Pero a pesar de todo eso, cuando pienso en el hogar, la imagen que viene de inmediato a mi mente es la casa de mis padres. El lugar donde crecí y a donde regularmente vuelvo con las excusas más extrañas tan sólo para constatar, frente a lo efímero de las situaciones y las personas que me rodean, que existe un lugar al que aún pertenezco.
Recuerdo que cuando salí de la prepa mis papás me regalaron unas llaves. El hecho me pareció un tanto extraño, pues desde hacía mucho tiempo que yo tenía y usaba las mías, pero lo acepté sin preguntas. Justo ahora, más de diez años después, creo entender un poco el sentido que tuvo de ese regalo. Y puede ser una cosa tan sencilla, como saber que puedes llegar cuando quieras, a cualquier hora del día, y sentir que aunque hace mucho tiempo que ya no vives ahí, cada que abres la puerta estás entrando a tu casa.
Hoy por la mañana vine a imprimir unos documentos en la computadora de mi mamá. No estaba nadie, excepto mi hermana, que tampoco vive aquí y que suele venir de visita de vez en cuando. Ella estaba usando el internet, así que baje a la cocina, me serví un vaso de jugo y salí un rato al jardín. Estaba un poco desvelado así que después de vagar un rato me dirigí a la habitación que funciona como estudio/dormitorio/armario/ que utiliza actualmente mi hermano. Estaba agotado, así que despejé un poco la cama y me quedé dormido un rato. Fue poco tiempo el que estuve ahí, pero descansé como tenía mucho tiempo que no lo hacía. Cuando desperté, en el silencio de aquella casa vacía, me sentí reconfortado. Supe entonces que hay cosas en la vida que nunca cambian. ¿Cómo lo explico más fácil? Mi cuarto puede no seguir igual, pero aún sigue siendo mi cuarto.

5 jul 2007

Hacer el trabajo

Mientras esté aquí haré el trabajo
¿Y cuál es el trabajo?
Aliviar el dolor de vivir.
Lo demás: escenas de borrachos y de tontos.

A. Ginsberg



Lo digo en serio, escribir una tesis es un martirio. Yo ya voy por la tercera y parece que no aprendo. No es que me guste sufrir. Es sólo que siempre he pensado que padecer los procesos de la vida tiene su recompensa. Y que al final, cuando lo peor ha pasado, uno puede decir con orgullo “yo hice esto” o “yo pasé por aquello” y esbozar sin trabajo una sonrisa.
Pienso en algunas de las situaciones dolorosas a las que he tenido que sobreponerme y no me queda duda: el placer que viene después, se disfruta en proporción directa a los obstáculos que uno tuvo que superar, o a las veces en que uno estuvo a punto de asumirse como desertor y mandar todo al diablo. Por eso, quizá, he renegado siempre de las terapias y los antidepresivos. Puede que sea sólo cuestión de vanidad, pero no me gustan los paliativos.
Regresando al tema de la tesis, debo decir que a estas alturas he pasado ya por el engorroso asunto de definir el tema y estoy actualmente en el proceso de agotar la literatura existente y redactar la parte que corresponde al marco teórico. Por lo regular esta etapa suele ser la más aburrida, la menos creativa, la que implica más disciplina. Es también la que suele desanimar más al estudiante. Uno avanza pendiente arriba, con el equipaje a cuestas y no se vislumbra la cima. Y entonces llegan las malditas dudas. Y junto con ellas, el presentimiento de que cada tropiezo, cada inconveniente, cada obstáculo superado, son el cimiento fresco sobre el cual se edifica el goce futuro. Razón de más para levantarse todos los días y emprender sin demora el trabajo. Ya habrá tiempo para regocijarse después.

29 jun 2007

Acá entre nos

No me da pena decirlo. Mi vida, este último año, se ha convertido en un venturoso catálogo de lugares comunes.

8 jun 2007

Tercera declaración de principios

Pocas cosas en verdad han sido constantes en mi vida. La familia, los amigos y párale de contar. Quienes me conocen bien, saben de mi renuencia a asumir sin necesidad nuevas responsabilidades. Sin embargo, de un tiempo a la fecha, casi sin darme cuenta, alimentar este blog se ha sumado a la lista de pendientes cotidianos a los que someto sin culpa mi voluntad y mi tiempo.
Todo esto para anunciar que en unas cuantas horas se cumplirá un aniversario más desde que esta bitácora decidió colgarse de la red para ocupar un modesto lugar en el ciberespacio.
Dicen los que llevan más en esto, que con el paso del tiempo uno llega a convertirse en esclavo de su propio blog. Ignoro si eso ya ha sucedido conmigo, pero en la celebración de los primeros dos años de existencia de esta bitácora virtual me siento obligado a agradecer (a quien sea que haya que hacerlo) por la oportunidad de coleccionar y exponer en este espacio mis estados de ánimo y mis pensamientos. En fin, no vamos a ponernos cursis.
Larga vida pues, a este blog y a su autor, que festejan esta noche la suerte de haberse encontrado.

