05/06/2013

Papá primerizo

Hace unos días me pidieron escribir un texto que resumiera mi experiencia como padre primerizo. Nunca ha sido de mi agrado la escritura por encargo, más aún, cuando se me pide abordar un tema tan cercano. Pero por alguna razón dije que sí. Quizá porque desde que me enteré de que iba ser papá he procurado mantener la emoción bajo llave, y a unos días del nacimiento de mi hija creo que ya va siendo momento de aflojar el cuerpo, relajarse y disfrutar de este viaje. 

Esperando a Camila (apuntes existenciales de un papá primerizo)




No me resulta sencillo hablar o escribir sobre mi paternidad. A decir verdad, éstas son las primeras líneas que me permito en los ocho meses que mi esposa (qué raro me resulta decirle así) lleva de embarazo.
¿Qué se puede escribir sobre el tema que no se haya escrito antes?
¿Qué más agregar a la enciclopedia de lugares comunes que todo padre repite –como si fuera un mantra– ante la inminente llegada de su hijo o su hija?
Empezaré por decir que la idea de la paternidad, durante los primeros meses del embarazo, es sólo eso: una idea. Un paquete emocional que se compra de manera espontánea, casi sin pensar, en el tianguis ideológico que llamamos inconsciente colectivo. Incluye una larga lista de nociones preconcebidas, pautas de conducta, agenda de actividades y, por supuesto, un compendio con frases a la medida para cada ocasión. Como todo lo que es social, este paquete se impone desde afuera y hay a quienes les calza y a quienes no. Me ubico como parte de estos últimos.
Diré, además, que estoy convencido de que la vivencia del padre es radicalmente distinta a la de la madre. Que durante esta primera etapa los papás estamos social y culturalmente excluidos. Que no tenemos baby shower ni días de incapacidad. Que los consejos del médico, de las abuelas, de los libros y revistas especializadas no están dirigidos a nosotros ni a nuestras necesidades. Y, lo que es peor, que la relación con nuestro hijo o hija será, durante varios meses, sólo a nivel intelectual. No importa cuánto hayamos deseado ser padres ni las expectativas que a nivel emocional cubra nuestro nuevo estado. La naturaleza nos ha excluido de la experiencia de amor y dolor que supone el tránsito del embarazo y el parto para las mujeres. Y eso nos deja –al menos por este periodo– fuera de la jugada. No sentiremos crecer ni moverse a nuestro hijo, no experimentaremos las incomodidades, el cansancio, el dolor de sus primeros meses de vida. Se nos ha privado del privilegio de compartir su existencia.
Y, ante tal frustración, sólo nos queda la metáfora.
Por eso, muchos hombres aseguramos estar embarazados, cuando en realidad somos sólo fieles testigos del embarazo de nuestras parejas.
Toda mujer moderna sabe que en la Apple Store existe una aplicación llamada Baby Center, que informa a la madre puntualmente, semana tras semana, lo que debe esperar de su cuerpo y mente durante la etapa del embarazo. 
Como para esto de ser papá no existen aplicaciones ni caminos trazados, comparto un poco de mi experiencia personal durante estos nueve meses de espera.

Semana 1 a 12
En nuestro caso, la noticia del embarazo no nos tomó por sorpresa. La decisión de tener un bebé la habíamos tomado en pareja, varios meses atrás; de modo que comprar una prueba casera fue la respuesta lógica una vez que los primeros síntomas se hicieron presentes.
Son muchas las cosas que se piensan durante los minutos que preceden a la respuesta de un test de embarazo.
Por mi cabeza desfilaban todas las veces en que la posibilidad de ser padre supuso una sombra de duda o preocupación, y en las que, enfrentado a las mismas circunstancias, la marca azul que confirmaba un resultado positivo se vislumbraba como el peor escenario.
Es curioso, pero en ese momento caí en la cuenta de que, en esta ocasión, mis anhelos se ubicaban justo del lado contrario: quería ser papá.
Supe entonces que, independientemente del resultado del test, la prueba de la madurez emocional había sido, por fin, después de 37 años, totalmente superada.
No recuerdo bien lo que siguió. Hubo abrazos y lágrimas acompañadas de un sensación extraña, que, incluso ahora, me resulta difícil de describir. Y aunque sin duda estaba emocionado –yo diría, más bien, conmocionado–, mis primeras reacciones fueron eminentemente de carácter racional.
Preguntar por un ginecólogo de confianza, concertar una cita, sacar los proyectos pendientes, trazar una ruta crítica para los siguientes nueve meses.
Aunque nos reservamos la noticia del embarazo durante estas primeras semanas, hubo quien me dijo que durante esos días me veía raro, contento, feliz. Aunque, más que felicidad, creo que la sensación que me embargaba era de plenitud: esa certeza de estar en el lugar correcto, con la persona correcta, en el mejor momento.

Semana 12 a 24
Por lo regular, es a partir de la semana 12 que los padres adquieren la suficiente confianza para compartir la noticia con la familia y los amigos. A medida que las muestras de cariño y solidaridad se multiplican, la madre, que para ese momento ha comenzado a experimentar los primeros síntomas del embarazo, suele convertirse en el principal objeto de atención; mientras que el padre gravita alrededor en calidad de satélite.
Y tú ¿cómo te sientes? te preguntará la gente al final, casi por compromiso.
Y uno buscará inútilmente palabras que describan un estado de ánimo donde la claridad y la confusión coexisten con la incertidumbre y la certeza, la tranquilidad y la excitación. Frustrado ante las limitaciones del lenguaje, se dirá cualquier cosa (si es cursi, mejor), y luego, cuando la atención del interlocutor se dirija de nueva cuenta hacia la protagonista de la historia, uno esbozará una sonrisa tonta, feliz.
Si existe algún punto culminante para un padre durante el embarazo, éste, sin duda, está marcado por la experiencia del primer ultrasonido. Es en ese momento que la idea abstracta de la paternidad comienza a adquirir forma, dimensiones, peso.
No imagino lo que debió ser para nuestros padres la experiencia del embarazo sin la parafernalia médica que hoy en día te permite conocer al bebé desde las primeras etapas de su formación. En la actualidad uno puede ver y escuchar el corazón de su bebé; observar cómo crece y se desarrolla su organismo en el vientre de su madre; e incluso, en las etapas finales de la gestación, es posible obtener una fotografía en tercera dimensión de su rostro.
Exiliado de la conexión física con su bebé, ésta será la experiencia más cercana que experimentará el padre a lo largo del embarazo. Y a partir de ella, mes con mes, comenzará a construirse la relación de amor con ese ser humano al que apenas conoce.
En el refrigerador de mi casa conservo a la vista, como un tesoro, la foto de ese primer ultrasonido. Cada vez que la veo me devuelve a ese estado de perplejidad, admiración y, hasta cierto punto, incredulidad, ante eso que la gente suele nombrar como “el milagro de la vida”.

Semana 24 a 36
Hay una cosa maravillosa que pasa en el segundo trimestre del embarazo: el sexo del bebé. Y con el sexo, la posibilidad de ponerle un nombre y asignarle –aunque sea en nuestra imaginación– una personalidad.
En nuestro caso, la foto del refri se convirtió en la foto de Camila. Y su cuarto, su ropa y sus accesorios, adquirieron tonalidades cálidas, tirándole al rosa.
Es increíble la forma en que un nuevo ser humano se abre cancha en la vida. Camila todavía no nacía y ya tenía propiedades: ropa, juguetes, muebles, vaya, hasta un vehículo de ruedas. Tenía también un espacio, el mejor de la casa, el más grande, el más silencioso y, por supuesto, el más soleado. Aunque aún permanecía en el vientre de su madre, nos había obligado a hacer muchas cosas, como, por ejemplo, mudarnos a un departamento más amplio, cambiar algunos hábitos alimenticios, suspender nuestros periodos vacacionales, y ahorrar, ahorrar mucho.
Ante la imposibilidad de establecer una relación física directa con Camila, a mí me dio por pensar, durante este periodo, en cómo y desde dónde quería construir mi relación afectiva con ella; en el papel que quiero desempeñar en su vida; en las preguntas que algún día me hará y en el tipo de respuestas que tendré que ofrecer. Imaginé su primer día en la escuela, sus fiestas de cumpleaños, las películas que veremos en familia, las tardes que pasaremos jugando Xbox. Vaya, hasta planee el viaje que haremos juntos a Nueva York cuando ella cumpla 15 años.
Y en ese proceso de especulación en estado puro, me descubrí de pronto como un tipo enamorado de su hija. No de la idea de su hija, aclaro, sino de su hija tal y como su personalidad se revela desde hace semanas en el vientre de su madre: inquieta, curiosa, atenta, comunicativa y, hasta cierto punto –espero no equivocarme–, obediente.
A veces, cuando aproximo mi rostro a la panza de Myriam y comienzo a hablarle, Camila me responde con un pataleo enérgico que me cimbra en lo más profundo. Y aunque sé que es imposible que me entienda, yo murmuro despacio, casi para mis adentros: Camila. Soy tu papá. Estaré contigo siempre.

