14 may 2007

En el día de los profes...


No conocí bien al doctor Ayala, aunque jamás me perdí una sola de sus clases.
Me gustaba su forma de enseñar. Sencilla, sin dejar de ser rigurosa. Apasionada, al punto de suscitar el contagio entre sus estudiantes. Tolerante y crítica al mismo tiempo, virtud escasa entre los profesores de la UNAM siempre propensos a ideologizar y a tratar de imponer su postura en el aula de clases.
José Ayala sabía combinar sus experiencias personales, con anécdotas de la vida cotidiana y referencias a los autores clásicos y contemporáneos, como método para explicar el modo en que la economía —y de modo más particular “las instituciones”— afectaban prácticamente todos los aspectos de nuestra vida. En ese sentido, mi deuda con José Ayala es impagable. Durante sus clases, renació el interés por una carrera que hacía mucho tiempo había dejado de emocionarme.
José Ayala fue el sinodal con quien yo más deseaba discutir mi tesis de licenciatura y fue el único que no se presentó el día de mi examen.
Fue el único maestro con quien me quedé con las ganas de darle las gracias.
Y el único también, cuyos libros retomé durante el posgrado más de una vez como fuente de consulta inagotable.
La vida tiene extrañas formas de ponerse a mano con los que ya no están y saldar las cuentas que se pensaron alguna vez pendientes.
Ayer por casualidad, me enteré que era posible que el doctor Ayala no hubiera asistido ese día a mi examen porque le habían detectado cáncer. También de que pese a la rapidez con que se extendió su enfermedad no faltaron muestras de respeto y agradecimiento por parte de sus estudiantes. Y que debido a sus aportaciones a la academia existe una cátedra en la facultad que lleva actualmente su nombre.
Vaya pues este post, a modo de homenaje.

19 abr 2007

De las labores "non gratas"

Todos los jueves, el pasquincito en el que trabajo hace un pasquincito más jodido aún, que sale en forma de suplemento los días lunes. El encargado de dar coherencia a la retahíla de boletines, seudo reportajes y otras aberraciones del género periodístico que prefiero no mencionar, soy yo. Así que por lo regular, en noches como hoy, mientras me esfuerzo por encontrar una cabeza más o menos afable para una noticia que no es noticia, o titular una crónica que se sumerge, cual grosero y pesado armatoste, en los mares profundos del aburrimiento, me pregunto una y otra vez: ¿cómo diablos puede alguien hacer dinero con algo así? ¿existirá de verdad un segmento de lectores interesado en leer el pasquín de un pasquín? Y más extraño aún ¿qué carajos hago yo trabajando en un sitio como éste? Claro que después me vienen a la mente los recibos del banco, la renta del departamento y un montón de necesidades que para bien o para mal, subsano con el mini-salario que percibo ejerciendo el subvalorado y humilde oficio de editor. Entonces dejo de hacerme preguntas y cual reo en vísperas de la evasión, me concentro en repasar, detalle a detalle, los pormenores de mi huida.

5 abr 2007

A saber por qué...

pero de un tiempo a esta parte, me ha dado por coleccionar momentos del tipo “si no el mejor, uno de los mejores”
Y no puedo evitar, frente a este hecho, sentirme afortunado y perplejo. Asustado, a veces. Pero más que nada, embriagado con este subir y bajar, al que a estas alturas uno debería estar más que acostumbrado.

26 mar 2007

Jóvenes y tontos


En vísperas de mi cumpleaños número 31 va esta foto para el recuerdo.
En aquella época solíamos decir que éramos jóvenes y tontos. A saber si era verdad o no, pero a la fecha, siempre que la situación lo amerita, algunos todavía lo seguimos afirmando...
La foto es de 1994.

