31/12/2006

De los años pasados

Hay años para olvidar. Años de noches perdidas. Años que cuando terminan es mejor archivar en el oscuro expediente de las cosas que se tuvieron que hacer algún día.
Hay años que se suceden unos a otros, que se encadenan para construir situaciones que se nos figuran eternas. Años de tierna inconciencia, de trayecto firme y aparentemente seguro por el océano de incertidumbres que es la vida.
Hay años de reposo, de recapitulación, de simulada calma. Años de voluntaria expiación. Años en los que la inmovilidad constituye la única forma posible para seguir avanzando. Años de hibernación, de parálisis simulada. Años de un activo y productivo letargo.
Hay años, como el que hoy termina, en los que uno aprende a olvidar lo aprendido. Años que te sorprenden a la vuelta de la esquina. Años en los que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Años que dan sentido a otros años. Años en los que todo es volver a empezar…

13/12/2006

Pensar en diciembre

Las mañanas soleadas y frías, los días no laborables, el reencuentro con viejos amigos, las luces que adornan el centro de la ciudad, las compras de último momento, las ofertas que nunca son ofertas, la ennumeración de propósitos que no van a cumplirse, el olor a resina de los arbolitos naturales, la repartición de los abrazos, la chimenea encendida en casa de mis padres, los vasos rojos del Starbucks, la sala de cine vacía durante la última función del año…

24/11/2006

Cerrado por derribo

A últimas fechas no tengo ganas de postear. Me pregunto si es un estado de ánimo natural o se trata sólo cierto temor a lo que pudieran revelar las palabras. Lo cierto es que los últimos días han sucedido demasiadas cosas. Y no quiero pensarlas. Ni hacer de ellas filosofía pasajera. Mi escritura se está volviendo limitada.
Este blog se declara en receso.

03/11/2006

Alivio de luto


Y las luces del Auditorio se apagaron. Y el maestro Sabina salió al escenario. No fue, ni con mucho, el Sabina que escuché por primera vez hace casi diez años. Pero a nadie pareció importarle eso. Tampoco nosotros somos los mismos. Mala señal si el tiempo no ha dejado cicatrices a su paso.
Con todo, el concierto fue lo que se esperaba y quizá un poco más. En parte por la compañía. En parte también porque este tipo de encuentros alimentan la convicción de que si bien el mundo ha cambiado, existe en nosotros un espíritu vital que permanece intacto. Y que en noches como ésta nos cura y nos hace sentir aliviados.

12/10/2006

No hay que olvidar nada

Navegando por la red me topé por casualidad con las líneas de una novela que me hicieron recordar momentos muy bellos.

Bebé Rocamadour, dientecito de ajo, te quiero tanto, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete...”

26/09/2006

Morir en lunes

En Toda esa gran verdad, el personaje principal, Carlo, tiene una extraña relación con los viernes. Todas las cosas buenas, malas, extrañas, determinantes, o trascendentes para su vida, le ocurren el día previo al fin de semana.
A mí me sucede igual, pero con los lunes. Digo igual, aunque lo cierto es que en mi caso, el truco opera siempre a la inversa. Los lunes suelen para mí días terribles. No es sólo el cansancio físico lo que me atormenta desde las primeras horas de la mañana, sino cierto desgano o desinterés por todo lo que sucede a mi alrededor, que se traduce en una velada, pero no por eso menos angustiante opresión. Son días en los que nada pasa, o peor aún, donde las cosas que suceden, cotidianas, frívolas, contribuyen sólo a empeorar mi estado de ánimo.
Para mi fortuna, la maldición de los lunes tiene sus fronteras temporales bien definidas. Y es casi seguro que al día siguiente las horas adquieran otro ritmo, otro color, y los escenarios y las situaciones sean portadoras de significados más gratos.
En Los lunes al sol película de Fernado León de Aranoa, uno de los protagonistas asegura: “Los lunes son como los domingos porque no hay trabajo y puede disfrutarse el sol; pero no son domingos”. Creo que esta frase resume parte del desencanto.
No escribo este post para quejarme. Con el tiempo he aprendido a padecer este mal con resignación y a convivir con los lunes de mi semana, del mismo modo en que se convive con los peores defectos de un amigo al que se quiere.
Los lunes como espacio de transición, como el necesario pasaje para reinsertarse a la vida laboral, académica, o literaria; para atemperar lo sentimientos exaltados durante el fin de semana y entender que lo cotidiano, por mucho que nos cueste, también es vida.

