29/12/2007

Mi encuentro conmigo

Ayer, mientras me mudaba por tercera —y espero última ocasión— en lo que va del año, tuve uno de esos raros y poco frecuentes encuentros conmigo mismo.
—Mi mismo— dije para romper el hielo— ¿Está todo bien?
—Sí, Alvaro—respondió convencido—. Por mucho que nos cueste creerlo todo está bien ahora.
Los siguientes minutos los dedicamos a desempacar mis pertenencias, buscarles acomodo en las habitaciones semivacías del departamento y arreglar el desorden acumulado durante las últimas semanas. Una vez que todo estuvo en su lugar decidimos sentarnos sobre el piso de la sala para seguir conversando.
—Si me lo hubieran dicho hace un año, te juro que no me la creo— dijo mientras recorría con la mirada las paredes desnudas de mi nuevo hogar.
—Yo creo que nadie— repuse—. Ni siquiera yo.
—¿Te cae?— reviró un tanto incrédulo—. A mí se me hace que tú sí lo sabías.
—No, en verdad que no— repliqué—. Aunque bueno, debo confesar que siempre tuve el presentimiento que de ésta yo no iba a salir ileso. Y ya ves, no estaba tan equivocado.
—Es que se me hace extraño que no tengas miedo— dijo.
—¿Que no tengo miedo?— repliqué— ¡Pero si estoy aterrorizado!
—Pues no se te nota.
—Es que lo disimulo muy bien.
—Entonces dime por qué lo haces— preguntó intrigado.
—Okey, te lo voy a decir— dije un tanto fastidiado por tantas interrogantes— ¿Ves esa foto de ahí?— le pregunté mientras señalaba un retrato que estaba sobre la barra de la cocina.
—Sí.
—Bueno, pues ésa es la razón.
Mi mismo pareció comprender y dejó de hacer más preguntas, pero pasado algún tiempo volvió otra vez a la carga.
—¿Y de verdad lo vale?
—Mucho— dije sin dudarlo un segundo—. No te imaginas cuánto.
Tras este breve intercambio no había nada más que decir. Así que sin pronunciar más palabras nos pusimos de pie, apagamos las luces y salimos del edificio.

20/12/2007

Tolerancia a la frustración

La he ejercitado durante los últimos años de manera constante con resultados más o menos satisfactorios. Pero a veces uno se cansa, y en vez de asumir la dirección natural de las cosas, se rebela a la menor provocación frente a lo inamovible. Entonces uno despotrica, mienta madres, se tortura con aquello que pudo ser y no fue. Y aunque al final del berrinche uno termina terriblemente cansado, hay algo de paz y de alivio en ese desplante. La parte más cruda del exorcismo es la antesala de la sanación.

18/12/2007

Post navideño

De niño, la navidad fue siempre la época de los regalos o las vacaciones, de las abundantes cenas en casa de mi abuela, de las luces multicolores adornando las calles de la ciudad. Del Santa Clós gigante que recorría los pasillos de Plaza Dorada o del que colocaban para deleite de nuestras fantasías infantiles detrás de una vitrina del Sears del centro.
Luego, cuando me dio por ir a la sierra, la navidad comenzó a tener otro significado.
No era ya la cena o los regalos lo que me movía a esperar con impaciencia el mes de diciembre. Eran los días previos, esos que nos gustaba compartir en comunidad, acompañados de personas a las que apenas conocíamos, los que paulatinamente llegaron a suplantar a la verdadera Nochebuena.
Pero con el tiempo, así como perdí el asombro de la primera infancia, extravié también esa capacidad para disfrutar de lo simple. Para ver un mensaje donde no lo hay.
La navidad ha sido desde entonces una búsqueda personal que no termina.
Las he tenido tristes, reflexivas, indiferentes, y llenas de alegría. Las he pasado trabajando o estudiando. En casa o fuera de ella. Acompañado o en soledad.
Año con año, la navidad aporta a mi vida su cuota de novedad. La de este año promete no quedarse atrás.
Si sobrevivo, les cuento.

23/11/2007

El "para siempre" posible

“El amor es un combate perdido de antemano”, afirma el escritor francés Frederic Beigbeder en el capítulo inicial de su novela El amor dura tres años, un libro que se mueve con destreza envidiable en el pantanoso terreno de la autobiografía, para trazar una suerte de recorrido existencial edificado a partir de la experiencia personal del autor sobre el desamor y sus dolorosas repercusiones. La tesis de Beigbeder es simple. “Un mosquito vive un día, una rosa tres días, un gato trece años, el amor tres, así son las cosas. Primero hay un año de pasión, luego un año de ternura y finalmente un año de aburrimiento”. La cosa no pasaría de un inofensivo alegato literario, si desde las trincheras de la ciencia no hubiera quienes sostienen que las estimaciones del escritor francés no están del todo alejadas de la realidad.
Helen Fisher, una destacada antropóloga estadunidense, presentó recientemente las conclusiones de un estudio en el que demuestra cómo la dopamina, la noradrenalina y la serotonina —los neurotransmisores cerebrales asociados a la atracción por el ser amado— tienen un periodo de vida de entre 18 y 30 meses. Esta investigación coincide con los planteamientos de un importante grupo de científicos italianos quienes, después de largos estudios, descubrieron que las fuertes emociones que se generan cuando dos personas acaban de enamorarse, están originadas por la molécula NGF la cual dura activa en el cerebro apenas un año.
Las estadísticas del Instituto Europeo de Política Familiar arrojan en su último informe una serie de datos poco esperanzadores. Dos de estas cifras llaman la atención. La primera es la edad media del matrimonio español —la cual es considerada la más alta de la Unión Europea— y que alcanza los 13.8 años. La segunda tiene que ver con el tipo de comparativos que hacen para dimensionar la magnitud de un fenómeno social. En este caso, el instituto afirma que cada 33 segundos se rompe un matrimonio, esto es 10 millones de matrimonios en los últimos quince años.
Siendo éste el diagnóstico del estado actual del amor, no puedo evitar preguntarme cómo es posible que prácticamente todas las expresiones humanas y sociales que se vuelcan en la publicidad, la cultura, la religión, el arte o el entretenimiento, tengan como referente prioritario y fundamental la conquista de ese estado idílico que Platón definió como el nexo de unión con aquello que llamamos perfecto, divino, hermoso. Una conquista que a la luz de la evidencia contemporánea se asemeja más una especie de leyenda urbana, tejida a contrapelo de la naturaleza efímera de nuestros neurotransmisores cerebrales o de las corrientes individualistas en las cuales nos educaron. Algo así como la búsqueda del Santo Grial, pero en una época donde el Parsifal, de corazón noble y puro, no se consigue a la vuelta de la esquina.
Quizá por eso, la semana pasada Gabriele Pauli, una política alemana perteneciente al partido Unión Social Cristiana, ocupó las primeras planas de los diarios germanos al presentar una polémica propuesta a través de la cual se pretende que el contrato matrimonial prescriba después de siete años, dejando en manos de la pareja la decisión sobre una eventual renovación de los votos. Lo curioso es que una iniciativa que en principio podría sonar razonable y digna de discusión, le mereció una andanada de críticas por parte de los sectores reaccionarios y progresistas alemanes. De hecho, sus propios compañeros de partido la invitaron a “esforzarse”, pero no en conservar su actual matrimonio —ya que se ha divorciado dos veces— ni tampoco en ganar las elecciones internas —para las cuales la prensa la da como clara perdedora— sino en “buscarse mejor otro partido”. La enseñanza de este episodio es clara: se puede cuestionar el déficit público, se pueden criticar las tasas impositivas, se pueden poner en duda las políticas de integración racial, pero no se puede cuestionar al amor.
Y en algún punto tengo que expresar mi simpatía por esa suerte de defensa absurda —y hasta cierto punto impositiva— del amor. Y es que más allá de las estadísticas o de las historias cercanas o distantes que nos asustan, no se requiere ser muy avezado para descubrir que el amor se reproduce y se propaga justo frente a nuestros ojos. Los amigos se casan, las parejas que conoces se involucran en nuevos proyectos, y el tipo que hace un par de años se ufanaba de su independencia, pasa ahora los fines de semana buscando una casa con jardín “por eso de los niños”.
Con pleno conocimiento de los riesgos que implica, los seres humanos nos seguimos empeñando en encontrar el Santo Grial del amor. Es probable que pocos salgamos avantes de esta búsqueda. Pero qué importa. La muerte del amor no es sino una prueba más de existencia. Y eso, de algún modo, constituye una certeza, un acto de fe que hasta el más cínico profesa. Vamos, hasta Beigbeder, al final de su novela, se vuelve a enamorar otra vez y a escribir con entusiasmo mal disimulado que incluso en una época marcada por los signos de la fugacidad y el utilitarismo, hablar de un “para siempre” es posible.