23 mar 2007

Cuentas pendientes

Hace un par de días celebramos la clausura de nuestro taller literario en Oaxaca. Si bien la experiencia valió las horas en carretera, las ausencias laborales, y los inconvenientes propios del traslado Puebla-Oaxaca durante el primer fin de semana de cada mes, mi conclusión al respecto resulta en una colección de curiosas contradicciones.
Queda por un lado, cierta nostalgia por San Agustín y su gente, por el bungalo que nos albergó durante todo el año, por las reveladoras sesiones de I-Ching y por las preocupaciones literarias y extraliterarias, externadas en pláticas interminables, que fueron por mucho, lo mejor del taller. Queda también la sensación de que se pudo hacer mucho más y no se hizo. Y junto con eso, el desconcierto colectivo que deriva del hecho de que la mayoría salimos de ese taller con más dudas que respuestas —lo cual me parece hasta cierto punto saludable— y ninguno, hasta donde sé, con una novela que valga realmente la pena bajo el brazo.
Con todo, no dejo de pensar en qué momento se perdió el proyecto literario de este año. Y lo más importante de todo: ¿dónde quedó? ¿y cómo diablos haré para retomarlo? Así que extrañamente el ciclo que termina, marca también el inicio de nuevas y quizá más profundas preocupaciones.
Así las cosas, sólo me queda constatar, un tanto con sorna y otro con complacencia mal encaminada, que mi relación con la escritura sigue siendo hasta ahora (con taller o sin él) una cuenta pendiente.

15 mar 2007

Mal y de malas

Primero, el accidente sobre la carretera Toluca-Atlacomulco.
Luego, el robo/canje de llanta con que me timaron en el taller de la aseguradora.
Después, el corto circuito en el sistema eléctrico de mi auto.
Más tarde, el extraño caso de la compuerta de combustible del Clio.
Hace un par de semanas, el extravío de mi credencial de elector.
Hoy, la pérdida de mi USB con la novela, la tesis doctoral, y todo el trabajo académico de este año.
¿Alguna otra idea genial para terminar de arruinar este mes de marzo?

7 mar 2007

A propósito de Gabo...


En el cumpleaños número ochenta de Gabo todos hablan Cien años de soledad como si en verdad ésta fuera la obra cumbre del Nobel colombiano. Está bien. Cada quien tiene el derecho de ponderar sus lecturas como mejor le venga la gana. No obstante, si alguien pregunta mi opinión, diré que me cuesta compartir esa postura. Estoy seguro de que mi escepticismo hacia la novela deriva en parte de aquella primera lectura, apresurada, impersonal, en un momento en el cual mis convicciones (si es que alguna vez las tuve) eran demasiado incipientes como para deslumbrarme. Me explico: a mis trece o catorce años, América Latina era una noción que estaba apenas en construcción. Existía, en el mismo nivel que la Malasia de las novelas de Salgari, o la Rusia invernal de los libros de Tolstoi. Uno es lo que vive y lo que lee. Y para un adolescente de clase media que habita en una conservadora ciudad de provincia, los catorce son una edad en la que por lo regular no se ha vivido mucho.
Tuvieron que pasar algunos años para que pudiera regresar a Cien años de soledad y entender la verdadera dimensión de este libro. Claro que para entonces, ya había leído a Azuela, Martín Luis Guzmán y toda la novela de la Revolución. Estaba maravillado con José Revueltas y El Apando y había descubierto —gracias a la terquedad de uno de mis profesores— a Eduardo Galeano y Las venas abiertas de América Latina, por lo que casi puedo asegurar que lo que me sucedió con la novela de Gabo fue sólo la intelectualización de todo lo leído anteriormente.
Cosa distinta me ocurrió con El amor en los tiempos del cólera. No recuerdo bien las circunstancias bajo las cuales acudí por primera vez a ese libro. Recuerdo, eso sí, cada uno de los pasajes, encuentros y desencuentros de esos dos grandes personajes: Ferminza Daza y Florentino Ariza. Y junto con el recuerdo, la percepción de estarme enfrentando a una novela, como no había leído otra hasta entonces. En parte por la riqueza y el uso prodigioso del lenguaje, pero también porque la historia, narrada del modo en que lo hace García Márquez, posee una tremenda capacidad emotiva que la vuelve, hasta cierto punto, universal. Y aunque todo sucede en un lugar llamado Cartagena de Indias, uno puede sentir, desde el sillón de su sala, que podría estar ocurriendo en cualquier parte.
A diferencia de Cien años de soledad, El amor en los tiempo del cólera es una novela que no he vuelto a leer, salvo para recuperar algunos pasajes memorables. Supongo que es cuestión de gustos, pero en vez de la imponente y aleccionadora saga de la familia Buendía, he preferido quedarme con la impresión primera, maravillada y sobrecogida, de dos enamorados juveniles que se separan y viven largas vidas, antes de reencontrarse.

