21 jun 2006

Silogismo

a M.

Escribir es infundir vida
Todo lo vivo muere
Luego entonces, no escribiré de ti

Prefiero la incertidumbre de lo posible
Que la certeza de lo probable

12 jun 2006

De las despedidas


Nunca he sido bueno para desprenderme de las personas o de las cosas. Hace algún tiempo alguien me dijo que ése era mi problema. No le creí entonces. Y sigo sin creerle. Somos lo que tocamos, lo que hicimos nuestro alguna vez, lo que vamos dejando en el camino.

*

Hace 13 años mi papá compró un coche que mi hermano y yo compartimos durante nuestra adolescencia y parte de nuestra vida adulta. Era un Sedan 1993, color blanco. Un auto ciertamente sencillo, pero que para nosotros, que habíamos crecido bajo el implacable yugo del transporte público, era todo un lujo. La posesión del coche generó toda suerte de problemas familiares hasta que mi padre, cansado de las acusaciones y las recriminaciones mutuas, nos puso un ultimátum: o resolvíamos las diferencias de forma civilizada o el auto dejaría de ser nuestro. Así, después de varios años de disputa pudimos llegar a un arreglo: durante la semana mi hermano iba a ser el responsable del coche, pero el sábado y el domingo yo sería el dueño absoluto. A finales del 2000 mi hermano se compró un Jetta y en consecuencia, el viejo Sedan pasó oficialmente a mis manos.
*

Faltaría espacio para relatar las cosas que ese auto y yo vivimos durante todos esos años. Los momentos felices y tristes que presenció, las anécdotas trágicas, divertidas, escandalosas de las cuales fue testigo. Los amigos, las fiestas, las discusiones, los accidentes, los viajes. En ese auto besé por primera vez a Fabiana y fue en él que nos separamos y reconciliamos, una y otra vez, a lo largo de siete largos años.
Pero todo cambia: las personas, las relaciones, las cosas. En septiembre del 2004 se me metió la idea de adquirir otro automóvil, uno más moderno, más cómodo, más “adulto”. Es extraño, pero a veces relaciono ese hecho —la sustitución de mi coche viejo por uno nuevo— con la ruptura definitiva de mi relación y el tránsito a una nueva etapa para la cual, debo reconocer, no estaba preparado.
Por razones que no viene a cuento narrar, cuando me separé de Fabiana decidí que el Sedán permaneciera en su poder. Supongo que las razones debieron ser más egoístas de lo que ahora pretendo creer. Lo cierto es que en el fondo deseaba que algo de mí se quedara con ella, como recordatorio, como presencia, como ofrenda a un amor que en ese entonces creía ilimitado, absoluto e inalterable.

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Hace una semana que el viejo Sedán regresó a mis manos. Al pobre le sucedió lo de siempre: la llegada de un auto nuevo lo ha desplazado. Sé que a pesar del cariño que le tengo no puedo conservarlo. Son demasiados recuerdos, demasiadas cosas que necesito dejar atrás.

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Mañana viene un comprador interesado en adquirir el vochito. Hace un momento llamó por teléfono para preguntar cuánto vale. Y yo me quedé callado, sin poder contestar.
—¿Cuánto vale para mí? —reviré confundido, incapaz de mencionar una cifra razonable.
—Sí —repitió con nerviosismo la voz al otro lado del auricular—. Necesito saber si me alcanza.
Entonces lo comprendí. Pude ver que lo que para mí era antiguo significaba para alguien más una novedad. Cavilar en ese momento sobre la posible redención de mi auto fue un mal negocio. Acordamos un precio ridículo y sellamos el trato.

*

Hoy por la noche dejaré el coche nuevo en casa, y volveré a manejar el Sedán.
Sé que la idea de un último viaje es la cosa más cursi que a alguien se le puede ocurrir para una despedida.
Pero a quién le importa.
Creo que ambos nos lo debemos.

9 jun 2006

Segunda declaración de principios

Hoy hace un año empezó a escribirse este blog.
La fecha no pasa desapercibida.
Lo releo con curiosidad. Repaso episodios dolorosos, reconfortantes, esperanzadores
Noto, después de leer el último post, que soy y no soy el mismo que sentó a escribir hace un año para no sucumbir a la tristeza.
Y pienso que si esto es un camino, o una manera de hacer las cosas, se debe renovar aquella declaración de principios inaugural.
Busco alguna sentencia que resuma el aprendizaje. Pero no hay tal. Apenas una conjetura a la que me aferro a pesar de toda evidencia razonable: El amor es un acto de fe.