12/09/2006

Un pacto para vivir

Del encuentro del sábado prefiero no hablar. Hay cosas que difícilmente podrían explicarse. Baste con saber que lo que se dijo y lo que se pactó aquella tarde supuso para mí un nuevo aprendizaje. Habrá quien suponga —con motivos fundados— que se perdió más de lo que se obtuvo. Y estará en lo correcto. Sé que va a sonar ilógico, pero de hecho, ésa era la idea.

01/09/2006

Diagnóstico y tratamiento

3:45 am
Por fin termina mi jornada laboral. Hoy no ha sido un buen día. Y dados los acontecimientos recientes, tengo la ligera impresión de que ésta ha sido apenas una probadita de lo que me espera para las semanas que vienen. Ni hablar, frente a temporadas así, no queda de otra que pensar, a modo de consuelo, en lo relativo y efímero del tiempo. ¡Ah... y comer mucho chocolate!

25/08/2006

Hasta siempre Plutón


Hoy terminan oficialmente mis vacaciones. A partir del lunes siguiente tendré que reinventar una nueva rutina para mis días. A pesar de la pasividad de la semana que termina, pienso que no he desperdiciado el tiempo. Por una semana, al menos, pude retomar la disciplina literaria, replantear mi novela y sentarme a escribir todos los días.
Es viernes por la noche y para variar no tengo nada que hacer. La redacción del periódico está casi vacía. Afuera llueve. He previsto para las próximas horas una sesión de pizza, cerveza, y para rematar, un par de capítulos de la primera temporada de Los Soprano, mi nuevo vicio.
A estas horas Myriam debe estar por llegar a Morelia. Me da las gracias por cosas sin importancia. Y yo no encuentro el modo de hacerle entender que nada de lo que hago por ella me exige ningún trabajo. Me preocupa que no lo entienda. O quizá peor, que lo entienda bastante bien y que entonces su temor y el mío estén plenamente justificados. Como sea, he decidido no pensar más en eso...
Los diarios anuncian que a partir hoy Plutón ya no será considerado más como un planeta de nuestro sistema solar. Dicen que es demasiado pequeño, que su atmósfera es demasiado inestable, que su fuerza de gravedad no le alcanza para mantener su órbita despejada de asteroides. De ahora en adelante será considerado como un enano galáctico. Traigo a colación el asunto por una sencilla razón: planeta o no, Plutón existe. Sigue siendo el mismo más allá de la categoría en la cual algún congreso de sabios lo clasifique. Aunque no se le estudie más en las escuelas, seguirá influyendo en las vidas de las personas, y los astrólogos (esos nostálgicos) lo seguirán utilizando para interpretar sus cartas astrales. Visto de este modo, nada cambia, salvo lo irrelevante. Y eso demuestra una vez más cómo las palabras suelen encasillar a las cosas. También lo hacen con las personas o con las relaciones. O como pude darme cuenta estos últimos días, con los personajes de esa novela que avanza con pasos cautelosos e inseguros en el procesador de textos de mi computadora.

21/08/2006

Gracias Leonardo...