2 mar 2007

Buzon de quejas

Hoy no fue uno de mis mejores días. Me siento al final de esta interminable jornada, agotado y triste. Pero más que eso, vulnerable. Al sentimiento abona la incertidumbre en torno a ciertas decisiones que no se ven muy lejanas y la percepción de que algunos proyectos personales siguen sin avanzar. A pesar de todo pienso que a estas alturas, quejarse puede resultar muy injusto. Así que mejor ahí le paramos.
Vaya pues este jueves terrible para el olvido.

28 feb 2007

Un liberal de izquierdas


Fue interesante contestar el test de la brújula política:

Y descubrirme de repente como un individuo con tendencias anarquistas
Y ver que me ubico del lado liberal, pero de izquierda
Y que comparto cuadrante con gente como Gandhi o Mandela
Y que me ubico en el opuesto de Bush, Aznar o de Blair
Y lo difícil que resulta conciliar la forma en que se vive, con la forma en que se piensa
Y que apelar a la libertad, desde una posición ética que parta desde el individuo, describe un poco la postura que asumo en discusiones estériles en las que no muchas veces suelo darme a entender.
Y finalmente constatar que uno sigue siendo un moderado, a pesar de todo...

Para todos los interesados, la dirección de la página es:


No lleva más de cinco minutos responder las preguntas y como todo test, éste también suele ser divertido.

30 ene 2007

Oaxaca de ida y vuelta

Extrañaba Oaxaca. Extrañaba manejar de noche y fumar un cigarro con Laia. Extrañaba platicar con Tryno y con Pynch sobre literatura. Y saludar a Martín y al resto de la banda oaxaqueña. Extrañaba hablar de libros leídos o por leer. Y burlarnos de las novelas que decimos escribir y que pareciera no vamos a terminar nunca. Echaba de menos todo eso y más, y sin embargo, apenas había transcurrido un día y ya estaba de regreso en la carretera.
A saber si fue el malviaje, las ganas de verla otra vez, o simplemente el deseo de rescatar el fin de semana. No se necesita ser muy inteligente para notar que de un tiempo a esta parte mis prioridades han dado un viraje.
Ni hablar. En la batalla contra la añoranza, lo cotidiano le gana siempre a lo excepcional.

25 ene 2007

Dependiente emocional

El fin de semana pasado perdí mi celular. Desde entonces vivo en un espacio temporal indefinido: llego tarde a todas mis citas, tengo dificultad para conciliar el sueño, me cuesta trabajo tomar decisiones. En lo que va de la semana me he sentido desconectado del mundo. Extraño ciertas llamadas. No hay más mensajes que alegren mis días. El silencio se ha convertido en mi peor enemigo.
El sábado pasado, el test de una revista me catalogó como un "dependiente emocional". Empiezo a pensar que quizá no estaba tan equivocado.
Para mi fortuna, la solución a esta crisis parece bastante sencilla. Dicen que una relación dependiente se suplanta con otra.
Aunque pensándolo bien, no en todos los casos…

Medicina contra la curiosidad

Frente a las cosas que no es necesario saber, uno debería guardar siempre cautela. El problema es que a nadie le gusta pensar en las consecuencias. Y un día cualquiera, en un arrebato de osadía, cuando parece que nada podría estar mejor, uno se afana en indagar más de la cuenta, como si la recopilación de fragmentos dispersos bastara para reproducir (o por lo menos imaginar) el sentido real de la pieza completa. Está de sobra decir que la adquisición del nuevo conocimiento no suele ser un proceso grato. Con cada verdad revelada los huecos se hacen más grandes. Y por lo regular, uno termina terriblemente confundido y desorientado, sin saber cómo diablos suplir el espacio que tiempo atrás—cuando se era ignorante y feliz— ocupaba la duda a sus anchas.