20 may 2006

Con Goldman


Quienes me conocen saben que no acostumbro hacer esto muy seguido. Pero el fin de semana pasado en Oaxaca, no pude resistir el impulso de tomarme una foto con Francisco Goldman, cuyo libro Marinero raso he leído con deleite durante los últimos días. Compartir los primeros capítulos de mi novela con el maestro y escuchar sus comentarios le ha dado un nuevo impulso a este proyecto que empieza poco a poco a tomar forma en mi cabeza.

3 abr 2006

De lo verdadero

Acabo de llegar de Oaxaca. Abro mi cuenta y encuentro un correo de Ixchel. Me felicita por mi cumpleaños. Pregunta por mí. Me da algunos consejos para resolver cierto asunto que de un tiempo a la fecha me tiene azorado. Me cuenta las cosas buenas que han pasado en su vida durante este último año.
En el fondo la percibo contenta. Y eso me da un gusto enorme. Uno se regocija con la felicidad de la gente que quiere, que siempre ha querido.
Pienso, después de contestar su correo, en lo irónica que es la vida.
En cómo las personas cambian (para bien o para mal)
Y en cómo lo verdadero permanece.
Y lo falso se va, de un día para otro.
Se disuelve en el aire como si nunca hubiera existido.

31 dic 2005

Vísperas

Omitiré lo que pasó el día de ayer. Este será uno de esos silencios que se escriben sólo para dejar constancia de los hechos. Para que no se me olvide nunca que faltaste, por decisión propia, a la única petición que te hice. Y que ya no hay nada más que hacer.

9 dic 2005

Breves de un viernes


De la frase hecha
Aunque suene a lugar común, amar no es algo de lo que podamos arrepentirnos. Así que en vez de quejarnos y repartir responsabilidades como si fueran pedazos de pastel, lo más sensato que nos queda es asumir los costos de la felicidad perdida. Al contado o en cuantiosas mensualidades, pagar el precio y ya. A ese vulgar acto mercantil se resume todo.

*
De lo sempiterno
El verdadero problema es que uno no puede dejar de amar aquello que amó algún día. Es como una especie de axioma. Si fue verdadero, si realmente existió, entonces no se termina nunca. Tampoco cambia. Sólo, quizá con el tiempo, se puede dejar de sufrir.

*
De la mano invisible
Lo dijo Adam Smith: "laissez faire, laissez passer". No se me ocurre otro consejo mejor para superar un desengaño.

*
Del dilema del eterno regreso
Supongamos sólo por suponer que sucede. ¿Y luego?

*
De lo imposible y lo improbable
Imaginemos a dos personas que se aman separadas una de la otra. Ambas, por razones que sólo ellas conocen, descartan la posibilidad de un reencuentro. Y como tienen motivos fundados para propiciar que éste no suceda nunca, lo más probable es que su empeño fructifique. Hasta ahí vamos bien. Lo imposible (y esto es lo que ambos desconocen) es que puedan llegar a olvidarse algún día. En las tardes de invierno se recordarán con tristeza como aquello que pudo ser y no fue. Y esa es la verdadera tragedia.

5 dic 2005

Autostop

Han sido días tan extraños, tan insólitamente serenos, que el sentimiento que domina actualmente mi estado de ánimo sólo podría calificarlo de “desconcierto”.
Todo parece nuevo y viejo al mismo tiempo. A veces me sorprendo riendo, o haciendo planes, o tarareando canciones. Y es divertido, pensar que esas acciones cotidianas, impensables algunos meses atrás, empiezan progresivamente a convertirse en moneda corriente.
Si pensara la vida en ciclos, podría asegurar que estoy por cerrar uno de ellos. Pero no pienso así. Así que no elaboremos teorías. Me conformo con saber que lo peor ha pasado. Que ya no pierdo mi tiempo haciendo el recuento de los daños. Que no me interesa mirar atrás.