Este mes en Oaxaca no hubo I-Ching. Ni noches de Central. Ni gigantescas tlayudas. No hubo desvelos, ni mezcal de alacrán, ni conciertos de jazz, ni Guelaguetza. Hubo, eso sí, mucha lectura, crítica feroz pero constructiva, mucha charla sobre literatura y performance, aderezada por una improvisada lección de Tryno y Pynchón sobre la estructura de la novela. No sé si tuvo algo que ver nuestra renuencia a pisar el centro de la ciudad por temor a los maestros. O si el mail que mandó Martín desde París la semana pasada surtió el efecto esperado. El asunto es que por primera vez me sentí en un taller “riguroso”, exigente, comprometido, bla, bla, bla…. claro que toda esa seriedad se vino abajo el último día, cuando Leonardo Da Jandra tuvo a bien mostrarnos, a partir del microcosmos social que representa nuestro taller en San Agustín, por qué Oaxaca está como está. El asunto para Da Jandra es así de sencillo: si no lees y te jactas de ello, si piensas distinto a los demás, si no escribes todos los días, si te atreves a criticar el taller, entonces eres un “hijo de puta”. Y con un hijo de puta no se discute.
Aunque de inicio su actitud generó cierta molestia entre nosotros, no tardamos en concederle razón. Encerrados en un coche durante tres horas y media que duró el trayecto de regreso hasta Puebla, era inevitable que un tipo “irónico” como Pynchón, un “pendejín” como Tryno, un chava que “todo lo que toca lo convierte en literatura” como Laia, un hombre taciturno y silencioso como Tlachi y un conductor malviajadisimo por cierta llamada que no recibió durante el fin de semana, empezaran a putearse recíprocamente. El “hijo de puta” repetido hasta el cansancio, a modo de mantra, fue la única constante en nuestra conversación. Y fue, también hay que decirlo, lo más divertido del viaje.
Hoy por la mañana abro el blog de Laia y después de leer su “crónica oaxaqueña” no puedo parar de reír. A medio día me envía un mensaje por celular en donde pondera los beneficios de insultar al prójimo como forma de terapia. Pongo en práctica su consejo y después de los primeros improperios de la tarde empiezo a entender por qué Leonardo parece estar siempre tan feliz.
Justo ahora, cuando estoy por subir este post, Tryno me manda un mensaje para preguntar si sólo a él le ha hecho daño la comida en Oaxaca. Le contesto que no, que desde ayer no me siento bien. Y él responde que Laia está igual que nosotros. No nos decimos nada más, pero sé que en el fondo, disimulando con una sonrisa, los tres estamos pensando lo mismo.

14/08/2006

Popperiana

El problema de la inducción —dice Popper— nace del hecho de que nunca podremos afirmar algo universal a partir de los datos particulares que nos ofrece la experiencia.
Traslademos esta idea a un tópico vulgar desafortunadamente común. Por muchas relaciones fracasadas que conozcas o experimentes, nunca podrás afirmar que “todas” ellas están destinadas a terminar así. Basta con que encuentres una sola que sea distinta, para estar en condiciones de afirmar lo contrario.
¿De dónde entonces esta necesidad de seguir insistiendo en una hipótesis tan pesimista? Popper sale a nuestro auxilio nuevamente: “los falsacionistas siempre prefieren las hipótesis o teorías que sean más falseables, es decir más suceptibles de ser demostradas en su falsedad, mientras no hayan sido falseadas previamente. Así el progreso en la ciencia (o en las relaciones humanas para nuestro caso) se da siempre a base de ensayo y error”. ¿Qué taaal?

10/08/2006

Otra vez la novela

Pues bien, supongo que como todo en la vida, el acto de escribir implica la clara conciencia de que cada paso que se da, en un sentido u otro, representa un avance aunque a veces no lo parezca.
Acabo de desechar las primeras cuarenta cuartillas de mi novela. Hacerlo fue un acto más que doloroso, sobre todo porque implicó tirar a la basura no sólo el tiempo invertido, sino la confianza ganada a cuartilla a cuartilla a lo largo de estos últimos meses. No es la primera vez que pasa y sin embargo cada vez que sucede duele un poco más. Quizá porque en el fondo, la escritura sigue siendo una de esas verdades en las que uno necesita seguir creyendo pese a que todo lo demás apunte a lo contrario. No es una cuestión de necedad, sino de necesidad. Y como siempre sucede, lo necesario termina siempre por imponerse. Así que no tengo muchas opciones.
Por otro lado ayuda mucho saber que uno no está solo. Y que por aquí y por allá existe gente que sufre con los mismos descalabros y que se regocija con las mismas pequeñas victorias.
Ignoro en qué radique esta obsesión por la novela. Sólo sé que mañana, cuando me siente frente a la computadora, volveré a sentir que hago algo importante, aunque avance con temor entre las primeras palabras, aunque escriba con la clara conciencia de que todo puede volver a fallar otra vez.