23 ene 2007

John Irving, príncipe de Maine


La orfandad, el aborto, la paternidad, el amor platónico, la amistad, la reivindicación del derecho a convertirse en dueño del propio destino. Los temas que roza John Irving en The Cider House Rules no sólo son abundantes, sino expansivos. La novela es bella porque logra conciliar las dos grandes obsesiones que acechan los intentos literarios de todo escritor contemporáneo: retomar el espíritu narrativo de los escritores clásicos del siglo diecinueve y abordar, con ese mismo aliento, los grandes temas y preocupaciones sociales del siglo veinte.
Arriesgarse a escribir en estos tiempos una novela a lo Dickens es de por sí un gran logro. Pero más allá de eso, más allá de cualquier lectura que se ocupe de analizar los cuestionamientos morales a los que obliga este libro, se repite una vez más ese fenómeno que me hace pensar en Irving como en uno de esos iluminados que tienen el don de recrear vidas y edificar universos con la misma facilidad con que un mago de circo extrae de su desgastada chistera, justo frente a nuestros ojos, una impoluta y blanca paloma.
En esta novela, Irving escribe desde y para el individuo. Su historia no es una diatriba empeñada en transformar conciencias. Por el contrario —y pese a lo aparentemente urgente y necesario que pudiera considerarse el cuestionamiento de ciertos temas— Irving prefiere someternos a la tiranía de un narrador que nos obliga a recorrer más de quinientas cuartillas con la única intención de emocionarnos, conmovernos y hacernos sentir extrañamente unidos a un puñado de personajes ficticios que bien pudieran ser el reflejo de todo aquello a lo que podemos llegar a convertirnos algún día. Así, lo último que quisiéramos después de leer la última frase del libro es emitir un juicio. No es conocimiento sino comprensión lo que hemos adquirido. Y ese sentimiento nuevo, aunque fugaz, no sólo nos hace mejores lectores. También nos humaniza. Nos reconcilia con los demás y con nosotros mismos.

3 ene 2007

Simbiosis plástica


Nunca he sido bueno para las manualidades. Aún a la fecha, dibujar, recortar, hacer un amarre, o incluso conectar los cables de mi computadora, son actividades que realizó con un máximo de esfuerzo y con resultados casi siempre pobres o mediocres.
De niño, en los scouts, este defecto ocasionó que mi tropa perdiera todos los concursos de nudos en los que yo participaba, y que los diez de mayo mi mamá recibiera siempre los regalos más feos que salían de los talleres de la escuela. Actualmente escribir una carta o dedicar un libro me deja siempre una sensación de incomodidad ante lo desaliñada y deslucida que parece mi letra.
Todo esto para explicar mi participación en el mural con el que competimos en el concurso escolar durante el último año de preparatoria.
Se llamaba si mal no recuerdo Simbiosis plástica. La idea original consistía en hacer coexistir en un mismo espacio diversas imágenes extraídas de las pinturas famosas que conocíamos. Desde las pinturas rupestres de Altamira, y los bocetos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, pasando por Dalí, Picasso, Velázquez, Van Gogh, la portada de un disco de Pink Floyd y alguna que otra aportación personal, cubrimos el espectro de lo que en aquel entonces considerábamos nuestra cultura visual. Cuando los jueces pasaron revista a los trabajos quedaron sorprendidos. De toda la escuela fuimos los únicos que no utilizamos imágenes religiosas o estampas de la Puebla colonial para decorar los pasillos. Ahora, a la distancia, me gusta pensar que la elección del tema de nuestro mural fue una especie de protesta en contra de la uniformidad académica y cultural de la institución en la cual cursábamos nuestros estudios. Pero no estaría tan seguro.
Como era lógico perdimos. No recuerdo si fue ante un cursi y monumental San Juan Bautista de La Salle, o frente a una estampa bucólica, extraída seguramente del calendario de un taller mecánico, que representaba con majestuosidad los volcanes del valle poblano.
Como regalo de fin de año, nuestras mujeres decidieron comprar el pizarrón que nos sirvió de lienzo y nos los entregaron formalmente en una de esas cenas navideñas que hasta la fecha siguen siendo costumbre. A partir de entonces el destino de nuestro mural es incierto. Algún tiempo permaneció en la habitación de Nacho hasta que su abuela pidió que lo sacaran de ahí porque en las noches le daba miedo. Después estuvo arrumbado por varios años en el taller de resina de la familia Kasusky y no volvimos a saber más de él hasta el día de ayer, que Juan Carlos rescató una fotografía que nos envió a todos por correo.
He dicho antes que la pintura, entre muchas otras artes nunca ha sido mi fuerte. Por eso debo confesar que mi aportación al mural consistió en rellenar el fondo (negro para acabarla de joder) y delinear las siluetas de los bocetos que Nacho y Juan se ocupaban en reproducir haciendo gala de sus habilidades artísticas.
Supongo que en algún lugar del mundo Simbiosis plástica guarda reposo. Lleno de polvo y probablemente deteriorado, el mural conserva en una de sus esquinas el nombre de los artistas que lo concibieron y lo crearon. Aunque usted no lo crea, el mío aparece ahí.