7 jun 2007

Una de cine mexicano



Ayer, en función de miércoles por la noche, fuimos a ver El violín.
Después de las frecuentes, infructuosas y decepcionantes visitas a los cinitos poblanos, fue como respirar aire fresco.
Esta película es la clara evidencia de que se puede hacer cine de estupenda manufactura en México con una cantidad mínima de recursos materiales y técnicos.
También nos enseña que un filme de denuncia, no tiene por qué ser necesariamente lacrimoso, aburrido, panfletario, chafa.
La anécdota es simple y se hilvana de modo lineal. No hay pretenciosos saltos temporales, ni experimentos en su estructura. Las escenas, filmadas en blanco y negro, contribuyen a generar una atmósfera que resalta los aspectos más íntimos de los personajes y los escenarios emanados del medio rural.
Se trata de un trabajo que —a contrapelo de las tendencias de nuestros directores de moda— reivindica el poder de la historia (la vía Arriaga) frente a los artilugios interpretativos del realizador (la vía Gónzalez Iñárritu y compañía).
Asimismo, demuestra que el soundtrack más efectivo no es aquel que se arma con los éxitos del momento, sino el que mejor le va a la película. Y que un violín mal tocado puede impresionar más al espectador, que si llamamos a Zoé, Belanova y a Natalia Lafourcade y los ponemos a tocar todos juntos.
Y lo más importante: que la realidad de nuestro país supera por mucho las fronteras del DF. Que no todos los mexicanos nos comportamos como irresponsables “charolastras” en la búsqueda del sentido de nuestra existencia. Que hay un mundo más allá de las hiperpobladas e inseguras ciudades que habitamos. Que los viejos y los niños también existen en México. Y que no se parecen a Gael o a Diego Luna, y tampoco se apellidan Bichir. Que no van al cine como nosotros. Y que sin embargo, son protagonistas cotidianos de historias que merecen ser contadas y proyectadas en los cines de ésta y otras ciudades del país. Aunque sean de provincia.

25 may 2007

El mundo sin lentes


Como aprender a caminar descalzo, entre piedras
Como perder el rumbo en una tormenta de arena
Como navegar de noche, sin faro a la vista
Como salir a la calle desnudo y no sentir vergüenza
Como querer más a la gente, sin conocerla siquiera
Como desprenderse de la máscara y también del rostro
Como viajar en autobús de tercera, y aun así, sentirse agradecido...

17 may 2007

Cable a tierra

De un año a la fecha tengo en mi vida un cable a tierra.
Podría llenar páginas enteras hablando de él
pero es casi seguro que me quedaría corto.

Consciente de la imposibilidad de la palabra escrita
y a riesgo de forzar los límites de lenguaje
expreso una idea que describe lo que siento.
Y ésta es que a veces, cuando me imagino sin él, el mundo se vuelve un lugar triste.

Por eso lo cuido, por eso lo quiero tanto…

14 may 2007

En el día de los profes...


No conocí bien al doctor Ayala, aunque jamás me perdí una sola de sus clases.
Me gustaba su forma de enseñar. Sencilla, sin dejar de ser rigurosa. Apasionada, al punto de suscitar el contagio entre sus estudiantes. Tolerante y crítica al mismo tiempo, virtud escasa entre los profesores de la UNAM siempre propensos a ideologizar y a tratar de imponer su postura en el aula de clases.
José Ayala sabía combinar sus experiencias personales, con anécdotas de la vida cotidiana y referencias a los autores clásicos y contemporáneos, como método para explicar el modo en que la economía —y de modo más particular “las instituciones”— afectaban prácticamente todos los aspectos de nuestra vida. En ese sentido, mi deuda con José Ayala es impagable. Durante sus clases, renació el interés por una carrera que hacía mucho tiempo había dejado de emocionarme.
José Ayala fue el sinodal con quien yo más deseaba discutir mi tesis de licenciatura y fue el único que no se presentó el día de mi examen.
Fue el único maestro con quien me quedé con las ganas de darle las gracias.
Y el único también, cuyos libros retomé durante el posgrado más de una vez como fuente de consulta inagotable.
La vida tiene extrañas formas de ponerse a mano con los que ya no están y saldar las cuentas que se pensaron alguna vez pendientes.
Ayer por casualidad, me enteré que era posible que el doctor Ayala no hubiera asistido ese día a mi examen porque le habían detectado cáncer. También de que pese a la rapidez con que se extendió su enfermedad no faltaron muestras de respeto y agradecimiento por parte de sus estudiantes. Y que debido a sus aportaciones a la academia existe una cátedra en la facultad que lleva actualmente su nombre.
Vaya pues este post, a modo de homenaje.