02/08/2006

La palabra del día

Desconcierto

1. m. Descomposición de las partes de un cuerpo o de una máquina.
2. m. Estado de ánimo de desorientación y perplejidad.
3. m. Desorden, desavenencia, descomposición.
4. m. Falta de modo y medida en las acciones o palabras.

¿Alguna otra pregunta?

31/07/2006

Otra vez lunes

Son las once y media de la noche. Hace más de una hora que terminé y sigo todavía en la redacción del periódico. No le he dirigido la palabra a nadie en toda la tarde. Laura me pregunta qué me pasa, que por qué estoy así. Y sólo se me ocurre decirle que he tenido un mal día. No le cuento de mi frustración, ni de mis temores, ni de los pensamientos que vengo arrastrando. Me haría bien hablar, lo sé, pero es cuento de nunca acabar. La historia se va a repetir y yo ya estoy harto de quejarme.

Cosas del mercado


No. No fue el equipo creativo de una prestigiada agencia de publicidad. Tampoco el director de la editorial. O un especialista en mercadotecnia. O un diseñador gráfico. Vaya, ni siquiera el autor de la novela. Fueron 120 vendedores del Sanborn’s a quienes se les asignó la importante labor de escoger, de entre una serie de dummies, la portada del libro de Lalo.
Como sea, es un gusto saber que a partir de octubre Toda esa gran verdad compartirá anaqueles con lo mejor y lo peor de la literatura nacional. Una buena noticia para el autor, para sus futuros lectores, y para quienes estamos en el camino.

26/07/2006

Un lado no tan oscuro


La primera vez que vi El lado oscuro del corazón fue en el verano de 1995. Era una tarde fría, llovía, y ante la perspectiva de una tarde aburrida Juan, Nacho y yo decidimos rentar una película. Escogimos esa porque el título nos llamó la atención. Aún no cumplíamos los veinte años y nuestras experiencias vitales eran muy reducidas. Lo sabíamos, éramos conscientes de eso y en nuestra urgencia por rellenar los espacios vacíos recurríamos a la literatura o al cine. En mi caso, más a la literatura.
Como toda primera vez, el contacto inicial con la película fue deslumbrante: la poesía, los personajes, las escenas cargadas de surrealismo, la música, el paisaje urbano (aún ahora, más de diez años después, sólo puedo imaginar Buenos Aires a través de esa cinta).Y por encima de todo eso la idea del amor, flotando en el aire, como un elemento desconocido, inasible, que se posaba sobre nuestras cabezas.
Recuerdo que los siguientes días me di a la tarea de conseguir los textos del guión de la película, cosa que me resultó difícil en una época en la cual el internet era aún una rareza. Compré algo de Benedetti y de Oliverio Girondo. De Juan Gelman no pude encontrar nada. Los leí con fruición, me aprendí algunos fragmentos de sus poemas, y durante meses (quizá hasta años) me di a la tarea de buscar a la mujer que vuela. No la encontré nunca.
Ayer por la noche vi la película por segunda vez. Al igual que doce años atrás, hacía frío y llovía. Después de preparar la cena me recosté en el sillón de la sala y encendí la televisión. La cinta ya había iniciado pero aun así decidí verla completa. Mis intenciones fueron declinando a medida que avanzaba la madrugada. Los diálogos me parecieron afectados y cursis. Los personajes, estereotipados y pretenciosos. La visión del amor, sufridora y machista. Para las dos de la mañana, por uno de esos incomprensibles, y en este caso, venturosos accidentes de la televisión por cable, el audio de la película se fue y entonces pude retirarme a mi habitación sin culpa.
No entiendo bien lo que pasó. Supongo que con el tiempo uno cambia su visión sobre las cosas; deja de creer, de buscar, renuncia a las ideas que fueron alguna vez importantes. Y esto no debe representar ninguna tragedia. Pienso en la infructuosa pesquisa de la mujer que vuela y sé que a estas alturas ya no querría algo así. Puede que el miedo tenga algo que ver en todo esto, pero a últimas fechas, cuando de relaciones se trata, prefiero conservar los pies bien puestos sobre la tierra.