Semana 36 a 40
Me encuentro justo al final de la semana 36. Si el doctor no se equivoca, para cuando este texto haya sido publicado, seré un padre con todas las de la ley.
La gente me pregunta si estoy nervioso y yo no encuentro la manera de explicar, que más allá de la preocupación natural que me genera el episodio del parto, me siento tranquilo y hasta optimista.
Me recomiendan que duerma y no tengo ganas de dormir.
Que aproveche para salir y no tengo ganas de salir.
Que vaya lo más posible al cine… y bueno, sigo yendo al cine, como siempre.
En la última década fui testigo de cómo los niños cambiaron la vida de sus padres. De cómo algunos cancelaron carreras, dejaron trabajos o, en el peor de los casos, se vieron obligados a tomar dobles turnos para ofrecer a sus hijos mejores oportunidades. Vi a mis mejores amigos alejarse sin culpa del resto del grupo para consagrarse a la tarea de edificar una familia. Los vi comprar un auto familiar, hacerse de una hipoteca, endeudarse para salir de vacaciones. Y, aunque en ese momento me pareció incomprensible, debo reconocer que nunca, como entonces, los vi más felices.
Estoy a punto de pisar ese territorio desconocido.
Lo hago sin miedo, con ganas de que todo suceda.
Desearía poder explicar mejor la vorágine de sentimientos y de ideas que se aglutinan en mi cabeza. Pero no puedo, la emoción me supera.
Camila, hija mía, no veo la hora de tenerte en mis brazos.



03/06/2013

La escritura o la vida

Hace un par de años me hice esta pregunta y luego, sin asomo de remordimiento, abandoné este blog a su suerte.
Me entregué a mi profesión y entré a un posdoctorado. Viajé a la Sierra Tarahumara a conocer a los rarámuris. Escribí un libro. Impartí un curso en el doctorado y me estrené como docente de licenciatura en una universidad pública. Publiqué artículos, asistí a congresos. Me convertí en autor de una editorial de libros texto. Ingresé al Sistema Nacional de Investigadores. Constaté que investigar, y por tanto, conocer, es algo de lo que no puedo, ni quiero alejarme.
Me entregué también a las cosas que realmente me gustan hacer. Renuncié a la mezquindad de los empleos a medio tiempo en las redacciones locales y emprendí, junto con mis mejores amigos, una empresa de consultoría editorial. Lanzamos, por fin, nuestra propia una revista, la mantuvimos viva durante año y medio, y luego la cerramos. Conseguimos una oficina, equipo y recursos humanos. Hicimos -y hacemos actualmente- productos editoriales lindos: suplementos, revistas, libros anuarios, catálogos, guías. Y aunque  trabajamos para terceros, ponemos todo el cuidado y la pasión que uno pondría en sus propios proyectos. Soñamos todavía con relanzar de nuevo nuestra revista, y en ese tránsito andamos.
Y quizá lo más importante de todo: me entregué a la familia que Myriam y yo hemos construido juntos. Créanlo o no, me casé. Y a mis 37 años estoy a punto de convertirme en papá de una niña que llevará por nombre Camila, cuya inminente llegada eclipsa cualquier otra cosa que pudiera haberme sucedido antes.  
A estas alturas, no me parece que haya que elegir entre la escritura y la vida.
La vida, ahora lo sé, es escritura en estado puro. 



02/10/2012

Coincidencias de un viaje


Pensamos el viaje, originalmente, como una especie de "luna de miel". Pero tras la fiesta, la agenda laboral fue implacable con nuestros planes. Tuvieron que pasar seis meses después de la boda para que pudiéramos encontrar una semana disponible.
La primera coincidencia no se hizo esperar. La confirmación de los boletos nos llegó para las mismas fechas en que, cinco años atrás, volamos a Europa en nuestro primer viaje juntos. Un viaje que sin buscarlo, nos llevó a compartir otro viaje más largo y emocionante: el de la vida.
Entre los pendientes previos a nuestra partida, estaba la adquisición de un libro que por la sobrecarga de trabajo nunca pude comprar. Estaba por resignarme a prescindir de la lectura durante el viaje, cuando me llegó a casa un paquete. Era mi revista Orsai, cuyo tema de portada era -¡oh sorpresa!- la ciudad de Nueva York. La ilustración mostraba a los típicos rascacielos de Manhattan.
A mí, de entrada, me pareció un presagio.


Y no estaba equivocado. Horas después, éste era el panorama que se dominaba desde la habitación de nuestro hotel.


En este punto debo hacer un paréntesis para señalar que los días previos fueron largos: intensas jornadas de trabajo que terminaban a altas horas de la madrugada; obligaciones y pendientes que se acumulaban sin tregua; proyectos en etapa de dead line imposibles de postergar. 
Lo único soportable durante ese periodo, además de la perspectiva del viaje, fue la música de Bon Iver, reproduciéndose incansable en mi ordenador.
De vuelta a Manhattan, durante nuestra primera exploración neoyorquina, nos topamos con la sorpresa de que justo en esos días Bon Iver estaba programado en el Radio City Music Hall. Por supuesto, compramos de inmediato nuestros boletos. 


El concierto, un par de días después, fue algo así como el clímax del viaje. Al menos eso yo pensé en ese momento. Pero aún faltaba más.



¿Se puede considerar coincidencia que el equipo de casa ganara durante nuestra visita al Yankee Stadium? Ok, tal vez no. Pero en ese momento, a mí me lo pareció.


Las coincidencias no sólo fueron para mí. Myriam también tuvo lo suyo. Como explicar, si no, la exposición temporal de fotografía en el MOMA, que incluía justo las obras que la semana previa había estado revisando para su maestría.


O que el día de su cumpleaños, justo cuando teníamos planeada nuestra visita a Little Italy, se celebrara en dicho barrio el famoso Festival de San Genaro; ocasión que celebramos al estilo Soprano, sobre la banca de un parque, con café expresso y cannolis.


Y aunque no fue coincidencia, sí una linda sorpresa para cerrar con broche de oro: una noche pagada en el Blue Note, el club de jazz más famoso de Greenwich Village, cortesía de nuestros amigos Laura y Marquito que nos pusieron a correr y luego a disfrutar, de nuestra última noche neoyorquina.


Una vez en casa, con la ropa y las maletas guardadas, mientras recordamos con emoción las experiencias vividas durante la semana, las coincidencias continúan. Nuestro viaje también.

19/07/2012

Somebody that I used to know

Gente que un día fue imprescindible
y con la que hoy no podrías
-aunque quisieras-
compartir una sola idea:
(mucho menos -que hueva- un café)

10/07/2012

Soñar a la abuela (otra vez)


Tuve este sueño hace un par de meses. Lo escribo porque no lo quiero olvidar.

Es de noche. La abuela está postrada en la cama y yo la estoy cuidando. Acaricio su mano con devoción. La beso. Sé, de alguna manera, que se trata sólo de un sueño. Pero en ese momento no me importa. Me siento feliz de verla, de tocarla, de hablar con ella.
En algún momento, la abuela me pide que le dé un recado a mi abuelo. Yo le contesto que mejor se lo dé ella misma (hasta el cuarto nos llegan las risas del resto de la familia que acompaña al abuelo en una habitación contigua).
–Te llevo con ellos si quieres –le digo.  
La abuela me mira con ternura, como si le estuviera pidiendo algo imposible.
Por un momento recuerdo que estoy soñando, pero hago un esfuerzo por erradicar esa idea de mi mente. 
–Mira –me dice mientras señala el clóset de su recámara–. Allá hay un cajón donde guardo un cuaderno y un bolígrafo ¿me los puedes traer?
No dejo de pensar, mientras busco lo que me ha pedido, en esas manera tan suyas de hacer las cosas, en el cuidado que pone en cada detalle, en su afán por no dejar cabos sueltos, por ser justa y exacta siempre. No me extraña que en esas circunstancias prefiera la escritura, que trasciende el tiempo, a las palabras que se erosionan con él.
–Yo te dicto y tú escribes –me susurra cuando estoy de vuelta con ella.
Mientras mi abuela habla, yo deslizo la pluma por las páginas de una libreta de hojas amarillas y desgastadas. Pero todo esto lo veo desde las alturas, mientras me alejo de la escena, como en el cine.
Entonces abro los ojos.
El regreso a la realidad no es abrupto ni violento. Se acompaña del sonido de las campanas de la iglesia que se ubica a unas cuadras de mi casa. Es domingo, Myriam está dormida a mi lado, y yo no puedo dejar de llorar y de pensar, más allá del recado que nunca podré entregar a mis familiares, que ese sueño no ha sido un sueño: ha sido un regalo. 

16/06/2012

Reflexiones de aeropuerto

Reviso mi blog en un café, antes de tomar un vuelo.
Me topo con curiosidades, pero sobre todo, con silencios.
Desde hace varios años, este sitio dejó de ser una bitácora.
Hay demasiados espacios vacíos, demasiadas cosas importantes que he preferido guardar para mí.
Creo que en algún punto de este ejercicio de autoexploración compartida opté por vivir lo que escribo, en vez de escribir lo que vivo. Parece una diferencia sutil, pero no lo es, nunca lo ha sido.

