17 abr 2012

Al final de este viaje en la vida




Alguna vez fui joven y escuché hasta el cansancio las canciones de Silvio.
Fue una época extraña, incómoda, intensa. 
Desde la tranquilidad de la mesa en que ahora escribo, me gusta rememorar esos días. Los reconstruyo, inevitablemente, con un halo de romanticismo que oculta la naturaleza voraz de ese tiempo salvaje. Y es que si lo pienso bien, nunca fui tan desgraciado, ni tan feliz como en aquellos años.
Recuerdo que en nuestro modesto departamento de estudiantes de provincia, teníamos un poster del Ché y una foto del "Sup" Marcos (me sonrojo al pensar que de haber tenido dinero, me hubiera comprado también una playera).
Como todo buen universitario, desperdicié mis tardes leyendo a Marx sin entender a Marx, comenté con apasionamiento desmedido el último filme de Kieslowsky y devoré capítulos de Rayuela al por mayor. También, sucumbí al encanto de Cortázar y busqué con desesperación a la Maga (por supuesto, sin encontrarla).
Por las noches me gustaba encerrarme en mi cuarto, recostarme en el colchón extendido sobre el piso y encender un cigarro. Luego le daba "play" a la grabadora. 
Entonces sucedía...
La discografía de Silvio es tan amplia y sus letras están revestida de tanta poesía, que uno puede recurrir a ella prácticamente como si fuera el I-Ching: siempre habrá una respuesta, un mensaje oculto, una razón para sentirse aliviado. Añádase a esto la dosis de idealismo que nos imprimían en las aulas universitarias; el ambiente de incertidumbre política y económica que se cernía sobre el país y el deplorable estado emocional en que me había dejado mi primera gran ruptura amorosa. 
La música de Silvio era la medicina que noche tras noche, me permitía salir indemne de ese peligroso caldo de cultivo. Gracias a ella, pude darle sentido a las pequeñas grandes batallas que tuve que librar en aquellos años gloriosos y terribles.
A veces, instalado en la comodidad desde la que hoy escribo, me da por extrañar esos días. 
Quisiera recuperar un poco de la ingenuidad, de la confusión, del asombro frente a lo incierto, lo no escrito, lo que está todavía por suceder. Pero es imposible.
Con todo, me gusta pensar que hubo en tiempo en que la vida -me refiero a la mía, por supuesto- era todavía prehistoria. 
Entonces, me da por escuchar a Silvio otra vez.

21 mar 2012

Bitácora de investigación IV

Pero el investigador también vive, también duda, también quiere ser.
Y en su vida cotidiana no siempre se asume como sujeto cognoscente.
La mayor parte del tiempo es hijo, cónyuge, padre. Tiene responsabilidades y necesidades materiales y espirituales que no alcanza  a satisfacer. Para el resto del mundo (incluso para él mismo) es ese "otro" que nadie entiende.
Fuera del acto epistémico, necesita saber que sabe, necesita creer que sabe.

Bitácora de investigación III


La tarea del investigador no termina con un libro o una ponencia.
Es justo ahí donde apenas comienza. 
Donde las dudas se hacen más grandes, donde los fenómenos se hacen más inasibles, donde se intuye la imposibilidad de aprehender en su totalidad al "otro".
Saber que se sabe menos, es el destino cruel del que indaga.