17/07/2006

I-Ching(a)


El hombre superior no escribe. Se conforma con vivir el día a día. Pega un brinco si le da la gana, muerde un lapiz por el gusto de hacerlo o se pone a llorar si siente que es necesaria cierta dosis de dramatismo para mantener el ego a la altura de los pequeñas tragedias. No lee, no discute de política (le da hueva), repudia las conversaciones sobre libros o autores. Renuncia a la dieta, a la coca light, al abandono del tabaco, a las disciplina y al orden que a decir de los iluminados, hacen más sencilla la vida. El hombre superior no rie al último, pero rie mejor porque al final lo ha comprendido todo: no hay alivio a la vista.

04/07/2006

San lunes

Hay días como hoy en los que uno no debería de levantarse de la cama. Ni atender las obligaciones cotidianas. Hacer a un lado las emociones y las personas. Olvidar las cuentas pendientes. Dedicarse a la contemplación. Practicar el arte zen a la manera de los negligentes e irresponsables. Salir a la calle sólo si se te está quemando la casa o si tienes unas ganas irresistibles de vagabundear, como cuando eras un chico y no había en el mundo nada más importante que recorrer las cuadras que separaban el hogar de la tienda, montado sobre tu bicicleta.

21/06/2006

Silogismo

a M.

Escribir es infundir vida
Todo lo vivo muere
Luego entonces, no escribiré de ti

Prefiero la incertidumbre de lo posible
Que la certeza de lo probable

12/06/2006

De las despedidas


Nunca he sido bueno para desprenderme de las personas o de las cosas. Hace algún tiempo alguien me dijo que ése era mi problema. No le creí entonces. Y sigo sin creerle. Somos lo que tocamos, lo que hicimos nuestro alguna vez, lo que vamos dejando en el camino.

*

Hace 13 años mi papá compró un coche que mi hermano y yo compartimos durante nuestra adolescencia y parte de nuestra vida adulta. Era un Sedan 1993, color blanco. Un auto ciertamente sencillo, pero que para nosotros, que habíamos crecido bajo el implacable yugo del transporte público, era todo un lujo. La posesión del coche generó toda suerte de problemas familiares hasta que mi padre, cansado de las acusaciones y las recriminaciones mutuas, nos puso un ultimátum: o resolvíamos las diferencias de forma civilizada o el auto dejaría de ser nuestro. Así, después de varios años de disputa pudimos llegar a un arreglo: durante la semana mi hermano iba a ser el responsable del coche, pero el sábado y el domingo yo sería el dueño absoluto. A finales del 2000 mi hermano se compró un Jetta y en consecuencia, el viejo Sedan pasó oficialmente a mis manos.
*

