23/11/2007

El "para siempre" posible

“El amor es un combate perdido de antemano”, afirma el escritor francés Frederic Beigbeder en el capítulo inicial de su novela El amor dura tres años, un libro que se mueve con destreza envidiable en el pantanoso terreno de la autobiografía, para trazar una suerte de recorrido existencial edificado a partir de la experiencia personal del autor sobre el desamor y sus dolorosas repercusiones. La tesis de Beigbeder es simple. “Un mosquito vive un día, una rosa tres días, un gato trece años, el amor tres, así son las cosas. Primero hay un año de pasión, luego un año de ternura y finalmente un año de aburrimiento”. La cosa no pasaría de un inofensivo alegato literario, si desde las trincheras de la ciencia no hubiera quienes sostienen que las estimaciones del escritor francés no están del todo alejadas de la realidad.
Helen Fisher, una destacada antropóloga estadunidense, presentó recientemente las conclusiones de un estudio en el que demuestra cómo la dopamina, la noradrenalina y la serotonina —los neurotransmisores cerebrales asociados a la atracción por el ser amado— tienen un periodo de vida de entre 18 y 30 meses. Esta investigación coincide con los planteamientos de un importante grupo de científicos italianos quienes, después de largos estudios, descubrieron que las fuertes emociones que se generan cuando dos personas acaban de enamorarse, están originadas por la molécula NGF la cual dura activa en el cerebro apenas un año.
Las estadísticas del Instituto Europeo de Política Familiar arrojan en su último informe una serie de datos poco esperanzadores. Dos de estas cifras llaman la atención. La primera es la edad media del matrimonio español —la cual es considerada la más alta de la Unión Europea— y que alcanza los 13.8 años. La segunda tiene que ver con el tipo de comparativos que hacen para dimensionar la magnitud de un fenómeno social. En este caso, el instituto afirma que cada 33 segundos se rompe un matrimonio, esto es 10 millones de matrimonios en los últimos quince años.
Siendo éste el diagnóstico del estado actual del amor, no puedo evitar preguntarme cómo es posible que prácticamente todas las expresiones humanas y sociales que se vuelcan en la publicidad, la cultura, la religión, el arte o el entretenimiento, tengan como referente prioritario y fundamental la conquista de ese estado idílico que Platón definió como el nexo de unión con aquello que llamamos perfecto, divino, hermoso. Una conquista que a la luz de la evidencia contemporánea se asemeja más una especie de leyenda urbana, tejida a contrapelo de la naturaleza efímera de nuestros neurotransmisores cerebrales o de las corrientes individualistas en las cuales nos educaron. Algo así como la búsqueda del Santo Grial, pero en una época donde el Parsifal, de corazón noble y puro, no se consigue a la vuelta de la esquina.
Quizá por eso, la semana pasada Gabriele Pauli, una política alemana perteneciente al partido Unión Social Cristiana, ocupó las primeras planas de los diarios germanos al presentar una polémica propuesta a través de la cual se pretende que el contrato matrimonial prescriba después de siete años, dejando en manos de la pareja la decisión sobre una eventual renovación de los votos. Lo curioso es que una iniciativa que en principio podría sonar razonable y digna de discusión, le mereció una andanada de críticas por parte de los sectores reaccionarios y progresistas alemanes. De hecho, sus propios compañeros de partido la invitaron a “esforzarse”, pero no en conservar su actual matrimonio —ya que se ha divorciado dos veces— ni tampoco en ganar las elecciones internas —para las cuales la prensa la da como clara perdedora— sino en “buscarse mejor otro partido”. La enseñanza de este episodio es clara: se puede cuestionar el déficit público, se pueden criticar las tasas impositivas, se pueden poner en duda las políticas de integración racial, pero no se puede cuestionar al amor.
Y en algún punto tengo que expresar mi simpatía por esa suerte de defensa absurda —y hasta cierto punto impositiva— del amor. Y es que más allá de las estadísticas o de las historias cercanas o distantes que nos asustan, no se requiere ser muy avezado para descubrir que el amor se reproduce y se propaga justo frente a nuestros ojos. Los amigos se casan, las parejas que conoces se involucran en nuevos proyectos, y el tipo que hace un par de años se ufanaba de su independencia, pasa ahora los fines de semana buscando una casa con jardín “por eso de los niños”.
Con pleno conocimiento de los riesgos que implica, los seres humanos nos seguimos empeñando en encontrar el Santo Grial del amor. Es probable que pocos salgamos avantes de esta búsqueda. Pero qué importa. La muerte del amor no es sino una prueba más de existencia. Y eso, de algún modo, constituye una certeza, un acto de fe que hasta el más cínico profesa. Vamos, hasta Beigbeder, al final de su novela, se vuelve a enamorar otra vez y a escribir con entusiasmo mal disimulado que incluso en una época marcada por los signos de la fugacidad y el utilitarismo, hablar de un “para siempre” es posible.

02/11/2007

El espíritu del viaje

Llevaba semanas intentando redactar un post sobre el viaje, pero muy pronto comprendí que era inútil. La razón es simple: escribir es un acto que exige atemperar las emociones, y yo francamente, sigo todavía emocionado.
Fue entonces cuando concebí la idea de subir una foto.
Sin embargo, después de una prolongada y meticulosa inmersión en mi archivo, fue más que evidente que ésta tarea planteaba un reto aún más difícil.
¿Con qué fotografía quedarme? ¿Cuál que representara el espíritu del viaje?
Pensé primero en Londres, porque de algún modo el viaje inició y terminó ahí, pero luego recordé cierta tarde en Praga, a la orilla del río Moldava, donde nos hicimos una foto que a mí me gustó mucho. Luego, dudé ante la clásica estampa parisina en el café o en un puente. O frente a las típicas de museos o aeropuerto.
Me percaté entonces de lo limitado que puede resultar una imagen para expresar una idea o un sentimiento apropiado.
Al final opté por eliminar las panorámicas y los monumentos icono para escoger la fotografía que encabeza estas líneas.
El lugar importa poco. Si algo te queda claro cuando viajas es que no es el sitio, sino la persona —la actitud que la persona asume cuando viaja— lo que merece ser contado. Y que de todas las cosas nuevas y admirables con que uno suele toparse, es el paisaje interior, aquel que se teje de modo imperceptible y sutil durante los días de peregrinaje, el que revela la imagen más bella, la más memorable.