19 abr 2007

De las labores "non gratas"

Todos los jueves, el pasquincito en el que trabajo hace un pasquincito más jodido aún, que sale en forma de suplemento los días lunes. El encargado de dar coherencia a la retahíla de boletines, seudo reportajes y otras aberraciones del género periodístico que prefiero no mencionar, soy yo. Así que por lo regular, en noches como hoy, mientras me esfuerzo por encontrar una cabeza más o menos afable para una noticia que no es noticia, o titular una crónica que se sumerge, cual grosero y pesado armatoste, en los mares profundos del aburrimiento, me pregunto una y otra vez: ¿cómo diablos puede alguien hacer dinero con algo así? ¿existirá de verdad un segmento de lectores interesado en leer el pasquín de un pasquín? Y más extraño aún ¿qué carajos hago yo trabajando en un sitio como éste? Claro que después me vienen a la mente los recibos del banco, la renta del departamento y un montón de necesidades que para bien o para mal, subsano con el mini-salario que percibo ejerciendo el subvalorado y humilde oficio de editor. Entonces dejo de hacerme preguntas y cual reo en vísperas de la evasión, me concentro en repasar, detalle a detalle, los pormenores de mi huida.

5 abr 2007

A saber por qué...

pero de un tiempo a esta parte, me ha dado por coleccionar momentos del tipo “si no el mejor, uno de los mejores”
Y no puedo evitar, frente a este hecho, sentirme afortunado y perplejo. Asustado, a veces. Pero más que nada, embriagado con este subir y bajar, al que a estas alturas uno debería estar más que acostumbrado.

26 mar 2007

Jóvenes y tontos


En vísperas de mi cumpleaños número 31 va esta foto para el recuerdo.
En aquella época solíamos decir que éramos jóvenes y tontos. A saber si era verdad o no, pero a la fecha, siempre que la situación lo amerita, algunos todavía lo seguimos afirmando...
La foto es de 1994.

23 mar 2007

Cuentas pendientes

Hace un par de días celebramos la clausura de nuestro taller literario en Oaxaca. Si bien la experiencia valió las horas en carretera, las ausencias laborales, y los inconvenientes propios del traslado Puebla-Oaxaca durante el primer fin de semana de cada mes, mi conclusión al respecto resulta en una colección de curiosas contradicciones.
Queda por un lado, cierta nostalgia por San Agustín y su gente, por el bungalo que nos albergó durante todo el año, por las reveladoras sesiones de I-Ching y por las preocupaciones literarias y extraliterarias, externadas en pláticas interminables, que fueron por mucho, lo mejor del taller. Queda también la sensación de que se pudo hacer mucho más y no se hizo. Y junto con eso, el desconcierto colectivo que deriva del hecho de que la mayoría salimos de ese taller con más dudas que respuestas —lo cual me parece hasta cierto punto saludable— y ninguno, hasta donde sé, con una novela que valga realmente la pena bajo el brazo.
Con todo, no dejo de pensar en qué momento se perdió el proyecto literario de este año. Y lo más importante de todo: ¿dónde quedó? ¿y cómo diablos haré para retomarlo? Así que extrañamente el ciclo que termina, marca también el inicio de nuevas y quizá más profundas preocupaciones.
Así las cosas, sólo me queda constatar, un tanto con sorna y otro con complacencia mal encaminada, que mi relación con la escritura sigue siendo hasta ahora (con taller o sin él) una cuenta pendiente.