02/11/2007

El espíritu del viaje

Llevaba semanas intentando redactar un post sobre el viaje, pero muy pronto comprendí que era inútil. La razón es simple: escribir es un acto que exige atemperar las emociones, y yo francamente, sigo todavía emocionado.
Fue entonces cuando concebí la idea de subir una foto.
Sin embargo, después de una prolongada y meticulosa inmersión en mi archivo, fue más que evidente que ésta tarea planteaba un reto aún más difícil.
¿Con qué fotografía quedarme? ¿Cuál que representara el espíritu del viaje?
Pensé primero en Londres, porque de algún modo el viaje inició y terminó ahí, pero luego recordé cierta tarde en Praga, a la orilla del río Moldava, donde nos hicimos una foto que a mí me gustó mucho. Luego, dudé ante la clásica estampa parisina en el café o en un puente. O frente a las típicas de museos o aeropuerto.
Me percaté entonces de lo limitado que puede resultar una imagen para expresar una idea o un sentimiento apropiado.
Al final opté por eliminar las panorámicas y los monumentos icono para escoger la fotografía que encabeza estas líneas.
El lugar importa poco. Si algo te queda claro cuando viajas es que no es el sitio, sino la persona —la actitud que la persona asume cuando viaja— lo que merece ser contado. Y que de todas las cosas nuevas y admirables con que uno suele toparse, es el paisaje interior, aquel que se teje de modo imperceptible y sutil durante los días de peregrinaje, el que revela la imagen más bella, la más memorable.

23/10/2007

Del invierno que viene


El invierno arribó a mi casa esta madrugada. Llegó sin previo aviso, silencioso, como siempre hace. Y me alegró sin querer la mañana.

Me gusta el invierno y la forma en que se hace presente. Es como si no quisiera llamar la atención, pero resulta imposible no percatarse de su presencia. Hoy por ejemplo, cuando se coló por la ventana semiabierta de mi recámara, no hizo casi ruido, pero me obligó a ponerme de pie para buscar una manta.

Y pienso, no sé por qué razón, que las cosas o las personas importantes de tu vida llegan así, sin aspavientos, ni promesas; pero una vez que se instalan te hacen sentir de manera discreta su fuerza. Sin pedir nada, te obligan a moverte. Te cambian la vida, como el invierno suele cambiar el paisaje.

Hoy por la mañana llegó el invierno a mi casa. Y yo me siento feliz.

05/10/2007

De la fe

Hace dos años, cuando tomé mi avión a Madrid, estaba perdido. Solo, en un país extraño, entendí que en ocasiones, renunciar a la vida conocida y saltar al vacío, constituye la única manera digna de perdonarse. El viaje que emprendí fue en ese sentido —y para mi fortuna— una huída frustrada.
Hace un par de semanas volví a subirme un avión. Y en esta ocasión todo fue distinto. Por primera vez en mucho tiempo tuve la sensación de estar justo donde debía y con quien debía. Y esa noción, tan extrañamente irreal, se multiplicó a lo largo de dos semanas que incluso ahora, cuando estoy de regreso, todavía continuo disfrutando.
A veces me pregunto si en verdad merezco todo lo que me ha sucedido este año. Y siempre concluyo que no. Pero es lo de menos. Dudo que ser feliz se trate de una cuestión de méritos. Así que en vez de perder el tiempo con ese tipo de pensamientos, me solazo en la idea del próximo fin de semana, o del próximo viaje, me permito soñar e ilusionarme y volver a creer. Sobre todo eso último: creer que todo en esta vida es posible.

14/09/2007

Septiembre, hoy

Hace un año la tuve que imaginar perdida en algún callejón de Lisboa, dibujando su nombre sobre las arenas de una playa solitaria o parada a mitad de uno de los puentes que atraviesan el río Tajo.
Hoy ya no tengo que imaginarme nada.

10/09/2007

Falling Man


1
The Falling Man es el título de una fotografía tomada por Richard Drew durante los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas. La imagen muestra con impecable claridad la figura de un hombre cayendo al vacío en un intento desesperado por escapar del fuego que consumía los pisos superiores de la Torre Norte del WTC.
Cuando la fotografía salió publicada en los diarios norteamericanos, numerosos sectores de la opinión pública estadunidense se encolerizaron. ¿Con qué derecho se violaba la privacidad de un ser humano al momento de su muerte?
Richard Drew, el fotógrafo, respondió a varias opiniones diciendo: “Esta fotografía muestra cómo afectaron los atentados a las vidas de la gente en esos momentos, y creo que eso explica por qué es una imagen importante. No fotografié la muerte de esa persona. Fotografié una parte de su vida. Eso es lo que decidió hacer, y creo que conseguí inmortalizarlo.”
Sin embargo, la andanada de críticas, propició que los medios de comunicación la pensaran dos veces antes de volver a sacar a la luz las imágenes más crudas de la tragedia. En acto de abierta autocensura, los medios optaron por publicar sólo aquellas fotografías que representaran actos de heroísmo y sacrificio.
Tuvieron que pasar más de cinco años para que un canal de televisión extranjero emitiera el documental 9/11: The Falling Man, sobre la fotografía y su historia. En este trabajo, se lanza la hipótesis de que el hombre de la fotografía era Jonathan Briley, un técnico de sonido del Windows on the World, el restaurante de lujo que ocupaba la azotea de la Torre Norte.