29 nov 2011

El hombre del pijama de franela


Mi primera reacción, frente a la noticia de la muerte de Daniel Sada no fue de congoja sino de incredulidad. Horas antes, se había anunciado con bombo y platillo que Daniel había sido galardonado con el Premio Nacional de Ciencias y Artes. Las felicitaciones que minutos antes poblaban las redes sociales, se convirtieron de pronto, en expresiones de dolor y de luto.
Con la intención de verificar la noticia llamé a Jaime Mesa, quien semanas antes me había puesto el tanto del delicado estado de salud de Daniel. Mi llamada no tuvo respuesta, pero minutos después me llegó la confirmación del suceso en un escueto mensaje de texto: “Sí. Daniel Sada ha muerto, mi hermano”.
Las palabras de Jaime me revelaron de golpe el significado verdadero de la orfandad literaria. Y es que en efecto, si Jaime y yo somos hermanos, es en gran parte porque compartimos una misma filiación: la del escritor Daniel Sada.
A lo largo de su vida, Daniel Sada tuvo dos grandes pasiones: la del escritor y la del maestro.
Aún recuerdo la tarde en que lo conocimos, hace casi diez años, a iniciativa de un taller que Pedro Ángel Palou promovió durante su gestión como secretario de Cultura.  
Daniel escuchó nuestros proyectos, leyó con paciencia nuestros textos y luego arremetió contra ellos. Al final de la sesión advirtió que la exigencia durante el taller no menguaría. Quería novelistas, en el sentido de Tolstoi, y para eso había que trabajar mucho.
La mayoría desertó tras esa primera sesión.
Durante varios años, Daniel formó parte de una rutina que, estoy convencido, cambió nuestra forma de apreciar la literatura y la vida.
En su taller aprendimos de narrativa, sí; pero también de lo duro que resulta abrirse paso en el medio editorial. Ahondamos en las virtudes de la autocrítica y escribimos novelas que desechamos sin contemplaciones para acometer nuevos y más ambiciosos proyectos literarios. Hablamos de béisbol, de poesía, de Rulfo y Elizondo, de los haikús de la señora Josefina y también de los placeres de la comida china. Compartimos lecturas públicas, presentaciones de libros, largas sobremesas en los cafés del centro histórico. Pero, sobre todo, y eso es quizá lo que más extraño ahora, nos reímos mucho.
De aquellas entrañables sesiones salieron cuatro novelas, algunas de las cuales, fueron llevadas por el mismo Daniel hasta las editoriales comerciales, vedadas para escritores sin obra publicada.  
Recuerdo que semanas antes de que ese taller terminara, nos reunimos para organizar una despedida. Alguien sugirió una cena en el mejor restaurante de la ciudad y una lujosa pluma como recuerdo de su paso por Puebla. Estuvimos de acuerdo pero antes decidimos consultar a Adriana, su esposa. Queríamos un regalo significativo que expresara nuestro cariño, y al mismo tiempo, toda la gratitud y el respeto que le profesábamos. “Lo mejor que le pueden regalar es una pijama de franela”, nos dijo. Y así lo hicimos.
Conservo como un tesoro preciado, las estampas de aquella última tarde: la lectura del capítulo final de la novela de Lalo; el momento en que Daniel abrió su regalo; la cena en un restaurante modesto, surrealista, donde Daniel se despachó con un hot dog gigante, una malteada de fresa y un par de cafés americanos; la caminata hasta la Casa del Escritor, donde se hospedaba; y el abrazo final con el que clausurábamos, sin saberlo, una etapa de nuestras vidas.
Muchas cosas pasaron desde ese entonces. Algunos se hicieron novelistas (sí, en el sentido de Tolstoi); otros tantos optaron por la poesía, el periodismo o la academia. Todos, hasta donde sé, seguimos escribiendo, corrigiendo y desechando textos.
El día de hoy quiero recordar a Daniel Sada no por su obra, la cual tiene asegurada un espacio privilegiado en la literatura contemporánea, sino por los momentos sencillos que nos compartió a lo largo de su vida: un poema de López Velarde o de José Watanabe, una tarde de béisbol en el estadio Hermanos Serdán, la presentación de nuestros primeros libros, incontables horas de concienzuda lectura frente a nuestros textos fallidos.
Dedico estas letras apresuradas a Adriana y Fernanda, esposa e hija de nuestro amigo y mentor; pero también a Jaime Mesa, Isaí Moreno, Mely Arellano, Carlos Ríos, Eduardo Montagner y Gregorio Cervantes, hermanos literarios de ese padre generoso que fue Daniel Sada, un hombre sencillo del norte del país cuya potente voz narrativa quedará inscrita por siempre en la literatura de nuestro país; y cuyo corazón grande, desbordado, barroco, permanecerá vivo en nuestros más entrañables recuerdos. 

