02/10/2012

Coincidencias de un viaje


Pensamos el viaje, originalmente, como una especie de "luna de miel". Pero tras la fiesta, la agenda laboral fue implacable con nuestros planes. Tuvieron que pasar seis meses después de la boda para que pudiéramos encontrar una semana disponible.
La primera coincidencia no se hizo esperar. La confirmación de los boletos nos llegó para las mismas fechas en que, cinco años atrás, volamos a Europa en nuestro primer viaje juntos. Un viaje que sin buscarlo, nos llevó a compartir otro viaje más largo y emocionante: el de la vida.
Entre los pendientes previos a nuestra partida, estaba la adquisición de un libro que por la sobrecarga de trabajo nunca pude comprar. Estaba por resignarme a prescindir de la lectura durante el viaje, cuando me llegó a casa un paquete. Era mi revista Orsai, cuyo tema de portada era -¡oh sorpresa!- la ciudad de Nueva York. La ilustración mostraba a los típicos rascacielos de Manhattan.
A mí, de entrada, me pareció un presagio.


Y no estaba equivocado. Horas después, éste era el panorama que se dominaba desde la habitación de nuestro hotel.


En este punto debo hacer un paréntesis para señalar que los días previos fueron largos: intensas jornadas de trabajo que terminaban a altas horas de la madrugada; obligaciones y pendientes que se acumulaban sin tregua; proyectos en etapa de dead line imposibles de postergar. 
Lo único soportable durante ese periodo, además de la perspectiva del viaje, fue la música de Bon Iver, reproduciéndose incansable en mi ordenador.
De vuelta a Manhattan, durante nuestra primera exploración neoyorquina, nos topamos con la sorpresa de que justo en esos días Bon Iver estaba programado en el Radio City Music Hall. Por supuesto, compramos de inmediato nuestros boletos. 


El concierto, un par de días después, fue algo así como el clímax del viaje. Al menos eso yo pensé en ese momento. Pero aún faltaba más.



¿Se puede considerar coincidencia que el equipo de casa ganara durante nuestra visita al Yankee Stadium? Ok, tal vez no. Pero en ese momento, a mí me lo pareció.


Las coincidencias no sólo fueron para mí. Myriam también tuvo lo suyo. Como explicar, si no, la exposición temporal de fotografía en el MOMA, que incluía justo las obras que la semana previa había estado revisando para su maestría.


O que el día de su cumpleaños, justo cuando teníamos planeada nuestra visita a Little Italy, se celebrara en dicho barrio el famoso Festival de San Genaro; ocasión que celebramos al estilo Soprano, sobre la banca de un parque, con café expresso y cannolis.


Y aunque no fue coincidencia, sí una linda sorpresa para cerrar con broche de oro: una noche pagada en el Blue Note, el club de jazz más famoso de Greenwich Village, cortesía de nuestros amigos Laura y Marquito que nos pusieron a correr y luego a disfrutar, de nuestra última noche neoyorquina.


Una vez en casa, con la ropa y las maletas guardadas, mientras recordamos con emoción las experiencias vividas durante la semana, las coincidencias continúan. Nuestro viaje también.

19/07/2012

Somebody that I used to know

Gente que un día fue imprescindible
y con la que hoy no podrías
-aunque quisieras-
compartir una sola idea:
(mucho menos -que hueva- un café)

10/07/2012

Soñar a la abuela (otra vez)


Tuve este sueño hace un par de meses. Lo escribo porque no lo quiero olvidar.

Es de noche. La abuela está postrada en la cama y yo la estoy cuidando. Acaricio su mano con devoción. La beso. Sé, de alguna manera, que se trata sólo de un sueño. Pero en ese momento no me importa. Me siento feliz de verla, de tocarla, de hablar con ella.
En algún momento, la abuela me pide que le dé un recado a mi abuelo. Yo le contesto que mejor se lo dé ella misma (hasta el cuarto nos llegan las risas del resto de la familia que acompaña al abuelo en una habitación contigua).
–Te llevo con ellos si quieres –le digo.  
La abuela me mira con ternura, como si le estuviera pidiendo algo imposible.
Por un momento recuerdo que estoy soñando, pero hago un esfuerzo por erradicar esa idea de mi mente. 
–Mira –me dice mientras señala el clóset de su recámara–. Allá hay un cajón donde guardo un cuaderno y un bolígrafo ¿me los puedes traer?
No dejo de pensar, mientras busco lo que me ha pedido, en esas manera tan suyas de hacer las cosas, en el cuidado que pone en cada detalle, en su afán por no dejar cabos sueltos, por ser justa y exacta siempre. No me extraña que en esas circunstancias prefiera la escritura, que trasciende el tiempo, a las palabras que se erosionan con él.
–Yo te dicto y tú escribes –me susurra cuando estoy de vuelta con ella.
Mientras mi abuela habla, yo deslizo la pluma por las páginas de una libreta de hojas amarillas y desgastadas. Pero todo esto lo veo desde las alturas, mientras me alejo de la escena, como en el cine.
Entonces abro los ojos.
El regreso a la realidad no es abrupto ni violento. Se acompaña del sonido de las campanas de la iglesia que se ubica a unas cuadras de mi casa. Es domingo, Myriam está dormida a mi lado, y yo no puedo dejar de llorar y de pensar, más allá del recado que nunca podré entregar a mis familiares, que ese sueño no ha sido un sueño: ha sido un regalo. 