31 dic 2006

De los años pasados

Hay años para olvidar. Años de noches perdidas. Años que cuando terminan es mejor archivar en el oscuro expediente de las cosas que se tuvieron que hacer algún día.
Hay años que se suceden unos a otros, que se encadenan para construir situaciones que se nos figuran eternas. Años de tierna inconciencia, de trayecto firme y aparentemente seguro por el océano de incertidumbres que es la vida.
Hay años de reposo, de recapitulación, de simulada calma. Años de voluntaria expiación. Años en los que la inmovilidad constituye la única forma posible para seguir avanzando. Años de hibernación, de parálisis simulada. Años de un activo y productivo letargo.
Hay años, como el que hoy termina, en los que uno aprende a olvidar lo aprendido. Años que te sorprenden a la vuelta de la esquina. Años en los que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Años que dan sentido a otros años. Años en los que todo es volver a empezar…

13 dic 2006

Pensar en diciembre

Las mañanas soleadas y frías, los días no laborables, el reencuentro con viejos amigos, las luces que adornan el centro de la ciudad, las compras de último momento, las ofertas que nunca son ofertas, la ennumeración de propósitos que no van a cumplirse, el olor a resina de los arbolitos naturales, la repartición de los abrazos, la chimenea encendida en casa de mis padres, los vasos rojos del Starbucks, la sala de cine vacía durante la última función del año…

24 nov 2006

Cerrado por derribo

A últimas fechas no tengo ganas de postear. Me pregunto si es un estado de ánimo natural o se trata sólo cierto temor a lo que pudieran revelar las palabras. Lo cierto es que los últimos días han sucedido demasiadas cosas. Y no quiero pensarlas. Ni hacer de ellas filosofía pasajera. Mi escritura se está volviendo limitada.
Este blog se declara en receso.

3 nov 2006

Alivio de luto


Y las luces del Auditorio se apagaron. Y el maestro Sabina salió al escenario. No fue, ni con mucho, el Sabina que escuché por primera vez hace casi diez años. Pero a nadie pareció importarle eso. Tampoco nosotros somos los mismos. Mala señal si el tiempo no ha dejado cicatrices a su paso.
Con todo, el concierto fue lo que se esperaba y quizá un poco más. En parte por la compañía. En parte también porque este tipo de encuentros alimentan la convicción de que si bien el mundo ha cambiado, existe en nosotros un espíritu vital que permanece intacto. Y que en noches como ésta nos cura y nos hace sentir aliviados.

12 oct 2006

No hay que olvidar nada

Navegando por la red me topé por casualidad con las líneas de una novela que me hicieron recordar momentos muy bellos.

“Bebé Rocamadour, dientecito de ajo, te quiero tanto, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete...”

26 sep 2006

Morir en lunes

En Toda esa gran verdad, el personaje principal, Carlo, tiene una extraña relación con los viernes. Todas las cosas buenas, malas, extrañas, determinantes, o trascendentes para su vida, le ocurren el día previo al fin de semana.
A mí me sucede igual, pero con los lunes. Digo igual, aunque lo cierto es que en mi caso, el truco opera siempre a la inversa. Los lunes suelen para mí días terribles. No es sólo el cansancio físico lo que me atormenta desde las primeras horas de la mañana, sino cierto desgano o desinterés por todo lo que sucede a mi alrededor, que se traduce en una velada, pero no por eso menos angustiante opresión. Son días en los que nada pasa, o peor aún, donde las cosas que suceden, cotidianas, frívolas, contribuyen sólo a empeorar mi estado de ánimo.
Para mi fortuna, la maldición de los lunes tiene sus fronteras temporales bien definidas. Y es casi seguro que al día siguiente las horas adquieran otro ritmo, otro color, y los escenarios y las situaciones sean portadoras de significados más gratos.
En Los lunes al sol película de Fernado León de Aranoa, uno de los protagonistas asegura: “Los lunes son como los domingos porque no hay trabajo y puede disfrutarse el sol; pero no son domingos”. Creo que esta frase resume parte del desencanto.
No escribo este post para quejarme. Con el tiempo he aprendido a padecer este mal con resignación y a convivir con los lunes de mi semana, del mismo modo en que se convive con los peores defectos de un amigo al que se quiere.
Los lunes como espacio de transición, como el necesario pasaje para reinsertarse a la vida laboral, académica, o literaria; para atemperar lo sentimientos exaltados durante el fin de semana y entender que lo cotidiano, por mucho que nos cueste, también es vida.