15 mar 2011

Predicadores del Facebook

Me molestan las personas que hiperintelectualizan las ideas simples. Hiperintelectualización vacua, porque no distinguen el contexto ni la intención en que la ideas se expresaron; porque retoman nociones viejas, anquilosadas, y las aplican, sin rigor alguno, a situaciones nuevas, muchas veces vulgares, en donde la palabrita o el concepto que recién se ha aprendido, simplemente no aplica.
Me molesta profundamente la incongruencia ideológica, ya no digamos conceptual, de sus dichos. La forma en que entretejen su discurso. La candidez con que mezclan religiones, idelogías, paradigmas, corrientes de pensamiento; y luego lo engloban en una palabra: posmodernismo (algunos, ni eso).
Me molesta la torpeza con la cual abordan la escritura. Desconocen que una mente clara tiene su correlato en el lenguaje. Y también en el humor. Eso, para mí, es lo peor: no tienen sentido del humor. Jamás percibirán la delgada línea que separa el sarcasmo de la ironía. Para ellos, toda risa es grosera, vulgar. Por eso se afanan en otorgar a sus palabras cierto tono ceremonioso y formal. Por eso reivindican causas a diestra y siniestra, cual espadachines de la justicia, sin entender que las batallas, las verdaderas batallas, se libran en otros campos. Y que a esa fiesta, para bien o para mal, nunca han estado invitados.
De esta clase de gente están llenas las redes sociales. Pero también los cafés. Y los blogs. Predicadores del Facebook con una necesidad enfermiza de aceptación, de reforzamiento de una identidad que por adquirida, no termina por encajarles.
Mis "vidos". Se creen tan diferentes y son todos tan iguales.

22 feb 2011

Meditaciones del náufrago


Días de sosiego, a veces apacibles, otras tantas aciagos.
Después de un año de trabajo intenso, he decidido dejar de alimentar el horno que empuja la pesada máquina de la vida.
Sin combustible los proyectos se apagan.
Las ocupaciones cotidianas se retiran, dejando tras de sí, los restos del naufragio. Un escritorio desordenado, una caja de papeles revueltos, una computadora con archivos incompletos, ideas bosquejadas con entusiasmo que nunca verán la luz.
Atrapado en una isla desierta, en pleno centro de la ciudad, enciendo una hoguera. Quemo en ellas las ideas del pasado, las expectativas sobre el futuro, y las duras tareas del presente. Me abandono sin temor a las inclemencias del tiempo, a la sabiduría de la naturaleza que no opone resistencia a los cambios, que se adapta a ellos siempre que puede, y cuando no, simplemente muere.
Cuesta trabajo entenderse así.
Un hombre a merced de los elementos.
Y sin embargo, resulta a veces tan necesario abandonarse a esta efímera paz, a esta irritante zozobra.

30 dic 2010

Que la quinta es la una y la sexta es la dos...


No olvidaré el 2010 y sus altibajos.
El año en que me hice doctor, o lo que es lo mismo, dejé de ser estudiante.
El año en que se materializó el proyecto editorial que mis amigos y yo concebimos años atrás, reunidos a la mesa de un café, cuando no teníamos un centavo en la bolsa, pero sí mucha pasión y talento entre manos.
El año en que tuve el raro privilegio de trabajar más que nunca, haciendo lo que más me gusta.
El año que pasé de acreedor a deudor de un banco.
El año en el que mi abuela se fue y que Sofía, mi sobrina, llegó para quedarse.
El año en que entendí, por fin, que debo empezar a cuidarme.
Despido el 2010 en Morelia, Michoacán, tal y como lo he hecho durante los últimos cuatro años. Y ése, quizá, es el mejor motivo para celebrar: saber que en medio de tanto cambio (y tanto trabajo) le seguimos reservando espacio a lo importante.
A unas horas de que el año termine, Myriam y yo no tenemos plan... la verdad, me tiene sin cuidado.