15 mar 2007

Mal y de malas

Primero, el accidente sobre la carretera Toluca-Atlacomulco.
Luego, el robo/canje de llanta con que me timaron en el taller de la aseguradora.
Después, el corto circuito en el sistema eléctrico de mi auto.
Más tarde, el extraño caso de la compuerta de combustible del Clio.
Hace un par de semanas, el extravío de mi credencial de elector.
Hoy, la pérdida de mi USB con la novela, la tesis doctoral, y todo el trabajo académico de este año.
¿Alguna otra idea genial para terminar de arruinar este mes de marzo?

7 mar 2007

A propósito de Gabo...


En el cumpleaños número ochenta de Gabo todos hablan Cien años de soledad como si en verdad ésta fuera la obra cumbre del Nobel colombiano. Está bien. Cada quien tiene el derecho de ponderar sus lecturas como mejor le venga la gana. No obstante, si alguien pregunta mi opinión, diré que me cuesta compartir esa postura. Estoy seguro de que mi escepticismo hacia la novela deriva en parte de aquella primera lectura, apresurada, impersonal, en un momento en el cual mis convicciones (si es que alguna vez las tuve) eran demasiado incipientes como para deslumbrarme. Me explico: a mis trece o catorce años, América Latina era una noción que estaba apenas en construcción. Existía, en el mismo nivel que la Malasia de las novelas de Salgari, o la Rusia invernal de los libros de Tolstoi. Uno es lo que vive y lo que lee. Y para un adolescente de clase media que habita en una conservadora ciudad de provincia, los catorce son una edad en la que por lo regular no se ha vivido mucho.
Tuvieron que pasar algunos años para que pudiera regresar a Cien años de soledad y entender la verdadera dimensión de este libro. Claro que para entonces, ya había leído a Azuela, Martín Luis Guzmán y toda la novela de la Revolución. Estaba maravillado con José Revueltas y El Apando y había descubierto —gracias a la terquedad de uno de mis profesores— a Eduardo Galeano y Las venas abiertas de América Latina, por lo que casi puedo asegurar que lo que me sucedió con la novela de Gabo fue sólo la intelectualización de todo lo leído anteriormente.
Cosa distinta me ocurrió con El amor en los tiempos del cólera. No recuerdo bien las circunstancias bajo las cuales acudí por primera vez a ese libro. Recuerdo, eso sí, cada uno de los pasajes, encuentros y desencuentros de esos dos grandes personajes: Ferminza Daza y Florentino Ariza. Y junto con el recuerdo, la percepción de estarme enfrentando a una novela, como no había leído otra hasta entonces. En parte por la riqueza y el uso prodigioso del lenguaje, pero también porque la historia, narrada del modo en que lo hace García Márquez, posee una tremenda capacidad emotiva que la vuelve, hasta cierto punto, universal. Y aunque todo sucede en un lugar llamado Cartagena de Indias, uno puede sentir, desde el sillón de su sala, que podría estar ocurriendo en cualquier parte.
A diferencia de Cien años de soledad, El amor en los tiempo del cólera es una novela que no he vuelto a leer, salvo para recuperar algunos pasajes memorables. Supongo que es cuestión de gustos, pero en vez de la imponente y aleccionadora saga de la familia Buendía, he preferido quedarme con la impresión primera, maravillada y sobrecogida, de dos enamorados juveniles que se separan y viven largas vidas, antes de reencontrarse.

2 mar 2007

Buzon de quejas

Hoy no fue uno de mis mejores días. Me siento al final de esta interminable jornada, agotado y triste. Pero más que eso, vulnerable. Al sentimiento abona la incertidumbre en torno a ciertas decisiones que no se ven muy lejanas y la percepción de que algunos proyectos personales siguen sin avanzar. A pesar de todo pienso que a estas alturas, quejarse puede resultar muy injusto. Así que mejor ahí le paramos.
Vaya pues este jueves terrible para el olvido.

28 feb 2007

Un liberal de izquierdas


Fue interesante contestar el test de la brújula política:

Y descubrirme de repente como un individuo con tendencias anarquistas
Y ver que me ubico del lado liberal, pero de izquierda
Y que comparto cuadrante con gente como Gandhi o Mandela
Y que me ubico en el opuesto de Bush, Aznar o de Blair
Y lo difícil que resulta conciliar la forma en que se vive, con la forma en que se piensa
Y que apelar a la libertad, desde una posición ética que parta desde el individuo, describe un poco la postura que asumo en discusiones estériles en las que no muchas veces suelo darme a entender.
Y finalmente constatar que uno sigue siendo un moderado, a pesar de todo...

Para todos los interesados, la dirección de la página es:


No lleva más de cinco minutos responder las preguntas y como todo test, éste también suele ser divertido.