2

Todos sabemos dónde estábamos exactamente el día 11 de septiembre de 2001. Frederic Beigbeder, el célebre escritor francés, asegura que la primera noticia que tuvo de los atentados la recibió en el sótano de la editorial Grasset, en París, a mitad de una entrevista. Pegado al único televisor, ubicado en la planta alta de la editorial, el escritor contempló durante las siguientes horas las secuencias del choque de los aviones, las torres ardiendo como antorchas olímpicas y muy posiblemente, un primer plano donde se mostraba la trayectoria de un hombre precipitándose en caída libre desde la Torre Norte del World Trade Center. Beigbeder no lo dice, pero yo sospecho que fue en ese momento cuando decidió que tenía que escribir una novela.
La publicación de Windows on the World tres años después de los atentados del 9/11, rompió con la autocensura que de los medios de comunicación norteamericanos, se había propagado hacia las diversas expresiones artísticas, y de manera muy particular, hacia la literatura.
“La realidad misma hace difícil de esta novela hiperrealista —escribe Beigbeder en uno de los capítulos más autobiográficos de su novela—. Desde el 11 de septiembre la realidad no sólo supera la ficción, sino que la destruye. No se puede escribir sobre este tema, pero tampoco se puede escribir sobre otra cosa. Ya no hay nada más que nos concierna.”
La de Beigbeder, es la primera gran reflexión, desde el ámbito de la ficción, sobre los acontecimientos que cimbraron a Nueva York y al mundo en septiembre de 2001.
El escritor francés no se guarda ningún detalle. En ese sentido, la novela es realista y al mismo tiempo cínica. Sin un gramo de pudor, Beigbeder nos relata cómo pudieron ser los últimos minutos la gente atrapada en las torres. A lo largo de las páginas de este libro es imposible no conmoverse frente a la desesperación e incredulidad de aquellas personas condenadas a morir, así como su inútil y atormentada lucha por la supervivencia.
Como toda novela basada en un hecho histórico, el final es lo menos importante, aunque en este caso creo que podría hacerse una excepción: en el último capítulo, el personaje principal se lanza al vacío desde las ventanas del Windows on the World.

3

Después de publicar en 2001 En las ruinas del futuro —un ensayo de urgencia escrito poco después de los atentados del 11 de septiembre— era sólo cuestión de tiempo para que Don Delillo, uno de los escritores norteamericanos más reconocidos y venerados de nuestra generación, se propusiera novelar su propia versión del 9/11.
El título de su nuevo libro, Falling man, alude a la controvertida foto de Richard Drew, que muestra el salto al vacío de un hombre desde una de las Torres Gemelas.
De la novela no puedo decir mucho. Don Delillo es un autor de culto, de ventas modestas, pero de fieles seguidores. Publicada a mediados del 2007, es de esperarse que la novela llegue a las librerías mexicanas hasta finales de año. Sin embargo puedo adelantar, que de acuerdo a las reseñas publicadas en suplementos y revistas especializadas, Delillo se aparta de su tendencia a escribir la Gran Novela Norteamericana, para construir un relato intimista que se centra, más que en los atentados terroristas, en el ambiente de desolación y vacío que predomina en Nueva York en la era “post” nueve de septiembre.

4

¿Somos hombres cayendo al precipicio? ¿Somos, en verdad, esos “falling man” sin futuro seducidos y enajenados por el vértigo de la caída?
Movido por la curiosidad busqué en internet alguna foto que me diera una idea de la carátula del nuevo libro de Don Delillo. Después de un par de intentos, constato con curiosidad que la portada guarda ciertas semejanzas con la fotografía que la editorial Anagrama decidió utilizar para la portada de Windows on the World. Se trata de una imagen sugerente y simbólica que nos dice mucho de las aspiraciones y de las esperanzas que hemos aprendido a construir desde aquel fatídico día en el que nuestra percepción de las cosas cambió irreversiblemente. Y no. No es la fotografía de un hombre que cae al vacío. Es la imagen de un cielo azul, luminoso, cubierto de nubes.

26/08/2007

De miedos a miedos...

