Alguna vez fui joven y escuché hasta el cansancio las canciones de Silvio.
Fue una época extraña, incómoda, intensa.
Desde la tranquilidad de la mesa en que ahora escribo, me gusta rememorar esos días.
Los reconstruyo, inevitablemente, con un halo de romanticismo que oculta la naturaleza voraz de ese tiempo salvaje. Y es que si lo pienso bien, nunca fui tan desgraciado, ni tan feliz como en aquellos años.
Recuerdo que desperdiciaba buena parte de mis tardes leyendo a Marx sin entender a Marx, comentando con apasionamiento desmedido el último filme de Kieslowsky, y devorando capítulos de Rayuela durante mis tralsados en Metro, buscando desesperadamente a la Maga, sin encontrarla.
En nuestro modesto departamento de estudiantes de provincia, teníamos un poster del Ché y una foto del "Sup" Marcos. Me sonrojo al pensar que de haber tenido dinero, me hubiera comprado también una playera, pero eran tiempos díficiles en lo económico y yo siempre fui prudente.
Por las noches, me gustaba encerrarme en mi cuarto, recostarme en el colchón que extendido sobre el piso hacía las veces de cama y encender un cigarro. Luego le daba "play" a la grabadora.
Entonces sucedía.
La discografía de Silvio es tan amplia y sus letras están revestida de tanta poesía, que uno puede recurrir a ella prácticamente como si fuera el I-Ching: siempre habrá una respuesta, un mensaje oculto, una razón de peso para sentirse aliviado.
Añádase a esto la dosis de idealismo que se nos imprimía en las aulas universitarias; el ambiente de incertidumbre política y económica que se cernía sobre el país a mediados de los años noventa y el deplorable estado emocional en que me había dejado mi primera gran ruptura amorosa.
La música de Silvio era la medicina que noche tras noche, me permitía salir indemne de ese peligroso caldo de cultivo. Al mismo tiempo, era también un pretexto para dar cauce a las ideas recién adquiridas.
En la oscuridad de aquella habitación, gracias a Silvio, pude recrear y darle sentido a mis vivencias cotidianas, las pequeñas grandes batallas que me vi obligado a librar y de las que, casi siempre, salí victorioso.
En la oscuridad de aquella habitación, gracias a Silvio, pude recrear y darle sentido a mis vivencias cotidianas, las pequeñas grandes batallas que me vi obligado a librar y de las que, casi siempre, salí victorioso.
A veces, instalado en la comodidad desde la que hoy escribo, me da por extrañar esos días.
Quisiera recuperar un poco de la ingenuidad, de la confusión, del asombro frente a lo incierto, lo no escrito, lo que está todavía por suceder. Pero es imposible.
Con todo, me gusta pensar que hubo en tiempo en que la vida -me refiero a la mía, por supuesto- era todavía prehistoria.
Entonces, me da por escuchar a Silvio.
Con todo, me gusta pensar que hubo en tiempo en que la vida -me refiero a la mía, por supuesto- era todavía prehistoria.
Entonces, me da por escuchar a Silvio.



