17/04/2012

Al final de este viaje en la vida




Alguna vez fui joven y escuché hasta el cansancio las canciones de Silvio.
Fue una época extraña, incómoda, intensa. 
Desde la tranquilidad de la mesa en que ahora escribo, me gusta rememorar esos días. Los reconstruyo, inevitablemente, con un halo de romanticismo que oculta la naturaleza voraz de ese tiempo salvaje. Y es que si lo pienso bien, nunca fui tan desgraciado, ni tan feliz como en aquellos años.
Recuerdo que en nuestro modesto departamento de estudiantes de provincia, teníamos un poster del Ché y una foto del "Sup" Marcos (me sonrojo al pensar que de haber tenido dinero, me hubiera comprado también una playera).
Como todo buen universitario, desperdicié mis tardes leyendo a Marx sin entender a Marx, comenté con apasionamiento desmedido el último filme de Kieslowsky y devoré capítulos de Rayuela al por mayor. También, sucumbí al encanto de Cortázar y busqué con desesperación a la Maga (por supuesto, sin encontrarla).
Por las noches me gustaba encerrarme en mi cuarto, recostarme en el colchón extendido sobre el piso y encender un cigarro. Luego le daba "play" a la grabadora. 
Entonces sucedía...
La discografía de Silvio es tan amplia y sus letras están revestida de tanta poesía, que uno puede recurrir a ella prácticamente como si fuera el I-Ching: siempre habrá una respuesta, un mensaje oculto, una razón para sentirse aliviado. Añádase a esto la dosis de idealismo que nos imprimían en las aulas universitarias; el ambiente de incertidumbre política y económica que se cernía sobre el país y el deplorable estado emocional en que me había dejado mi primera gran ruptura amorosa. 
La música de Silvio era la medicina que noche tras noche, me permitía salir indemne de ese peligroso caldo de cultivo. Gracias a ella, pude darle sentido a las pequeñas grandes batallas que tuve que librar en aquellos años gloriosos y terribles.
A veces, instalado en la comodidad desde la que hoy escribo, me da por extrañar esos días. 
Quisiera recuperar un poco de la ingenuidad, de la confusión, del asombro frente a lo incierto, lo no escrito, lo que está todavía por suceder. Pero es imposible.
Con todo, me gusta pensar que hubo en tiempo en que la vida -me refiero a la mía, por supuesto- era todavía prehistoria. 
Entonces, me da por escuchar a Silvio otra vez.

21/03/2012

Bitácora de investigación IV

Pero el investigador también vive, también duda, también quiere ser.
Y en su vida cotidiana no siempre se asume como sujeto cognoscente.
La mayor parte del tiempo es hijo, cónyuge, padre. Tiene responsabilidades y necesidades materiales y espirituales que no alcanza  a satisfacer. Para el resto del mundo (incluso para él mismo) es ese "otro" que nadie entiende.
Fuera del acto epistémico, necesita saber que sabe, necesita creer que sabe.

Bitácora de investigación III


La tarea del investigador no termina con un libro o una ponencia.
Es justo ahí donde apenas comienza. 
Donde las dudas se hacen más grandes, donde los fenómenos se hacen más inasibles, donde se intuye la imposibilidad de aprehender en su totalidad al "otro".
Saber que se sabe menos, es el destino cruel del que indaga.

29/11/2011

El hombre del pijama de franela


Mi primera reacción, frente a la noticia de la muerte de Daniel Sada no fue de congoja sino de incredulidad. Horas antes, se había anunciado con bombo y platillo que Daniel había sido galardonado con el Premio Nacional de Ciencias y Artes. Las felicitaciones que minutos antes poblaban las redes sociales, se convirtieron de pronto, en expresiones de dolor y de luto.
Con la intención de verificar la noticia llamé a Jaime Mesa, quien semanas antes me había puesto el tanto del delicado estado de salud de Daniel. Mi llamada no tuvo respuesta, pero minutos después me llegó la confirmación del suceso en un escueto mensaje de texto: “Sí. Daniel Sada ha muerto, mi hermano”.
Las palabras de Jaime me revelaron de golpe el significado verdadero de la orfandad literaria. Y es que en efecto, si Jaime y yo somos hermanos, es en gran parte porque compartimos una misma filiación: la del escritor Daniel Sada.
A lo largo de su vida, Daniel Sada tuvo dos grandes pasiones: la del escritor y la del maestro.
Aún recuerdo la tarde en que lo conocimos, hace casi diez años, a iniciativa de un taller que Pedro Ángel Palou promovió durante su gestión como secretario de Cultura.  
Daniel escuchó nuestros proyectos, leyó con paciencia nuestros textos y luego arremetió contra ellos. Al final de la sesión advirtió que la exigencia durante el taller no menguaría. Quería novelistas, en el sentido de Tolstoi, y para eso había que trabajar mucho.
La mayoría desertó tras esa primera sesión.
Durante varios años, Daniel formó parte de una rutina que, estoy convencido, cambió nuestra forma de apreciar la literatura y la vida.
En su taller aprendimos de narrativa, sí; pero también de lo duro que resulta abrirse paso en el medio editorial. Ahondamos en las virtudes de la autocrítica y escribimos novelas que desechamos sin contemplaciones para acometer nuevos y más ambiciosos proyectos literarios. Hablamos de béisbol, de poesía, de Rulfo y Elizondo, de los haikús de la señora Josefina y también de los placeres de la comida china. Compartimos lecturas públicas, presentaciones de libros, largas sobremesas en los cafés del centro histórico. Pero, sobre todo, y eso es quizá lo que más extraño ahora, nos reímos mucho.
De aquellas entrañables sesiones salieron cuatro novelas, algunas de las cuales, fueron llevadas por el mismo Daniel hasta las editoriales comerciales, vedadas para escritores sin obra publicada.  
Recuerdo que semanas antes de que ese taller terminara, nos reunimos para organizar una despedida. Alguien sugirió una cena en el mejor restaurante de la ciudad y una lujosa pluma como recuerdo de su paso por Puebla. Estuvimos de acuerdo pero antes decidimos consultar a Adriana, su esposa. Queríamos un regalo significativo que expresara nuestro cariño, y al mismo tiempo, toda la gratitud y el respeto que le profesábamos. “Lo mejor que le pueden regalar es una pijama de franela”, nos dijo. Y así lo hicimos.
Conservo como un tesoro preciado, las estampas de aquella última tarde: la lectura del capítulo final de la novela de Lalo; el momento en que Daniel abrió su regalo; la cena en un restaurante modesto, surrealista, donde Daniel se despachó con un hot dog gigante, una malteada de fresa y un par de cafés americanos; la caminata hasta la Casa del Escritor, donde se hospedaba; y el abrazo final con el que clausurábamos, sin saberlo, una etapa de nuestras vidas.
Muchas cosas pasaron desde ese entonces. Algunos se hicieron novelistas (sí, en el sentido de Tolstoi); otros tantos optaron por la poesía, el periodismo o la academia. Todos, hasta donde sé, seguimos escribiendo, corrigiendo y desechando textos.
El día de hoy quiero recordar a Daniel Sada no por su obra, la cual tiene asegurada un espacio privilegiado en la literatura contemporánea, sino por los momentos sencillos que nos compartió a lo largo de su vida: un poema de López Velarde o de José Watanabe, una tarde de béisbol en el estadio Hermanos Serdán, la presentación de nuestros primeros libros, incontables horas de concienzuda lectura frente a nuestros textos fallidos.
Dedico estas letras apresuradas a Adriana y Fernanda, esposa e hija de nuestro amigo y mentor; pero también a Jaime Mesa, Isaí Moreno, Mely Arellano, Carlos Ríos, Eduardo Montagner y Gregorio Cervantes, hermanos literarios de ese padre generoso que fue Daniel Sada, un hombre sencillo del norte del país cuya potente voz narrativa quedará inscrita por siempre en la literatura de nuestro país; y cuyo corazón grande, desbordado, barroco, permanecerá vivo en nuestros más entrañables recuerdos. 

15/03/2011

Predicadores del Facebook

Me molestan las personas que hiperintelectualizan las ideas simples. Hiperintelectualización vacua, porque no distinguen el contexto ni la intención en que la ideas se expresaron; porque retoman nociones viejas, anquilosadas, y las aplican, sin rigor alguno, a situaciones nuevas, muchas veces vulgares, en donde la palabrita o el concepto que recién se ha aprendido, simplemente no aplica.
Me molesta profundamente la incongruencia ideológica, ya no digamos conceptual, de sus dichos. La forma en que entretejen su discurso. La candidez con que mezclan religiones, idelogías, paradigmas, corrientes de pensamiento; y luego lo engloban en una palabra: posmodernismo (algunos, ni eso).
Me molesta la torpeza con la cual abordan la escritura. Desconocen que una mente clara tiene su correlato en el lenguaje. Y también en el humor. Eso, para mí, es lo peor: no tienen sentido del humor. Jamás percibirán la delgada línea que separa el sarcasmo de la ironía. Para ellos, toda risa es grosera, vulgar. Por eso se afanan en otorgar a sus palabras cierto tono ceremonioso y formal. Por eso reivindican causas a diestra y siniestra, cual espadachines de la justicia, sin entender que las batallas, las verdaderas batallas, se libran en otros campos. Y que a esa fiesta, para bien o para mal, nunca han estado invitados.
De esta clase de gente están llenas las redes sociales. Pero también los cafés. Y los blogs. Predicadores del Facebook con una necesidad enfermiza de aceptación, de reforzamiento de una identidad que por adquirida, no termina por encajarles.
Mis "vidos". Se creen tan diferentes y son todos tan iguales.