Lo confieso sin asomo de culpa. Soy un aficionado al cine de terror. Supongo que el gusto me viene de niño, cuando ese tipo de filmes eran material prohibido y uno tenía que arreglárselas para escapar al Videocentro más cercano y rentar a hurtadillas la última cinta de Hallowen, Postelgeist, o la escalofriante saga de Pesadilla en la calle del infierno. Luego, permanecer toda la noche despierto, escondido bajo las sábanas, imaginando ruidos inexistentes y elucubrando historias absurdas que no pocas veces derivaban en horrendas pesadillas que era necesario mantener en secreto para no delatar mi pecado.
Pues bien, con el tiempo, todos esos filmes que fueron en su momento la materia prima de mis miedos más ocultos dejaron de perturbarme. La máscara de Michael Meyers, el rostro desfigurado de Freddy Krueger, las dotes contorsionistas de Linda Blair, los poderes telequinéticos de Carrie. Era como si todos los artilugios que habían sido antaño la delicia de mis horas más angustiantes, se hubieran esfumado repentinamente.
Cuando la magia del horror perdió su encanto, no me quedó de otra que mudar de subgénero. Los Pájaros, Psicosis, El resplandor, fueron algunos de los trihller sicológicos que devolvieron un poco de la emoción extraviada a esos años. Pero el encanto no duró mucho. En el curso de una década pasé de las películas de muertos vivientes a las visiones apocalípticas del fin del mundo, recorrí sin mucho sobresalto algunos de los ejemplos más acabados del Gore y sus derivaciones, y sufrí —a principios de los noventa— con los mediocres intentos del peor Wes Craven por infundir vida a las historias protagonizadas por asesinos seriales. Desde entonces, el cine de terror vive su noche más oscura.
Cada verano se presentan en cartelera películas que prometen recuperar ese viejo —y yo diría que hasta sano— espíritu que busca poner en contacto la subjetividad del espectador con las zonas más ocultas e impenetrables de la psique. Y cada verano las expectativas parecen quedar demasiado grandes.
La promesa incumplida del cine de terror es casi una ley no escrita de las salas de cine.
Armados con unas palomitas —irónicamente bañadas en una espesa y sugerente salsa roja— los amantes del género del terror ocupamos las butacas conscientes de que dos horas después saldremos decepcionados, añorando los días en que una cinta rentada a escondidas en el videoclub era capaz de generar intensos e insólitos estímulos emocionales.
Por supuesto que no siempre es así. De vez en cuando surgen películas como Exterminio, La bruja de Blair, o incluso el más reciente remake de El amanecer de los muertos, que reivindican y hacen que valgan la pena cada uno de los intentos frustrados. Pero seamos honestos: una golondrina no hace verano.
Dicen que cuando se estrenó El Exorcista en 1973 la película causó una histeria nunca antes vista. La gente no paraba de gritar, se desmayaba y hubo algunas que sufrieron crisis de ansiedad, lo que provocó que las ambulancias tuvieran que desplazarse a las salas de cine y de teatro para atender a los afectados.
Parece imposible que en poco más de treinta años, hayamos perdido la capacidad de tener miedo. ¿A qué le tememos hoy los habitantes del mundo?
En lo que al cine se refiere, mi concepción sobre el temor ha cambiado radicalmente. Hace algunos unos años cuando vi la película Infidelidad, protagonizada por Diane Lane y Richard Gere, descubrí que otro tipo de miedo había empezado a cobrar forma en alguna región de mi inconsciente. Durante semanas no pude quitarme de la cabeza la idea del engaño, de lo que hubiera hecho yo en lugar del actor o de la actriz, de lo increíblemente indefensos que estamos frente las debilidades propias del género humano. Recientemente en una de las salas de la ciudad, me tocó ver el trailer de una película en donde una pareja feliz —de esas de las que casi no abundan— descubre que uno de ellos es portador de una enfermedad terminal y que por tanto, les quedan apenas un par de meses juntos. Que alguien me diga si eso si eso no es terror o sadismo.
El miedo a la traición, el miedo a la soledad, el miedo al desengaño, el miedo a una vida sin emociones, el miedo al fracaso; esos, creo yo, son los grandes y verdaderos miedos del siglo XXI. El asunto con ese tipo de miedo es que no gratifica. El cine de terror, en cambio, se goza porque desde la butaca del cine el espectador tiene el privilegio de presenciar las escenas más cruentas e inverosímiles a sabiendas de que se trata de una fabulación, lo que suprime cualquier sentimiento de responsabilidad o de culpa. Además, el intenso horror que se muestra en la pantalla, minimiza los problemas menores de la vida real.
Creo que es por eso que a pesar de las reticencias hacia un género que ha sido excesivamente manoseado por guionistas y directores de escaso talento, cada vez que en la cartelera se exhibe un filme que promete mantenerme al filo del asiento, termino siempre por comprar un boleto.
Mi lógica es muy simple. Frente al cine de terror, me siento seguro. Pero al frente al hiperrealismo de ciertas películas no existe defensa posible.

20/08/2007

Al lugar donde fuiste feliz...

no debieras tratar de volver, dice Sabina.
Pero este fin de semana desoí su consejo.
Regresar a la sierra fue algo más que romper con los años de exilio autoimpuesto.
Fue darme cuenta de que los recuerdos, esos puntillosos fragmentos que laceran la piel, también pueden ser un bálsamo para cicatrizar viejas heridas.
Por ellos valió la pena el viaje.
Por ellos y por ella, compañera imprescindible de estos días, a los que nos acogemos felices, maravillados...

10/08/2007

Aforismo en viernes

El amor, el verdadero amor, esa cosa cursi en la cual nos educan para que aprendamos a sufrir y a crecer, es el arte de sobrevivir a la ausencia.

Dar la espalda sin rencor, es la mejor forma de amar a alguien.

06/08/2007

Ácido bórico

El asunto comienza en Oaxaca en los primeros meses del 2006. Tryno Maldonado, escritor zacatecano, viaja una vez al mes a la ciudad para asistir al taller literario que se imparte en el Centro Nacional de las Artes de San Agustín Etla y que coordina desde París, el escritor y editor Martín Solares. Para Tryno, como para todos los que compartimos la experiencia de ese taller, Oaxaca se nos reveló de la noche a la mañana como una experiencia surrealista, alucinante. No era sólo el paisaje desolado y sucio de sus calles, ni las barricadas que cercaban el centro de la ciudad, ni los retenes en las carreteras, ni los autobuses quemados. Era el ambiente que se respiraba, el miedo a salir de noche, las historias insólitas que circulaban entre la gente y que desde la comodidad de la casa que compartíamos en San Agustín Etla, nos gustaba comentar; al principio con morbo, después con asombro, al final, creo que algunos hasta con miedo. Lo sorprendente es que durante aquellos primeros meses, en nuestras ciudades de origen la gente apenas parecía darse cuenta de la gravedad de los acontecimientos. Uno describía frente a sus conocidos el caos que vivía Oaxaca y se topaba por lo regular con sonrisas incrédulas o indiferentes. En mi caso, al menos, no faltó quien cariñosamente me tachara de exagerado y alarmista.
Supongo que eso motivó a Tryno a escribir su ahora célebre cuento “Ácido bórico”. Una ficción en la que el personaje central narra su estancia, durante los días de la represión federal en Oaxaca, en un departamento infestado de cucarachas.
Primero lo subió a su blog. Luego el texto fue publicado en el número 439 de la Gaceta del FCE.
El día primero de agosto Julio Hernández López —en su conocida columna Astillero— publica que “por órdenes superiores” la gaceta había sido retirada de circulación, como una forma de censura hacia la crítica velada, pero mordaz que hacía Tryno en su texto. A partir de entonces “Ácido bórico”cobra relevancia más allá del pequeño círculo de lectores de la Gaceta y del blog del citado autor. La noticia de la supuesta censura se propaga como pan caliente. Escritores, activistas de izquierda, amigos y compañeros de Tryno, se dedican a difundir la buena nueva: el gobierno del “espurio” ha iniciado su cruzada en contra de sus críticos. Hay quienes se ofrecen a redactar y firmar un desplegado público. El Correo Ilustrado del diario La Jornada publica una carta de repudio a la censura del gobierno calderonista y el semanario popular Machetearte publica íntegro el texto de Tryno como una forma de apoyo y difusión.
Pero todo se desinfla muy pronto. Apenas un día después del escándalo, el propio Tryno Maldonado desmiente en su blog la versión de la supuesta censura. Más aún, el autor pide una disculpa al FCE, a la Gaceta y reitera que ha recibido siempre de todos ellos un respaldo total hacia su obra.
¿Qué pasó entonces? En realidad nadie lo sabe. Tengo conocimiento de algunos lectores de Astillero que dirigieron una carta al autor de la columna solicitando una explicación de los hechos. En mi caso, también le pedí a dicho espacio —vía correo electrónico— una aclaración. Pero hasta el día de hoy, el cronista oficial de los avatares y desventuras del “espurio” ha hecho caso omiso de nuestras peticiones. Y no sé por qué, pero empiezo a sospechar que el error no será reconocido ni en ése, ni en ningún otro de los medios que se escandalizaron en la primera etapa de este affaire, cuando todo apuntaba hacia la censura estatal.
Finalizo con un par de preguntas que rondan mi cabeza desde hace un par de días. ¿En qué momento la censura nos pareció más reprobable que el ocultamiento o la mentira? ¿no son acaso las dos caras de una misma moneda?
No voy a caer en la tentación de pugnar en este espacio por un periodismo o por una literatura desideologizada. No creo que exista en el mundo cosa parecida. Me parece, sin embargo, que si una ideología ha de permear la creación literaria o periodística, ésta debe ser la de la honestidad y la denuncia frente a las circunstancias que nos rodean. Sé —porque trabajo en un medio de comunicación— de los dilemas que entraña una actitud de esta naturaleza. Pero no creo que sea algo imposible. Ahí están Tryno Maldonado y su “Ácido bórico”, como ejemplo.