26 nov 2010

Fragilidad

Hace un mes -cosas de la fisiología- me descubrí una noche mirando con incredulidad el retrete, justo después de orinar. El color escarlata me revelaba de forma poco sutil la presencia de sangre. Tras el susto inicial, una rápida mirada a la Wikipedia calma mis temores. Los médicos le dicen hematuria y en ausencia de otros síntomas puede tratarse de "un episodio aislado". Pero unas horas después la situación se repite. Preocupado, consulto nueva información en la red. A veces, el exceso de información perjudica. En la época del internet ésta debería ser una advertencia a tomar en cuenta por los usuarios.
Para mi mala suerte es jueves y la televisión transmite un nuevo capítulo de Dr. House. Recientemente he visto Biutiful, la película de González Iñarritu que narra los últimos días de Uxbal, un exjunkie catalán aquejado por un violento cáncer de próstata. El filme, obviamente es mucho más que la anécdota médica, pero en ese momento, es esa parte de la historia la que me abruma.
Acostado sobre la cama me siento la persona más frágil del mundo y por un segundo -sólo por un segundo- cobro conciencia de que son ¡alfileres! los que sostienen los aspectos más fundamentales de mi existencia. Por la noche, antes de dormir, las palabras cáncer, tumor, riñones, vegija y otras menos amables me atormentan. Me duermo con un pregunta en los labios (¿Y qué pasaría si...?)
Las semanas que siguen son de incertidumbre. Tras la llamada a mi médico de confianza, se viene una lista de exámenes clínicos que revelan la presencia de una infección y otras pruebas que -tras una agónica espera- sirven para descartar "otro tipo de complicaciones", cualquier cosa que eso signifique.
Pero es sólo hoy, después de tres semanas de dieta y medicación rigurosa, que puedo finalmente respirar con alivio.
Preparar el café matutino es mi primer acto de soberbia, casi diría de rebeldía, frente a los oscuros pensamientos del mes anterior. Escribir este post, un intento vano por preservar algo de ese miedo primario, instintivo, hacia la muerte.

19 nov 2010

Del oficio

No sé cómo, ni cuándo me hice periodista. Sólo sé que hace diez años entré por casualidad una sala de redacción y desde entonces no he podido dejar el oficio. Muchas cosas han pasado desde entonces. De la corrección de estilo, pasé a la edición y de la edición a la redacción de artículos especializados. De ser empleado full time, ahora trabajo como free lance. Y así... 
Mucha gente me pregunta por qué no dejo este trabajo demandante, ingrato, mal pagado. Y casi nunca alcanzo a contestar adecuadamente; aunque en la soledad siempre me respondo: porque se trabaja con palabras y con realidades, y porque es la actividad que más se asemeja al viejo sueño de cambiar el mundo con un pluma en la mano.
En fin...

13 oct 2010

Bitácora de investigación II


Y después de un descanso breve, regresar a la rutina del investigador. Días que inician y terminan frente a la pantalla de la computadora, en una habitación oscura, apenas iluminada con luz artificial y una tazá de café sobre el escritorio. Horas que se van como agua, comparando cifras, extrapolando hipótesis, desarrollando argumentos.
El investigador edifica con palabras una réplica de la realidad. Réplica imperfecta y subjetiva, intento vano por comprender al otro: el que escribe y sobre el cuál se escribe.

21 sep 2010

La naturaleza hedonista

Con el mar en el horizonte, duermo a pierna suelta y leo.
Mi selección para los días de playa no puede ser mejor: Tierra desacostumbrada el último libro de relatos de la escritora norteamericana de origen bengalí, Jhumpa Lahiri, es una obra maestra.
En ausencia de afán analítico, me dejo llevar exclusivamente por la trama de cada relato, por su cadencia interna, por la vida que emerge de sus páginas: briosa, tenaz -y cierto- inexorablemente triste .
Los músculos se relajan y se tensan acompasadamente, los sentidos se agudizan al extremo. Por momentos parece que en lugar de leer, degusto.
Con un buen libro en las manos me convierto en un hedonista, un egoísta irredento.
La vida académica convierte la lectura en un mero instrumento.
La despoja de su sentido primigenio.
Leer por placer, en cambio, te convierte en un ser sensual, omnipresente en el sentido más literal del término
El instánte en que leo, no soy más yo. Soy otros.