22/02/2011

Meditaciones del náufrago


Días de sosiego, a veces apacibles, otras tantas aciagos.
Después de un año de trabajo intenso, he decidido dejar de alimentar el horno que empuja la pesada máquina de la vida.
Sin combustible los proyectos se apagan.
Las ocupaciones cotidianas se retiran, dejando tras de sí, los restos del naufragio. Un escritorio desordenado, una caja de papeles revueltos, una computadora con archivos incompletos, ideas bosquejadas con entusiasmo que nunca verán la luz.
Atrapado en una isla desierta, en pleno centro de la ciudad, enciendo una hoguera. Quemo en ellas las ideas del pasado, las expectativas sobre el futuro, y las duras tareas del presente. Me abandono sin temor a las inclemencias del tiempo, a la sabiduría de la naturaleza que no opone resistencia a los cambios, que se adapta a ellos siempre que puede, y cuando no, simplemente muere.
Cuesta trabajo entenderse así.
Un hombre a merced de los elementos.
Y sin embargo, resulta a veces tan necesario abandonarse a esta efímera paz, a esta irritante zozobra.

30/12/2010

Que la quinta es la una y la sexta es la dos...


No olvidaré el 2010 y sus altibajos.
El año en que me hice doctor, o lo que es lo mismo, dejé de ser estudiante.
El año en que se materializó el proyecto editorial que mis amigos y yo concebimos años atrás, reunidos a la mesa de un café, cuando no teníamos un centavo en la bolsa, pero sí mucha pasión y talento entre manos.
El año en que tuve el raro privilegio de trabajar más que nunca, haciendo lo que más me gusta.
El año que pasé de acreedor a deudor de un banco.
El año en el que mi abuela se fue y que Sofía, mi sobrina, llegó para quedarse.
El año en que entendí, por fin, que debo empezar a cuidarme.
Despido el 2010 en Morelia, Michoacán, tal y como lo he hecho durante los últimos cuatro años. Y ése, quizá, es el mejor motivo para celebrar: saber que en medio de tanto cambio (y tanto trabajo) le seguimos reservando espacio a lo importante.
A unas horas de que el año termine, Myriam y yo no tenemos plan... la verdad, me tiene sin cuidado.

26/11/2010

Fragilidad

Hace un mes -cosas de la fisiología- me descubrí una noche mirando con incredulidad el retrete, justo después de orinar. El color escarlata me revelaba de forma poco sutil la presencia de sangre. Tras el susto inicial, una rápida mirada a la Wikipedia calma mis temores. Los médicos le dicen hematuria y en ausencia de otros síntomas puede tratarse de "un episodio aislado". Pero unas horas después la situación se repite. Preocupado, consulto nueva información en la red. A veces, el exceso de información perjudica. En la época del internet ésta debería ser una advertencia a tomar en cuenta por los usuarios.
Para mi mala suerte es jueves y la televisión transmite un nuevo capítulo de Dr. House. Recientemente he visto Biutiful, la película de González Iñarritu que narra los últimos días de Uxbal, un exjunkie catalán aquejado por un violento cáncer de próstata. El filme, obviamente es mucho más que la anécdota médica, pero en ese momento, es esa parte de la historia la que me abruma.
Acostado sobre la cama me siento la persona más frágil del mundo y por un segundo -sólo por un segundo- cobro conciencia de que son ¡alfileres! los que sostienen los aspectos más fundamentales de mi existencia. Por la noche, antes de dormir, las palabras cáncer, tumor, riñones, vegija y otras menos amables me atormentan. Me duermo con un pregunta en los labios (¿Y qué pasaría si...?)
Las semanas que siguen son de incertidumbre. Tras la llamada a mi médico de confianza, se viene una lista de exámenes clínicos que revelan la presencia de una infección y otras pruebas que -tras una agónica espera- sirven para descartar "otro tipo de complicaciones", cualquier cosa que eso signifique.
Pero es sólo hoy, después de tres semanas de dieta y medicación rigurosa, que puedo finalmente respirar con alivio.
Preparar el café matutino es mi primer acto de soberbia, casi diría de rebeldía, frente a los oscuros pensamientos del mes anterior. Escribir este post, un intento vano por preservar algo de ese miedo primario, instintivo, hacia la muerte.

19/11/2010

Del oficio

No sé cómo, ni cuándo me hice periodista. Sólo sé que hace diez años entré por casualidad una sala de redacción y desde entonces no he podido dejar el oficio. Muchas cosas han pasado desde entonces. De la corrección de estilo, pasé a la edición y de la edición a la redacción de artículos especializados. De ser empleado full time, ahora trabajo como free lance. Y así... 
Mucha gente me pregunta por qué no dejo este trabajo demandante, ingrato, mal pagado. Y casi nunca alcanzo a contestar adecuadamente; aunque en la soledad siempre me respondo: porque se trabaja con palabras y con realidades, y porque es la actividad que más se asemeja al viejo sueño de cambiar el mundo con un pluma en la mano.
En fin...

13/10/2010

Bitácora de investigación II


Y después de un descanso breve, regresar a la rutina del investigador. Días que inician y terminan frente a la pantalla de la computadora, en una habitación oscura, apenas iluminada con luz artificial y una tazá de café sobre el escritorio. Horas que se van como agua, comparando cifras, extrapolando hipótesis, desarrollando argumentos.
El investigador edifica con palabras una réplica de la realidad. Réplica imperfecta y subjetiva, intento vano por comprender al otro: el que escribe y sobre el cuál se escribe.

21/09/2010

La naturaleza hedonista

Con el mar en el horizonte, duermo a pierna suelta y leo.
Mi selección para los días de playa no puede ser mejor: Tierra desacostumbrada el último libro de relatos de la escritora norteamericana de origen bengalí, Jhumpa Lahiri, es una obra maestra.
En ausencia de afán analítico, me dejo llevar exclusivamente por la trama de cada relato, por su cadencia interna, por la vida que emerge de sus páginas: briosa, tenaz -y cierto- inexorablemente triste .
Los músculos se relajan y se tensan acompasadamente, los sentidos se agudizan al extremo. Por momentos parece que en lugar de leer, degusto.
Con un buen libro en las manos me convierto en un hedonista, un egoísta irredento.
La vida académica convierte la lectura en un mero instrumento.
La despoja de su sentido primigenio.
Leer por placer, en cambio, te convierte en un ser sensual, omnipresente en el sentido más literal del término
El instánte en que leo, no soy más yo. Soy otros.

01/09/2010

Bitácora de investigación I


En las memorias del viaje que realizó por la Tarahumara en 1936, Antonin Artuad escribe:

"Ellos (los tarahumaras) vienen algunas veces a las aldeas, empujados por un ansia de viajar, de ver, dicen ellos, cómo son los hombres que han errado. Para ellos, vivir en las aldeas es errar."

El escritor francés –que aseguraba haber presenciado en Norogachi, al fondo de la Sierra Tarahumara, un antiguo rito descrito por Platón que se atribuye a los reyes de la Atlántida– encontró entre la población indígena de esta apartada región del país, un conocimiento espiritual  inédito, primigenio, que lo liberó del racionalismo europeo el cual sentía –ya desde entonces– como el fracaso de la civilización moderna.

He pasado varias semanas al pie de la Tarahumara, mirando de lejos y conversando –también de lejos– con los descendientes de la raza que Antonin Artuad conoció en los albores del México posrevolucionario: los tarahumaras que viajan a las aldeas para conocer a los hombres que han errado. Una raza altiva y orgullosa, en el mejor sentido que guardan estas palabras.

No deja de intrigarme, cómo aún en las condiciones más precarias, lejos de la sierra y de las barrancas, hacinados en bodegas y albergues improvisados, trabajando largas jornadas en los campos de cultivo, viviendo entre los chabochis que los explotan, estos tarahumaras se conservan dignos e impolutos. No piden nada. No dicen nada. No se quejan de nada. 

Más de una vez, a lo largo de estos días, me ha tocado ser objeto de su desdén. Su cautela está plenamente justificada. Históricamente, la experiencia de los tarahumaras en el mundo occidental ha sido un desastre. Por eso, aunque hablan español, no tienen empacho en darle la espalda al chabochi que los interroga, que quiere saber más de ellos. A veces, después de intercambiar palabras en su propio idioma, se ríen de él. Luego siguen como si nada. Lo ignoran, como ellos han sido ignorados siempre. Montemayor afirma que el propio vocablo chabochi, es peyorativo, burlón. El que tiene barbas en la cara, el que tiene arañas en el rostro, el que tiene telarañas en la cabeza, el que no piensa bien, el sordo, el que no escucha, el que no es capaz de entender.

Y sin embargo, cuando se logra hacer contacto con ellos, aunque sea por breves momentos, uno entiende las razones de su desconfianza, de su aisalmiento, de su pasividad. Dicen que es el "hambre" lo que los obliga a bajar de la sierra (el hambre, esa palabra sobre la que tanto se escibe y sobre la que tan poco se sabe). Pero es algo más que eso: es el compromiso de "caminar bien" en el mundo. De seguir, pese a todo, siendo rarámuris.

La poeta tarahumara Dolores Batista lo describe así:

"Nosotros somos los rarámuris. Nosotros somos los que sostenemos el mundo. Nosotros somos el pilar de este mundo. Tenemos que recordar lo que decían los antepasados, así seremos más rarámuris. No hay que entristecernos sin nos hacen sufrir. Hay que ser fuertes, aunque nos hagan sufrir."