31/07/2007

De los encuentros fortuitos

No los esperes
Condénalos a muerte
y luego entiérralos

Cuando toquen a tu puerta
sólo verás fantasmas

17/07/2007

Volver al hogar

Cambiar de casa es siempre cambiar de vida; modificar hábitos y de rutinas; reconstruirse de modo imperceptible pero eficaz en lo cotidiano. Habitar un nuevo espacio es una forma de poner punto final y tomar impulso para reiniciar la escritura en otro párrafo. También significa nadar contra la corriente, porque mantener una casa o un departamento a flote implica hacer innumerables cosas que te desagradan o te distraen. Pero lo interesante en este proceso es que, para bien o para mal, mudarse es un proceso del que siempre aprendes.
A lo largo de los años he cambiado de residencia muchas veces. Durante los nueve años que viví en el DF puedo recordar al menos cinco lugares diferentes, entre pensiones, departamentos, e incluso una casa. Entre los sitios especiales que recuerdo está el apartamento de Uxmal que la doctora Celeste y su esposo rentaron confiadamente a un muy sui generis grupo de economistas de la UNAM; la residencia estudiantil que me albergó durante el mes que estuve en Madrid; y desde hace poco más de un año, el departamento que comparto con mi amigo Jaime.
Pero a pesar de todo eso, cuando pienso en el hogar, la imagen que viene de inmediato a mi mente es la casa de mis padres. El lugar donde crecí y a donde regularmente vuelvo con las excusas más extrañas tan sólo para constatar, frente a lo efímero de las situaciones y las personas que me rodean, que existe un lugar al que aún pertenezco.
Recuerdo que cuando salí de la prepa mis papás me regalaron unas llaves. El hecho me pareció un tanto extraño, pues desde hacía mucho tiempo que yo tenía y usaba las mías, pero lo acepté sin preguntas. Justo ahora, más de diez años después, creo entender un poco el sentido que tuvo de ese regalo. Y puede ser una cosa tan sencilla, como saber que puedes llegar cuando quieras, a cualquier hora del día, y sentir que aunque hace mucho tiempo que ya no vives ahí, cada que abres la puerta estás entrando a tu casa.
Hoy por la mañana vine a imprimir unos documentos en la computadora de mi mamá. No estaba nadie, excepto mi hermana, que tampoco vive aquí y que suele venir de visita de vez en cuando. Ella estaba usando el internet, así que baje a la cocina, me serví un vaso de jugo y salí un rato al jardín. Estaba un poco desvelado así que después de vagar un rato me dirigí a la habitación que funciona como estudio/dormitorio/armario/ que utiliza actualmente mi hermano. Estaba agotado, así que despejé un poco la cama y me quedé dormido un rato. Fue poco tiempo el que estuve ahí, pero descansé como tenía mucho tiempo que no lo hacía. Cuando desperté, en el silencio de aquella casa vacía, me sentí reconfortado. Supe entonces que hay cosas en la vida que nunca cambian. ¿Cómo lo explico más fácil? Mi cuarto puede no seguir igual, pero aún sigue siendo mi cuarto.

05/07/2007

Hacer el trabajo

Mientras esté aquí haré el trabajo
¿Y cuál es el trabajo?
Aliviar el dolor de vivir.
Lo demás: escenas de borrachos y de tontos.

A. Ginsberg



Lo digo en serio, escribir una tesis es un martirio. Yo ya voy por la tercera y parece que no aprendo. No es que me guste sufrir. Es sólo que siempre he pensado que padecer los procesos de la vida tiene su recompensa. Y que al final, cuando lo peor ha pasado, uno puede decir con orgullo “yo hice esto” o “yo pasé por aquello” y esbozar sin trabajo una sonrisa.
Pienso en algunas de las situaciones dolorosas a las que he tenido que sobreponerme y no me queda duda: el placer que viene después, se disfruta en proporción directa a los obstáculos que uno tuvo que superar, o a las veces en que uno estuvo a punto de asumirse como desertor y mandar todo al diablo. Por eso, quizá, he renegado siempre de las terapias y los antidepresivos. Puede que sea sólo cuestión de vanidad, pero no me gustan los paliativos.
Regresando al tema de la tesis, debo decir que a estas alturas he pasado ya por el engorroso asunto de definir el tema y estoy actualmente en el proceso de agotar la literatura existente y redactar la parte que corresponde al marco teórico. Por lo regular esta etapa suele ser la más aburrida, la menos creativa, la que implica más disciplina. Es también la que suele desanimar más al estudiante. Uno avanza pendiente arriba, con el equipaje a cuestas y no se vislumbra la cima. Y entonces llegan las malditas dudas. Y junto con ellas, el presentimiento de que cada tropiezo, cada inconveniente, cada obstáculo superado, son el cimiento fresco sobre el cual se edifica el goce futuro. Razón de más para levantarse todos los días y emprender sin demora el trabajo. Ya habrá tiempo para regocijarse después.

29/06/2007

Acá entre nos

No me da pena decirlo. Mi vida, este último año, se ha convertido en un venturoso catálogo de lugares comunes.

08/06/2007

Tercera declaración de principios

Pocas cosas en verdad han sido constantes en mi vida. La familia, los amigos y párale de contar. Quienes me conocen bien, saben de mi renuencia a asumir sin necesidad nuevas responsabilidades. Sin embargo, de un tiempo a la fecha, casi sin darme cuenta, alimentar este blog se ha sumado a la lista de pendientes cotidianos a los que someto sin culpa mi voluntad y mi tiempo.
Todo esto para anunciar que en unas cuantas horas se cumplirá un aniversario más desde que esta bitácora decidió colgarse de la red para ocupar un modesto lugar en el ciberespacio.
Dicen los que llevan más en esto, que con el paso del tiempo uno llega a convertirse en esclavo de su propio blog. Ignoro si eso ya ha sucedido conmigo, pero en la celebración de los primeros dos años de existencia de esta bitácora virtual me siento obligado a agradecer (a quien sea que haya que hacerlo) por la oportunidad de coleccionar y exponer en este espacio mis estados de ánimo y mis pensamientos. En fin, no vamos a ponernos cursis.
Larga vida pues, a este blog y a su autor, que festejan esta noche la suerte de haberse encontrado.

