05/06/2013

Papá primerizo

Hace unos días me pidieron escribir un texto que resumiera mi experiencia como padre primerizo. Nunca ha sido de mi agrado la escritura por encargo, más aún, cuando se me pide abordar un tema tan cercano. Pero por alguna razón dije que sí. Quizá porque desde que me enteré de que iba ser papá he procurado mantener la emoción bajo llave, y a unos días del nacimiento de mi hija creo que ya va siendo momento de aflojar el cuerpo, relajarse y disfrutar de este viaje. 

Esperando a Camila (apuntes existenciales de un papá primerizo)




No me resulta sencillo hablar o escribir sobre mi paternidad. A decir verdad, éstas son las primeras líneas que me permito en los ocho meses que mi esposa (qué raro me resulta decirle así) lleva de embarazo.
¿Qué se puede escribir sobre el tema que no se haya escrito antes?
¿Qué más agregar a la enciclopedia de lugares comunes que todo padre repite –como si fuera un mantra– ante la inminente llegada de su hijo o su hija?
Empezaré por decir que la idea de la paternidad, durante los primeros meses del embarazo, es sólo eso: una idea. Un paquete emocional que se compra de manera espontánea, casi sin pensar, en el tianguis ideológico que llamamos inconsciente colectivo. Incluye una larga lista de nociones preconcebidas, pautas de conducta, agenda de actividades y, por supuesto, un compendio con frases a la medida para cada ocasión. Como todo lo que es social, este paquete se impone desde afuera y hay a quienes les calza y a quienes no. Me ubico como parte de estos últimos.
Diré, además, que estoy convencido de que la vivencia del padre es radicalmente distinta a la de la madre. Que durante esta primera etapa los papás estamos social y culturalmente excluidos. Que no tenemos baby shower ni días de incapacidad. Que los consejos del médico, de las abuelas, de los libros y revistas especializadas no están dirigidos a nosotros ni a nuestras necesidades. Y, lo que es peor, que la relación con nuestro hijo o hija será, durante varios meses, sólo a nivel intelectual. No importa cuánto hayamos deseado ser padres ni las expectativas que a nivel emocional cubra nuestro nuevo estado. La naturaleza nos ha excluido de la experiencia de amor y dolor que supone el tránsito del embarazo y el parto para las mujeres. Y eso nos deja –al menos por este periodo– fuera de la jugada. No sentiremos crecer ni moverse a nuestro hijo, no experimentaremos las incomodidades, el cansancio, el dolor de sus primeros meses de vida. Se nos ha privado del privilegio de compartir su existencia.
Y, ante tal frustración, sólo nos queda la metáfora.
Por eso, muchos hombres aseguramos estar embarazados, cuando en realidad somos sólo fieles testigos del embarazo de nuestras parejas.
Toda mujer moderna sabe que en la Apple Store existe una aplicación llamada Baby Center, que informa a la madre puntualmente, semana tras semana, lo que debe esperar de su cuerpo y mente durante la etapa del embarazo. 
Como para esto de ser papá no existen aplicaciones ni caminos trazados, comparto un poco de mi experiencia personal durante estos nueve meses de espera.

Semana 1 a 12
En nuestro caso, la noticia del embarazo no nos tomó por sorpresa. La decisión de tener un bebé la habíamos tomado en pareja, varios meses atrás; de modo que comprar una prueba casera fue la respuesta lógica una vez que los primeros síntomas se hicieron presentes.
Son muchas las cosas que se piensan durante los minutos que preceden a la respuesta de un test de embarazo.
Por mi cabeza desfilaban todas las veces en que la posibilidad de ser padre supuso una sombra de duda o preocupación, y en las que, enfrentado a las mismas circunstancias, la marca azul que confirmaba un resultado positivo se vislumbraba como el peor escenario.
Es curioso, pero en ese momento caí en la cuenta de que, en esta ocasión, mis anhelos se ubicaban justo del lado contrario: quería ser papá.
Supe entonces que, independientemente del resultado del test, la prueba de la madurez emocional había sido, por fin, después de 37 años, totalmente superada.
No recuerdo bien lo que siguió. Hubo abrazos y lágrimas acompañadas de un sensación extraña, que, incluso ahora, me resulta difícil de describir. Y aunque sin duda estaba emocionado –yo diría, más bien, conmocionado–, mis primeras reacciones fueron eminentemente de carácter racional.
Preguntar por un ginecólogo de confianza, concertar una cita, sacar los proyectos pendientes, trazar una ruta crítica para los siguientes nueve meses.
Aunque nos reservamos la noticia del embarazo durante estas primeras semanas, hubo quien me dijo que durante esos días me veía raro, contento, feliz. Aunque, más que felicidad, creo que la sensación que me embargaba era de plenitud: esa certeza de estar en el lugar correcto, con la persona correcta, en el mejor momento.