04/08/2010

Manual onírico I

Breve catálogo de pesadillas recurrentes

1. El mar. Una playa semivacía al atardecer, justo a la hora en que la marea empieza a subir. Estoy sentado sobre la arena cuando una ola me alcanza y me arrastra al óceano. Braceo con todas mis fuerzas, gano algunos metros, y justo cuando estoy a punto salir, llega otra ola más grande que me devuelve al agua. A medida que pasa el tiempo la resaca aumenta su intensidad y yo comienzo a cansarme. Sé que me voy a ahogar y nadie va a darse cuenta.
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2. Un tsunami. De nuevo el mar. Esta vez repleto de gente. En el horizonte, una ola enorme, de dimensiones colosales, empieza a formarse. Me pongo de pie, alerto a las personas que me rodean y corro en busca de un sitio seguro. El agua se desoborda y cubre todo a mi alrededor. Cuando el mar se retira regreso a la playa. Todos los bañistas han desparecido.
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3. Muerte a puñaladas. En una calle desierta, alguien me ataca por sorpresa, casi siempre por la espalda. Mi atacante tiene un arma punzocortante que clava repetidamente sobre la zona de los riñones. Una puñalada, dos puñaladas, tres puñaldas. El dolor es agudo, real. Siempre me despierta.
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4. Olvido académico. Estoy en la preparatoria o en la universidad. Es final de semestre. Justo cuando pienso que he aprobado todas las materias, alguien me advierte aún tengo que presentar un examen (la mayoría de las veces es matemáticas, pero en ocasiones se trata de química o inglés). Desconcertado, reviso mis horarios y me percato de que he cometido un terrible error: me inscribí a una materia y luego lo olvidé. Intento desesperadamente conseguir los apuntes, las tareas, los ejercicios, pero es inútil. No voy a graduarme.

23/07/2010

Las pequeñas cosas

El primer café de la jornada; las mañanas nubladas y frías; la canción de la semana reproduciéndose obsesiva, una y otra vez, en el estéreo de mi automóvil; el sonido de la lluvia contra la ventana de mi habitación; el recuerdo de una tarde en particular, en una ciudad extranjera en particular, con una persona entrañable en particular.
Todas ellas, pequeñas cosas que a últimas fechas me hacen el día.
Hoy por la tarde, la visita de Sofía, mi sobrina, a la casa.

15/06/2010

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Me convertí en doctor el día que México inauguró el mundial en Sudáfrica.
La noche anterior, para variar, no pude dormir. Llevaba una semana ajustando mi presentación, adelantándome a las posibles preguntas, estudiando los temas que se discutirían en el examen.
Hacia la madrugada, cuando me había cansado de dar vueltas en la cama, entendí que no quedaba nada más que hacer. Así que me relajé y comencé a pensar en la alineación del juego inaugural. En algún momento pensé que una victoria de la selección sería un buen augurio, pero pronto deseché esa posibilidad.
Hice bien.
Horas después, mientras daba rienda suelta a mi frustración tras un juego mediocre, que termino en un doloroso empate, entendí que hay dos cosas que en el futbol -y también en la vida- no se perdonan: la mezquindad y la apatía. Entendí que ninguno de esos dos ingredientes iban a estar presentes en la sala donde esa misma tarde presentaría mi disertación doctoral.
Y así fue.
Durante casi tres horas expuse, discutí, respondí, disentí, me defendí.
Terminé agotado, pero satisfecho con el cierre de cuatro años de vida académica a full.
Ahora que todo ha terminado, me dispongo -por fin- a tomar unos días libres. Un fin de semana en el DF (concierto de Calamaro incluido) y otro en la playa, son los únicos pendientes que restan por tachar de mi lista. El resto es página en blanco.

09/06/2010

Aquí nos tocó vivir...

Hace 30 años, cuando el encuestador de INEGI visitó la casa de mis padres se encontró con una pareja, casada, con dos hijos pequeños, que vivía en casa propia. A pesar de que la pareja contaba con estudios universitarios, sólo el jefe de familia trabajaba. La mujer también lo hacía, pero sólo como ama de casa (es decir, no recibía remuneración). Toda la familia contaba con seguridad social, entre otras prestaciones sociales. Todos se declararon integrantes de la Iglesia católica.
Ayer, el encuestador de INEGI que visitó mi casa se topó con un panorama diametralmente opuesto. La pareja no está casada. No tiene hijos, y no vive en casa propia. Los dos miembros de esta pequeña familia, cuentan con estudios de posgrado. Los dos trabajan. Y uno de ellos (a sus 34 años) sigue todavía estudiando. Las prestaciones sociales en sus respectivos trabajos son mínimas. No tienen Infonavit (nunca han cotizado) y sólo la jefa de familia (el encuestador tuvo trabajo para entender que la jefatura era compartida) cuenta con seguridad social. Los dos declararon no profesar religión alguna.
Entiendo que las prácticas a microescala no pueden generalizarse, pero aun así, el ejercicio de comparar ambas situaciones me pareció muy revelador, en tanto que expone, de forma muy clara, algunos de los cambios generacionales y de contexto socioeconómico más importantes de los últimos años.
Me pregunto que será lo que nuestros hijos (o sobrinos) tendrán que decirle al INEGI dentro de 30 años.

20/05/2010

Botella al mar


Tras cuatro años de trabajo arduo y constante, y miles de horas-hombre invertidas frente a la pantalla de una computadora, pude poner punto final a mi tesis doctoral.
Con la emoción reciente, carezco aún de la distancia necesaria para evaluar de manera objetiva el documento. Estoy consciente, sin embargo, de que sus aportaciones -más teóricas que pragmáticas- son apenas un grano de arena más perdido en el vasto desierto del corpus científico. Tristemente, no cambiaré vidas con ese trabajo. No generaré rompimientos paradigmáticos. Y no modificaré el destino -cualquiera que éste sea- de las localidades donde realicé mi investigación. Las 345 páginas de las que consta mi tesis, servirán apenas como escudo protector para desviar los dardos que amenazan con caer sobre mí el día del examen de grado.
La paradoja no deja tener ciertos tintes de ironía. Y es que si bien el mundo de la ciencia ha ganado poco con mi trabajo. Mi mundo -el mío, el interior- se ha vuelto inmensamente rico a partir de los aprendizajes acumulados.
Por eso que no dudo al asegurar que el día de hoy, no sólo conozco más, sino que conozco mejor. Y que gracias al trabajo previo, a veces marginal, a veces insignificante, de mis pares; soy dueño de nuevas herramientas para interpretar el mundo, pero sobre todo, para interpretarme a mí y a los que me rodean.
Sea, pues, esta tesis, una botella que se lanza al mar con la esperanza de que algún día pueda alimentar la fe de otros náufragos, cautivos a la deriva de este insondable y apasionante mar al que llamamos ciencia (para colmo) social.

24/04/2010

La muerte de un mundo

Me desperté extrañando a la abuela y recordé una frase que alguna vez leí. Era algo así como que la muerte de alguien que te piensa equivale a la muerte de una parte de tu mundo.
El mío (mi mundo) se siente esta mañana insignificante y triste.

05/04/2010

Love is in the air (oh,oh,oh,oh)


El primer trimestre del año se fue con más pena que gloria. La abuela murió. La beca se terminó. El proyecto editorial se estancó. El doctorado comenzó su agonía.

Y en medio de ese panorama los 34 años, como tercera llamada inminente, recordatorio del inexorable paso del tiempo, y testimonio visceral de las cosas por las que vale la pena vivir.

Cercanos y lejanos, íntimos y casuales, permantentes e intermitentes, reales o virtuales, los amigos y la familia me hicieron sentir cobijado y querido. Hubo reencuentros memorables, charlas y risas al por mayor, ensoñaciones lúcidas y -quién lo diría a estas alturas- mucho baile y celebración.

Se equivoca quien dice que hemos perdido el tiempo. Hemos ganado mucho. Y lo mejor está por venir.

25/02/2010

Educación pública


Y justo cuando estoy por terminar mi tesis... chan chan chan chan... el Colegio de Postgraduados se va a la huelga.
Sí, igual que me pasó en la UNAM justo hace diez años.
(respiro profundo y cuento hasta cien)
Y luego preguntan que por qué se está volviendo uno "neoliberal"...

19/02/2010

Almost

Es curioso cómo me resisto a poner punto final a la tesis. Reviso bibliogafía, considero nuevas ideas, mantengo abierta la posibilidad de modificaciones. El internet no ayuda mucho. Hay demasiada información, demasiadas posibilidades, interpretaciones, vías alternas para un asunto que demanda una definición clara y concreta.
Aún así, el final es inminente. Cuatro años de trabajo quedarán resumidos en 400 páginas. Es sólo cosa de semanas o de días, todo depende...