2 nov 2005

Costumbre de lector

Supongo que las grandes historias terminan así, con una larga e intensa agonía que uno soporta y hasta justifica, bajo la falsa premisa de la autocompasión y la culpa.
Por desgracia, por más que uno se esfuerce en racionalizarlo, la cruda realidad del proceso sólo se entiende a posteriori, cuando no hay nada más qué decir o hacer, salvo perdonarse las horas perdidas, el llanto derramado, las palabras que uno tuvo que escuchar y repetir interiormente, una y otra vez hasta el cansancio.
Es así como llega una mañana en la que uno se siente menos mal que de costumbre, y ése signo es el preludio de una serie de jornadas decentes, con obvias recaídas, que comienzan a espaciarse cada vez más, hasta que el dolor no se siente, o más bien, uno se ha acostumbrado tanto a él, que la mayor parte del tiempo pasa desapercibido.
Desgraciadamente, para la mala fortuna de quienes con ingenuidad creen en el peso acumulado de lo vivido, el último recuerdo es el que prevalece. Y por lo regular éste no suele ser muy grato. En mi caso, una llamada, una serie de comentarios innecesarios, un par de frases alevosas, el orgullo como hilo conductor de un discurso resentido y agotado, el sarcasmo, la burla, la soberbia. Ése es el broche de oro con el que decidiste cerrar esta historia, que como es mi costumbre, me obligué a leer de principio a fin, antes de cerrar el libro.

18 oct 2005

De la omisión en el blog como ejercicio necesario

Todo blog es una bitácora
Toda bitácora es, por definición, fragmentaria (se construye más de silencios y de ausencias que de registros precisos y exhaustivos).
Todo fragmento implica una ausencia.
Toda ausencia cumple con un cometido (dejar constancia de lo no escrito, lo no vivido, lo que no fue)
Toda palabra esconde una segunda intención
Toda segunda intención, una esperanza
Toda esperanza, un silencio
Todo silencio, un grito

3 oct 2005

Microsiervos


En Microsiervos, Coupland se aleja del pesimismo de generacional de sus otras novelas. La tesis es simple. La soledad y el aislamiento inherentes a la última revolución científico-tecnológica no implican necesariamente la desestructuración del individuo. A diferencia de otras novelas del mismo autor (Generación X y Planeta Shampoo), esta historia —ubicada en la fascinante geografía de Silicon Valley— insinúa la existencia de nuevas formas para afrontar la desesperanza. Sí, por mucho que cueste creerlo, hay vida después de Bill Gates.

30 sep 2005

Viejos conocidos


Reconstrurise o repensarse tienes sus ventajas. Por ejemplo, entender el dolor como el impertinente compañero de viaje que no te deja dormir, o concentrarte en el paisaje, o leer con tranquilidad el libro que has comprado en la estación del tren. Ése que cuando duerme emite sonidos arrítmicos, guturales, desacompasados. Y que en sus periodos de vigilia no para de hablar, y que sin permiso alguno se mete con tu vida y te pregunta por tal o cual cosa, y es incapaz de entender, por más evasivas que inventes, que si has decidido viajar es porque necesitas estar solo (o al menos fingir que lo estás). Entonces, a mitad de un oscuro túnel, cuando por fin te has resignado a soportar con estoicismo su presencia, el hombre se levanta de su asiento y te obliga a recorrer el cuerpo para pasar casi encima de ti, mientras musita frases incomprensibles en las que crees reconocer la promesa de un pronto regreso.
Pero el fulano no vuelve más, y aunque al principio el hecho te llena de una efímera alegría, a lo pocos minutos comienzas a preguntarte por qué se ha ido sin despedirse; y más tarde, cuando estás próximo a bajar, por una extraña razón que no alcanzas a comprender, comienzas a extrañarlo.
Con el tiempo, el tipo del tren será sólo una anécdota que contarás a los amigos o la pareja. Bromearás un par de veces con la historia y es casi seguro que después de unos meses puedas llegar a olvidarlo.
Lo que nadie te dice es que años más tarde, cuando menos lo esperes, volverás a toparte con él. Y en el trayecto de ese tren recurrente tendrás otra vez que escucharlo, sufrirlo, y hasta perdonarlo.

28 sep 2005

Gracias, pero no

A tu amistad (light y condicionada)
A tu sinceridad (hiriente e innecesaria)
A tu aprecio (selectivo y condescendiente)
A tus decisiones (inequívocas e incuestionables)
A tu verdad (única e inamovible)
A tu vida (tan, pero tan feliz)

Agradezco la generosidad de tu oferta, pero no, gracias, estoy bien así.