1 sep 2010

Bitácora de investigación I


En las memorias del viaje que realizó por la Tarahumara en 1936, Antonin Artuad escribe:

"Ellos (los tarahumaras) vienen algunas veces a las aldeas, empujados por un ansia de viajar, de ver, dicen ellos, cómo son los hombres que han errado. Para ellos, vivir en las aldeas es errar."

El escritor francés –que aseguraba haber presenciado en Norogachi, al fondo de la Sierra Tarahumara, un antiguo rito descrito por Platón que se atribuye a los reyes de la Atlántida– encontró entre la población indígena de esta apartada región del país, un conocimiento espiritual  inédito, primigenio, que lo liberó del racionalismo europeo el cual sentía –ya desde entonces– como el fracaso de la civilización moderna.

He pasado varias semanas al pie de la Tarahumara, mirando de lejos y conversando –también de lejos– con los descendientes de la raza que Antonin Artuad conoció en los albores del México posrevolucionario: los tarahumaras que viajan a las aldeas para conocer a los hombres que han errado. Una raza altiva y orgullosa, en el mejor sentido que guardan estas palabras.

No deja de intrigarme, cómo aún en las condiciones más precarias, lejos de la sierra y de las barrancas, hacinados en bodegas y albergues improvisados, trabajando largas jornadas en los campos de cultivo, viviendo entre los chabochis que los explotan, estos tarahumaras se conservan dignos e impolutos. No piden nada. No dicen nada. No se quejan de nada. 

Más de una vez, a lo largo de estos días, me ha tocado ser objeto de su desdén. Su cautela está plenamente justificada. Históricamente, la experiencia de los tarahumaras en el mundo occidental ha sido un desastre. Por eso, aunque hablan español, no tienen empacho en darle la espalda al chabochi que los interroga, que quiere saber más de ellos. A veces, después de intercambiar palabras en su propio idioma, se ríen de él. Luego siguen como si nada. Lo ignoran, como ellos han sido ignorados siempre. Montemayor afirma que el propio vocablo chabochi, es peyorativo, burlón. El que tiene barbas en la cara, el que tiene arañas en el rostro, el que tiene telarañas en la cabeza, el que no piensa bien, el sordo, el que no escucha, el que no es capaz de entender.

Y sin embargo, cuando se logra hacer contacto con ellos, aunque sea por breves momentos, uno entiende las razones de su desconfianza, de su aisalmiento, de su pasividad. Dicen que es el "hambre" lo que los obliga a bajar de la sierra (el hambre, esa palabra sobre la que tanto se escibe y sobre la que tan poco se sabe). Pero es algo más que eso: es el compromiso de "caminar bien" en el mundo. De seguir, pese a todo, siendo rarámuris.

La poeta tarahumara Dolores Batista lo describe así:

"Nosotros somos los rarámuris. Nosotros somos los que sostenemos el mundo. Nosotros somos el pilar de este mundo. Tenemos que recordar lo que decían los antepasados, así seremos más rarámuris. No hay que entristecernos sin nos hacen sufrir. Hay que ser fuertes, aunque nos hagan sufrir."