12/02/2010

Soñar a la abuela

La abuela cumplió años ayer y no pude -o más bien, no quise- llamarle. Me dan miedo las cosas que siento cada vez que intento comunicarme con ella y no puedo. Es un dolor que no es fácil de describir y del cual tampoco me gusta hablar mucho. Por lo general, tras esas llamadas o visitas frustradas me queda siempre la sensación de una profunda injusticia. También de impotencia, porque siento que no puedo hacer nada para que ella se sienta mejor, para que su situación sea más llevadera.
Claro que esto no sucede siempre; a veces intercambiamos una frase o nos sostenemos la mirada. Hace unas semanas me pidió que la tomara de la mano y cuando se la di la apretó fuerte, como si con eso gesto quisiera decirme todo lo que desde hace tiempo hemos callado.
El caso es que ayer, día de su cumpleaños, no le quise llamar. Me fui a la cama sintiéndome un poco triste y culpable. Luego, soñé con ella.
En el sueño también era día de su cumpleaños y yo llegaba a visitarla a su casa. Para mi sorpresa la veía bajar las escaleras para recibirme. Le daba un beso, la abrazaba, y luego le preguntaba cómo estaba. Entonces ella comenzaba a quejarse. Sus enfermedades, sus dolores, la columna, el cuello. Sus males de toda la vida. Cuando entramos a la cocina le dije que comprendía que se sintiera mal, pero que era día de su cumpleaños y que tenía que estar contenta por eso. Y ella asintió, aunque supongo que no muy convencida porque siguió lamentándose. Y a mí me daba gusto y ternura escucharla porque era evidente que el desahogo le hacía bien. Lo último que recuerdo del sueño es que le di un abrazo y le dije lo mucho que la quería. Mi abuela se quedaba callada, sin decir nada, y yo sabía en ese momento, que aunque no pronunciara palabra alguna, ella me estaba entendiendo.
Hoy desperté con ganas de ir a verla y contarle mi sueño. Decirle que la quiero, que la extraño, que me hace mucha falta y que me parece injusto todo lo que le está sucediendo. Hablar con ella, con el verdadero lenguaje con el que -ahora sé- nos hemos entendido siempre: con las palabras, con las miradas, con los gestos, con nuestras manos entrelazadas, o incluso, con esos largos silencios que pueblan ahora cada uno de nuestros encuentros.

09/02/2010

Oiga doctor...

Hace tiempo dejé de preguntarme acerca de mi renuencia a alimentar este blog, pero hoy por la mañana encontré una excelente cita que lo explica cabalmente.
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"La felicidad suele ser refractaria al análisis (tiene un contenido fiolosófico vacío, como afirma Savater) y no produce buenas tramas (Tolstoi comienza Ana Karenina informando que las familias dichosas no tienen historia)."
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La cita, por cierto, es de Juan Villoro, del libro de ensayos De eso se trata, que ha hecho las delicias de mis horas de lectura nocturna.
A su manera, Joaquín Sabina dice lo mismo en una canción de las viejitas, del album Hotel, dulce hotel para ser más precisos; de la época cuando -según sus propias palabras- la fama se le empezaba a clavar por momentos en el culo.
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Oiga doctor/devuélvame mi depresión/no ve que los amigos/
se apartan de mí /dicen que no se puede concebir esa sonrisa idiota/
Oiga doctor que no escribo una nota/desde que soy feliz
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El asunto es que de un tiempo a la fecha, sufro de un extraño cuadro de felicidad. Y aunque como todos, vivo lleno de preocupaciones, lo cierto es que éstas son cada vez de orden más práctico que intelectual. Así que bueno, habrá que sacarle jugo a esta buena racha y tratar de ligar más periodos como estos, que puestos a ver lo que sucede en el mundo, me parece que no son poca cosa.
Y si el blog sufre. Ni modo.

18/01/2010

Principio y fin de ciclo

A mediados de 2005, cuando este blog recién daba sus primeros pasos, sufrí las consecuencias de algo que ahora -al paso de los años- concibo como la simple y llana renuencia a cerrar un ciclo.
Aferrado, como solía ser en aquella época, me negaba a todo aquello que implicara un cambio. ¿Para qué moverse si las cosas no están tan mal? razonaba, sin darme cuenta que no eran razones, sino temores los que me tenían paralizado. Temía, quizá porque nunca tuve mucho, equivocar el camino y perderlo todo.
Una noche (aún la recuerdo) harto de mis intentos por conciliar el sueño salí a caminar. Hacía frío y yo no lo sentía. O peor aún, lo sentía, pero no me importaba. Estaba en plan de melodrama, así que recorrí durante un par de horas los alrededores imaginando que no regresaba a casa.
De pronto, aún no me queda claro cómo, caí en la cuenta de lo ridículo de mi actitud.
Me negaba a desprenderme de las cosas acumuladas, como si eso dependiera de mí. Quería evadir el hecho de que la mayor parte de ellas habían mudado hace tiempo de lugar. Y que yo seguía ahí, resguardando a capa y espada lo poco que quedaba.
Decidí esa noche, durante el largo camino de regreso, que al día siguiente habría limpia. Y que nadie saldría indemne, ni siquiera yo.
Este año comienza así, como esa melodramática caminata nocturna.
He andando los primeros días de enero de un lado a otro, sin decidirme a cerrar el ciclo que sin saberlo, inaugure esa fría madrugada, hace ya cuatro años.
Temo, como temía en aquellos días, perder en el trance lo acumulado. Pero temo más, que el mundo avance y que me quede yo. Así que en esta ocasión no voy a aferrarme.
La limpia que inaugura mi nuevo ciclo de vida comienza hoy.

24/12/2009

En paro

Pensé con ingenuidad que llegaría descansado y con ánimo celebratorio a la Nochebuena familiar. Pero a horas del tradicional festejo me siento realmente agotado. Me urgen ya las vacaciones. Sol y playa en dosis moderadas. Tiempo para leer y pensar. Ocio en su estado más puro. Quiero una zona donde el wi-fi sea un elemento inexistente. Donde mi teléfono se quede sin cobertura. Donde leer los diarios o ver la televisión carezca de sentido.
Hoy, 25 de diciembre, me declaro oficalmente en paro.
En lo que este año respecta, no volveré a trabajar.

21/11/2009

Venga, pues...

Mi ausencia del blog no es fortuita. Estoy cerrando el 2009 contra reloj, volcado sobre un par de proyectos que se resisten.
No se requiere ser muy avezado para percibir que se avecina un cambio de vida: de trabajo, de proyectos, y en una de esas, hasta de ciudad.
Por ahora, en vísperas del invierno, todo es incertidumbre.
Curioso, con cierta dosis de nerviosismo en el cuerpo, me froto las mano y espero...

15/11/2009

A propósito de Fito

Tres momentos para rescatar del concierto de ayer:

11 y 6: En lo personal, una de las canciones que más disfruto. Te transporta de inmediato a Corrientes y al ambiente festivo, nostálgico y cuasidecadente de las librerías, los teatros y los cafés de esa calle tan entrañable y querible.

Yo vengo a ofrecer mi corazón: Imposible no recordar a Mercedes Sosa con esa canción y no sentirse emocionado y conmovido cuando el público la canta a capella.

Mariposa Technicolor: El cierre perfecto. Lo decía con toda la razón un crítico de rock sudamericano: una de las canciones inscritas con letras de oro en la historia de la música popular argentina.

En el inter, por supuesto, los éxitos de siempre: Al lado del camino, Brillante sobre el mic, Tumbas de la gloria, Un vestido y un amor, Dos en la ciudad... un verdadero lujo para los habitantes de esta ciudad en ruinas.

09/10/2009

Perdoná si al evocarte...

Salimos de Buenos Aires por el domingo por la madrugada. No hubo tristeza, ni nostalgia en la despedida. En mi caso, sólo gratitud inmensa para la ciudad, el barrio, la gente que hizo posible la vida en este maravilloso, fascinante y sui generis lugar del planeta. No volveré en algún tiempo, lo sé. Aunque me queda claro que esta ciudad será territorio recurrente de los recuerdos, del pensamiento, de los afectos. Algo así como el Madrid del 2005, sólo que con menos drama e incertidumbre sobre la dirección -que no el destino- de mi trayecto.

Mi lugar en el mundo

Por ahora, el lugar donde mi pequeña familia (de dos) habita.

02/09/2009

Lo que Facebook se llevó

De un tiempo a la fecha, buena parte de los blogs que sigo han comenzado a cerrar la cortina. Las calusuras -según sus autores- obedecen a motivos de diversa índole: desgaste, falta de motivación, cambio en la vida laboral o amorosa, o simple y llana hueva. No puedo ignorar que los cierres coinciden sospechosamente con el dominio avasallador de Facebook. Es una lástima ver a mis amigos blogueros contestando quizzes al por mayor, abriendo galletas de la fortuna o consultando todos los días -antes de iniciar sus labores- al trébol de la buena suerte. No es que su vida en Youville o en Mafia Wars me parezca aburrida, es sólo que en ocasiones, extraño la intimidad del formato blog. Y sí, me pregunto muchas veces que habrá pasado con éste y con aquel, y al indagar en las redes sociales me topo solamente con qué personaje de Sex and City es, que frase de Joaquín Sabina lo describe o que superhéroe fue en su vida pasada.

28/08/2009

Sofía


Es raro pensar a la familia Hernández Flores con un nuevo miembro. Nosotros, siempre tan independientes y solitarios, volcados ahora sobre el nuevo integrante, que apenas se ha incorporado, y carga ya con toda una serie de responsabilidades y expectativas que de pronto se antojan desmesuradas.
Yo pienso en su llegada como un regalo. Como una oportunidad de hacer las cosas bien. Aunque es bien sabido que la sucesión generacional ha sido siempre el mecanismo que perpetúa ad infinitum las pifias y errores de los que nos preceden. Pero bueno, el gusto y la intención (ahora y por un buen tiempo) no nos la quita nadie.
Bienvenida pues, Sofía, querida sobrina mía, a éste, el mundo real.

