26/03/2007

Jóvenes y tontos


En vísperas de mi cumpleaños número 31 va esta foto para el recuerdo.
En aquella época solíamos decir que éramos jóvenes y tontos. A saber si era verdad o no, pero a la fecha, siempre que la situación lo amerita, algunos todavía lo seguimos afirmando...
La foto es de 1994.

23/03/2007

Cuentas pendientes

Hace un par de días celebramos la clausura de nuestro taller literario en Oaxaca. Si bien la experiencia valió las horas en carretera, las ausencias laborales, y los inconvenientes propios del traslado Puebla-Oaxaca durante el primer fin de semana de cada mes, mi conclusión al respecto resulta en una colección de curiosas contradicciones.
Queda por un lado, cierta nostalgia por San Agustín y su gente, por el bungalo que nos albergó durante todo el año, por las reveladoras sesiones de I-Ching y por las preocupaciones literarias y extraliterarias, externadas en pláticas interminables, que fueron por mucho, lo mejor del taller. Queda también la sensación de que se pudo hacer mucho más y no se hizo. Y junto con eso, el desconcierto colectivo que deriva del hecho de que la mayoría salimos de ese taller con más dudas que respuestas —lo cual me parece hasta cierto punto saludable— y ninguno, hasta donde sé, con una novela que valga realmente la pena bajo el brazo.
Con todo, no dejo de pensar en qué momento se perdió el proyecto literario de este año. Y lo más importante de todo: ¿dónde quedó? ¿y cómo diablos haré para retomarlo? Así que extrañamente el ciclo que termina, marca también el inicio de nuevas y quizá más profundas preocupaciones.
Así las cosas, sólo me queda constatar, un tanto con sorna y otro con complacencia mal encaminada, que mi relación con la escritura sigue siendo hasta ahora (con taller o sin él) una cuenta pendiente.

15/03/2007

Mal y de malas

Primero, el accidente sobre la carretera Toluca-Atlacomulco.
Luego, el robo/canje de llanta con que me timaron en el taller de la aseguradora.
Después, el corto circuito en el sistema eléctrico de mi auto.
Más tarde, el extraño caso de la compuerta de combustible del Clio.
Hace un par de semanas, el extravío de mi credencial de elector.
Hoy, la pérdida de mi USB con la novela, la tesis doctoral, y todo el trabajo académico de este año.
¿Alguna otra idea genial para terminar de arruinar este mes de marzo?

07/03/2007

A propósito de Gabo...


En el cumpleaños número ochenta de Gabo todos hablan Cien años de soledad como si en verdad ésta fuera la obra cumbre del Nobel colombiano. Está bien. Cada quien tiene el derecho de ponderar sus lecturas como mejor le venga la gana. No obstante, si alguien pregunta mi opinión, diré que me cuesta compartir esa postura. Estoy seguro de que mi escepticismo hacia la novela deriva en parte de aquella primera lectura, apresurada, impersonal, en un momento en el cual mis convicciones (si es que alguna vez las tuve) eran demasiado incipientes como para deslumbrarme. Me explico: a mis trece o catorce años, América Latina era una noción que estaba apenas en construcción. Existía, en el mismo nivel que la Malasia de las novelas de Salgari, o la Rusia invernal de los libros de Tolstoi. Uno es lo que vive y lo que lee. Y para un adolescente de clase media que habita en una conservadora ciudad de provincia, los catorce son una edad en la que por lo regular no se ha vivido mucho.
Tuvieron que pasar algunos años para que pudiera regresar a Cien años de soledad y entender la verdadera dimensión de este libro. Claro que para entonces, ya había leído a Azuela, Martín Luis Guzmán y toda la novela de la Revolución. Estaba maravillado con José Revueltas y El Apando y había descubierto —gracias a la terquedad de uno de mis profesores— a Eduardo Galeano y Las venas abiertas de América Latina, por lo que casi puedo asegurar que lo que me sucedió con la novela de Gabo fue sólo la intelectualización de todo lo leído anteriormente.
Cosa distinta me ocurrió con El amor en los tiempos del cólera. No recuerdo bien las circunstancias bajo las cuales acudí por primera vez a ese libro. Recuerdo, eso sí, cada uno de los pasajes, encuentros y desencuentros de esos dos grandes personajes: Ferminza Daza y Florentino Ariza. Y junto con el recuerdo, la percepción de estarme enfrentando a una novela, como no había leído otra hasta entonces. En parte por la riqueza y el uso prodigioso del lenguaje, pero también porque la historia, narrada del modo en que lo hace García Márquez, posee una tremenda capacidad emotiva que la vuelve, hasta cierto punto, universal. Y aunque todo sucede en un lugar llamado Cartagena de Indias, uno puede sentir, desde el sillón de su sala, que podría estar ocurriendo en cualquier parte.
A diferencia de Cien años de soledad, El amor en los tiempo del cólera es una novela que no he vuelto a leer, salvo para recuperar algunos pasajes memorables. Supongo que es cuestión de gustos, pero en vez de la imponente y aleccionadora saga de la familia Buendía, he preferido quedarme con la impresión primera, maravillada y sobrecogida, de dos enamorados juveniles que se separan y viven largas vidas, antes de reencontrarse.

02/03/2007

Buzon de quejas

Hoy no fue uno de mis mejores días. Me siento al final de esta interminable jornada, agotado y triste. Pero más que eso, vulnerable. Al sentimiento abona la incertidumbre en torno a ciertas decisiones que no se ven muy lejanas y la percepción de que algunos proyectos personales siguen sin avanzar. A pesar de todo pienso que a estas alturas, quejarse puede resultar muy injusto. Así que mejor ahí le paramos.
Vaya pues este jueves terrible para el olvido.