Semana 12 a 24
Por lo regular, es a partir de la semana 12 que los padres adquieren la suficiente confianza para compartir la noticia con la familia y los amigos. A medida que las muestras de cariño y solidaridad se multiplican, la madre, que para ese momento ha comenzado a experimentar los primeros síntomas del embarazo, suele convertirse en el principal objeto de atención; mientras que el padre gravita alrededor en calidad de satélite.
Y tú ¿cómo te sientes? te preguntará la gente al final, casi por compromiso.
Y uno buscará inútilmente palabras que describan un estado de ánimo donde la claridad y la confusión coexisten con la incertidumbre y la certeza, la tranquilidad y la excitación. Frustrado ante las limitaciones del lenguaje, se dirá cualquier cosa (si es cursi, mejor), y luego, cuando la atención del interlocutor se dirija de nueva cuenta hacia la protagonista de la historia, uno esbozará una sonrisa tonta, feliz.
Si existe algún punto culminante para un padre durante el embarazo, éste, sin duda, está marcado por la experiencia del primer ultrasonido. Es en ese momento que la idea abstracta de la paternidad comienza a adquirir forma, dimensiones, peso.
No imagino lo que debió ser para nuestros padres la experiencia del embarazo sin la parafernalia médica que hoy en día te permite conocer al bebé desde las primeras etapas de su formación. En la actualidad uno puede ver y escuchar el corazón de su bebé; observar cómo crece y se desarrolla su organismo en el vientre de su madre; e incluso, en las etapas finales de la gestación, es posible obtener una fotografía en tercera dimensión de su rostro.
Exiliado de la conexión física con su bebé, ésta será la experiencia más cercana que experimentará el padre a lo largo del embarazo. Y a partir de ella, mes con mes, comenzará a construirse la relación de amor con ese ser humano al que apenas conoce.
En el refrigerador de mi casa conservo a la vista, como un tesoro, la foto de ese primer ultrasonido. Cada vez que la veo me devuelve a ese estado de perplejidad, admiración y, hasta cierto punto, incredulidad, ante eso que la gente suele nombrar como “el milagro de la vida”.

Semana 24 a 36
Hay una cosa maravillosa que pasa en el segundo trimestre del embarazo: el sexo del bebé. Y con el sexo, la posibilidad de ponerle un nombre y asignarle –aunque sea en nuestra imaginación– una personalidad.
En nuestro caso, la foto del refri se convirtió en la foto de Camila. Y su cuarto, su ropa y sus accesorios, adquirieron tonalidades cálidas, tirándole al rosa.
Es increíble la forma en que un nuevo ser humano se abre cancha en la vida. Camila todavía no nacía y ya tenía propiedades: ropa, juguetes, muebles, vaya, hasta un vehículo de ruedas. Tenía también un espacio, el mejor de la casa, el más grande, el más silencioso y, por supuesto, el más soleado. Aunque aún permanecía en el vientre de su madre, nos había obligado a hacer muchas cosas, como, por ejemplo, mudarnos a un departamento más amplio, cambiar algunos hábitos alimenticios, suspender nuestros periodos vacacionales, y ahorrar, ahorrar mucho.
Ante la imposibilidad de establecer una relación física directa con Camila, a mí me dio por pensar, durante este periodo, en cómo y desde dónde quería construir mi relación afectiva con ella; en el papel que quiero desempeñar en su vida; en las preguntas que algún día me hará y en el tipo de respuestas que tendré que ofrecer. Imaginé su primer día en la escuela, sus fiestas de cumpleaños, las películas que veremos en familia, las tardes que pasaremos jugando Xbox. Vaya, hasta planee el viaje que haremos juntos a Nueva York cuando ella cumpla 15 años.
Y en ese proceso de especulación en estado puro, me descubrí de pronto como un tipo enamorado de su hija. No de la idea de su hija, aclaro, sino de su hija tal y como su personalidad se revela desde hace semanas en el vientre de su madre: inquieta, curiosa, atenta, comunicativa y, hasta cierto punto –espero no equivocarme–, obediente.
A veces, cuando aproximo mi rostro a la panza de Myriam y comienzo a hablarle, Camila me responde con un pataleo enérgico que me cimbra en lo más profundo. Y aunque sé que es imposible que me entienda, yo murmuro despacio, casi para mis adentros: Camila. Soy tu papá. Estaré contigo siempre.