4 ago 2010

Manual onírico I

Breve catálogo de pesadillas recurrentes

1. El mar. Una playa semivacía al atardecer, justo a la hora en que la marea empieza a subir. Estoy sentado sobre la arena cuando una ola me alcanza y me arrastra al óceano. Braceo con todas mis fuerzas, gano algunos metros, y justo cuando estoy a punto salir, llega otra ola más grande que me devuelve al agua. A medida que pasa el tiempo la resaca aumenta su intensidad y yo comienzo a cansarme. Sé que me voy a ahogar y nadie va a darse cuenta.
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2. Un tsunami. De nuevo el mar. Esta vez repleto de gente. En el horizonte, una ola enorme, de dimensiones colosales, empieza a formarse. Me pongo de pie, alerto a las personas que me rodean y corro en busca de un sitio seguro. El agua se desoborda y cubre todo a mi alrededor. Cuando el mar se retira regreso a la playa. Todos los bañistas han desparecido.
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3. Muerte a puñaladas. En una calle desierta, alguien me ataca por sorpresa, casi siempre por la espalda. Mi atacante tiene un arma punzocortante que clava repetidamente sobre la zona de los riñones. Una puñalada, dos puñaladas, tres puñaldas. El dolor es agudo, real. Siempre me despierta.
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4. Olvido académico. Estoy en la preparatoria o en la universidad. Es final de semestre. Justo cuando pienso que he aprobado todas las materias, alguien me advierte aún tengo que presentar un examen (la mayoría de las veces es matemáticas, pero en ocasiones se trata de química o inglés). Desconcertado, reviso mis horarios y me percato de que he cometido un terrible error: me inscribí a una materia y luego lo olvidé. Intento desesperadamente conseguir los apuntes, las tareas, los ejercicios, pero es inútil. No voy a graduarme.

23 jul 2010

Las pequeñas cosas

El primer café de la jornada; las mañanas nubladas y frías; la canción de la semana reproduciéndose obsesiva, una y otra vez, en el estéreo de mi automóvil; el sonido de la lluvia contra la ventana de mi habitación; el recuerdo de una tarde en particular, en una ciudad extranjera en particular, con una persona entrañable en particular.
Todas ellas, pequeñas cosas que a últimas fechas me hacen el día.
Hoy por la tarde, la visita de Sofía, mi sobrina, a la casa.

15 jun 2010

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Me convertí en doctor el día que México inauguró el mundial en Sudáfrica.
La noche anterior, para variar, no pude dormir. Llevaba una semana ajustando mi presentación, adelantándome a las posibles preguntas, estudiando los temas que se discutirían en el examen.
Hacia la madrugada, cuando me había cansado de dar vueltas en la cama, entendí que no quedaba nada más que hacer. Así que me relajé y comencé a pensar en la alineación del juego inaugural. En algún momento pensé que una victoria de la selección sería un buen augurio, pero pronto deseché esa posibilidad.
Hice bien.
Horas después, mientras daba rienda suelta a mi frustración tras un juego mediocre, que termino en un doloroso empate, entendí que hay dos cosas que en el futbol -y también en la vida- no se perdonan: la mezquindad y la apatía. Entendí que ninguno de esos dos ingredientes iban a estar presentes en la sala donde esa misma tarde presentaría mi disertación doctoral.
Y así fue.
Durante casi tres horas expuse, discutí, respondí, disentí, me defendí.
Terminé agotado, pero satisfecho con el cierre de cuatro años de vida académica a full.
Ahora que todo ha terminado, me dispongo -por fin- a tomar unos días libres. Un fin de semana en el DF (concierto de Calamaro incluido) y otro en la playa, son los únicos pendientes que restan por tachar de mi lista. El resto es página en blanco.

9 jun 2010

Aquí nos tocó vivir...