07/06/2007

Una de cine mexicano



Ayer, en función de miércoles por la noche, fuimos a ver El violín.
Después de las frecuentes, infructuosas y decepcionantes visitas a los cinitos poblanos, fue como respirar aire fresco.
Esta película es la clara evidencia de que se puede hacer cine de estupenda manufactura en México con una cantidad mínima de recursos materiales y técnicos.
También nos enseña que un filme de denuncia, no tiene por qué ser necesariamente lacrimoso, aburrido, panfletario, chafa.
La anécdota es simple y se hilvana de modo lineal. No hay pretenciosos saltos temporales, ni experimentos en su estructura. Las escenas, filmadas en blanco y negro, contribuyen a generar una atmósfera que resalta los aspectos más íntimos de los personajes y los escenarios emanados del medio rural.
Se trata de un trabajo que —a contrapelo de las tendencias de nuestros directores de moda— reivindica el poder de la historia (la vía Arriaga) frente a los artilugios interpretativos del realizador (la vía Gónzalez Iñárritu y compañía).
Asimismo, demuestra que el soundtrack más efectivo no es aquel que se arma con los éxitos del momento, sino el que mejor le va a la película. Y que un violín mal tocado puede impresionar más al espectador, que si llamamos a Zoé, Belanova y a Natalia Lafourcade y los ponemos a tocar todos juntos.
Y lo más importante: que la realidad de nuestro país supera por mucho las fronteras del DF. Que no todos los mexicanos nos comportamos como irresponsables “charolastras” en la búsqueda del sentido de nuestra existencia. Que hay un mundo más allá de las hiperpobladas e inseguras ciudades que habitamos. Que los viejos y los niños también existen en México. Y que no se parecen a Gael o a Diego Luna, y tampoco se apellidan Bichir. Que no van al cine como nosotros. Y que sin embargo, son protagonistas cotidianos de historias que merecen ser contadas y proyectadas en los cines de ésta y otras ciudades del país. Aunque sean de provincia.

25/05/2007

El mundo sin lentes


Como aprender a caminar descalzo, entre piedras
Como perder el rumbo en una tormenta de arena
Como navegar de noche, sin faro a la vista
Como salir a la calle desnudo y no sentir vergüenza
Como querer más a la gente, sin conocerla siquiera
Como desprenderse de la máscara y también del rostro
Como viajar en autobús de tercera, y aun así, sentirse agradecido...

17/05/2007

Cable a tierra

De un año a la fecha tengo en mi vida un cable a tierra.
Podría llenar páginas enteras hablando de él
pero es casi seguro que me quedaría corto.

Consciente de la imposibilidad de la palabra escrita
y a riesgo de forzar los límites de lenguaje
expreso una idea que describe lo que siento.
Y ésta es que a veces, cuando me imagino sin él, el mundo se vuelve un lugar triste.

Por eso lo cuido, por eso lo quiero tanto…

14/05/2007

En el día de los profes...


No conocí bien al doctor Ayala, aunque jamás me perdí una sola de sus clases.
Me gustaba su forma de enseñar. Sencilla, sin dejar de ser rigurosa. Apasionada, al punto de suscitar el contagio entre sus estudiantes. Tolerante y crítica al mismo tiempo, virtud escasa entre los profesores de la UNAM siempre propensos a ideologizar y a tratar de imponer su postura en el aula de clases.
José Ayala sabía combinar sus experiencias personales, con anécdotas de la vida cotidiana y referencias a los autores clásicos y contemporáneos, como método para explicar el modo en que la economía —y de modo más particular “las instituciones”— afectaban prácticamente todos los aspectos de nuestra vida. En ese sentido, mi deuda con José Ayala es impagable. Durante sus clases, renació el interés por una carrera que hacía mucho tiempo había dejado de emocionarme.
José Ayala fue el sinodal con quien yo más deseaba discutir mi tesis de licenciatura y fue el único que no se presentó el día de mi examen.
Fue el único maestro con quien me quedé con las ganas de darle las gracias.
Y el único también, cuyos libros retomé durante el posgrado más de una vez como fuente de consulta inagotable.
La vida tiene extrañas formas de ponerse a mano con los que ya no están y saldar las cuentas que se pensaron alguna vez pendientes.
Ayer por casualidad, me enteré que era posible que el doctor Ayala no hubiera asistido ese día a mi examen porque le habían detectado cáncer. También de que pese a la rapidez con que se extendió su enfermedad no faltaron muestras de respeto y agradecimiento por parte de sus estudiantes. Y que debido a sus aportaciones a la academia existe una cátedra en la facultad que lleva actualmente su nombre.
Vaya pues este post, a modo de homenaje.

19/04/2007

De las labores "non gratas"

Todos los jueves, el pasquincito en el que trabajo hace un pasquincito más jodido aún, que sale en forma de suplemento los días lunes. El encargado de dar coherencia a la retahíla de boletines, seudo reportajes y otras aberraciones del género periodístico que prefiero no mencionar, soy yo. Así que por lo regular, en noches como hoy, mientras me esfuerzo por encontrar una cabeza más o menos afable para una noticia que no es noticia, o titular una crónica que se sumerge, cual grosero y pesado armatoste, en los mares profundos del aburrimiento, me pregunto una y otra vez: ¿cómo diablos puede alguien hacer dinero con algo así? ¿existirá de verdad un segmento de lectores interesado en leer el pasquín de un pasquín? Y más extraño aún ¿qué carajos hago yo trabajando en un sitio como éste? Claro que después me vienen a la mente los recibos del banco, la renta del departamento y un montón de necesidades que para bien o para mal, subsano con el mini-salario que percibo ejerciendo el subvalorado y humilde oficio de editor. Entonces dejo de hacerme preguntas y cual reo en vísperas de la evasión, me concentro en repasar, detalle a detalle, los pormenores de mi huida.

05/04/2007

A saber por qué...

pero de un tiempo a esta parte, me ha dado por coleccionar momentos del tipo “si no el mejor, uno de los mejores”
Y no puedo evitar, frente a este hecho, sentirme afortunado y perplejo. Asustado, a veces. Pero más que nada, embriagado con este subir y bajar, al que a estas alturas uno debería estar más que acostumbrado.

26/03/2007

Jóvenes y tontos


En vísperas de mi cumpleaños número 31 va esta foto para el recuerdo.
En aquella época solíamos decir que éramos jóvenes y tontos. A saber si era verdad o no, pero a la fecha, siempre que la situación lo amerita, algunos todavía lo seguimos afirmando...
La foto es de 1994.