27/08/2009

África para principiantes


A mi África se me metió la cabeza a partir de la conversación que sostuvimos un grupo de estudiantes, hace ya varios años, con un inmigrante africano, activista de los derechos humanos que vivía en Madrid.
Imaginen -nos dijo aquel hombre de dimensiones descomunales y vestimenta estrafalaria- un continente que en el curso de tres siglos es despojado de 60 millones de personas, la mayoría hombres, en su etapa más productiva. Piensen en la indefensión de los que se quedan, en su sumisión frente al colonizador europeo. Piensen también en la extracción de riqueza que durante décadas es canalizada hacia las grandes metrópolis. Y luego, cuando ya no queda nada por explotar, el abandono y el atraso. Y junto con ellos el horror de la guerra, la hambruna, los campos de refugiados. Todo esto en un apartado rincón del planeta que ya no interesa a nadie salvo a los traficantes de armas, de droga, de diamantes. Ése es el tamaño de la deuda de Europa con los habitantes de sus antiguas colonias.
Inmersos en nuestra propia problemática, influenciados por nuestra condición dual de pueblos conquistados y enmancipados, latinoamericanos a fin de cuentas; la mayor parte de los asistentes salimos de aquella charla sensibilizados, aunque sospecho poco conscientes de las dimensiones reales de la tragedia africana.
Por eso, Ébano, el libro de Ryszard Kapuscinski que recién acabo de leer caló hondo. Plasmó con claridad algo que nunca pude ver en los diarios ni en la televisión, a pesar de lo escatólógico de las fotografías, de las cifras de muerte y destrucción que suelen acompañar las crónicas o reportajes sobre ese continente exótico y desconocido.
Siempre me he afanado en sostener que la literatura constituye la mejor vía -incluso por encima de la sociología y la filosofía- para ahondar en los misterios de la naturaleza humana. Pero debo reconocer que Kapuscinski es la excepción a la norma. Él no hace literatura. La usa para describir con apegado realismo la vida y la muerte en esa porción olvidada del planeta que por una convención reduccionista llamamos "África", aunque en la realidad -tal como asegura el periodista polaco- salvo por el nombre geográfico, África no existe.

01/08/2009

La bolsa, el violinista, y la belleza perdida

“¿Quieres ver lo más hermoso que he filmado en mi vida?”. Esta simple pregunta, en labios de un adolescente, es el preámbulo para una de las secuencias más bellas que se han filmado en la historia del cine.
El primer plano muestra a dos jóvenes que miran sobre la pantalla de televisión, la imagen de una bolsa de plástico que flota en una desolada calle, a merced del viento. La toma se cierra y el espectador sigue la trayectoria de la bolsa que se eleva en el aire y luego cae, permanece algunos segundos inmóvil, y vuelve a arrastrarse después junto con las hojas que el otoño ha dejado a su paso. La voz del narrador se escucha en el fondo:
“Era uno de esos días en que está a punto de nevar y el aire está cargado de electricidad y esa bolsa estaba bailando conmigo, como un niño pidiéndome jugar. Fue el día en que descubrí que existe vida bajo las cosas. Y una fuerza increíblemente benévola me hizo comprender que no hay razón para tener miedo. El video es una triste excusa, lo sé, pero me ayuda a recordarlo. A veces hay tanta belleza en el mundo que siento que no lo aguanto y que mi corazón se está derrumbando”.
Allan Ball, guionista de la multipremiada American Beauty, afirma que esta escena, fue atestiguada por él mismo, años atrás, mientras descansaba en la plaza de lo que fuera alguna vez el World Trade Center. Y que fue esa bolsa, una simple bolsa de nylon que flotaba traviesa sobre la explanada ubicada al pie de los rascacielos, lo que le inspiró a escribir el guión de la película que estaba destinada a arrasar con los premios Oscar.
Todos los días, desde hace ya varios meses, me acomodo por largos periodos en la mesa de un café en el centro de la ciudad, desde la cual llevo a cabo todas las labores que demanda mi actual condición laboral. El trabajo free lance tiene la peculiaridad de que te permite mantener una mirada inédita, sobre eventos que bajo otras circunstancias hubieran pasado desapercibidos. Es una cosa que tiene que ver con el tiempo. Con la capacidad para organizarlo y ajustarlo a los propios requerimientos vitales.
Más de una vez, apoltronado alrededor de esa mesa, con los ojos enrojecidos tras pasar varias horas navegando en la pantalla de mi computadora portátil; o camino a casa, después de una provechosa jornada de trabajo, me he topado de frente con uno de esos momentos American Beauty. Revelaciones efímeras en donde lo cotidiano se disuelve, y por unos instantes –sólo por unos instantes– uno puede apreciar las cosas como realmente son, y no como se nos presentan bajo el sedicioso influjo de la rutina.
Por desgracia, esos momentos son los menos. Esclavos de la sociedad de consumo, hemos asignado a lo bello un horario, un lugar, y desde luego, un precio. Nos hemos vuelto ciegos a la belleza que nos rodea. La metáfora es para nosotros un ejercicio vedado: la bolsa que bailotea en el aire, es sólo una bolsa y nada más.
El año pasado The Washington Post hizo un curioso experimento al respecto. Convenció a Joshua Bell, uno de los violinistas más reconocidos del mundo, para que acompañado de su Stradivarius, tocará a las afueras de una concurrida estación del metro.
Leonard Slatkin, director de la Orquesta Sinfónica Nacional de Estados Unidos, había pronosticado que el músico recaudaría unos 150 dólares, que poco más de 35 personas se detendrían a escucharlo y que más de un centenar echaría dinero en la funda de su violín. Pero eso no fue lo que ocurrió. Tras 43 minutos de interpretar obras maestras, habían pasado ante él más mil personas. Sólo veintisiete le dieron monedas, la mayoría sin pararse. En total, ganó 32 dólares. No hubo corrillos y nadie le reconoció. El músico que días atrás había llenado el Boston Symphony Hall a cien euros la butaca, no recibió ningún aplauso.

30/07/2009

Sentimientos encontrados

Acabó de salir de mi examen de candidatura. La exposición oral fue un caos. Me sentí incómodo todo el tiempo. En el afán de ajustarme al tiempo, dejé pasar puntos importantes. Y tuve todo el tiempo presente la sensación de que el tema no se estaba entendiendo. No es pesimismo. Ni obsesión por el lado oscuro. Simplemente no me siento satisfecho.
Por otro lado, más allá de mis resquicios ultra perfeccionistas, aprobé; y eso es motivo suficiente para celebrar y agradecer. A los amigos y a la familia, que estuvieron siempre pendientes. Y a Myriam, que creyó antes que yo, y que me hace creer todos los días, que lo que está pasando es cierto.

25/06/2009

Gracias, Andrés


Fuimos pocos los convocados a la cita de ayer con el Salmón. Pocos, pero dispuestos a hacer "el aguante" al más puro estilo argentino.
El concierto fue todo lo previsible que puede ser un concierto de Calamaro. O sea, nada. Porque en un concierto de Calamaro no es el repertorio, ni el estado de ánimo, ni el orden de las canciones; es esa especie de conexión íntima que la música, la letras y la personalidad de Andrés generan en el oyente, lo que le imprime un sello único a cada presentación. A mí, por ejemplo, me dio por pensar en los caminos cruzados, en los ciclos que inevitablemente se cierran, y por supuesto, en las cosas que permanecen. Claro que además de pensar, salté, bailé, grité, me emocioné como pocas veces. Me puse el disfraz de fan que lo perdona todo, que lo festeja todo, para quien todo lo que sucede en el escenario es motivo de júbilo.
Tras la descarga de adrenalina vino el ritual: la compra de la playera conmemorativa, el intercambio de experiencias con Myriam, la cena post-concierto con los amigos. La noche termino en un local a la vuelta de la casa con empanadas, choripan y agua de jamaica. Nada más que pedir a un noche fría y lluviosa de junio.