Faltaría espacio para relatar las cosas que ese auto y yo vivimos durante todos esos años. Los momentos felices y tristes que presenció, las anécdotas trágicas, divertidas, escandalosas de las cuales fue testigo. Los amigos, las fiestas, las discusiones, los accidentes, los viajes. En ese auto besé por primera vez a Fabiana y fue en él que nos separamos y reconciliamos, una y otra vez, a lo largo de siete largos años.
Pero todo cambia: las personas, las relaciones, las cosas. En septiembre del 2004 se me metió la idea de adquirir otro automóvil, uno más moderno, más cómodo, más “adulto”. Es extraño, pero a veces relaciono ese hecho —la sustitución de mi coche viejo por uno nuevo— con la ruptura definitiva de mi relación y el tránsito a una nueva etapa para la cual, debo reconocer, no estaba preparado.
Por razones que no viene a cuento narrar, cuando me separé de Fabiana decidí que el Sedán permaneciera en su poder. Supongo que las razones debieron ser más egoístas de lo que ahora pretendo creer. Lo cierto es que en el fondo deseaba que algo de mí se quedara con ella, como recordatorio, como presencia, como ofrenda a un amor que en ese entonces creía ilimitado, absoluto e inalterable.

*

Hace una semana que el viejo Sedán regresó a mis manos. Al pobre le sucedió lo de siempre: la llegada de un auto nuevo lo ha desplazado. Sé que a pesar del cariño que le tengo no puedo conservarlo. Son demasiados recuerdos, demasiadas cosas que necesito dejar atrás.

*

Mañana viene un comprador interesado en adquirir el vochito. Hace un momento llamó por teléfono para preguntar cuánto vale. Y yo me quedé callado, sin poder contestar.
—¿Cuánto vale para mí? —reviré confundido, incapaz de mencionar una cifra razonable.
—Sí —repitió con nerviosismo la voz al otro lado del auricular—. Necesito saber si me alcanza.
Entonces lo comprendí. Pude ver que lo que para mí era antiguo significaba para alguien más una novedad. Cavilar en ese momento sobre la posible redención de mi auto fue un mal negocio. Acordamos un precio ridículo y sellamos el trato.

*

Hoy por la noche dejaré el coche nuevo en casa, y volveré a manejar el Sedán.
Sé que la idea de un último viaje es la cosa más cursi que a alguien se le puede ocurrir para una despedida.
Pero a quién le importa.
Creo que ambos nos lo debemos.

09/06/2006

Segunda declaración de principios

Hoy hace un año empezó a escribirse este blog.
La fecha no pasa desapercibida.
Lo releo con curiosidad. Repaso episodios dolorosos, reconfortantes, esperanzadores
Noto, después de leer el último post, que soy y no soy el mismo que sentó a escribir hace un año para no sucumbir a la tristeza.
Y pienso que si esto es un camino, o una manera de hacer las cosas, se debe renovar aquella declaración de principios inaugural.
Busco alguna sentencia que resuma el aprendizaje. Pero no hay tal. Apenas una conjetura a la que me aferro a pesar de toda evidencia razonable: El amor es un acto de fe.

20/05/2006

Con Goldman


Quienes me conocen saben que no acostumbro hacer esto muy seguido. Pero el fin de semana pasado en Oaxaca, no pude resistir el impulso de tomarme una foto con Francisco Goldman, cuyo libro Marinero raso he leído con deleite durante los últimos días. Compartir los primeros capítulos de mi novela con el maestro y escuchar sus comentarios le ha dado un nuevo impulso a este proyecto que empieza poco a poco a tomar forma en mi cabeza.

03/04/2006

De lo verdadero

Acabo de llegar de Oaxaca. Abro mi cuenta y encuentro un correo de Ixchel. Me felicita por mi cumpleaños. Pregunta por mí. Me da algunos consejos para resolver cierto asunto que de un tiempo a la fecha me tiene azorado. Me cuenta las cosas buenas que han pasado en su vida durante este último año.
En el fondo la percibo contenta. Y eso me da un gusto enorme. Uno se regocija con la felicidad de la gente que quiere, que siempre ha querido.
Pienso, después de contestar su correo, en lo irónica que es la vida.
En cómo las personas cambian (para bien o para mal)
Y en cómo lo verdadero permanece.
Y lo falso se va, de un día para otro.
Se disuelve en el aire como si nunca hubiera existido.