Hace 30 años, cuando el encuestador de INEGI visitó la casa de mis padres se encontró con una pareja, casada, con dos hijos pequeños, que vivía en casa propia. A pesar de que la pareja contaba con estudios universitarios, sólo el jefe de familia trabajaba. La mujer también lo hacía, pero sólo como ama de casa (es decir, no recibía remuneración). Toda la familia contaba con seguridad social, entre otras prestaciones sociales. Todos se declararon integrantes de la Iglesia católica.
Ayer, el encuestador de INEGI que visitó mi casa se topó con un panorama diametralmente opuesto. La pareja no está casada. No tiene hijos, y no vive en casa propia. Los dos miembros de esta pequeña familia, cuentan con estudios de posgrado. Los dos trabajan. Y uno de ellos (a sus 34 años) sigue todavía estudiando. Las prestaciones sociales en sus respectivos trabajos son mínimas. No tienen Infonavit (nunca han cotizado) y sólo la jefa de familia (el encuestador tuvo trabajo para entender que la jefatura era compartida) cuenta con seguridad social. Los dos declararon no profesar religión alguna.
Entiendo que las prácticas a microescala no pueden generalizarse, pero aun así, el ejercicio de comparar ambas situaciones me pareció muy revelador, en tanto que expone, de forma muy clara, algunos de los cambios generacionales y de contexto socioeconómico más importantes de los últimos años.
Me pregunto que será lo que nuestros hijos (o sobrinos) tendrán que decirle al INEGI dentro de 30 años.

20 may 2010

Botella al mar


Tras cuatro años de trabajo arduo y constante, y miles de horas-hombre invertidas frente a la pantalla de una computadora, pude poner punto final a mi tesis doctoral.
Con la emoción reciente, carezco aún de la distancia necesaria para evaluar de manera objetiva el documento. Estoy consciente, sin embargo, de que sus aportaciones -más teóricas que pragmáticas- son apenas un grano de arena más perdido en el vasto desierto del corpus científico. Tristemente, no cambiaré vidas con ese trabajo. No generaré rompimientos paradigmáticos. Y no modificaré el destino -cualquiera que éste sea- de las localidades donde realicé mi investigación. Las 345 páginas de las que consta mi tesis, servirán apenas como escudo protector para desviar los dardos que amenazan con caer sobre mí el día del examen de grado.
La paradoja no deja tener ciertos tintes de ironía. Y es que si bien el mundo de la ciencia ha ganado poco con mi trabajo. Mi mundo -el mío, el interior- se ha vuelto inmensamente rico a partir de los aprendizajes acumulados.
Por eso que no dudo al asegurar que el día de hoy, no sólo conozco más, sino que conozco mejor. Y que gracias al trabajo previo, a veces marginal, a veces insignificante, de mis pares; soy dueño de nuevas herramientas para interpretar el mundo, pero sobre todo, para interpretarme a mí y a los que me rodean.
Sea, pues, esta tesis, una botella que se lanza al mar con la esperanza de que algún día pueda alimentar la fe de otros náufragos, cautivos a la deriva de este insondable y apasionante mar al que llamamos ciencia (para colmo) social.

24 abr 2010

La muerte de un mundo

Me desperté extrañando a la abuela y recordé una frase que alguna vez leí. Era algo así como que la muerte de alguien que te piensa equivale a la muerte de una parte de tu mundo.
El mío (mi mundo) se siente esta mañana insignificante y triste.

5 abr 2010

Love is in the air (oh,oh,oh,oh)


El primer trimestre del año se fue con más pena que gloria. La abuela murió. La beca se terminó. El proyecto editorial se estancó. El doctorado comenzó su agonía.

Y en medio de ese panorama los 34 años, como tercera llamada inminente, recordatorio del inexorable paso del tiempo, y testimonio visceral de las cosas por las que vale la pena vivir.

Cercanos y lejanos, íntimos y casuales, permantentes e intermitentes, reales o virtuales, los amigos y la familia me hicieron sentir cobijado y querido. Hubo reencuentros memorables, charlas y risas al por mayor, ensoñaciones lúcidas y -quién lo diría a estas alturas- mucho baile y celebración.

Se equivoca quien dice que hemos perdido el tiempo. Hemos ganado mucho. Y lo mejor está por venir.

25 feb 2010

Educación pública


Y justo cuando estoy por terminar mi tesis... chan chan chan chan... el Colegio de Postgraduados se va a la huelga.
Sí, igual que me pasó en la UNAM justo hace diez años.
(respiro profundo y cuento hasta cien)
Y luego preguntan que por qué se está volviendo uno "neoliberal"...