23/06/2009

La mañana boca arriba

Tras el cierre de un apartado más de mi tesis y en vísperas del examen de candidatura, decido tomarme el día. Las primeras horas de la mañana las dedico a la lectura de Hasta que te encuentre, el último libro de John Irving. Encuentro, como en todas las novelas de Irving, un patrón que se repite: un protagonista que vemos crecer y desarrollarse desde la más tierna infancia hasta la madurez; la paternidad o su ausencia como hilo conductor de la trama; la sexualidad como catalizador y como karma de los personajes; las alusiones al mundo editorial, a la vida escolar, al deporte, a la fama. Sorprende ver a un escritor repetirse tanto sin aburrir.
En el capítulo de hoy Jack Burns se entera de la muerte de Emma, su amiga y protectora (escritora exitosa en lo público e inciadora sexual de Jack en lo privado). Tras varios días de una inexplicable insensibilidad emocional (durante los cuales ha tenido tiempo de liarse con la madre de Emma, que es a la vez, amante de su propia madre) Jack rompe en llanto a mitad del servicio religioso, en la capilla de la escuela donde Emma y él han estudiado juntos.
Siento que la novela está por llegar a su punto de "no retorno", en donde dada la rapidez con que se precipitan los acontecimientos, el lector ya no la puede soltar; así que decido dejar pendiente la resolución de este penoso capítulo en la vida de Jack Burns para un momento más oportuno.
Me levanto, enciendo la computadora y termino en menos de media hora el apartado de mi tesis que corresponde al análisis del capital cultural en las estrategias de reproducción de los grupos domésticos periurbanos. Mi escritorio es un caos. Sé que debo arreglarlo. Pero hoy no, me digo aliviado.
Después de la ducha, caigo en la cuenta de que son apenas las 11:00 de la mañana y tengo todo el día libre. Tomo mi computadora, la meto en la mochila y me dirigo al sitio donde he pasado casi todas las mañanas del último mes. En el café Zaranda ya saben lo que quiero: un expreso doble cortado, para empezar.
Hasta el café ha llegado el último número de Gatopardo, con un excelente reportaje sobre el escándalo de los Legionarios de Cristo y una entrevista con Guillermo Arriaga que no tiene pierde. Al poco tiempo llegan Laura y Siboney. Platicamos sobre nuestros respectivos fines de semana y acordamos ponerle un dead line a los proyectos editoriales pendientes.
En internet encuentro una liga a una serie de artículos que narran el extraño caso de una isla mexicana que de un día para otro desapareció de los mapas. Isla Bermeja, supuesto límite territorial mexicano cuya presencia justificaría la apropiación de uno de los yacimientos más grandes de petróleo, no aparece. Y aunque existen más de cien referencias cartográficas -algunas desde mediados del siglo XVI- nadie ha podido encontrarla. Las hipótesis sobre el insólito evento son de lo más variadas: hay quienes aseguran que Estados Unidos la destruyó con un arma secreta (y sumamente sigilosa, debo suponer), otros sostienen que la isla sigue en su lugar, y que en virtud de un acuerdo político secreto se niega su existencia. Hay un senador de la República muerto en extrañas circunstancias. Archivos secretos quemados. En fin, teoría del complot al estilo mexicano, en su vertiente más fina y depurada.
A pocas líneas de concluir este post descubro que pasan ya de las 4:30 de la tarde, que Myriam llegará pronto a casa, y que no hay nada para comer. La mañana se fue y la tarde está por entrar a su etapa madura. Y aunque pareciera que no he hecho nada importante, siento que el tiempo no ha transcurrido en vano. No tengo, como en otras ocasiones, esa sensación culposa, capaz de arruinar cualquier indicio de victoria -por pírrica que ésta sea- sobre la rutina nuestra de cada día. Con la energía renovada clausuro oficialmente esta jornada y me dispongo -ahora sí- a descansar como Dios manda.
Por cierto, mañana viene el Salmón a Puebla. Tengo ya mi playera del concierto pasado y el boleto de primera fila en la mano.

11/06/2009

La trampa de la reproducción


Semanas de encierro académico —ya se sabe: café, lecturas, y capítulos que se escriben a paso minúsculo pero constante— alternados con breves pero desgastantes encuentros con el aparato burocrático-estudiantil, que parece haber sido diseñado para que nadie pueda graduarse. Esa ha sido la crónica de estas semanas. Aburrida y estéril, como todo lo que huele a academia y a trámite administrativo.
La relectura de Bourdieu, me ha regalado una percepción novedosa sobre mis propias prácticas. Me empiezo a percibir como un “agente social” que se debate entre la inercia de su habitus y el interés por mejorar su posición relativa en el espacio social. Y que atrapado en esa disyuntiva, sólo alcanza a reproducir las condiciones estructurales que le han dado origen.

30/04/2009

Días extraños


A una semana de la alerta nacional por el virus de la influenza porcina no me siento alarmado. No he comprado tapabocas, ni gel desinfectante. Saludo a la gente de mano y de beso, siempre que puedo. Bromeo ocasionalmente con el episodio del virus; comento con mis conocidos las noticias que saturan la televisión y la radio; elucubro y tiro abajo teorías conspiratorias con el mero afán de distraer la mente. En el fondo me pregunto si no estaré tomando el asunto muy a la ligera. Pero no puedo hacer nada contra ese estado de ánimo. Por algún motivo, me siento vacunado contra el pánico.

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Imaginen una ciudad semivacía, silenciosa, donde las pocas personas que se ven en la calle caminan rápido, como si no quisieran detenerse a saludar a nadie. Imaginen un autobús donde lo único que se escucha es un noticiero que repite obsesivamente las mismas recomendaciones sanitarias. No besos. No contacto. No saludos de mano. Imaginen a los pasajeros ajustándose el tapabocas cada cinco minutos y mirando con recelo al vecino de junto, repartiendo a diestra y siniestra codazos, intentando descifrar el estado de salud de sus acompañantes. Imaginen que todo es real, que no están imaginando nada.
Eso es México hoy: un país donde la imaginación se ha desbordado.

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Estoy de acuerdo con que la gravedad de la situación amerita un gran programa preventivo. Pero lo de la televisión mexiacana raya francamente en lo ridículo. Durante siete días no hemos hecho otra cosa que escuchar las mismas preguntas en los noticiarios: ¿Puedo comer cerdo? ¿Se puede contagiar mi mascota? ¿Debo ir a trabajar mañana?
El secretario de Salud –un personaje que hasta hace una semana era un completo desconocido– es quizá ahora uno de los rostros más populares del país. Lo mismo los doctores que desde la tribuna televisiva evangelizan a un pueblo ignorante, carente de sentido común y ávido de respuestas fáciles: Sí puede comer cerdo. No se puede contagiar su mascota. Claro que tiene que ir a trabajar mañana. Y, por cierto, no olvide lavarse las manos.
Y así, hora tras hora, días tras día. No sabemos qué ha sucedido con la escalada de violencia en los estados del norte del país, ni con la crisis económica mundial. La influenza lo acapara todo.

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Una postal describe a plenitud la sicología del mexicano.
Ayer por la noche el presidente anunció que durante cinco días se suspendería en el país toda actividad laboral, pública o privada. Pidió a la gente que durante ese periodo no saliera de sus casas. Prudencia, era lo único a lo que el mandatario apelaba. A los pocos minutos, Acapulco e Ixtapa registraban un 85 por ciento de la ocupación hotelera.

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Nos esperan cinco días de locura. Sin restaurantes y centros comerciales. Sin cines abiertos. Sin futbol. Sin posibilidad de ir a la playa o de reunirse con los amigos. Para colmo, aún no he podido contratar en casa internet o televisión por cable. En este escenario, el temor a la influenza es lo de menos. ¿Sobreviviremos a nosotros mismos? Esa, es para mí, la verdadera pregunta.

17/04/2009

Una de políticos

Por una de esas extrañas e inexplicables casualidades, desde hace tiempo recibo en mi correo electrónico algunos mails que están destinados al presidente municipal de Oaxaca. Así me he podido enterar de la millonada que cobran las empresas que hacen encuestas a los gobiernos estatales (tengo incluso las cotizaciones); los "favorcitos" que algunos promotores culturales le piden a las autoridades y lindezas burocráticas de todo tipo. El de hoy, sin embargo, no tiene pierde. Resulta que uno de los subordinados le "sugiere" al jefe con mucha diplomacia asistir a un seminario internacional y lo hace en los siguientes términos:
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ESTIMADO PRESIDENTE:
ESTE ES UN SEMINARIO QUE VALE LA PENA ASISTIR O ENVIAR A ALGUIEN DEL EQUIPO, AUNQUE YO SE, QUE POR LA EXPERIENCIA QUE TIENE, BIEN PODRIA USTED DAR EL CURSO Y NO TOMARLO...
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¿Qué onda con nuestros políticos? ¿De verdad se tragarán completita tanta lambisconería? Viendo como los tratan no me extraña nada que después de tres años en el poder sientan de que lo saben todo.

14/04/2009

Mi casa


Mi casa no es una casa. Es un departamento ubicado en el segundo piso de una concurrida calle del centro de la ciudad. Desde sus ventanas se pueden ver las cúpulas de las iglesias y las torres de catedral; y a veces, cuando los días son buenos, es posible admirar los volcanes en toda su magnificencia.

Justo enfrente hay un bar que se llama Garufa y que curiosamente tiene a la entrada inscrita la leyenda: Puebla-Buenos Aires-México. Por más que intento convencerme de lo contrario, no puedo dejar de pensar que estas palabras están ahí por algún motivo. Quizá para recordarme que pronto volveré a pisar tierra argentina o para susurrarme -en el lenguaje secreto de las casualidades- que el lugar en el que ahora habito estaba reservado para mí. O lo que es lo mismo: que estoy justo en el sitio en donde tengo que estar.

Por primera vez en mi vida estoy estrenando muebles propios. Y pronto tendré cortinas. Y aunque no sé cambiar una llanta, ni usar correctamente un taladro; lavo mi ropa en casa, preparo diariamente mis alimentos, limpio y arreglo el hogar cada que se requiere.

No estoy solo en este proyecto. Y eso hace la diferencia. Convierte este departamento de segundo piso, en un hogar con todas las de la ley. Ayer en la noche encendimos una vela y prendimos incienso para los buenos augurios.

Sin darme cuenta empiezo a concebir nuevos planes. Mi optimismo se declara oficalmente renovado. Todo saldrá bien.