29/11/2011

El hombre del pijama de franela


Mi primera reacción, frente a la noticia de la muerte de Daniel Sada no fue de congoja sino de incredulidad. Horas antes, se había anunciado con bombo y platillo que Daniel había sido galardonado con el Premio Nacional de Ciencias y Artes. Las felicitaciones que minutos antes poblaban las redes sociales, se convirtieron de pronto, en expresiones de dolor y de luto.
Con la intención de verificar la noticia llamé a Jaime Mesa, quien semanas antes me había puesto el tanto del delicado estado de salud de Daniel. Mi llamada no tuvo respuesta, pero minutos después me llegó la confirmación del suceso en un escueto mensaje de texto: “Sí. Daniel Sada ha muerto, mi hermano”.
Las palabras de Jaime me revelaron de golpe el significado verdadero de la orfandad literaria. Y es que en efecto, si Jaime y yo somos hermanos, es en gran parte porque compartimos una misma filiación: la del escritor Daniel Sada.
A lo largo de su vida, Daniel Sada tuvo dos grandes pasiones: la del escritor y la del maestro.
Aún recuerdo la tarde en que lo conocimos, hace casi diez años, a iniciativa de un taller que Pedro Ángel Palou promovió durante su gestión como secretario de Cultura.  
Daniel escuchó nuestros proyectos, leyó con paciencia nuestros textos y luego arremetió contra ellos. Al final de la sesión advirtió que la exigencia durante el taller no menguaría. Quería novelistas, en el sentido de Tolstoi, y para eso había que trabajar mucho.
La mayoría desertó tras esa primera sesión.
Durante varios años, Daniel formó parte de una rutina que, estoy convencido, cambió nuestra forma de apreciar la literatura y la vida.
En su taller aprendimos de narrativa, sí; pero también de lo duro que resulta abrirse paso en el medio editorial. Ahondamos en las virtudes de la autocrítica y escribimos novelas que desechamos sin contemplaciones para acometer nuevos y más ambiciosos proyectos literarios. Hablamos de béisbol, de poesía, de Rulfo y Elizondo, de los haikús de la señora Josefina y también de los placeres de la comida china. Compartimos lecturas públicas, presentaciones de libros, largas sobremesas en los cafés del centro histórico. Pero, sobre todo, y eso es quizá lo que más extraño ahora, nos reímos mucho.
De aquellas entrañables sesiones salieron cuatro novelas, algunas de las cuales, fueron llevadas por el mismo Daniel hasta las editoriales comerciales, vedadas para escritores sin obra publicada.  
Recuerdo que semanas antes de que ese taller terminara, nos reunimos para organizar una despedida. Alguien sugirió una cena en el mejor restaurante de la ciudad y una lujosa pluma como recuerdo de su paso por Puebla. Estuvimos de acuerdo pero antes decidimos consultar a Adriana, su esposa. Queríamos un regalo significativo que expresara nuestro cariño, y al mismo tiempo, toda la gratitud y el respeto que le profesábamos. “Lo mejor que le pueden regalar es una pijama de franela”, nos dijo. Y así lo hicimos.
Conservo como un tesoro preciado, las estampas de aquella última tarde: la lectura del capítulo final de la novela de Lalo; el momento en que Daniel abrió su regalo; la cena en un restaurante modesto, surrealista, donde Daniel se despachó con un hot dog gigante, una malteada de fresa y un par de cafés americanos; la caminata hasta la Casa del Escritor, donde se hospedaba; y el abrazo final con el que clausurábamos, sin saberlo, una etapa de nuestras vidas.
Muchas cosas pasaron desde ese entonces. Algunos se hicieron novelistas (sí, en el sentido de Tolstoi); otros tantos optaron por la poesía, el periodismo o la academia. Todos, hasta donde sé, seguimos escribiendo, corrigiendo y desechando textos.
El día de hoy quiero recordar a Daniel Sada no por su obra, la cual tiene asegurada un espacio privilegiado en la literatura contemporánea, sino por los momentos sencillos que nos compartió a lo largo de su vida: un poema de López Velarde o de José Watanabe, una tarde de béisbol en el estadio Hermanos Serdán, la presentación de nuestros primeros libros, incontables horas de concienzuda lectura frente a nuestros textos fallidos.
Dedico estas letras apresuradas a Adriana y Fernanda, esposa e hija de nuestro amigo y mentor; pero también a Jaime Mesa, Isaí Moreno, Mely Arellano, Carlos Ríos, Eduardo Montagner y Gregorio Cervantes, hermanos literarios de ese padre generoso que fue Daniel Sada, un hombre sencillo del norte del país cuya potente voz narrativa quedará inscrita por siempre en la literatura de nuestro país; y cuyo corazón grande, desbordado, barroco, permanecerá vivo en nuestros más entrañables recuerdos. 

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