26 sep 2005

2666


Acabo de terminar 2666. Salgo de ella con la impresión de haber atestiguado la creación de un mundo. Qué puedo decir después de leer esta novela. Sólo que con este libro se confirma lo que en Los detectives salvajes era una simple prefiguración. Que Roberto Bolaño ocupa ya, junto con Cortázar, Rulfo, Borges, Bioy, y Vargas Llosa, un lugar privilegiado en la literatura latinoamericana. Que su obra sienta un precedente difícil de superar; que lo sitúa a la vanguardia de la narrativa mundial, y que con el tiempo, más que como novela de culto, 2666 será valorada como un clásico.
Por otro lado, en el aspecto personal, la novela me ha conmovido mucho. Uno la lee y no puede dejar de imaginar a Bolaño, con la conciencia plena de su muerte, escribiendo frente al ordenador una mastodóntica novela de 1200 páginas, armando un puzzle casi perfecto, donde geografías y personajes nos revelan su visión personal del siglo XX; encendiendo un cigarrillo más antes de emprender la que sería su última y más feroz batalla.
No hay de que lamentarse. Sus lectores no hemos quedado huérfanos con su deceso. Es cierto que no habrá una novela más de Bolaño para saciar nuestra hambre de literatura. Pero a cambio tenemos a Cesárea Tinajero, a Ulises Lima, a los real visceralistas, al poeta García Madero, a las hermanas Font, a Amalfitano y su bella hija, a Benno von Archimboldi y sus críticos (Espinoza, Pelletier, Norton y Morini) a Lalo Cura, a Barry Seaman, a Oscar Fate, a la baronesa von Zumpe, al general Entrescu, a Bubis, a Jim, a Pepe el Tira, a Josefina la Cantora, al gaucho insufrible, y por supuesto, al inolvidable alter ego de Bolaño, Arturo Belano.
Visto de este modo, la pérdida no es total. Así que no podemos estar tristes.
Reproduzco, ya para terminar, las palabras que Roberto Bolaño escribió días antes de morir sobre el borrador de 2666, su última obra maestra.
“Y esto es todo, amigos. Todo lo he hecho, todo lo he vivido. Si tuviera fuerzas, me pondría a llorar. Se despide de ustedes, Arturo Belano".
Adiós detective.

Del miedo

No conoceré el miedo. El miedo mata la mente. El miedo es el pequeño mal que conduce a la destrucción total. Afrontaré mi miedo. Permitiré que pase sobre mí y a través de mí. Y cuando haya pasado, giraré mi ojo interior para escrutar su camino. Allí por donde mi miedo haya pasado ya no quedará nada, sólo estaré yo.
F.H

18 sep 2005

16/S

Ni siquiera puedo escribir
Esto, supongo, debe ser el fondo...

16 sep 2005

"Azar objetivo" en acción (Karlatone dixit)

Una de la tarde. Viernes de "puente". El destino que ya ni la burla perdona me hizo una visita. Mi celular sonó. En la pantalla parpadeaba tu nombre. Contesté. Ruidos, voces, risas, tu voz a lo lejos. Entendí que por error, habías marcado y ni siquiera te habías dado cuenta. Espere y (gran error) me dispuse a escuchar. Era curiosidad, lo reconozco, pero por encima de eso estaban las ganas de oirte, saber de ti. Me enteré de cosas que no debía enterarme, interpreté ruidos que no debí interpretar, voces que no debí conocer nunca. Cuando el crédito de tu teléfono por fin se agotó, encendí un cigarrillo y salí a la calle. Me sentí, mientras caminaba bajo el sol inclemente de media tarde, como el personaje patético de algún cuento de Bolaño.
Ahora que lo pienso quizá no fue una burla. Tal vez, como diría Karla, se trataba sólo del "azar objetivo" en acción. En fin, mejor olvidarlo todo, qué importa lo que haya sido. Hay cosas que de tan jodidas ni siquiera entristecen.