23/03/2007

Cuentas pendientes

Hace un par de días celebramos la clausura de nuestro taller literario en Oaxaca. Si bien la experiencia valió las horas en carretera, las ausencias laborales, y los inconvenientes propios del traslado Puebla-Oaxaca durante el primer fin de semana de cada mes, mi conclusión al respecto resulta en una colección de curiosas contradicciones.
Queda por un lado, cierta nostalgia por San Agustín y su gente, por el bungalo que nos albergó durante todo el año, por las reveladoras sesiones de I-Ching y por las preocupaciones literarias y extraliterarias, externadas en pláticas interminables, que fueron por mucho, lo mejor del taller. Queda también la sensación de que se pudo hacer mucho más y no se hizo. Y junto con eso, el desconcierto colectivo que deriva del hecho de que la mayoría salimos de ese taller con más dudas que respuestas —lo cual me parece hasta cierto punto saludable— y ninguno, hasta donde sé, con una novela que valga realmente la pena bajo el brazo.
Con todo, no dejo de pensar en qué momento se perdió el proyecto literario de este año. Y lo más importante de todo: ¿dónde quedó? ¿y cómo diablos haré para retomarlo? Así que extrañamente el ciclo que termina, marca también el inicio de nuevas y quizá más profundas preocupaciones.
Así las cosas, sólo me queda constatar, un tanto con sorna y otro con complacencia mal encaminada, que mi relación con la escritura sigue siendo hasta ahora (con taller o sin él) una cuenta pendiente.

15/03/2007

Mal y de malas

Primero, el accidente sobre la carretera Toluca-Atlacomulco.
Luego, el robo/canje de llanta con que me timaron en el taller de la aseguradora.
Después, el corto circuito en el sistema eléctrico de mi auto.
Más tarde, el extraño caso de la compuerta de combustible del Clio.
Hace un par de semanas, el extravío de mi credencial de elector.
Hoy, la pérdida de mi USB con la novela, la tesis doctoral, y todo el trabajo académico de este año.
¿Alguna otra idea genial para terminar de arruinar este mes de marzo?

07/03/2007

A propósito de Gabo...


En el cumpleaños número ochenta de Gabo todos hablan Cien años de soledad como si en verdad ésta fuera la obra cumbre del Nobel colombiano. Está bien. Cada quien tiene el derecho de ponderar sus lecturas como mejor le venga la gana. No obstante, si alguien pregunta mi opinión, diré que me cuesta compartir esa postura. Estoy seguro de que mi escepticismo hacia la novela deriva en parte de aquella primera lectura, apresurada, impersonal, en un momento en el cual mis convicciones (si es que alguna vez las tuve) eran demasiado incipientes como para deslumbrarme. Me explico: a mis trece o catorce años, América Latina era una noción que estaba apenas en construcción. Existía, en el mismo nivel que la Malasia de las novelas de Salgari, o la Rusia invernal de los libros de Tolstoi. Uno es lo que vive y lo que lee. Y para un adolescente de clase media que habita en una conservadora ciudad de provincia, los catorce son una edad en la que por lo regular no se ha vivido mucho.
Tuvieron que pasar algunos años para que pudiera regresar a Cien años de soledad y entender la verdadera dimensión de este libro. Claro que para entonces, ya había leído a Azuela, Martín Luis Guzmán y toda la novela de la Revolución. Estaba maravillado con José Revueltas y El Apando y había descubierto —gracias a la terquedad de uno de mis profesores— a Eduardo Galeano y Las venas abiertas de América Latina, por lo que casi puedo asegurar que lo que me sucedió con la novela de Gabo fue sólo la intelectualización de todo lo leído anteriormente.
Cosa distinta me ocurrió con El amor en los tiempos del cólera. No recuerdo bien las circunstancias bajo las cuales acudí por primera vez a ese libro. Recuerdo, eso sí, cada uno de los pasajes, encuentros y desencuentros de esos dos grandes personajes: Ferminza Daza y Florentino Ariza. Y junto con el recuerdo, la percepción de estarme enfrentando a una novela, como no había leído otra hasta entonces. En parte por la riqueza y el uso prodigioso del lenguaje, pero también porque la historia, narrada del modo en que lo hace García Márquez, posee una tremenda capacidad emotiva que la vuelve, hasta cierto punto, universal. Y aunque todo sucede en un lugar llamado Cartagena de Indias, uno puede sentir, desde el sillón de su sala, que podría estar ocurriendo en cualquier parte.
A diferencia de Cien años de soledad, El amor en los tiempo del cólera es una novela que no he vuelto a leer, salvo para recuperar algunos pasajes memorables. Supongo que es cuestión de gustos, pero en vez de la imponente y aleccionadora saga de la familia Buendía, he preferido quedarme con la impresión primera, maravillada y sobrecogida, de dos enamorados juveniles que se separan y viven largas vidas, antes de reencontrarse.

02/03/2007

Buzon de quejas

Hoy no fue uno de mis mejores días. Me siento al final de esta interminable jornada, agotado y triste. Pero más que eso, vulnerable. Al sentimiento abona la incertidumbre en torno a ciertas decisiones que no se ven muy lejanas y la percepción de que algunos proyectos personales siguen sin avanzar. A pesar de todo pienso que a estas alturas, quejarse puede resultar muy injusto. Así que mejor ahí le paramos.
Vaya pues este jueves terrible para el olvido.

28/02/2007

Un liberal de izquierdas


Fue interesante contestar el test de la brújula política:

Y descubrirme de repente como un individuo con tendencias anarquistas
Y ver que me ubico del lado liberal, pero de izquierda
Y que comparto cuadrante con gente como Gandhi o Mandela
Y que me ubico en el opuesto de Bush, Aznar o de Blair
Y lo difícil que resulta conciliar la forma en que se vive, con la forma en que se piensa
Y que apelar a la libertad, desde una posición ética que parta desde el individuo, describe un poco la postura que asumo en discusiones estériles en las que no muchas veces suelo darme a entender.
Y finalmente constatar que uno sigue siendo un moderado, a pesar de todo...

Para todos los interesados, la dirección de la página es:


No lleva más de cinco minutos responder las preguntas y como todo test, éste también suele ser divertido.

30/01/2007

Oaxaca de ida y vuelta

Extrañaba Oaxaca. Extrañaba manejar de noche y fumar un cigarro con Laia. Extrañaba platicar con Tryno y con Pynch sobre literatura. Y saludar a Martín y al resto de la banda oaxaqueña. Extrañaba hablar de libros leídos o por leer. Y burlarnos de las novelas que decimos escribir y que pareciera no vamos a terminar nunca. Echaba de menos todo eso y más, y sin embargo, apenas había transcurrido un día y ya estaba de regreso en la carretera.
A saber si fue el malviaje, las ganas de verla otra vez, o simplemente el deseo de rescatar el fin de semana. No se necesita ser muy inteligente para notar que de un tiempo a esta parte mis prioridades han dado un viraje.
Ni hablar. En la batalla contra la añoranza, lo cotidiano le gana siempre a lo excepcional.