16/06/2012

Reflexiones de aeropuerto

Reviso mi blog en un café, antes de tomar un vuelo.
Me topo con curiosidades, pero sobre todo, con silencios.
Desde hace varios años, este sitio dejó de ser una bitácora.
Hay demasiados espacios vacíos, demasiadas cosas importantes que he preferido guardar para mí.
Creo que en algún punto de este ejercicio de autoexploración compartida opté por vivir lo que escribo, en vez de escribir lo que vivo. Parece una diferencia sutil, pero no lo es, nunca lo ha sido.

17/04/2012

Al final de este viaje en la vida




Alguna vez fui joven y escuché hasta el cansancio las canciones de Silvio.
Fue una época extraña, incómoda, intensa. 
Desde la tranquilidad de la mesa en que ahora escribo, me gusta rememorar esos días. Los reconstruyo, inevitablemente, con un halo de romanticismo que oculta la naturaleza voraz de ese tiempo salvaje. Y es que si lo pienso bien, nunca fui tan desgraciado, ni tan feliz como en aquellos años.
Recuerdo que en nuestro modesto departamento de estudiantes de provincia, teníamos un poster del Ché y una foto del "Sup" Marcos (me sonrojo al pensar que de haber tenido dinero, me hubiera comprado también una playera).
Como todo buen universitario, desperdicié mis tardes leyendo a Marx sin entender a Marx, comenté con apasionamiento desmedido el último filme de Kieslowsky y devoré capítulos de Rayuela al por mayor. También, sucumbí al encanto de Cortázar y busqué con desesperación a la Maga (por supuesto, sin encontrarla).
Por las noches me gustaba encerrarme en mi cuarto, recostarme en el colchón extendido sobre el piso y encender un cigarro. Luego le daba "play" a la grabadora. 
Entonces sucedía...
La discografía de Silvio es tan amplia y sus letras están revestida de tanta poesía, que uno puede recurrir a ella prácticamente como si fuera el I-Ching: siempre habrá una respuesta, un mensaje oculto, una razón para sentirse aliviado. Añádase a esto la dosis de idealismo que nos imprimían en las aulas universitarias; el ambiente de incertidumbre política y económica que se cernía sobre el país y el deplorable estado emocional en que me había dejado mi primera gran ruptura amorosa. 
La música de Silvio era la medicina que noche tras noche, me permitía salir indemne de ese peligroso caldo de cultivo. Gracias a ella, pude darle sentido a las pequeñas grandes batallas que tuve que librar en aquellos años gloriosos y terribles.
A veces, instalado en la comodidad desde la que hoy escribo, me da por extrañar esos días. 
Quisiera recuperar un poco de la ingenuidad, de la confusión, del asombro frente a lo incierto, lo no escrito, lo que está todavía por suceder. Pero es imposible.
Con todo, me gusta pensar que hubo en tiempo en que la vida -me refiero a la mía, por supuesto- era todavía prehistoria. 
Entonces, me da por escuchar a Silvio otra vez.

21/03/2012

Bitácora de investigación IV

Pero el investigador también vive, también duda, también quiere ser.
Y en su vida cotidiana no siempre se asume como sujeto cognoscente.
La mayor parte del tiempo es hijo, cónyuge, padre. Tiene responsabilidades y necesidades materiales y espirituales que no alcanza  a satisfacer. Para el resto del mundo (incluso para él mismo) es ese "otro" que nadie entiende.
Fuera del acto epistémico, necesita saber que sabe, necesita creer que sabe.

Bitácora de investigación III


La tarea del investigador no termina con un libro o una ponencia.
Es justo ahí donde apenas comienza. 
Donde las dudas se hacen más grandes, donde los fenómenos se hacen más inasibles, donde se intuye la imposibilidad de aprehender en su totalidad al "otro".
Saber que se sabe menos, es el destino cruel del que indaga.