Semana 36 a 40
Me encuentro justo al final de la semana 36. Si el doctor no se equivoca, para cuando este texto haya sido publicado, seré un padre con todas las de la ley.
La gente me pregunta si estoy nervioso y yo no encuentro la manera de explicar, que más allá de la preocupación natural que me genera el episodio del parto, me siento tranquilo y hasta optimista.
Me recomiendan que duerma y no tengo ganas de dormir.
Que aproveche para salir y no tengo ganas de salir.
Que vaya lo más posible al cine… y bueno, sigo yendo al cine, como siempre.
En la última década fui testigo de cómo los niños cambiaron la vida de sus padres. De cómo algunos cancelaron carreras, dejaron trabajos o, en el peor de los casos, se vieron obligados a tomar dobles turnos para ofrecer a sus hijos mejores oportunidades. Vi a mis mejores amigos alejarse sin culpa del resto del grupo para consagrarse a la tarea de edificar una familia. Los vi comprar un auto familiar, hacerse de una hipoteca, endeudarse para salir de vacaciones. Y, aunque en ese momento me pareció incomprensible, debo reconocer que nunca, como entonces, los vi más felices.
Estoy a punto de pisar ese territorio desconocido.
Lo hago sin miedo, con ganas de que todo suceda.
Desearía poder explicar mejor la vorágine de sentimientos y de ideas que se aglutinan en mi cabeza. Pero no puedo, la emoción me supera.
Camila, hija mía, no veo la hora de tenerte en mis brazos.



03/06/2013

La escritura o la vida

Hace un par de años me hice esta pregunta y luego, sin asomo de remordimiento, abandoné este blog a su suerte.
Me entregué a mi profesión y entré a un posdoctorado. Viajé a la Sierra Tarahumara a conocer a los rarámuris. Escribí un libro. Impartí un curso en el doctorado y me estrené como docente de licenciatura en una universidad pública. Publiqué artículos, asistí a congresos. Me convertí en autor de una editorial de libros texto. Ingresé al Sistema Nacional de Investigadores. Constaté que investigar, y por tanto, conocer, es algo de lo que no puedo, ni quiero alejarme.
Me entregué también a las cosas que realmente me gustan hacer. Renuncié a la mezquindad de los empleos a medio tiempo en las redacciones locales y emprendí, junto con mis mejores amigos, una empresa de consultoría editorial. Lanzamos, por fin, nuestra propia una revista, la mantuvimos viva durante año y medio, y luego la cerramos. Conseguimos una oficina, equipo y recursos humanos. Hicimos -y hacemos actualmente- productos editoriales lindos: suplementos, revistas, libros anuarios, catálogos, guías. Y aunque  trabajamos para terceros, ponemos todo el cuidado y la pasión que uno pondría en sus propios proyectos. Soñamos todavía con relanzar de nuevo nuestra revista, y en ese tránsito andamos.
Y quizá lo más importante de todo: me entregué a la familia que Myriam y yo hemos construido juntos. Créanlo o no, me casé. Y a mis 37 años estoy a punto de convertirme en papá de una niña que llevará por nombre Camila, cuya inminente llegada eclipsa cualquier otra cosa que pudiera haberme sucedido antes.  
A estas alturas, no me parece que haya que elegir entre la escritura y la vida.
La vida, ahora lo sé, es escritura en estado puro.