25/01/2007

Dependiente emocional

El fin de semana pasado perdí mi celular. Desde entonces vivo en un espacio temporal indefinido: llego tarde a todas mis citas, tengo dificultad para conciliar el sueño, me cuesta trabajo tomar decisiones. En lo que va de la semana me he sentido desconectado del mundo. Extraño ciertas llamadas. No hay más mensajes que alegren mis días. El silencio se ha convertido en mi peor enemigo.
El sábado pasado, el test de una revista me catalogó como un "dependiente emocional". Empiezo a pensar que quizá no estaba tan equivocado.
Para mi fortuna, la solución a esta crisis parece bastante sencilla. Dicen que una relación dependiente se suplanta con otra.
Aunque pensándolo bien, no en todos los casos…

Medicina contra la curiosidad

Frente a las cosas que no es necesario saber, uno debería guardar siempre cautela. El problema es que a nadie le gusta pensar en las consecuencias. Y un día cualquiera, en un arrebato de osadía, cuando parece que nada podría estar mejor, uno se afana en indagar más de la cuenta, como si la recopilación de fragmentos dispersos bastara para reproducir (o por lo menos imaginar) el sentido real de la pieza completa. Está de sobra decir que la adquisición del nuevo conocimiento no suele ser un proceso grato. Con cada verdad revelada los huecos se hacen más grandes. Y por lo regular, uno termina terriblemente confundido y desorientado, sin saber cómo diablos suplir el espacio que tiempo atrás—cuando se era ignorante y feliz— ocupaba la duda a sus anchas.

23/01/2007

John Irving, príncipe de Maine


La orfandad, el aborto, la paternidad, el amor platónico, la amistad, la reivindicación del derecho a convertirse en dueño del propio destino. Los temas que roza John Irving en The Cider House Rules no sólo son abundantes, sino expansivos. La novela es bella porque logra conciliar las dos grandes obsesiones que acechan los intentos literarios de todo escritor contemporáneo: retomar el espíritu narrativo de los escritores clásicos del siglo diecinueve y abordar, con ese mismo aliento, los grandes temas y preocupaciones sociales del siglo veinte.
Arriesgarse a escribir en estos tiempos una novela a lo Dickens es de por sí un gran logro. Pero más allá de eso, más allá de cualquier lectura que se ocupe de analizar los cuestionamientos morales a los que obliga este libro, se repite una vez más ese fenómeno que me hace pensar en Irving como en uno de esos iluminados que tienen el don de recrear vidas y edificar universos con la misma facilidad con que un mago de circo extrae de su desgastada chistera, justo frente a nuestros ojos, una impoluta y blanca paloma.
En esta novela, Irving escribe desde y para el individuo. Su historia no es una diatriba empeñada en transformar conciencias. Por el contrario —y pese a lo aparentemente urgente y necesario que pudiera considerarse el cuestionamiento de ciertos temas— Irving prefiere someternos a la tiranía de un narrador que nos obliga a recorrer más de quinientas cuartillas con la única intención de emocionarnos, conmovernos y hacernos sentir extrañamente unidos a un puñado de personajes ficticios que bien pudieran ser el reflejo de todo aquello a lo que podemos llegar a convertirnos algún día. Así, lo último que quisiéramos después de leer la última frase del libro es emitir un juicio. No es conocimiento sino comprensión lo que hemos adquirido. Y ese sentimiento nuevo, aunque fugaz, no sólo nos hace mejores lectores. También nos humaniza. Nos reconcilia con los demás y con nosotros mismos.

03/01/2007

Simbiosis plástica


Nunca he sido bueno para las manualidades. Aún a la fecha, dibujar, recortar, hacer un amarre, o incluso conectar los cables de mi computadora, son actividades que realizó con un máximo de esfuerzo y con resultados casi siempre pobres o mediocres.
De niño, en los scouts, este defecto ocasionó que mi tropa perdiera todos los concursos de nudos en los que yo participaba, y que los diez de mayo mi mamá recibiera siempre los regalos más feos que salían de los talleres de la escuela. Actualmente escribir una carta o dedicar un libro me deja siempre una sensación de incomodidad ante lo desaliñada y deslucida que parece mi letra.
Todo esto para explicar mi participación en el mural con el que competimos en el concurso escolar durante el último año de preparatoria.
Se llamaba si mal no recuerdo Simbiosis plástica. La idea original consistía en hacer coexistir en un mismo espacio diversas imágenes extraídas de las pinturas famosas que conocíamos. Desde las pinturas rupestres de Altamira, y los bocetos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, pasando por Dalí, Picasso, Velázquez, Van Gogh, la portada de un disco de Pink Floyd y alguna que otra aportación personal, cubrimos el espectro de lo que en aquel entonces considerábamos nuestra cultura visual. Cuando los jueces pasaron revista a los trabajos quedaron sorprendidos. De toda la escuela fuimos los únicos que no utilizamos imágenes religiosas o estampas de la Puebla colonial para decorar los pasillos. Ahora, a la distancia, me gusta pensar que la elección del tema de nuestro mural fue una especie de protesta en contra de la uniformidad académica y cultural de la institución en la cual cursábamos nuestros estudios. Pero no estaría tan seguro.
Como era lógico perdimos. No recuerdo si fue ante un cursi y monumental San Juan Bautista de La Salle, o frente a una estampa bucólica, extraída seguramente del calendario de un taller mecánico, que representaba con majestuosidad los volcanes del valle poblano.
Como regalo de fin de año, nuestras mujeres decidieron comprar el pizarrón que nos sirvió de lienzo y nos los entregaron formalmente en una de esas cenas navideñas que hasta la fecha siguen siendo costumbre. A partir de entonces el destino de nuestro mural es incierto. Algún tiempo permaneció en la habitación de Nacho hasta que su abuela pidió que lo sacaran de ahí porque en las noches le daba miedo. Después estuvo arrumbado por varios años en el taller de resina de la familia Kasusky y no volvimos a saber más de él hasta el día de ayer, que Juan Carlos rescató una fotografía que nos envió a todos por correo.
He dicho antes que la pintura, entre muchas otras artes nunca ha sido mi fuerte. Por eso debo confesar que mi aportación al mural consistió en rellenar el fondo (negro para acabarla de joder) y delinear las siluetas de los bocetos que Nacho y Juan se ocupaban en reproducir haciendo gala de sus habilidades artísticas.
Supongo que en algún lugar del mundo Simbiosis plástica guarda reposo. Lleno de polvo y probablemente deteriorado, el mural conserva en una de sus esquinas el nombre de los artistas que lo concibieron y lo crearon. Aunque usted no lo crea, el mío aparece ahí.