14 sep 2005

Bethza



A Bethza la conocí en Madrid. Compartíamos el mismo curso, el mismo Colegio Mayor y después de charlar un poco, pude darme cuenta que nos unían además los mismos gustos, las mismas preocupaciones, la misma forma de ver la vida. No pasó mucho tiempo antes de que se convirtiera en mi mejor amiga. Con Bethza pasé los días mas felices y tristes de mi estancia en Madrid y estoy seguro que la experiencia, sin ella, no hubiera sido la misma. Ahora, gracias a un adictivo programa de charlas en línea nos mantenemos al tanto de nuestras vidas.
Lo extraño sucedió ayer en el DF, cuando sin planearlo, sin esperarlo siquiera, me topé de frente con Bethzabé. Fue en Coyoacan, salía de un fastidioso examen para ingresar al posgrado cuando escuché que alguien gritaba mi nombre. En la calle de enfrente estaba Bethza con su amigo francés. Nos abrazamos, charlamos un poco y antes de despedirnos quedamos de vernos más tarde. Por cosas del destino, tuve que regresar ese mismo día a Puebla, así que sólo pude llamar para despedirme. De cualquier modo, verla me alegró no sólo el día, sino el fin de semana entero.
Hay algo extraño en la amistad, y eso es que justo cuando más lo necesitas, ésta, de algún modo, se hace presente. Ahora sé que lo de Bethza no fue casualidad. Necesitaba coincidir con ella en Madrid tanto como encontrarla ayer en una sucia calle del DF. Esas cosas me dan esperanza, me hacen pensar que la vida aún no pierde la capacidad de sorprenderme. No sé, quizá en unos años volvamos a encontrarnos en Australia o en Singapur. Sería chido.

7 sep 2005

Yo soy José


A mi abuelo José lo conozco a través de mi padre. A lo largo de los años hemos convivido poco, y sin embargo su existencia se encuentra íntimamente ligada a la mía. De ahí que su estado de salud me afecte profundamente. Mi abuelo decía que la sangre es así: te llama, te cuestiona, te hace sentir parte de una historia.
A pocas personas permito que me llamen José, apenas mis padres y alguien cuyo nombre no me interesa recordar esta noche. Quien me llama José conoce la historia que se esconde detrás del nombre. Sabe que ese nombre invoca una parte profunda de mi existencia. Utilizo ese nombre cuando escribo algo importante, cuando me dirijo a alguien especial, cuando deseo apelar a todo aquello que el nombre, por sí mismo, representa. Por eso son pocos los elegidos, y sospecho que con el tiempo serán cada vez menos. Hoy, por ejemplo, no tengo ya a quien dirigirme así.
Para quien nunca supo entenderme, debo decir esta noche lo siguiente: soy José antes que Alvaro, Hernández antes que Flores. Y aunque siento que soy un poco de ambos, me siento más identificado con esa parte lejana, trágica, pasional, sencilla, trabajadora, honesta, sabia y amorosa que me viene de mi padre, y del padre de mi padre y de mucho más atrás. Yo soy José, el que sueña, el que disfruta, el que vive como quiere. Soy también el que se equivoca, al que le cuesta transigir, el que desgraciadamente habla poco (o tarde) de lo que siente.
Mi padre y mis tíos viajan a estas horas para despedirse de su padre, que a los noventa años de edad, agoniza en la tierra donde nació, procreó, y vivió la mayor parte de su vida. No sé si vuelva a ver otra vez a mi abuelo, al padre de mi padre, al hombre que me heredó el nombre que con orgullo porto. Sé, sin embargo, que soy el eslabón de una historia que no termina. Y que la sabiduría acumulada desde aquel José primigenio que adoptó a mi abuelo, perdurará a través de mí y de quienes me sigan.
“Somos como el ganado”, decía mi abuelo “el linaje nos une a través de la sangre, por eso poseemos los mismos valores de quienes nos han precedido en el tiempo”.
Adiós abuelito. Te quiero mucho.

31 ago 2005

Bad dreams

Hoy tuve un mal sueño que me obligó a levantarme más temprano de lo habitual y apurar con ansia redentora el primer cigarro del día. Después de checar las principales páginas de los diarios con las cuales procuro siempre distraer la mente, me dispongo a emprender mis ocupaciones cotidianas. Estoy consciente de que no será sencillo llegar indemene al final de esta jornada y que el acopio de fuerzas para alejar de mi mente los efluvios del inconsciente será considerable.
El único consuelo es que esto es un poco como el alcohol. Tu organismo genera resistencia con cada dosis de modo que con el tiempo la resaca ya no se siente.