21/09/2010

La naturaleza hedonista

Con el mar en el horizonte, duermo a pierna suelta y leo.
Mi selección para los días de playa no puede ser mejor: Tierra desacostumbrada el último libro de relatos de la escritora norteamericana de origen bengalí, Jhumpa Lahiri, es una obra maestra.
En ausencia de afán analítico, me dejo llevar exclusivamente por la trama de cada relato, por su cadencia interna, por la vida que emerge de sus páginas: briosa, tenaz -y cierto- inexorablemente triste .
Los músculos se relajan y se tensan acompasadamente, los sentidos se agudizan al extremo. Por momentos parece que en lugar de leer, degusto.
Con un buen libro en las manos me convierto en un hedonista, un egoísta irredento.
La vida académica convierte la lectura en un mero instrumento.
La despoja de su sentido primigenio.
Leer por placer, en cambio, te convierte en un ser sensual, omnipresente en el sentido más literal del término
El instánte en que leo, no soy más yo. Soy otros.

01/09/2010

Bitácora de investigación I


En las memorias del viaje que realizó por la Tarahumara en 1936, Antonin Artuad escribe:

"Ellos (los tarahumaras) vienen algunas veces a las aldeas, empujados por un ansia de viajar, de ver, dicen ellos, cómo son los hombres que han errado. Para ellos, vivir en las aldeas es errar."

El escritor francés –que aseguraba haber presenciado en Norogachi, al fondo de la Sierra Tarahumara, un antiguo rito descrito por Platón que se atribuye a los reyes de la Atlántida– encontró entre la población indígena de esta apartada región del país, un conocimiento espiritual  inédito, primigenio, que lo liberó del racionalismo europeo el cual sentía –ya desde entonces– como el fracaso de la civilización moderna.

He pasado varias semanas al pie de la Tarahumara, mirando de lejos y conversando –también de lejos– con los descendientes de la raza que Antonin Artuad conoció en los albores del México posrevolucionario: los tarahumaras que viajan a las aldeas para conocer a los hombres que han errado. Una raza altiva y orgullosa, en el mejor sentido que guardan estas palabras.

No deja de intrigarme, cómo aún en las condiciones más precarias, lejos de la sierra y de las barrancas, hacinados en bodegas y albergues improvisados, trabajando largas jornadas en los campos de cultivo, viviendo entre los chabochis que los explotan, estos tarahumaras se conservan dignos e impolutos. No piden nada. No dicen nada. No se quejan de nada. 

Más de una vez, a lo largo de estos días, me ha tocado ser objeto de su desdén. Su cautela está plenamente justificada. Históricamente, la experiencia de los tarahumaras en el mundo occidental ha sido un desastre. Por eso, aunque hablan español, no tienen empacho en darle la espalda al chabochi que los interroga, que quiere saber más de ellos. A veces, después de intercambiar palabras en su propio idioma, se ríen de él. Luego siguen como si nada. Lo ignoran, como ellos han sido ignorados siempre. Montemayor afirma que el propio vocablo chabochi, es peyorativo, burlón. El que tiene barbas en la cara, el que tiene arañas en el rostro, el que tiene telarañas en la cabeza, el que no piensa bien, el sordo, el que no escucha, el que no es capaz de entender.

Y sin embargo, cuando se logra hacer contacto con ellos, aunque sea por breves momentos, uno entiende las razones de su desconfianza, de su aisalmiento, de su pasividad. Dicen que es el "hambre" lo que los obliga a bajar de la sierra (el hambre, esa palabra sobre la que tanto se escibe y sobre la que tan poco se sabe). Pero es algo más que eso: es el compromiso de "caminar bien" en el mundo. De seguir, pese a todo, siendo rarámuris.

La poeta tarahumara Dolores Batista lo describe así:

"Nosotros somos los rarámuris. Nosotros somos los que sostenemos el mundo. Nosotros somos el pilar de este mundo. Tenemos que recordar lo que decían los antepasados, así seremos más rarámuris. No hay que entristecernos sin nos hacen sufrir. Hay que ser fuertes, aunque nos hagan sufrir."